¿Por qué, para qué escribo? Adelantada pero honesta declaración de intenciones

El mundo está mal. Todos lo dicen. Se quejan siempre. Me quejo siempre: el mundo está mal. Quejarse es muy fácil. Es depositar en los demás cualquier responsabilidad. El mundo está mal. Alguien debería arreglarlo. Pero ¿quién, cómo, cuándo, de qué manera? Y ¿por qué decir “alguien debería arreglarlo” y no simplemente “debería arreglarlo”?

Cambiar el mundo, asegura mi padre, es cosa de soñadores que no tienen los pies en la tierra. ¡Claro! Mi padre, tan preocupado como cualquiera porque su hijo no muera de hambre o asesinado, en el intento de arreglar el mundo, ha preferido siempre que me deje de andar por ahí de artista, manifestante, quejumbroso e inconforme. Me acusa: ¡pesimista!

Gandhi, Picasso, Einstein, Galileo, Da Vinci, son sólo un puñado de gente que transformó su realidad. Genios de la historia que han sabido ganarse la memoria global por su valentía y fuerza de voluntad, pero sobre todo, por su garra e inteligencia frente al imperativo ideológico, económico y normalizador que todo lo rige. No pretendo compararme, ni muchísimo menos, con semejantes personalidades. Las traigo a primera fila, supongo, para contradecir a mi padre, pero sobre todo para recordarme que si ellos lo hicieron, cualquiera puede; no le está negada a nadie la posibilidad de cambiar el mundo. O no debería.

¿Riesgos? ¿En qué ámbito de la vida no los hay? Recuerdo, no sin un poco de vergüenza, que durante mis años de infancia le preguntaba a mi madre: ¿qué puedo ser de grande? Ella, entusiasmada y llena de fe, me abría un panorama amplio de posibilidades; no siempre las más acertadas, pero al fin variadas. Puedes ser futbolista, me decía, bombero, policía, médico, arquitecto, abogado, empresario. Y mi siempre recurrente pesimismo, ya latente desde entonces, me hacía pensar: los futbolistas se rompen las piernas, los médicos, si se equivocan, pueden matar a alguien, o matarse ellos mismos si pillan un trágico virus de quirófano; los bomberos se mueren quemados o aplastados, los policías a balazos y los arquitectos, abogados y empresarios, se mueren de aburrimiento. Por aquél entonces, no sabía muy bien qué significaba ser arquitecto, abogado o empresario. Pero sonaba fatal. ¿Qué te gustaría a ti ser de grande?, me preguntaba mi madre, resignada, pues ninguna de sus sugerencias conseguía interesarme. Menos aún cuando me decía: sea cual sea tu elección habrás de entender que, al final, todo conlleva un riesgo.

No supe responder a esa pregunta hasta muy entrado en la adolescencia, o sea, casi ayer. Pero siempre, por muy lejana e incomprensible que me pareciera la respuesta a esa pregunta, me imaginaba frente a la gente, conversando. Me lo imaginaba mientras practicaba, tercamente, mi caligrafía sobre un bonche de hojas blancas. Imaginaba charlar, no como quien se imagina poseedor de una conversación digna de aplausos y reconocimiento, sino como quien ve en el acto de dialogar, una oportunidad para recordar, para revivir y, por lo tanto no olvidar. Como quien ve en el acto de platicar una estrategia para entender el mundo.

Quizá el padre de Gandhi (primer ministro de la ciudad hindú de Porbandar, perteneciente a una casta de astutos mercaderes), se habría muerto del susto, de no haber muerto antes,  al enterarse de que su hijo, quien había estudiado abogacía en Londres durante su juventud, se estuviera muriendo de hambre, literalmente, en pro de sus ideales. Quizá, de haber estado vivo, el padre de Gandhi habría hecho lo posible por impedir que su hijo anduviera por ahí de proclamador de la paz, desatando la violencia de quienes no lo entendían. Quizá habría intentado impedir que un joven hindú lo asesinara a balazos y hoy Gandhi no sería Gandhi.

A Galileo, por otra parte, lo asesinó la iglesia. Sustentar la teoría heliocéntrica de Copérnico y con ello sostener que la tierra no era el centro del universo, fue demasiado transgresor para su tiempo. Puso al mundo de cabeza, cimbró las mentes, cuestionó la autoridad religiosa. Y, aunque luego se retractó e hizo pasar por falsos sus descubrimientos para salvar la vida, no consiguió salir del problemón en que lo habían metido sus inquietudes científicas. Ignoro si los padres de Galileo, o cualquiera de sus familiares, intentaron ayudarlo. Pero de haberlo hecho y conseguido, quizá hoy Galileo tampoco sería Galileo. Ni el mundo sería el mismo en el que hoy vivimos.

Gandhi y Galileo corrieron con el riesgo de ser ellos mismos y hacer lo que debían y querían hacer. Y así cambió el mundo en consecuencia.

Ambos, muy a mi pesar, le dan a mi padre la razón, en parte. Frente a ello, no me queda más que admirar la sabiduría de los tres. Reconozco que hay genios que han cambiado al mundo, a pesar de sí mismos y corriendo con riesgos tan gruesos como los de éstos dos personajes. Soy demasiado cobarde para eso. Pero, para mi fortuna pesimista y, para consuelo de mi padre, no todos los que han cambiado el mundo tuvieron el mismo destino.

Picasso murió de un edema pulmonar, calientito en su casa y acompañado por su familia, después de una vida artística que lo convirtió en el pintor español más importante del siglo XX. Einstein murió de un infarto cardiaco consecuencia de la complicación de una bronconeumonía pulmonar, es decir, por abusar del tabaco, después de decirle al mundo que el tiempo y el espacio son una chusquería. Y Da Vinci murió de viejo en un castillo italiano, sin saber que se había convertido en el personaje más genial e innovador de la historia.

Cuando tenía dieciséis o diecisiete años y me preparaba para entrar a la universidad, me resultó inevitable recordar esos pensamientos sesudos de mi infancia sobre los contras de ser bombero, policía o médico. Descubrí que no me servían de mucho para resolver una duda que por entonces me atormentaba: ¿debo elegir la carrera de informática y, por lo tanto hacer un bachillerato que me disponga para ello?

De no haber sido porque tuve dos profesoras muy buenas que me supieron enamorar del periodismo y la literatura en esa etapa de mi vida, quizá hoy no estaría escribiendo estas líneas y habría perdido el asco por las matemáticas. Y ya puesto a sumar peros: quizá también, de haber sido informático, sería muy infeliz y aquellas imaginaciones mías sobre conversar con los demás se habrían vaporizado, pues no eran más que una borrosa nube de pensamientos.

Me decidí, pues, por la literatura, después de estudiar comunicación social y periodismo cultural, probablemente porque me parecía poco factible eso de morirse escribiendo, pero también porque fue la profesión que me permitía hacer lo que desde niño imaginé: conversar, comunicar.

Hoy, después de varios años comprometido con mi formación literaria, totalmente convencido de haber encontrado mi vocación, eso que mucha gente llama “la pasión” de la vida; se me cruzan en el camino varias preguntas aún más difícil de responder que la de qué iba a ser de grande. Preguntas que seguramente han puesto a sudar a más de una persona y esclavizado muchas. ¿Par qué escribo? ¿Qué aspectos del mundo me parece están mal y deberían cambiar? ¿Con qué aspectos de la vida no estoy de acuerdo? ¿Qué postura debo tomar ante ello como creador literario o periodista?

No pienso meterme aquí en el berenjenal de la función social del periodismo. Está claro: cuando de periodismo se trata, mi compromiso es social. Basta con decir eso. Periodísticamente hablando me siento comprometido con “la verdad”, por trillado y poco concreto que eso suene.

Pero quizá sí vale la pena desarrollar brevemente el tipo de compromiso que elijo tomar como creador literario, al tiempo que expongo, como si se tratase de una declaración de intenciones (quizá apresurada, pero honesta), cuáles son los principios e ideales que hoy me interesa defender a través de la literatura.

No busco crear vanguardias, romper moldes, o transformar la visión del mundo con mi trabajo literario (aunque debo confesar que, muy al inicio de mis incursiones en la narrativa, sobre todo en el terreno de la investigación, soñé con proponer a la técnica del cuento un cambio tan importante como lo hiciera Edgar Allan Poe en el siglo XIX, y hasta me dediqué a investigar el cuento mexicano de la segunda mitad del siglo XX con la esperanza de encontrar rasgos “evolutivos” que pudieran guiarme hacia esa meta).

Tampoco busco hacer historia y ganarme la memoria global por mi valentía o fuerza de voluntad y, no soy quien para combatir el imperativo ideológico, económico y normalizador que todo lo rige. Sobre todo, porque aspiro a pagar la renta y comprar comida con los beneficios de mi trabajo literario, porque quiera o no, mi literatura siempre se verá influenciada y puede corresponder a una o varias ideologías, y porque hay un aspecto de mi realidad social que sí me interesa “normalizar”, es decir, ayudar a convertir en norma (lo expondré más abajo).

Me cuesta trabajo creer que Galileo, Gandhi, Picasso, Einstein o Da Vinci hayan dedicado sus mejores días a cambiar el mundo, así, de manera tan abierta y comprometida. Sin duda alguna, todos ellos se dedicaron simplemente a lo que debían y querían hacer. Y se comprometieron única y exclusivamente consigo mismos y sus principios, trabajos e ideales. Luego, algunas veces con más fortuna que otras, esos trabajos o dedicaciones tuvieron consecuencias que transformaron el mundo, o mejor dicho, que cambiaron la forma en que los demás comprendían el mundo. Pero esa consecuencia poco o nada, a mi parecer, tuvo que ver con sus motivaciones o intenciones.

Parto de esa idea para delinear el primero de los principios que hoy por hoy defiendo a través del ejercicio literario: el único compromiso que establezco es conmigo mismo y con mi trabajo. Es decir, antes de comprometerme con cualquier fin, ajeno o externo a la creación, no me comprometo con nada ni nadie más.

El segundo de mis principios, en íntima relación con el primero, es el siguiente: más allá de buscar que los demás transformen su modo de entender el mundo, me interesa mostrarle a los demás, a los interlocutores con quienes deseo conversar, cuál es mi modo de entenderlo, de verlo, y así luego, escuchar sus propias formas de percepción y organización, para nunca salir del sistema de intercambio de ideas que hace tan rica, emocionante y sorprendente la vida.

Finalmente, el tercero y último de los principios con los que actualmente me comprometo, es: defender y luchar por los derechos humanos, sexuales y reproductivos, cuando esta lucha no interfiera o condicione mi creación literaria.

Soy orgullosamente gay. Estoy casado con un hombre maravilloso con el que deseo compartir el resto de mi vida. Hasta hace muy poco tiempo, en mi país de origen, México, no se permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo. A pesar de que el Distrito Federal dio un gran paso en materia de derechos humanos al modificar su código civil, las parejas no heterosexuales del resto del territorio mexicano no pueden optar por el matrimonio en sus propias localidades, restringiendo así los derechos y garantías que tal efecto jurídico tiene como consecuencia en los cónyuges.

En España no hace muchos años que la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, permitió, en mayor o menor medida, una respuesta social positiva frente al incremento de familias diversas conformadas por personas no heterosexuales, teniendo esto como consecuencia, un decrecimiento de los crímenes por homofobia y una disposición más respetuosa y tolerante frente a la diferencia.

Me interesa que la realidad en la que vivo, parecida a la de millones de personas en todo el mundo, unidas bajo un modelo de familia no convencional, se normalice, se convierta en norma. Estoy cansado, como mucha gente, de ser un ciudadano de segunda, de sufrir, a veces más, otras menos, la ignorancia y discriminación de los otros. Por eso acojo ésta como causa o principio.

Hubo un periodo de mi adolescencia temprana en que, en efecto, intenté cambiar el mundo. Hasta que me di cuenta de que esa tarea, aunque no le está negada a nadie, me quedaba demasiado grande. Sí me interesa, en cambio, escribir, y a través de la escritura comprometerme con algunos ideales o principios. Si debido a ello, un día, el mundo cambia, bien habrá valido la pena el esfuerzo, porque más de una persona habrá conseguido utilizar o aprovechar mi trabajo. De momento, me basta con ser yo mismo quien le saque partido.

Me siento avocado a los principios e ideales que hoy me motivan y estaré siempre dispuesto a correr los riesgos necesarios para defenderlos, sean los mismos toda mi vida o, como probablemente suceda, cambien. Nadie en este planeta piensa igual toda su vida.

Ilustración conmemorativa del Día Internacional Contra la Homofobia (17 de mayo 2012).

El final de la transición

De mayo, 2003

Dora eligió para María el cuarto bien iluminado. Dejó para nosotros la habitación relativamente amplia. Siempre pensé que el departamento era demasiado pequeño, pero Dora, que siempre vivió en la enorme casa de sus padres, insistió en rentar este huevo: “para ahorrarme trabajo de limpieza”, decía.

Al principio nos costó dominarnos, porque tanto Dora como yo veníamos recién salidos de casa; dolió un poco, eso sí, dejar el título de hijos de familia, pero María nos jaló. Nos hace sonreír a diario desde entonces; llena la casa de alegría, de amor.

Se llama María por su abuela, la mamá de Dora. Me gusta tanto el nombre que ni chisté, aunque tenía elegido Regina, como mi mamá. Pero María merecía llamarse así nomás porque mi mamá estaba perdida en el melodrama y la sentía demasiado lejos como para pelearme con Dora por el nombre.

Alguien me dijo, no sé quién, que la vida es imposible de planear. No lo creo. Dora, María y yo, somos felices. Nada más importa.

De junio, 2006

Con los años mi mamá dobló las manos. Aunque el caso de mamá no es el mismo en toda la familia. María es, sin duda alguna, el nuevo amor de su vida desde la muerte del abuelo Luis (como enseñé a la niña a recordarlo). Me di cuenta cuando celebramos el segundo añito de María. Mamá llegó, felicísima, junto con un show de payasos y dos enormes piñatas. Entendió… y qué alegría, porque me pesaba la vida sin ella. ¡Qué trabajos debió costarle mi partida; el nacimiento mismo de María!

Rosa y Miguel Ángel son menos cercanos, pero Dora y yo los procuramos porque María quiere mucho a Marcelo y Fabiana, sus hijos. Hacen buena pandilla esos tres… qué latosos se han vuelto con el tiempo.

Rosa conversa nomás con su hermana. Se plantan en la cocina y me dejan con Miguel Ángel una, dos, tres horas seguidas… ¡Qué suplicio! Y es que habla poco y cuando lo hace se dedica, como por contrato de exclusividad, a los deportes. Pero se les quiere de todas formas. Aunque me preocupa el futuro con ellos porque un día llegaron con el terrorífico discurso católico-fanático sobre el valor de la familia… ¿Alejarán deliberadamente a Marcelo y Fabiana de María?

Aunque me sigo viendo con un par de amigos de la universidad, encontré en Virginia la mejor amiga. Ha sido mi más grande respaldo. En ella he depositado todo: miedos, preocupaciones, alegrías… Quiso hacerse madrina de María y, tanto la quiere, que se ofendió aquél día previo al bautizo en que de broma la cambié por Chela para ocupar el puesto. Es una lástima que podamos vernos tan poco, por eso María parece querer más a Chela, aunque no sea tía consanguínea como Virginia.

Ahhh… La tía Chela. ¡Qué tema! ¿Será que María, cuando llegue el momento, cambiará sus sentimientos para con ella, para con todos nosotros? La culpa la tiene Dora, que no aguantó la lejanía y de a poco la fue invitando a quedarse en casa. Y María, que siempre ha querido al mundo entero, se encariñó rápidamente. Qué injusta me pareció Dora entonces… Pero, muy dentro de mí estaba igual de deseoso que ella, igual de triste por no encontrar la forma de apaciguar mi propia lejanía… Hasta que la encontré. Y fue mejor, porque afectó menos a María. O eso creo. La primera vez que me animé a combatir esa tristeza angustiosa, le dejé una cartita a María: “pórtate bien y obedece a tu mamá”, atiné a escribir, nomás.

Agustín y Cuqui son otro pedo. No hay visita en que a él se olvide traer un regalo para María. Casi siempre son libros de cuentos o muñecas de trapo que María acomoda en la repisa de su cuarto como si fueran trofeos. Cuqui tiene el carácter más dulce del mundo, si mente humana puede concebir tal carácter… Un día María acompañó a Cuqui al mercado… y así llegó Alfonso a nuestras vidas, un periquito australiano medio anaranjado que María bautizó así, como uno de los personajes en los libros que Agustín le regaló. Quiero suponer que la relación entre Agustín-Cuqui y nosotros, es diferente por razones casi obvias. Mamá nos enseñó a él y a mí a tragarnos las diferencias.

¿Y qué puedo decir de Don Tulio y Doña María? Los quiero como a mis padres. Aunque él se muestra inconforme a veces, como se mostraba mi papá. Pero, igual que mi mamá, dobla las manos ante la nieta. La pequeña María es irresistible. Habrá surtido algún efecto el hecho de llamarla igual que su mujer… Y Doña María, señora de armas tomar, se presenta ante el mundo entero como la mejor abuela, la más consentidora, la más dada, la más. Es el efecto del abuelo, supongo. A todos se les hincha el pecho de orgullo y se les derrite el corazón por más inconvenientes que le ven al asunto de ser abuelos, o de cómo llegaron a serlo…

De enero, 2009

Estas vacaciones no fueron de invierno, sino de infierno. Dora y Chela se llevaron a María a la playa. “Así irá acostumbrándose la niña a vernos juntas, solas…”, dijo Chela. Y Dora hacía como si buscara moscas en el aire. “Quédate a trabajar”, atinaba, como recordándome el premio de consolación. Ese “trabajar” era mi salida. Me aliviaba, sí. Pero me atormentaba también. ¿Habrá pensado María que era un adicto al trabajo?

Extrañé mucho a María. La imaginé sonriendo entre las olas, haciendo castillos de arena envuelta en ese trajecito rojo que le remarca las piernas regordetas, luchando contra el enredo de sus cabellos y queriendo acariciar a las gaviotas como hace con Alfonso.

Cuando recibí la postal de María fue el holocausto para mí, chillé incontrolablemente. Con ella llegó el final de la transición. El común acuerdo se cumplía… Comenzó a cumplirse desde antes sin darme cuenta, de hecho. “Juego con mi amiga la nena mientras mamá y tía Chela toman la sienta”, escribió María. Y así comenzó mi niña a hacer su vida propia, sin mamá, sin mí…

¿Y si María no lo supera? ¿Y si María las prefiere a ellas? No sé. A veces creo que el único inseguro aquí soy yo…

***

¿Recuerdas la cartita que dejé bajo tu almohada cuando me fui de viaje laboral en el  verano del 2005? Esa que atesoras no sé por qué… porque no dice nada. Quise escribirte más en esa carta. Decirlo todo, como ahora, aunque ahora tampoco diga mucho, o eso parezca…

Tu mamá me vio escribir esa noche y ya conoce mis sentimentalismos impetuosos. “Un pórtate bien basta”, sugirió con ternura mientras acarició mi cabeza. Ha sido difícil… También a tu mamá le ha dolido, no te creas…

Tu tía Virginia me ayuda todo el tiempo a sosegar la incertidumbre, el temor de saber fallido el plan. El plan… La cosa más contradictoria para quien defiende con uñas y dientes la filosofía absurda de controlar el devenir, de hacer planes y creer en los finales felices.

Sí, parece que he sido el único inseguro con el paso del tiempo. Porque los demás, hasta tus tíos Rosa y Miguel Ángel, se hicieron a la idea. Nunca tocan el tema cuando vienen acá, por supuesto, y jamás han explicado una palabra a sus hijos. “Pero ni falta que hace”, dicen, “porque Mercelito y Faby, como nosotros, ya los queremos así”.

Así… ¡Dios! Cuánta realidad guarda en esa oración la palabra “así”. ¿Así me querrás tú también, mi niña? ¿Sabrás entender?…

Tu mamá me encargó, ahora sí, escribirte una carta porque ya estás grandecita. Y no me sale decírtelo tan crudo, tan directo. ¿Será que me acostumbré a tanto sigilo, a tanto silencio? Me da miedo lo que pase a partir de ahora… Me da miedo porque recuerdo aún tu confusión, tu no querer hablar un tiempo y tus afrentas incómodas en la escuela…

Preferí compartirte pedazos de mi diario. Pedazos de mi vida para exponerme transparente, como con todos. Porque sólo contigo no he sido tan fiel y no podría escribirte con más claridad.

Me excusa el dichoso acuerdo. Nos excusa, quiero decir, porque tu mamá está tan embarrada como yo en este amor que nos amarra fuertemente.

Temo escribirte de una manera que probablemente no haga más que confundirte. Pero apelo a tu brillantez, a esa onda tuya de ser tan despierta e inteligente desde pequeña. ¡Quiéreme, María! ¡Quiéreme como a tu madre, como a Chela que dejó de ser tu tía! Esa parte del acuerdo ya pasó y todo va tan bien como lo planeamos tu madre y yo…  Pero hay algo más, princesa. Es lo último, lo prometo… ¡Quiéreme, María! ¡Y quiere también, te lo ruego, a Enrique, con quien siempre fui a “trabajar”! Añoro, no sabes cuánto, que celebres con ambos el día del padre, igual que has celebrado el de la madre con Chela y tu mamá.

Papá, agosto del 2012

Idos de la mente, Luis Humberto Crosthwaite

Las cuatro muertes de José Alfredo.
La noviecita naca de Ramón, la novia intelectual de Cornelio. Todas las fans.
La referencia a Ibargüengoitia.
Cornelio y Ramón. Ramón y Cornelio. Andan buscando a uno, está con el otro. Andan buscando al otro, está con el uno.
Marilú, la, y no el acordeón de curvas suavecitas que al apachurrar, chilla bonito, como a Ramón le gusta.
El bajo sexto de Cornelio, así nomás. Con Dios detrás, por su pollo, como el único súper star.
La fama, las chamacas, el alcohol, las cantinas de “la Zona”, los amigos forever and ever. El lastre del segundón, la superioridad como destino, los amores escondidos en el clóset, el orgullo, el pinche orgullo. El reencuentro. Si, ajá.
Aquí nada es real, excepto la música, ¿verdad, Crosthwaite? ¡Ah, no! Que tú tampoco…[1]

Notas para el músico norteño want a be

Perfecto, superlativo. Estaba ahí, en la tienda. Primero se midió otros, no quería darle importancia. Unos le quedaban muy grandes y otros muy chicos. No quería que ese sombrero perfecto sintiera que era el único en el mundo, no lo quería hacer presumidos y vanidoso antes de tiempo. Es como cuando te gusta una persona y no se lo quieres demostrar muy pronto para que el asunto no sea tan sencillo; se sabe que el placer es mutuo, pero es mucho más rico el rodeo que la línea recta”.

PARTNERS
“Hey, qué onda, acércate un poquito, tengo algo que decirte.
“Oye tú. Te hablo.
“No te vayas.
“Quiero hacer un trato contigo.
“Ven, no te asustes.
“¿Sabes quien te habla?
“No te asustes, no seas miedoso.
“¿Te gusta la música? Pues vamos a hablar de música, qué te crees. A mí también me encanta la música. No cualquiera, claro. La que llega al fondo del cora, la que te hace llorar y sufrir y recordar a los compas. Esa que oyes en el radio y dices: ora, qué cancionzota, quisiera escucharla de nuevo y de nuevo y de nuevo. Esa música. ¿A dónde vas? No me puedes evitar.
“Me puedes decir que no, me puedes decir que no te importa hacer negocios conmigo. Y me voy, así de fácil. No soy encajoso. Pero tienes que oírme primero.
“Bueno, no tienes.
“Yo no obligo a nadie. Yo ya dejé de obligar. Cada quien su rollo.
“Pero te conviene.
“De veras.
“Escúchame.
“Te con-vie-ne.
“Es un contrato indefinido. No te puede fallar. Éxito seguro. Tenemos que hacerlo juntos. Tú solo no puedes, yo solo no puedo. Socios, partners, ¿le entras? ¿Lo quieres pensar? Pues piénsalo. Pero tampoco me gusta esperar. Ya he esperado demasiadas veces. Ya no espero. Piensa rápido; si no, ai nos vemos, adiós, ya estuvo, y perdiste la oportunidad, te aseguro que perdiste.
“Y para siempre”.

El trabajo consiste en que toquen algo con mucho sentimiento, algo que a los clientes les recuerde un amor perdido, quizás a su mamacita que ya se murió. El caso es que sientan tanta pena que quieran seguir bebiendo.
“Ramón y Cornelio comprenden que han recibido su primera lección. El maestro continúa:
“-Y aprovechando que están aquí desde temprano, ¿por qué no me ayudan moviendo esas cajas de cerveza? […]
“A las tres de la mañana, hora de cerrar, mueven cajas, suben las sillas a las mesas y barren. Quizás mañana tengan mejor suerte”.


[1] Ver página legal.