Liebster award: mis nominados son…

Ayer, mientras leía un rato en la Red House del centro y me bebía un rico capuchino, me llegó una notificación de Facebook que me hizo sonreír. Una de mis alumnas del Taller de Escritura Creativa: Isabel Pérez, me ha nominado para el Liebster Award, un premio para blogueros con poca audiencia, de origen alemán si no me equivoco. Estos premios literarios, que no son otra cosa que una cadena de reconocimientos entre colegas que se leen y se animan a seguir escribiendo me hizo pensar en lo importante que puede ser para una persona el reconocimiento social. Una persona puede dedicarse a escribir, o a cocinar muffins de chocolate, no importa a qué, y puede ser muy bueno en su labor. Pero sin duda pondrá muchísima más atención y dedicación a su escritura o la hechura de unos panquecitos si alguien le dice: “¡Qué bien! Quiero leer más”, o “Qué rico. Dame otro… ¡ya!”. Y esa atención agregada tiene como consecuencia la inevitable mejoría de lo producido. Escribirá mejor, cocinará mejores muffins.

Habrán cocineros expertos que piensen que han probado mejor repostería o críticos literarios, de esos especializados en juzgarlo todo usando la palabra “mierda”. Pero, ¿saben qué? Da igual. Eso da totalmente igual. Porque la razón siempre la tendrá quien siga comiendo esos panqués ricos o siga leyendo esos textos apasionados. Mis ideas no significan, por supuesto, que una persona no debiera superarse a sí misma, crecer, ser el mejor escritor o repostero que pueda. Lo único que digo es: cuando una persona recibe unas palabras de aliento, de reconocimiento por que gusta lo que hace, dicha persona, a partir de ese momento, procurará hacerlo todavía mejor.

Gracias, querida Isabel, por la nominación, me emocioné sin poderlo evitar.

Ahora bien. Las reglas de este juego son simples y divertidas. Se trata de mencionar y agradecer a la persona que te nominó, cosa que ya hice arriba, y luego responder a una serie de preguntas que te hace (lo haré a continuación). Posteriormente debo nominar a otros blogueros que, considero, deberían recibir el reconocimiento y finalmente hacerles una serie de preguntas que habrán de responder en un post como este dentro de sus respectivos blogs.

Voy a usar ahora un lenguaje más propio de púbero porque así me siento frente a este juego: ¡qué súpermegadiver es esto! Es igualito que los chismógrafos de la primaria donde todos ponían que su cantante favorito (porque estaba de moda entonces) era Enrique Iglesias, o que preferían un happy meal en Mc´Donalds en lugar de unos tacos al pastor en cualquier taquería del barrio. O sea, que uno se enteraba de los rasgos de personalidad de la banda leyendo sus respuestas… Era como entrar por un instante en la parte más íntima de sus cerebros. Se sentía muy parecido a lo que se siente hoy cuando se ver un reality show por televisión. En fin, allá voy.

Las preguntas de Isabel

1. ¿Qué es lo primero que recuerdas haber leído?

Un libro de cuentos de los hermanos Grimm, ilustrado divinamente. Era grande y blanco, una edición de pastas duras que hojeaba mucho antes de ir a la cama. A veces no lo leía, sólo veía las ilustraciones y con eso me bastaba. Pero de tanto hojearlo un día terminé por leer.

2. ¿Y lo último?

Estoy leyendo ahora De qué hablo cuando hablo de correr, de Murakami. Y es que llevo una temporada haciendo footing, enganchadísimo; lo estoy leyendo también porque escribo un capítulo de mi segunda novela que va de perder peso corriendo.

3. Un libro que simplemente no hayas podido terminar.

Puff. Varios, es que hay libros que no merecen la pena. Yo fui un lector disciplinado, me leía todo el libro aunque no me gustara tanto. Pero conforme he ido creciendo me he vuelto más pasota y no doy tregua a los libros que me aburren. Si no disfruto la lectura cierro el libro, aunque me queden pocas páginas por terminar o haya comenzado apenas. Me pasó, por ejemplo, con El arte de amar de Erich Fromm.

4. ¿Tiene verdadero sentido un blog hoy, con el auge de las redes sociales?

Tengo una prima, se llama Daniela, soy muy fan de mi prima porque tiene una personalidad muy cargada de ironía y sarcasmo. Es inteligente, siempre lo ha sido. Tendrá quince o dieciséis años. Daniela tiene un perfil en Facebook y no tiene un blog. Pues bien, creo que si Daniela se abriera un blog en lugar de publicar sus frases ingeniosas en Facebook, conseguiría tener un registro de sus textos un poquito menos fugaz. Aunque en teoría todo lo que publiques en Facebook permanecerá allí a menos de que lo quites, el acceso a los contenidos que Dani produce, localizándolos a través de buscadores como Google, es imposible. Es decir, ahora mismo sólo pueden leerla sus amigos de Facebook.

Lo que yo digo es que a esa niña merecen leerla muchas personas, no sólo unos cuantos amigos en Facebook. Y un blog le permitiría conectar con mucha más gente y dar a conocer su trabajo de un modo más amplio y no perecedero. Pero nada de esto será importante para Daniela si Daniela no escribe esas frases ingeniosas pensando en un lector o teniendo la intención de comunicarse a través de la escritura con otras personas del mundo que no estén entre sus amigos de Facebook, independientemente de que las publique allí o en otro lado.

Un blog, en ese sentido, es más útil para quien tiene vocación de comunicador, es decir, para quien tiene cosas que decirle al mundo y no sólo a unas cuantas personas. Las redes sociales son una especie de megáfono que, dependiendo de qué tan guapo sea el gatito en turno o qué tan gracioso sea el vídeo donde un tipo tropieza, permitirá que el contenido allí compartido sea conocido, sobre todo, por personas más afines. Yo no contemplo ya el uno sin el otro. A mí Facebook me sirve, entre muchas otras cosas, para difundir los contenidos de mi blog. Pero bueno, muchas otras personas prefieren construirse granjas o darse toques… Una de las cosas que se pueden hacer en Facebook que me resultan idiotas, por cierto. ¿Por qué darle un toque a una persona? ¡Escríbele!

5. Si crearas otro blog que no fuese sobre escritura/literatura, ¿de qué hablaría?

Tal vez de música, pero no de música en plan reseñista de discos indie o algo parecido. Hablaría únicamente de la música que a mí me gusta, sin importar el género. Pero más allá de hablar sobre esa música, hablaría de por qué me gusta y por qué la escucho tanto.

6. ¿Tu madre (o cualquier pariente cercano que piense que eres muy listo/a y muy guapo/a) lee tu blog? (Y si lo hace, ¿qué opina?)

Ningún integrante de mi familia lee mi blog o ha leído, por cuenta propia, algo que yo haya escrito. Cuando empezaba a escribir solía torturar a mis padres. Ellos estaban viendo la tele, como cualquier padre sensato que tiene un hijo que aspira a convertirse en escritor, y yo iba y me les plantaba enfrente con veinte páginas sin corregir del cuento en que estaba trabajando. ¿Lo leo y me dicen qué opinan?, les preguntaba. Siempre me escuchaban, pero estoy seguro de que más de una vez habrían preferido no hacerlo.

7. Escribir: ordenador vs papel y bolígrafo.

Ordenador, siempre. Tumbo letras a la velocidad de la luz. Y esa velocidad se acerca un poquito a la velocidad en que mis pensamientos fluyen. Por eso soy incapaz de escribir un cuento o una novela a mano, aunque suelo tomar muchísimas notas.

8. ¿Hay algún libro que no le perdonas al autor por haber escrito antes que tú?

No. Pero tengo que reconocer que cuando leí por primera vez a Xavier Velasco o a Luis Zapata (mexicanos los dos) pensé que si existiera un modo de robarles su sentido del humor lo haría sin escrúpulos.

9. ¿Escribes siempre en el mismo sitio? ¿Dónde?

Escribo donde pueda. Regularmente tengo que buscarme un hueco en la agenda para poderme sentar a escribir. Por eso he tenido que aprender a adaptarme y escribo donde caiga, donde pueda. Alguna vez he tenido que escribir, aislado en un escritorio pequeño del salón en casa de mis padres, mientras se celebraba allí una fiesta familiar. Casi tuve que ponerme un letrero en la espalda para recordarles a todos lo importante que era ignorar por completo al encorvado y antipático Israel, quien en lugar de celebrar junto a la familia prefería sentarse allí solo a escribir sabrá Dios qué.

10. ¿Algún texto tuyo por el que sientas más cariño irracional de lo normal?

Hace unos años ya me encapriché con un cuento. Se llama “A primera vista”, creo que está publicado en este blog y todo. No es un cariño irracional lo que sentí por ese cuento. Es que pasé demasiado tiempo con él. Fue de mis primeros textos y, bueno, me pasó eso que suele pasar a todo escritor en ciernes: estaba enamorado de mi creación.

11. Por último: ¿POR QUÉ (todo)?

Y, ¿por qué no? Porque sí. Porque lo digo yo. Por favor, también.

Nominados

Objetos perdidos, de Carlos Castro Rincón.

Mi mundo descalzo, de Eduardo Parody.

Vida de perra, de Blanca Izquierdo.

Siempre amanece después de la tormenta, de Reyes Lerate.

Almudena López Molina

Bernabé Bulnes Gómez

A tres tintas, donde escribe escribe Ana de Haro.

Bunker84, de Joel Flores.

El baúl de Bego, de Bego Guerrero.

Nomino también a Noemí Vallecillos, Rodolfo Garrotín, Raimundo Lion y Ana Llorca, a través del blog del Taller de Escritura Creativa de Sevilla, porque los autores no tienen blog personal pero han publicado allí textos maravillosos.

 Mis preguntas

  1. ¿Quién desearías que te leyera alguna vez?
  2. ¿Cómo te imaginas los gestos de los lectores que te han leído alguna vez?
  3. Un día despiertas y ya no eres tú, eres tu mascota y tu mascota está en tu cuerpo. ¿Qué haces para recuperar tu cuerpo?
  4. Si pudieras elegir tener un súper poder, ¿cuál sería?
  5. ¿A qué le tienes miedo?
  6. Enlista, por lo menos, tres placeres culposos.
  7. ¿A qué autor has leído siempre y por qué?
  8. ¿Cuáles son los tres libros que cambiaron tu vida?
  9. Un huevo y una cuchara sopera van al cine. Al huevo le gusta la chuchara. ¿Cómo se la liga?
  10. ¿Qué cosa de este mundo tiene el poder de siempre hacerte reír?
  11. ¿Qué libro no debería leer nadie?

Y así todo. Que se lo pasen igual de bien que yo. Estaré atento de sus próximos posts.

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De suma importancia

¿Cuáles deben ser los principios impulsores de la creación literaria?

  1. Usar tapones en las orejas, sobre todo si te has tomado la molestia de irlos a comprar como pretexto porque no podías escribir sin ellos.
  2. Dormir cuando te da sueño y despertarte para escribir.
  3. Dejar de escribir sólo cuando el hambre distrae demasiado o la comezón en la cabeza es tanta que urge tomar una ducha.
  4. Leer más, siempre más. Y cuando un libro te aburra, no sentir culpa por dejarlo a medias.
  5. Ver poca televisión y más cine, sobre todo películas que crees podrían ayudarte a entender mejor lo que escribes en ese momento.
  6. Hacer caso de las ideas justo cuando vienen a la cabeza. Las ideas que se enfrían, después, ya no parecen igual de geniales.
  7. Olvidarse, hasta el momento en que se consiga establecer una disciplina creativa, de lavar los trastes, tender la cama o hacer las compras.
  8. Tener una libreta de notas y realmente usarla.
  9. Ya no sé… Todavía no soy un maestro en creación literaria.

¿Qué hacías ayer por la calle vestido de rey?
Según tengo entendido, los reyes no visten de chándal y andan cabizbajos por la calle.
¿Qué la Pepa me vio? ¿Desde cuando los perros saben identificar un rey? Pobre animal, debió sentir lástima por mí. Se detuvo un instante a mi costado, mientras me secaba las lágrimas. Me revisé los bolsillos y no me alcanzaba para mimos. Se fue como excusándome la carencia.
Hablaba con mi madre, eso hacía.

¿Qué te pasó cuando saliste del pozo?
No he salido. Pero me parece ver la luz a lo lejos. Por suerte traía conmigo un manual para escritores budistas y presiento ya la iluminación. Quizá tenga suerte esta semana.

¿Por qué llevas un zapato y una zapatilla?
Uno hace lo que sea para intentar sentirse mejor.

¿Qué le decías a la mosca cuando los vi juntos?
Que me parecía muy mona. Que era tan bonita que me iba a inspirar en ella para escribir un cuento que empezara in media res aterrizando en un portentoso depósito de mierda humana, para luego hacerla volar hasta un restaurante lujoso y posarse, ella, tan mona, ya te digo, sobre la comida carísima de un fresa apretado. Luego el cuento dejaría a la mosca de lado hasta muy al final, y, aunque le prometí tan poco protagonismo, mí querida amiga la mosca aceptó encantada un trato que la inmortalizaría para siempre en mis ridículas pasiones: no morir hasta acabado el texto y ponerse histéricamente gorda antes de que comience a escribirlo.

¿Por qué llevas la olla en la cabeza?
Para hacer reír a mi novio. Es que nos peleamos ayer. No, antier, no… espérate. Déjame hacer memoria.

¿Para qué te sirve la literatura?
De momento, para angustiarme. Me queda un mes, UN MES. Se supone que trabajo bien bajo presión, pero… ¡Chingao!
A veces, me sirve para contestarme algunas preguntas. Pero siempre termina por crearme más dudas.
No sé, ¿tú dime, sirve?
La última semana me ha servido para llenarle de traumas el buzón de correo electrónico a mi madre.

¿Qué me dijiste que soñabas sobre México?
Quisiera acordarme lúcidamente… No sé. Tal vez revivía alguna comida familiar, un evento similar. Me sentía confortado, enteramente familiarizado con todo a mí alrededor. Lamenté mucho haberme despertado por los timbres agudos que tienen las voces de mis vecinas andaluzas.

¿A qué saben los caracoles?
Rico. A otro bicho de mar bien cocido y muerto.
La Toñi (una vecina y amiga) nos invitó una tapa. Cocinados muy a su manera, algo picositos, nadando en un caldo bastante sabroso. Servidos para comerse puede vérseles antenas y cuerpos arrugados saliéndoles por las conchas. Dudé en probarlos, la verdad. Continuaba imaginándomelos babosos, arrastrándose por el suelo y dejando una estela plastificada y brillante.
Haciendo un esfuerzo, respiré profundo y me permití olfatear el plato. No olía nada mal para un alimento que antes era pura babosa y muy probablemente salada lentitud, se me abrió el apetito. Escogí uno, como si intuyera que podía saber menos mal que cualquiera de los ochenta otros, y, siguiendo las instrucciones de pillarlos por la cabeza y succionar hasta arrancarlos por completo de su concha, degusté el primero. Sonreí.
¿Sabes qué son más ricos aún? Los mejillones que prepara mi novio. Dice que pretenden ser “a la marinera”, pero da igual. Los lava y vaporiza con muy poca agua, aceite de oliva, mucho ajo picado y algunas especies. Saben a gloria del mediterráneo recién sacados de la cacerola, aún humeante, si se les adereza con unas gotas de jugo de limón.
¿Y sabes qué platillo es más rico todavía? El adobo de merluza. Lo probé por primera vez ayer, en un bar cercano a casa que atiende hasta muy noche. Me dijo mi novio, que es el Sensei de la comida, que el pescado se aliña en vinagre antes de rebosarse y freírse.

¿De qué color era tu sonrisa el último de tus días?
De pronto te pusiste extremadamente fatalista, ¿no?

¿Cuándo me dijiste que ibas a volver a nacer?
En el momento en que apriete el botón de enviar del correo electrónico que tendrá adjunto el borrador completo de Pasiones simples para que Antonio Gala y Ana D´Atri lo leean.
Y después de eso vuelvo a nacer, con regularidad exacta, cada 23 de agosto. Luego puede que renazca varias veces más, pero todavía no lo vislumbro.

¿Qué le querías decir a tu libreta de anotaciones cuando la mirabas hace un momento?
Que le tengo una envidia terrible. Hubiese querido ser una libreta en blanco que espera ser llenada de ideas brillantes.

¿Recuerdas las palabras que todavía no entiendes?
No. Tengo mala memoria para lo nuevo muy nuevo. Me acuerdo de una palabra que hace poco todavía no entendía: encimera.

¿Cuándo fue la última vez que estabas tan convencido?
Nunca había estado tan convencido de nada en toda mi vida.
Sí quiero. Acepto. Me muero de ganas…

¿Cómo se llama el protagonista del cuento que dudas terminar pronto?
Matías.

El cuento según Mónica Lavín

Israel Pintor y Carla Hinojosa

¿Qué es el cuento?

Para mí el cuento es una experiencia de intensidad. Es un género adrenalínico porque no hay concesión, es una sacudida fuerte donde toca a lector descubrir su parte profunda.

El cuento es como un alka-seltzer; es algo comprimido que lentamente va soltando su efervescencia. Entonces el reto como escritor es poder hacer ese comprimido eficaz  que posea, además, una resonancia.

Como lector yo también le pido eso a los cuentos, que no me dejen indiferente, que se vuelvan entrañables, inolvidables y no es fácil. Uno lee muchos cuentos pero de repente encuentras uno y resulta que es una marca que se queda en la piel; la maravilla es la posibilidad de capas de lectura que posee.

¿Con qué otras voces de la cuentística te identificas o familiarizas?

Sin duda diré Rulfo, porque no puedo no decirlo; la música de sus textos, esta prosa tan exacta y musical, tan contenida me gusta mucho.

Me gustan el trabajo de mujeres como Elena Garro, Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas  y Amparo Dávila, y las siento poco valoradas. Me gusta mucho José de la Colina; Gerardo de la Torre me parece que tiene mucho poder en la estructura de cuento porque maneja la técnica de manera impecable.

En los años 50 el cuento también se nutria de los autores norteamericanos, Poe, Fulkner, pero también de Chéjov y los demás rusos: siento que el nutrimento cuentístico de mi generación y la predecesora son los clásicos del siglo XIX y el cuento latinoamericano,  estamos hechos con ese vigor, con ese brío pero también con lo que sucedía en Estados Unidos.

En E.U. existe una gran tradición con el short store, porque viene de Poe y lo han labrado durante mucho tiempo. Podemos darnos cuenta cuando leemos a Hemingway y a muchas otras voces norteamericanas como las mujeres sureñas. Casualmente creo que hay un puente entre Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas y estas mujeres  como Carson McCulers, Leonora Weltin, Flannery O´Connor, porque hay una estética y percepción del mundo muy semejante.

Juan José Arreola me gusta por su estrategia, por su elegancia, siento que es un impecable constructor del cuento, pero la veta lírica me emociona más.

Siento que el cuento es muy vigoroso en México: en cada generación hay cuentistas notables y no todos se quedan cultivando el cuento, a veces lo abandonan. Sin embargo creo que sí hay cuentistas que valen la pena como Enrique Serna; Amores de segunda mano me parece extraordinario.

La mirada sarcástica, irónica, ya viene en autores como René Avilés, Francisco Hinojosa, Rosa Beltrán y Ana García Bergua, que seducen mi gusto igual que Beatriz Espejo, con su prosa elegante y sus temas, tan delicada y fina.

Siempre busco en los cuentos la existencia de una revelación, no por la estridencia de la anécdota sino por una emoción que se deja ver como en Chéjov, el gran maestro. Creo que Hernán Lara Zavala tiene algo chejoviano que me gusta.

Algunos jóvenes que me gustan y disfruto son Luis Felipe Lomelí y Alberto Chimal.

¿Qué diferencias encuentras de forma y fondo entre los cuentos clásicos y actuales mexicanos?

La generación de Gerardo de la Torre estaba más preocupada por las utopías que quería construir y  por las que se desmoronaban, por  mitos e ídolos, por cómo ese mundo se iba poblando y despoblando de ellos.

Aparece después el tratamiento con humor o humor negro como una búsqueda de salvación, de encarar algo que duele con una mirada distinta; tal vez esto se deba en gran medida porque los nuestros son tiempos de más desencanto, de mayor hedonismo e individualismo. Los proyectos políticos individuales o colectivos difícilmente son un tema que encuentras en los cuentistas actuales. El tema del amor y una relación ha sido una constante.

Me parece que una de las diferencias notables en la cuentística mexicana es “de lo rural a lo urbano”; casi no hay cuentos que estén desarrollados en ámbitos rurales porque México se volvió urbano.

Encontramos hoy muchos más temas que tienen que ver con las fronteras, aquellas relacionadas con la trasgresión de los límites y el cosmopolitismo, el sexo por ejemplo.

Los cuentos ya no necesariamente ocurren en México o son mexicanos en el extranjero. ¿En dónde soy extranjero? ¿Soy extranjero en la relación de pareja? ¿Soy extranjera en una situación ajena a mi cotidianeidad? Los cuentos ahora tienen que ver con lo cotidiano –exceptuando al cuento negro o policiaco- con la gente común y lo que a ellos les sucede.

¿Crees que el cuento mexicano clásico y actual se permea del contexto sociocultural en que fue escrito o se escribe?

Creo que toda la literatura pos revolucionaria ve al individuo en el centro: el individuo y sus flaquezas, sus grandezas. Sobre todo esta sensación de antihéroe que tiene el cuento, porque la historia no se desarrolla alrededor del fregón, normalmente se ubica con el marginal volviéndolo figura central. Creo que esto nos hace ver cómo las pequeñas desdichas son las grandes tragedias del hombre, no sólo de ese personaje, sino de la humanidad.

A pesar de que la estética en los cuentos de Arreola sea otra situación, no podemos ver en ellos un cuento social; él está mucho más preocupado por el hombre moderno.

Villoro habla de los personajes en su vida contemporánea, con sus pequeñas o grandes desolaciones  y sus pequeños o grandes esfuerzos por sobrevivir de la mejor manera.

Me aventuro a decir que el cuento es el que puede mirar con mayor claridad el absurdo de la existencia: cuando lees los cuentos de Serna, puedes ver una mirada crítica, pero no de denuncia.

Un ejemplo muy gráfico del absurdo es Rosa Beltrán con sus Amores que matan, libro que pone énfasis en nuestra preocupación por la imagen. Y es que ya vivimos un mundo preocupado por el éxito, la imagen, lo instantáneo, lo esotérico, la felicidad rápida, aún cuando nuestro anhelos siguen siendo los mismos aunque la forma haya cambiado.

Técnicamente hablando ¿La inmediatez que vivimos en prácticamente todos lados, ha hecho que los escritores actuales descuiden la forma respecto de los cuentistas clásicos?

Creo que el cuento es uno de los géneros más limpios. Un buen cuentista solo funciona si controla su texto, si lo sabe escribir, si amalgama el tono con el que está contando. Debe saber decir lo suficiente y detenerse a tiempo. En este sentido creo que el cuento es muy exigente y la calidad se ha mantenido. Con el cuento hay un compromiso artístico porque se está apostando a la revelación, a la sugerencia, no a la obviedad.

En el cuento se exploran formas que tienen que ver con los recursos de la palabra escrita. Por ejemplo, Francisco Hinojosa tiene un cuento que está numerado, él juega con el empaque sin perder de vista la estructura de ley; planteamiento, clímax y desenlace. Cada cuento pide su tono y su perspectiva.

Puedo afirmar que en el cuento es más difícil experimentar por su carácter canónico por ello difícilmente vemos mucho cuento experimental.

¿Los cuentistas actuales están más preocupados por tener un espacio en el campo literario, que por la calidad de sus cuentos?

Cuando llegas a las editoriales con cuento, te piden novela. El cuento es visto como el patito feo, con el cuento no ocurre el éxito editorial que sí con la novela.

Los espacios para publicar cuento son reducidos; algunas revistas o suplementos lo hacen pero con restricciones regularmente relacionadas con la brevedad.

Existe una tendencia a la brevedad pero también hay quien escribe cuentos muy largos, creo que esto coexiste. En el cuento está pasando de todo, aunque la brevedad es algo muy latinoamericano.

¿Notas algo diferente en la técnica que utilizaron los cuentistas clásicos respecto a la que utilizan los cuentistas actuales mexicanos?

Algo que veo es una posibilidad de entrar mucho más directamente. In media res. En medio de la acción. Narrar la acción sin pre-ámbulo. Creo que ahora el cuento tiene esta posibilidad de hibridar con los géneros periodísticos.

Empezar in media res es parte de una efectividad propia del siglo XX porque el marco del cuento se delimita; ahora el asunto, desde su momento más intenso, se ubica en el centro del cuento. Y aunque Rulfo ya utilizaba este recurso creo que los cuentistas actuales recurren al in media res permanentemente.

Esta idea me permite reafirmar que desde los 50 hasta nuestros días no observo grandes cambios técnicos: existen cambios de temas relacionados con el entorno en que vivimos, encuentro mucho menos preocupación por lo mexicano y mucha más capacidad de asimilar las tradiciones literarias de otras latitudes. Ahora existen más redes con las literaturas del mundo y esto nos permite conocer la gran cantidad de estilos que coexisten en este momento, por ello, no veo un rasgo técnico tajante.

Aunque, sí existe ahora una ironía de la mirada teñida por una búsqueda que nos permite sacar a los personajes de la soledad o a nosotros mismos: encontrar el sentido de la vida a través de una mirada poco solemne. Ahora somos capaces de reír de nuestras formas y fondos. Tal vez la ironía sea el sello de la época, no así la experimentación con recursos literarios para empacar el cuento.

¿Cuál fue el pretexto para escribir La sobremesa[1]?

Había hecho un viaje en el que crucé Canadá por tren en compañía de periodistas de gastronomía: siempre hablar de texturas, olores, formas, hablar de algo desconocido hizo que me fascinara por la gastronomía. Creo que es el mundo de la sensualidad.

Y mientras escribía artículos, quedó en mí un sentimiento que dio para este cuento.

En “La sobremesa” me interesaba plasmar al personaje que se dedica a experimentar sabores. Por otro lado, ella, la protagonista, tal vez sea mi azar,  mi reflejo, porque yo me subí a ese tren un poco por azar. El asunto de “La sobremesa” revela algo complejo; la necesidad de importarle a alguien.

Nota: Entrevista realizada una bella tarde del 2007, en el centro de Coyoacán, D.F.
Las preguntas realizadas en esta entrevista responden al interés que por entonces tenía sobre el cuento y, sirvieron como anexo de Los suyos y los nuestros, el cuento mexicano, exponentes y evolución, tesis de licenciatura con que me gradué.


[1] Cuento incluido en Uno no sabe, Plaza & Janés, 2003.