Ojalá no existiera la nostalgia

A veces me cuesta trabajo hablar con esta gente. Se me agotan los temas. Extraño la naturalidad de mis conversaciones habituales, la certeza de compartir las mismas convenciones generales con los demás.

A veces me incomodan las reacciones que tiene la gente con mis modos y formas de expresión, no se dan cuenta que, para mí, ellos son demasiado honestos, o prácticos, o directos al decir (y no estoy en contra de esos valores sintácticos en el habla, sólo me siento un poco agredido).

A veces me hace falta el calor de mi casa, lo ancho y cómodo de mi cama, la música a todo volumen mientras trapeo el suelo de mi habitación, la imagen de mis libros sobre el librero, ordenados según lecturas pendientes y hechas; el sabor del chile y las tortillas; el aire amplio y contaminado de mi ciudad, la indiferencia de cientos de miles para sentirme acogido: Córdoba lo tiene todo, menos familiaridad y espacio (calidez). Y ninguna de sus tiendas los vende…

Quisiera poder no sentir culpa al subrayar los libros de la Biblioteca Provincial, y sentirme Robin Hood al visitar las librerías. Quisiera no pensar en que el dinero, desde que llegué, me ha sido insuficiente; en que Raúl se echa a los hombros mi peso entero.

A veces quisiera no tener miedo de estar tan lejos.

Ojalá pudiera ver la sonrisa de Aleida, escucharla pronunciar sus primeras palabras claras y ordenadas, ver el rostro de mi hermano: regularmente serio, bonachón. Desearía no angustiarme cuando un braquet se me despegue, ni cuando la rodilla me chille cuando camino.

Quisiera beberme una cerveza Indio y escuchar a las Jeans en un tugurio joto de Zona Rosa, al lado de César y Fabiola, mientras río a carcajadas de cualquier estupidez. Conversar largo y tendido, profunda y dispersamente con Marce o Isela, besar a la abuela y comerme un sándwich de jamón con jalapeños. Quisiera estar en casa, viendo un programa bobo en la televisión y escuchando el peregrinar de los vecinos, rumbo a la posada donde romperán piñatas y chuparán cañas de azúcar.

A veces… a veces la mente se me bloquea y me siento como si tuviera seis años y acabara de salir de la primaria, el primer día de clases, y esperara a mamá ahí, de pie, seguro de que llegará en cualquier momento.

Quisiera refugiarme en una cafetería por horas y beber café americano por quince pesos la taza (relleno infinito). Desearía haberme traído el pantalón de pana café que dejé doblado en el ropero…

A veces quisiera poder cerrar los ojos y esperar que, al abrirlos, ninguna añoranza me invada, respirar profundo, espabilarme y sonreír. Ojalá no existiera la nostalgia. Ojalá otro día, no lamente no estar aquí.

La otredad

La otredad es el sol asomándose hasta a las ocho de la mañana, el calor asfixiante del fin del verano que conocí y “no es nada”, dicen; es el frío actual de otoño: histérico, y las promesas de un helado porvenir; es los enchufes eléctricos: anchos y cilíndricos; la pronunciación lenguadental de la s, z y c, el miedo a perderse en la judería, paso a paso, envuelto en las sobras de la edad media.

Lo otro es despertar de madrugada, espantado por el silencio estridente, deseando, estúpidamente, escuchar el claxon de los camiones, el rugir de algún motor. La otredad es esa moneda brillante que se busca sin parar, aturdido por el sueño de gastarla en algo provechoso; es la morcilla y no la moronga, el mechero y no el encendedor, los pavos y no el varo. La polla y no la verga, follar y no coger.

La otredad es pedirse una clarita en vez de una michelada, aunque a la clarita le falte sal y le sobre tehuacán con jugo de limón (artificial); es pedirla, también, con zumo y no con jugo, o más bien dzumo. Lo otro es beberse una litrona en vez de una caguama, es llegar buscando la otredad y encontrarla, con cara de libertaria y espíritu castrante; es vivir en vecindad con dieciocho artistas, diecisiete, dieciséis… ¿Quince? Es toparse con pared a cada paso, y abrirse caminos al hablar, al pensar, respirar, aspirar.

La otredad, es imaginar a las verduras de mi plato, vestidas de china poblana (aunque sea en el exilio) y haciéndome compañía mientras termino de comer (o cenar, da igual), es quedarse solo en el refractario y no en el comedor, porque los tiempos para sentarse a la mesa se reducen, reloj en mano, a diecisiete minutos; es desayunar jamón serrano, aceite de oliva, (ji)tomate en puré y pan tostado, figurándome saborear, en vez, unos chilaquiles verdes bañados en crema y queso, y no ligerísimas tostadas.

La otredad es el San Jacobo y no las Pechugas Borrachas, el Flamenquín y no los Chiles Rellenos; es mirar a Inglaterra y no a Estados Unidos, ponerle El Corte Inglés a las tiendas pípiris, pijas y no fresas; es tener mil estancos (no tabaquerías) regados en una ciudad de poquísimos habitantes, y cerrar las putas tiendas de tres a cinco de la tarde, religiosamente, para dormir la siesta.

Lo otro es comprar una microlata de chiles chipotles, en el departamento gourmet del ya citado Corte Inglés, por dos euros y cincuenta céntimos (no centavos); es no comer enchiladas desde hace dos meses y fumar, fumar, fumar, Ducados en vez de Faros.

Lo otro es devorarse cuatro, cinco cucharadas de elote en lata porque me hace falta comer tortillas de maíz, y no de patatas y huevos; es tener que decir patatas y no papas, pitillera y no cigarrera; es adicionar al lenguaje un montón de modismos y palabrería, dejando así de lado frases y palabras con veinte años de uso. La otredad es la flipadera, el mogollonazgo y la chungería, es comerse, ahí pobremente, un bocadillo de tortilla y no una torta de huevo con papas.

Lo otro es hacerse fan del vino tinto, “ligero y aromático, cosecha 2004”, y dejar atrás el vodka con jugo de naranja, el mezcal o el tequila; es beber, sumergido en la más gozosa taberna sevillana, una copa de vino dulce de uva-pasa, o comerse, a mordidas descaradas, un kebab de pollo y salsa de sésamo, en el local sin mesas, cordobés, de la calle transversal en la Plaza de la Corredera.

La otredad es andar en bicicleta y no en coche, es nunca apachurrarse cuerpo a cuerpo en el autobús, respirar aire limpio y no esmog, es no ver la tele, ni escuchar la radio, y apenas leer, de vez en cuando, las noticias en línea; es perderse en lo libros y pensar en mis cuentos. Es tenerlo todo muy cerca, tanto como cambiar de ciudad con tan sólo subirse a un tren y esperar hora y media, no más. Es coger y no agarrar, pillar. Es reciclar la basura y encontrarse grandes y apestosos contenedores en la calle.

La otredad me acoge bien. Se viste de gala como en domingo, para deslumbrarme con sus calles de pasarela y sus toderías chinas, llamar mi atención con su esplendoroso desarrollo, con sus edificios altos, muy altos, donde vive Cualquier Cualquier, para seducirme son su sopa de mariscos y sus barras de pan integral, recién horneadas: a veces partidas a la mitad y bañadas en salsa de tomate, jamón york, champiñones y queso manchego. La otredad se pone guapa, bonita, y me sonríe coqueta: cómete ese bocapizza por un euro cincuenta, me dice, como piropo al oído. Escribes muy bonito, jura, y me ruborizo, susceptible.

La otredad es la incertidumbre constante, es despertar inquieto y no poder contarle mis sueños a mamá, pensar en lo peor, siempre en lo peor y preocuparme, angustiarme. Es intuir que a lo lejos algo pasa y no saber qué es. Es enterarme, después de dos largas semanas sin noticias claras, que papá estuvo hospitalizado porque el corazón le pide tregua.

La otredad es temer ante un camino largo, estrecho y hermoso, que las piernas y las manos se me quiebren, es hacerse buscar siempre, en todas partes, algo familiar y no encontrarlo. Es tener la dicha de amar y ser amado, por primera vez, y guardar la esperanza de volver, un día no muy lejano, a rodearme de mi gente. Lo otro es un instante cálido, en que me abraza fuertemente y puedo escuchar sus latidos, arrítmicos, y su pronunciación andaluza que me dice maravillas, y el llanto emocionado de nuestra felicidad.

¿Es mucho pedir?

Lo quiero inteligente y divertido, de sonrisa hermosa y mirada honesta. Que me vea con esos ojos que dicen todo al parpadear, al moverse rápidamente para reconocer e interpretarlo todo. Unos ojos de pestañas caídas, como de perro triste: largas, puntiagudas.

De espíritu creativo y mucha determinación para hacer las cosas. Con barba recortada o desaliñada, no importa, pero tupida, rasposa. Habrá de oler rico, fresco siempre.

Y si tiene mal aliento al amanecer, tendrá que ser maniaco de lavarse los dientes apenas abra los ojos, nada más para despertarme con un apasionado beso sabor a menta.

Si escribe, está bien, pero si pinta lienzos de colores o invade mis oídos con las notas más sensuales, mejor. Quiero uno de esos que llaman leidos, así, sin acento. Porque hacerse conversación uno mismo cuando se tiene a otro de frente, sin argumentos ni dudas, o peor aún, con palabras que nunca llegan a ser argumentos y, dudas que parecen interrogatorio, resulta igual que hablar ante el espejo. Los filósofos y psicólogos me van bien, aunque de esos ya he tenido suficiente.

No importa si es gordo o flaco, si le encanta vestir fashion o prefiere lo hippie-chic. Tampoco si le encanta el pop, el rock, la vernácula o la electrónica; si vive en la zona más alta o lo más baja. Bastará una sensualidad estridente, una alegría marcada que lo haga mostrarse auténtico, feliz.

Quiero no poder hablar cuando su corazón lata junto al mío, frenético de emociones, palpitante de amor. Gritarle versos de placer, perderme en la algarabía de nuestra cama sin alejarme un momento con el pensamiento, al ritmo de muchos “te amo” que nos lleven al orgasmo más rápido, más seguido.

Y mejor que hable y así diga todo: los colores, olores, sabores, formas, pensamientos, reflexiones, amarguras, molestias, alegrías. Así, sin pelos en la lengua, con desparpajo y necesidad. Que sea harto hilarante, sarcástico, irónico. Muy práctico, audaz.

Quiero que me tome por sorpresa, con una voz grave, aguardentosa si se puede. Escucharlo decirme las cosas más dulces, más románticas: “Estos son mis sueños, los que dan sentido a mi vida. Y ninguno de ellos significa algo sin ti, cásate conmigo”. ¿Es mucho pedir? Y no, no quiero a alguien como yo, Dios me libre de tal infamia. ¡Que sea mejor, mucho mejor!