¿Por qué, para qué escribo? Adelantada pero honesta declaración de intenciones

El mundo está mal. Todos lo dicen. Se quejan siempre. Me quejo siempre: el mundo está mal. Quejarse es muy fácil. Es depositar en los demás cualquier responsabilidad. El mundo está mal. Alguien debería arreglarlo. Pero ¿quién, cómo, cuándo, de qué manera? Y ¿por qué decir “alguien debería arreglarlo” y no simplemente “debería arreglarlo”?

Cambiar el mundo, asegura mi padre, es cosa de soñadores que no tienen los pies en la tierra. ¡Claro! Mi padre, tan preocupado como cualquiera porque su hijo no muera de hambre o asesinado, en el intento de arreglar el mundo, ha preferido siempre que me deje de andar por ahí de artista, manifestante, quejumbroso e inconforme. Me acusa: ¡pesimista!

Gandhi, Picasso, Einstein, Galileo, Da Vinci, son sólo un puñado de gente que transformó su realidad. Genios de la historia que han sabido ganarse la memoria global por su valentía y fuerza de voluntad, pero sobre todo, por su garra e inteligencia frente al imperativo ideológico, económico y normalizador que todo lo rige. No pretendo compararme, ni muchísimo menos, con semejantes personalidades. Las traigo a primera fila, supongo, para contradecir a mi padre, pero sobre todo para recordarme que si ellos lo hicieron, cualquiera puede; no le está negada a nadie la posibilidad de cambiar el mundo. O no debería.

¿Riesgos? ¿En qué ámbito de la vida no los hay? Recuerdo, no sin un poco de vergüenza, que durante mis años de infancia le preguntaba a mi madre: ¿qué puedo ser de grande? Ella, entusiasmada y llena de fe, me abría un panorama amplio de posibilidades; no siempre las más acertadas, pero al fin variadas. Puedes ser futbolista, me decía, bombero, policía, médico, arquitecto, abogado, empresario. Y mi siempre recurrente pesimismo, ya latente desde entonces, me hacía pensar: los futbolistas se rompen las piernas, los médicos, si se equivocan, pueden matar a alguien, o matarse ellos mismos si pillan un trágico virus de quirófano; los bomberos se mueren quemados o aplastados, los policías a balazos y los arquitectos, abogados y empresarios, se mueren de aburrimiento. Por aquél entonces, no sabía muy bien qué significaba ser arquitecto, abogado o empresario. Pero sonaba fatal. ¿Qué te gustaría a ti ser de grande?, me preguntaba mi madre, resignada, pues ninguna de sus sugerencias conseguía interesarme. Menos aún cuando me decía: sea cual sea tu elección habrás de entender que, al final, todo conlleva un riesgo.

No supe responder a esa pregunta hasta muy entrado en la adolescencia, o sea, casi ayer. Pero siempre, por muy lejana e incomprensible que me pareciera la respuesta a esa pregunta, me imaginaba frente a la gente, conversando. Me lo imaginaba mientras practicaba, tercamente, mi caligrafía sobre un bonche de hojas blancas. Imaginaba charlar, no como quien se imagina poseedor de una conversación digna de aplausos y reconocimiento, sino como quien ve en el acto de dialogar, una oportunidad para recordar, para revivir y, por lo tanto no olvidar. Como quien ve en el acto de platicar una estrategia para entender el mundo.

Quizá el padre de Gandhi (primer ministro de la ciudad hindú de Porbandar, perteneciente a una casta de astutos mercaderes), se habría muerto del susto, de no haber muerto antes,  al enterarse de que su hijo, quien había estudiado abogacía en Londres durante su juventud, se estuviera muriendo de hambre, literalmente, en pro de sus ideales. Quizá, de haber estado vivo, el padre de Gandhi habría hecho lo posible por impedir que su hijo anduviera por ahí de proclamador de la paz, desatando la violencia de quienes no lo entendían. Quizá habría intentado impedir que un joven hindú lo asesinara a balazos y hoy Gandhi no sería Gandhi.

A Galileo, por otra parte, lo asesinó la iglesia. Sustentar la teoría heliocéntrica de Copérnico y con ello sostener que la tierra no era el centro del universo, fue demasiado transgresor para su tiempo. Puso al mundo de cabeza, cimbró las mentes, cuestionó la autoridad religiosa. Y, aunque luego se retractó e hizo pasar por falsos sus descubrimientos para salvar la vida, no consiguió salir del problemón en que lo habían metido sus inquietudes científicas. Ignoro si los padres de Galileo, o cualquiera de sus familiares, intentaron ayudarlo. Pero de haberlo hecho y conseguido, quizá hoy Galileo tampoco sería Galileo. Ni el mundo sería el mismo en el que hoy vivimos.

Gandhi y Galileo corrieron con el riesgo de ser ellos mismos y hacer lo que debían y querían hacer. Y así cambió el mundo en consecuencia.

Ambos, muy a mi pesar, le dan a mi padre la razón, en parte. Frente a ello, no me queda más que admirar la sabiduría de los tres. Reconozco que hay genios que han cambiado al mundo, a pesar de sí mismos y corriendo con riesgos tan gruesos como los de éstos dos personajes. Soy demasiado cobarde para eso. Pero, para mi fortuna pesimista y, para consuelo de mi padre, no todos los que han cambiado el mundo tuvieron el mismo destino.

Picasso murió de un edema pulmonar, calientito en su casa y acompañado por su familia, después de una vida artística que lo convirtió en el pintor español más importante del siglo XX. Einstein murió de un infarto cardiaco consecuencia de la complicación de una bronconeumonía pulmonar, es decir, por abusar del tabaco, después de decirle al mundo que el tiempo y el espacio son una chusquería. Y Da Vinci murió de viejo en un castillo italiano, sin saber que se había convertido en el personaje más genial e innovador de la historia.

Cuando tenía dieciséis o diecisiete años y me preparaba para entrar a la universidad, me resultó inevitable recordar esos pensamientos sesudos de mi infancia sobre los contras de ser bombero, policía o médico. Descubrí que no me servían de mucho para resolver una duda que por entonces me atormentaba: ¿debo elegir la carrera de informática y, por lo tanto hacer un bachillerato que me disponga para ello?

De no haber sido porque tuve dos profesoras muy buenas que me supieron enamorar del periodismo y la literatura en esa etapa de mi vida, quizá hoy no estaría escribiendo estas líneas y habría perdido el asco por las matemáticas. Y ya puesto a sumar peros: quizá también, de haber sido informático, sería muy infeliz y aquellas imaginaciones mías sobre conversar con los demás se habrían vaporizado, pues no eran más que una borrosa nube de pensamientos.

Me decidí, pues, por la literatura, después de estudiar comunicación social y periodismo cultural, probablemente porque me parecía poco factible eso de morirse escribiendo, pero también porque fue la profesión que me permitía hacer lo que desde niño imaginé: conversar, comunicar.

Hoy, después de varios años comprometido con mi formación literaria, totalmente convencido de haber encontrado mi vocación, eso que mucha gente llama “la pasión” de la vida; se me cruzan en el camino varias preguntas aún más difícil de responder que la de qué iba a ser de grande. Preguntas que seguramente han puesto a sudar a más de una persona y esclavizado muchas. ¿Par qué escribo? ¿Qué aspectos del mundo me parece están mal y deberían cambiar? ¿Con qué aspectos de la vida no estoy de acuerdo? ¿Qué postura debo tomar ante ello como creador literario o periodista?

No pienso meterme aquí en el berenjenal de la función social del periodismo. Está claro: cuando de periodismo se trata, mi compromiso es social. Basta con decir eso. Periodísticamente hablando me siento comprometido con “la verdad”, por trillado y poco concreto que eso suene.

Pero quizá sí vale la pena desarrollar brevemente el tipo de compromiso que elijo tomar como creador literario, al tiempo que expongo, como si se tratase de una declaración de intenciones (quizá apresurada, pero honesta), cuáles son los principios e ideales que hoy me interesa defender a través de la literatura.

No busco crear vanguardias, romper moldes, o transformar la visión del mundo con mi trabajo literario (aunque debo confesar que, muy al inicio de mis incursiones en la narrativa, sobre todo en el terreno de la investigación, soñé con proponer a la técnica del cuento un cambio tan importante como lo hiciera Edgar Allan Poe en el siglo XIX, y hasta me dediqué a investigar el cuento mexicano de la segunda mitad del siglo XX con la esperanza de encontrar rasgos “evolutivos” que pudieran guiarme hacia esa meta).

Tampoco busco hacer historia y ganarme la memoria global por mi valentía o fuerza de voluntad y, no soy quien para combatir el imperativo ideológico, económico y normalizador que todo lo rige. Sobre todo, porque aspiro a pagar la renta y comprar comida con los beneficios de mi trabajo literario, porque quiera o no, mi literatura siempre se verá influenciada y puede corresponder a una o varias ideologías, y porque hay un aspecto de mi realidad social que sí me interesa “normalizar”, es decir, ayudar a convertir en norma (lo expondré más abajo).

Me cuesta trabajo creer que Galileo, Gandhi, Picasso, Einstein o Da Vinci hayan dedicado sus mejores días a cambiar el mundo, así, de manera tan abierta y comprometida. Sin duda alguna, todos ellos se dedicaron simplemente a lo que debían y querían hacer. Y se comprometieron única y exclusivamente consigo mismos y sus principios, trabajos e ideales. Luego, algunas veces con más fortuna que otras, esos trabajos o dedicaciones tuvieron consecuencias que transformaron el mundo, o mejor dicho, que cambiaron la forma en que los demás comprendían el mundo. Pero esa consecuencia poco o nada, a mi parecer, tuvo que ver con sus motivaciones o intenciones.

Parto de esa idea para delinear el primero de los principios que hoy por hoy defiendo a través del ejercicio literario: el único compromiso que establezco es conmigo mismo y con mi trabajo. Es decir, antes de comprometerme con cualquier fin, ajeno o externo a la creación, no me comprometo con nada ni nadie más.

El segundo de mis principios, en íntima relación con el primero, es el siguiente: más allá de buscar que los demás transformen su modo de entender el mundo, me interesa mostrarle a los demás, a los interlocutores con quienes deseo conversar, cuál es mi modo de entenderlo, de verlo, y así luego, escuchar sus propias formas de percepción y organización, para nunca salir del sistema de intercambio de ideas que hace tan rica, emocionante y sorprendente la vida.

Finalmente, el tercero y último de los principios con los que actualmente me comprometo, es: defender y luchar por los derechos humanos, sexuales y reproductivos, cuando esta lucha no interfiera o condicione mi creación literaria.

Soy orgullosamente gay. Estoy casado con un hombre maravilloso con el que deseo compartir el resto de mi vida. Hasta hace muy poco tiempo, en mi país de origen, México, no se permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo. A pesar de que el Distrito Federal dio un gran paso en materia de derechos humanos al modificar su código civil, las parejas no heterosexuales del resto del territorio mexicano no pueden optar por el matrimonio en sus propias localidades, restringiendo así los derechos y garantías que tal efecto jurídico tiene como consecuencia en los cónyuges.

En España no hace muchos años que la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, permitió, en mayor o menor medida, una respuesta social positiva frente al incremento de familias diversas conformadas por personas no heterosexuales, teniendo esto como consecuencia, un decrecimiento de los crímenes por homofobia y una disposición más respetuosa y tolerante frente a la diferencia.

Me interesa que la realidad en la que vivo, parecida a la de millones de personas en todo el mundo, unidas bajo un modelo de familia no convencional, se normalice, se convierta en norma. Estoy cansado, como mucha gente, de ser un ciudadano de segunda, de sufrir, a veces más, otras menos, la ignorancia y discriminación de los otros. Por eso acojo ésta como causa o principio.

Hubo un periodo de mi adolescencia temprana en que, en efecto, intenté cambiar el mundo. Hasta que me di cuenta de que esa tarea, aunque no le está negada a nadie, me quedaba demasiado grande. Sí me interesa, en cambio, escribir, y a través de la escritura comprometerme con algunos ideales o principios. Si debido a ello, un día, el mundo cambia, bien habrá valido la pena el esfuerzo, porque más de una persona habrá conseguido utilizar o aprovechar mi trabajo. De momento, me basta con ser yo mismo quien le saque partido.

Me siento avocado a los principios e ideales que hoy me motivan y estaré siempre dispuesto a correr los riesgos necesarios para defenderlos, sean los mismos toda mi vida o, como probablemente suceda, cambien. Nadie en este planeta piensa igual toda su vida.

Ilustración conmemorativa del Día Internacional Contra la Homofobia (17 de mayo 2012).

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Cómo narrar una historia y no morir en el intento

A los que no se rinden,
a los que escriben.

Esencialmente, todos estamos capacitados para contar historias. A las personas nos gusta dar cuenta de la realidad (para comunicarnos con los otros, para entender y ser entendidos, para abrir el debate), pero más nos gusta que nos cuenten historias porque a través de ellas aprendemos a vivir.

Aunque todo el mundo esté capacitado para contar historias, no todos saben cómo narrarlas, de manera que sus ideas, anécdotas, y emociones sucumben ante la falta de claridad y suelen perderse en el universo infinito de la confusión, la escritura autocomplaciente, la retórica vanidosa o la técnica tramposa que pretende sorprender.

Este texto no busca dar cátedra a nadie, mucho menos hacerse pasar por uno de esos decálogos ingeniosos que grandes escritores han creado como guías para el novato que desea escribir narrativa. En todo caso, si se quiere, puede leerse como una lista de sugerencias que podrían orientar a quien desea practicar la escritura creativa para narrar una historia y no frustrarse en el intento. Porque ¡oh!, tirano el oficio del narrador, que tanto tiempo y determinación exige, es capaz de provocar frustraciones y renuncias.

Mi trayectoria y experiencia en el mundo de la escritura creativa son cortas, más no insuficientes para realizar esta propuesta ¿metodológica?, que habrá de ser leída como una más, entre el basto mar de propuestas hechas por escritores y diversos estudiosos de la escritura creativa.

Me permito recomendar aquí la lectura de El guión, de Robert McKee; El viaje del escritor, de Christopher Vogler; Después apareció una nave, de Guillermo Samperio; Manual de creatividad, de Mauro Rodríguez; La escritura dramática y Manual de Teoría y Práctica teatral, de José Luis Alonso de Santos; El arte de la ficción, de John Gardner y El gozo de escribir, de Natalie Goldberg; libros todos en los que me apoyo para el desarrollo de esta propuesta y cuyo estudio a profundidad capacitará fuertemente a cualquiera para enfrentarse a la tarea de narrar una historia (en el más amplio sentido del término, sin ceñirse necesariamente a una forma genérica concreta, es decir, un cuento o una novela, en cuyos casos vale la pena estudiar particularidades y diferencias: asunto que no atenderé aquí).

Debo hacer énfasis en lo siguiente: la mía es una propuesta humilde con un enfoque práctico que, más allá de apuntar una fórmula para narrar una historia (eso no existe, y si existe todavía no la conozco), enlista una serie de consideraciones generales que al escribiente, sobre todo al recién iniciado en la escritura creativa de narrativa, conviene tener en mente ya sea antes, durante, o después de la realización de un texto narrativo.

Animado por la experiencia como coordinar del Taller de escritura creativa de Sevilla, seducido por los invaluables conocimientos adquiridos durante el estudio del Máster en Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla (del cual soy recién egresado), y comprometido con quienes, como yo, sienten pasión y placer narrando historias a través de la escritura, me animo a creer que para conseguir dicho cometido hace falta:

1. Desear que esa historia sea conocida por otros. De otro modo, el autor pensará únicamente en sí mismo y podría fácilmente caer en la enorme tentación de auto complacerse.
Considerar al otro es querer comunicarse, transmitir ideas, sentimientos o emociones. Es como abrir un diálogo con los amigos y no como hablarse a uno mismo reflejado en el espejo.

2. Resumir en muy pocas líneas la historia que se desea contar: identificando claramente inicio, desarrollo, clímax y desenlace.
La práctica de la escritura narrativa exige claridad, una cualidad mental elevada. Aterrizar las ideas sobre el papel ayuda a organizar los pensamientos. Una mente capaz de ordenar sus pensamientos tendrá la habilidad para expresarlos luego de manera clara.

3. Imponerse la disciplina de seguir, siempre seguir, hasta sentirse satisfecho con los resultados obtenidos a través de la escritura, la corrección y todas las posibles reescrituras que podría necesitar la creación del texto narrativo en cuestión, siendo prudentes con nosotros mismos, para no exigirnos demasiado; generalmente eso pasa cuando notamos la falta de experiencia o lecturas, en cuyo caso lo que debemos hacer es practicar y leer, no frustrarnos porque no conseguimos escribir como quisiéramos. Dice Natalie Goldberg que tenemos derecho a escribir porquerías, sobre todo si empezamos a escribir. Pero conforme vamos haciendo práctica y acumulando experiencia, también adquirimos la obligación de no enamorarnos de las porquerías que escribimos. Es necesario ver a nuestros primeros ejercicios como lo que son: prácticas, no los mejores resultados que podemos obtener. Siempre podremos obtener mejores resultados, cada práctica nos permitirá verificarlo, porque con cada una de ellas aprendemos y adquirimos nuevas habilidades.
Cuando hemos sido capaces de resumir la historia que deseamos contar nos acercamos a conocer la magnitud real del proyecto a realizar. Nos encontramos, pues, en una etapa previa a la escritura. No es lo mismo pretender, que hacer. Tener una idea de qué tan larga es la historia pretendida, nos permite aventurar una hipótesis sobre la cantidad de tiempo y esfuerzo que tal empresa requiere. Si consideramos esa proyección y la contrastamos con nuestro ritmo habitual de escritura o el tiempo real que dedicamos regularmente a dicha práctica, sabremos cuánto tiempo y esfuerzo podría exigirnos la narración de la historia que traemos entre manos. Así el escribiente será capaz de paliar las ansiedades y ser congruente consigo mismo, combatiendo la maldita frustración que tantas veces conlleva la renuncia.

4. Supeditarse a la historia.
Los escribientes, muchas veces seducidos por la técnica (que es muy atractiva), se olvidan de qué desean contar y se concentran en cómo les gustaría contarlo. No es más importante una cosa u otra, o no debería serlo. Un sano equilibrio entre ambos aspectos podría llevarnos a conseguir nuestro cometido con éxito.
La recomendación general es: no pensar demasiado en el cómo, sobre todo si se empieza a practicar la escritura narrativa y se domina poco la técnica. Es más práctico y productivo pensar en la historia, porque ella misma es capaz de señalar las herramientas técnicas más indicadas y atractivas con que podría construirse la narración.
No pretendo unirme al debate que desde siempre ha existido sobre la forma y el fondo, sobre el cómo y el qué de una obra artística, sino más bien señalar que un escribiente, sin apenas conocer la técnica narrativa y con poca o nula práctica construyendo historias, poco o nada conseguirá si se preocupa demasiado por la técnica, en lugar de atender a la historia y sus emocionantes pasiones.
La escritura de un texto narrativo no puede ser considerada una obra artística, o una obra literaria, por el simple hecho de ser un texto narrativo y utilizar ciertas normas técnicas o genéricas. Son los lectores, la academia y los editores, quienes con el paso del tiempo, influenciados por los cánones, las tradiciones o las tendencias creativas y mercantiles, califican como una obra artística o literaria un texto narrativo. Pero también el tiempo, el estudio de la técnica y la práctica que consigue acumular el escribiente, son factores que le permitirán prescindir (o no) de la historia, para concentrarse en la forma en que será contada.

5. Hacer una lista de los acontecimientos que construyen la historia.
El objetivo es desarrollar la idea inicial, organizando de manera cronológica todos los sucesos.
Todas, absolutamente todas las historias, tienen un inicio y un final, independientemente del orden en que nos han sido contadas.
Las historias son sistemas lógicos de causalidad, donde los acontecimientos se encadenan, uno tras otro, de manera natural, permitiendo a quien las conoce, entenderlas e interpretarlas.
Enlistar los acontecimientos de una historia es reconocer el territorio por donde se navegará, es identificar un destino y un puerto, un inicio y un final. Es sinónimo de claridad.
Esta es una etapa muy temprana para pensar en estructura, sobre todo para quien intenta por primera vez narrar una historia. En lugar de pensar en un orden que, intuimos, puede resultar atractivo, conviene pensar en la lógica que cimenta la argumentación lineal, cronológica. Entre más entendible y clara sea una historia en orden cronológico, más posibilidades tendrá el escribiente para crear tensión, intensidad y suspenso en el lector, al proponer una organización argumental distinta, no lineal y, con ello, una estructura llamativa u original. Quien conoce y domina el universo ficticio que ha creado, es capaz de reorganizarlo cuantas veces se lo proponga, eligiendo de manera estratégica la información y los acontecimientos que componen la historia.

6. Identificar al personaje protagonista y su respectivo objeto de deseo.
Todas las historias tienen un héroe y todos los héroes tienen deseos, metas u objetivos.
Con toda seguridad preferiremos saber a quién le ha sucedido qué, pues de ese modo nos sentimos más cercanos al suceso, conseguimos identificarnos con la historia y sentir empatía con el personaje principal.
Si identificamos claramente el objeto de deseo del protagonista, ya habremos hecho la mitad del trabajo necesario para identificar cuál es el conflicto de nuestra historia. Y entre más simple y consciente sea ese objeto de deseo para el personaje protagonista, más simple y consciente será para nosotros entender qué acciones habrá de realizar nuestro personaje para intentar alcanzar su deseo, es decir, para enfrentarlo a la aventura.

7. Identificar al o los personajes o fuerzas antagonistas, que impedirán al protagonista alcanzar su objeto de deseo.
Si el protagonista de nuestra historia puede conseguir lo que desea sin que nada se lo impida, entonces habrá personaje, pero en ningún caso historia. Para que haya historia es necesaria la existencia de obstáculos y resistencias que se le opongan al protagonista en el empeño por conseguir su deseo. Esos obstáculos podrán estar representados por otros personajes o por circunstancias diversas que funcionen como resistencias en la aventura del protagonista, rumbo al alcance de su objeto de deseo.
Haciendo una lectura muy simplificada de la obra de Shakespeare, en Romeo y Julieta el conflicto es: Romeo quiere a Julieta y no la puede tener porque sus respectivas familias lo impiden. ¿Cuándo termina la historia de Romeo y Julieta? En el momento en que los amantes se reúnen simbólicamente en el universo paralelo de los muertos y enamorados, es decir, en el momento en que Romeo alcanza, indirectamente, su objeto de deseo: Julieta. Recordemos: la noche que Romeo es desterrado va a donde Julieta y consuma el matrimonio, entonces parte hacia Mantua, donde esperará noticias del sacerdote que los casará y así poder volver a reunirse con su amada. Entre tanto, el padre de Julieta fija la boda de su hija con un tal Paris, sin contar con el consentimiento de ella. Entonces Julieta, para escapar de la traición a su marido idea, junto con el sacerdote que los casaría, beberse un líquido que la dejará dormida como si estuviera muerta, hasta que Romeo pueda reunirse con ella. El sacerdote envía una carta a Romeo para que sepa de la treta, pero la carta no llega a su destino, el muchacho, al encontrarse a Julieta, supuestamente muerta, compra un veneno y se lo bebe junto a la tumba de su amada. Cuando Julieta despierta y lo ve allí muerto, no soporta el dolor se suicida con un puñal, para así reunirse con Romeo en el más allá.
¿Qué habría sucedido si Romeo hubiese podido alcanzar a Julieta, antes de morir, sin impedimento alguno? Quizá se habrían casado y antes de saber que tuvieron un pisito muy mono, una luna de miel en Hawái y muchos hijos, habríamos visto el punto final de la historia.

8. Reconocer las formas en que los personajes de la historia se relacionan con el personaje protagonista.
Los personajes no son marionetas que podamos movilizar a gusto sin consideración alguna. Todos los personajes de una historia deben cumplir una función concreta, ya sea para ayudar al protagonista a conseguir su objeto de deseo, o para impedírselo. Si no es así, la existencia de un personaje puede resultar intrascendente y distraer la atención de quien busca entender y dar sentido a dicha historia.

9. Resumir en muy pocas líneas el conflicto que la historia plantea.
Siguiendo la escuela teatral de William Layton, el conflicto puede identificarse respondiendo a la pregunta: ¿quién quiere qué y de qué manera? Quién es igual al personaje protagonista. Qué es igual al objeto de deseo del personaje protagonista. De qué manera en igual a las estrategias, acciones que el personaje protagonista realizará con el propósito de conseguir su objeto de deseo. En una historia es necesario contar con una fuerza que resista el ímpetu del protagonista. Sin esa fuerza, el protagonista conseguiría muy fácilmente lo que desea, lo que aniquila el drama. El conflicto es el corazón de las historias, es lo que las hace historias, proveyéndolas de acción y emociones. Sin conflicto no hay historia. Así de simple.

10. Identificar la premisa de la historia.
¿Qué nos impulsó a escribir una historia? A Newton le cayó una manzana en la cabeza y eso lo llevó a desarrollar toda una teoría sobre la gravitación universal. La premisa es la idea, la anécdota, las emociones o sentimientos que llevan a una persona a desear convertir esa idea en una historia. Identificarla nos ayuda a entender parte de nuestro propósito al querer convertir esa idea en una historia narrada, porque aunque no lo tengamos claro aún e, incluso, aunque no querramos, estaremos tratando de decir algo con nuestra historia, es decir, intentaremos comunicar una idea que, con bastante seguridad, no es la que nos impulsó a escribir. Newton no dejó como legado que las manzanas lastiman las cabezas de los hombres cuando caen de los árboles por sorpresa, ¿verdad?

11. Identificar la idea controladora de la historia y diferenciarla de la premisa.
Siguiendo a Robert McKee, la idea controladora es el significado último de la historia. Queremos que el mundo deje nuestra historia convencido de que la nuestra es una metáfora verdadera de la vida. Y los medios con los que vamos a conseguir llevar al público hasta nuestra perspectiva residirán en el diseño que demos a nuestra narración. Narrar es la demostración creativa de la verdad. Una historia es la prueba viva de una idea, la conversión de una idea en acción. La estructura de los acontecimientos de una historia será el medio que utilicemos primero para expresar y luego para demostrar nuestra idea… sin explicaciones.
Cuanto más capaces seamos de dar forma a nuestro trabajo alrededor de una idea clara, más significados descubrirán los públicos en nuestra historia cuando tomen nuestra idea y sigan sus implicaciones hasta cada uno de los aspectos de sus vidas. Por el contrario, cuantas más ideas intentemos empaquetar en una única historia, más se inflarán a sí mismas, hasta que se colapse en una maraña de nociones tangenciales que no diga nada.
La idea controladora se puede expresar en una única frase que describa cómo y por qué la vida cambia de una situación al principio hasta otra al final. Consta de dos elementos: el valor y la causa. Identifica la carga positiva o negativa del valor crítico de la historia en el clímax del último acto, e identifica el motivo principal por el que dicho valor ha cambiado hasta alcanzar su estado final. La frase compuesta por estos dos elementos, valor y causa, expresará el significado profundo de la historia. La idea controladora es la forma más pura de significado narrativo, del cómo y del porqué del cambio, la visión de la vida que los lectores convierten en parte de sus vidas.
Analizando el final que hayamos elegido para nuestra historia deberemos preguntarnos: como resultado de esta acción climática, ¿qué valor, con carga positiva o negativa, entra a formar parte del mundo de mi protagonista? Después, retrayéndonos de ese clímax y excavando en los cimientos, nos plantearemos: ¿cuál es el motivo principal, la fuerza o el medio por el que llega este valor a su mundo? La frase que compongamos con las respuestas a estas dos preguntas se convertirá en nuestra idea controladora.
En otras palabras, la historia nos da su propio significado; nosotros no dictamos el significado a la historia. No sacamos la acción de la idea, sino más bien la idea de la acción. No importa cuál sea nuestra inspiración, la historia acabará encajando su idea controladora dentro del clímax final, y cuando ese acontecimiento nos exprese su significado, experimentaremos uno de los momentos más intensos de la vida de cualquier autor: el auto reconocimiento. El clímax narrativo refleja nuestro yo interior, y si nuestra historia ha surgido desde las más profundas fuentes de nuestro ego, con mucha frecuencia nos sentiremos sorprendidos por lo que veamos reflejado en ella.
Se llama idea controladora, no porque nosotros podamos controlarla (en cuyo caso se llamaría idea controlada), sino porque ella controla a la historia.

12. Pre diseñar la historia utilizando una didáctica.
Todavía de la mano de McKee, debemos componer las escenas que contradigan a nuestra declaración final con tanta verdad y energía como aquellas que la refuercen. Si nuestra historia termina con una contra idea como “El crimen compensa porque…”, entonces deberemos fortalecer las partes que lleven al público a creer que la justicia ganará. Si nuestra historia acaba con una idea como “La justicia triunfa porque…”, deberemos potenciar aquellas escenas que expresen “El crimen compensa, y compensa mucho”. Es decir, no debemos presentar argumentos tendenciosos.
El peligro es el siguiente: cuando nuestra idea controladora se convierte en la idea que debemos demostrar al mundo y diseñamos nuestra historia como un certificado irrechazable de esa idea, nos embarcamos en la didáctica. La didáctica es, hemos visto ya, esa forma de asignación de valores positivos o negativos a los acontecimientos narrativos o escenas de nuestra historia, que nos permiten luego elegir de manera estratégica un orden nuevo, una estructura nueva y emocionante para contar la historia mientras creamos suspense y tensión. Abusamos de la didáctica para sermonear, y así nuestras historias se convierten en tesis. El enfoque didáctico es el resultado de un entusiasmo ingenuo por el que pensamos que se puede utilizar la ficción a modo de bisturí, para extirpar los cánceres de la sociedad.
Sin embargo, toda historia, se quiera o no, comunica una idea y bien vale la pena reconocer abiertamente cuáles son las ideas que mantienen obsesionada a nuestra mente, pues dicha identificación, como la didáctica nos permite observar, será necesaria para el diseño narrativo.
El truco consiste en no ser esclavos de las ideas propias, sino en sumergirse en la vida. Porque no se trata de ver hasta qué punto podamos defender nuestra idea controladora, sino si ésta alcanzará la victoria al enfrentarse a las poderosas fuerzas que organicemos contra ella.

13. Elegir los acontecimientos narrativos esenciales para contar la historia y descartar los que no trabajen a favor de la tensión, la intensidad y el suspense.
Si antes de saber qué vamos a contar ya estamos preguntándonos qué partes de la historia usaremos y qué partes no, estaremos caminando en círculos. No se puede escribir con claridad si no se sabe, con la misma claridad, qué se va a escribir. Aunque hay quienes prefieran aventarse a la hoja en blanco sin saber demasiado… El escritor mexicano Juan Rulfo era uno de ellos. Él escribió una vez que le bastaba saber tres cosas para poder escribir un cuento: ambiente, personaje protagonista y forma de expresión del personaje protagonista. A partir de allí, Rulfo escribía sin parar, hasta sesenta páginas sin ningún tipo de consideración. Al fin conocedor de la técnica del cuento, después de escribir semejante cantidad de material, se disponía luego a recortar, a quitar y quitar hasta conservar las cuatro o cinco páginas que harían la obra completa.
Se puede escribir de cualquiera de las formas. Cualquier método es sólo uno entre miles de posibilidades. Hay un proceso creativo, una forma de escritura, por cada escritor, por cada creador. Y es muy importante identificar cuál es nuestra forma, la que nos llevará a construir historias de una manera siempre placentera, divertida, pero sobre todo, exitosa.
Sin embargo, soy de la idea de que, para llegar a encontrar nuestro propio método, es necesario, como hizo Rulfo en su momento y como han hecho muchos otros creadores con él, conocer y dominar la técnica sin alejarnos nunca de la historia.
Podría decir, inclusive, que cualquier método será, en una etapa posterior al aprendizaje o formación de la escritura narrativa, un recurso del cual se puede prescindir, en parte o por completo. Por eso, aunque resulte irónico, muchos maestros de la escritura creativa, al terminar sus cursos dicen a sus al alumnado: ahora olviden todo lo que han aprendido aquí y sigan ustedes un camino propio.
El ideal, en efecto, es seguir el camino propio. Pero para hacer eso con seguridad, plenitud, autosuficiencia y éxito, es necesario dar un paso a la vez, conocer la técnica, practicarla, entenderla, comprender sus efectos dentro del texto, sus virtudes y defectos; sin descuidar un solo momento la materia prima, con la cual de nada servirían todas esas herramientas: la historia.
Dicho lo anterior, vuelvo a la idea con que comencé este punto: elección de los acontecimientos esenciales. Toda historia, para ser creada, necesitó de la acumulación brutal de datos, material que no necesariamente resultará útil para narrar la historia de manera escrita, pero sí ha sido muy necesario para construir la historia, para sacarla de nuestras cabezas.
Para crear la historia pudo ser necesario escribir una lista larga y por momentos tediosa, de acontecimientos narrativos. Esa lista responde a un proceso de pensamiento lógico y organizado. La mente requiere de esa lógica para funcionar, para decir cosas coherentes. Y en la vida real suelen suceder las cosas a un ritmo y de una forma bastante similar a como lo hemos representado en esa primera lista que compone la historia recién creada. Pero la narrativa, la ficción, es lo contrario a la vida real y rehúye del tedio: elimina todos los momentos aburridos para mostrar únicamente y de manera estratégica los momentos más interesantes, los que llevan al personaje protagonista a enfrentarse a una serie de acciones y emociones. La narrativa es lo contrario a la vida real, pero al mismo tiempo busca representarla, aunque sea en un terreno fantástico y mágico. Pero con la narrativa pasa algo que con la vida no: como lectores elegimos leer determinada obra narrativa porque nos interesa lo que pueda decir; si esa obra es torpe y lenta (aunque pueda ser técnicamente estupenda) y nos dice en cuatro páginas que un tío sube unas escaleras, y para decirnos eso utiliza una retórica pesada y soberbia, probablemente dejaremos de sentir atracción o interés por la historia y lo que pueda decir: cerraremos el libro. En la vida, si nos toca ir detrás de un tío que sube unas escaleras a punto centro kilómetros por hora, sencillamente será un tío subiendo unas escaleras muy lentamente y nos desesperaremos, pero si no tenemos elección, haremos de esperar hasta que el tío consiga despejar el paso para continuar con nuestro camino. La narrativa, pues, habrá de eliminar todos los momentos aburridos de una historia, utilizando como criterio de supresión una sola cosa: ¿éste acontecimiento narrativo es indispensable para narrar la historia que deseo narrar?
Ojo, no estoy diciendo contar, digo narrar, que no es lo mismo. Porque para contar la historia sí fue necesario apuntar más de un acontecimiento narrativo intrascendente, pero no será así para narrarla.
Si ponemos a prueba cada uno de los acontecimientos narrativos que construyen la historia creada, y determinamos su nivel de trascendencia en la historia para ser narrada, estaremos afinando ya un argumento, una o varias propuestas estructurales y comenzaremos a diseñar una estrategia clara para narrar esa historia con intensidad, suspense y tensión.

14. Proponer una estructura como consecuencia de la didáctica. Elaborar el argumento.
La estructura es regularmente una consecuencia más o menos inevitable de la didáctica, es decir, de la identificación clara del valor positivo o negativo que pueda tener cada uno de los acontecimientos que hemos determinado como esenciales para narrar la historia.

El orden lineal de una historia, con bastante probabilidad, será para el narrador novato la organización temporal o causal más conveniente de narrar la historia, pues en ese orden ha sido capaz de crearla y está familiarizado con ese sistema lógico y causal. Eso está bien. Las estructuras lineales son las estructuras más usadas y, contrario a lo que se cree, no es poco original utilizarlas. Recordemos que si estamos empezando no podemos exigirnos demasiado. Narrar una historia en orden cronológico será una gran experiencia y con mucha seguridad nos permitirá entender el sistema causal de las historias todas.
Ahora bien, si la estructura resultante de la aplicación didáctica a nuestra historia no termina por complacernos, podemos proponer una o varias estructuras distintas, es decir, no lineales, para hacer de nuestra narración un ejercicio técnico más llamativo (lo que de ninguna manera hará más o menos interesante nuestra historia).
Para ello sólo necesitamos del azar y de unas tijeras. Recortar cada uno de los acontecimientos esenciales que componen la historia, revolverlos y luego ordenarlos según los elijamos de manera azarosa, permite hacer propuestas estructurales llamativas y originales.
A cualquier tipo de estructura, ya sea lineal o no, se le puede llamar argumento. El argumento es un segundo orden estratégico de los acontecimientos narrativos. El primero, recordemos, ha sido el cronológico.
La organización azarosa de los acontecimientos narrativos esenciales de la historia, podría tener como resultado una variedad múltiple de estructuras, todas interesantes.
¿Qué hacer después con esas propuestas? Hay que analizarlas. Responder a la pregunta: ¿puedo contar mi historia utilizando este nuevo orden?
Lo mejor, desde mi punto de vista, es elegir la propuesta estructural o argumental que nos facilite más el ejercicio de realización narrativa, sobre todo si se trata del primer intento. Entre más difícil nos pongamos la tarea, más nos tardaremos en terminarla y menos aprenderemos de ella.
Sin embargo, vale la pena decir, si gozamos de una gran paciencia y estamos dispuestos a esforzarnos, que basta con elegir la propuesta estructural o argumental que más nos atraiga y emocione. Después de conocer el orden que han tomado ahora los acontecimientos narrativos, que, evidentemente, ya no serán los cronológicos, queda pensar cómo dosificaremos la información de nuestro universo ficticio de manera estratégica para generar suspense, tensión e intensidad.
Intentaré explicarme mejor: un orden cronológico nos obliga a utilizar un sistema de pensamiento lógico concreto, en el que B es consecuencia de A, y C es consecuencia de A más B, y así sucesivamente. El reto que implica una estructura no lineal, es que la causalidad de los acontecimientos se altera, porque se altera su orden temporal. El acontecimiento A de la historia en orden cronológico, dejará de ser A en el orden no cronológico para ser, por ejemplo: Z. Eso implica que la lógica de la consecución se altere y nos obliga a replantearnos qué información, qué datos nos reservaremos para generar dudas y curiosidad en el lector, y qué información compartiremos con él. No es lo mismo narrar una historia que empieza por A y termina por Z, que narrar una historia que empieza por Z y termina por A. Cada uno de esos órdenes implica la utilización de un sistema lógico propio y obedece a un sistema causal distinto.

15. Desarrollar y conocer a los personajes.
Es muy importante tener lo más claras posibles las características de los personajes principales y secundarios, por lo que se sugiere emprender la realización de fichas de caracterización, antes (si es posible) o al mismo tiempo de emprender la escritura de un texto. Un personaje se construye a partir de los datos e información que proporciona el narrador (ojo, el narrador, no el autor). El personaje no se construye en forma aislada sino que participa en la constelación del mundo ficticio, es decir, el personaje se hace, sobre todo, de las relaciones que tiene con los demás personajes y de sus acciones, de cómo sus acciones afectan a los demás y de cómo las acciones de los demás lo afectan. Los personajes son personas singulares que hacen cosas concretas en un espacio dado y durante un tiempo determinado.
Las fichas de los personajes habrían de contener datos sobre los siguientes aspectos: nombre, atributos físicos, origen, educación y contexto sociocultural, sexualidad, creencias religiosas y políticas, motivaciones, sueños, esperanzas, problemas y conflictos. El escribiente debe saber más de los personajes que éstos sobre ellos mismos. En alguna ocasión, un maestro recomendó no empezar a escribir hasta no saber qué tienen los personajes “en los bolsillos del pantalón”.

16. Pensar en la ambientación.
La ambientación de una historia tiene cuatro dimensiones: el período, la duración, la ubicación y el nivel de conflicto. ¿Se ambienta la historia en un mundo contemporáneo? ¿En otra época histórica? ¿En un futuro hipotético? ¿Cuánto tiempo de vida de los personajes cubre la historia? ¿Decenios? ¿Años? ¿Meses? ¿Días? ¿Cuál es la geografía específica de una historia? ¿En qué ciudad se desarrolla? ¿En qué calles? ¿En cuáles de los edificios? ¿En la cima de qué montaña? ¿Al otro lado de qué desierto? ¿En un viaje a qué planeta?
Las fuerzas políticas, económicas, ideológicas, biológicas y psicológicas de la sociedad, independientemente de hasta qué punto sean externas, como en instituciones, o internas, en el nivel de los individuos, dan forma a los acontecimientos de manera tan influyente como lo hacen el período, la duración o localización. El nivel de conflicto es la posición que ocupa la historia dentro de la jerarquía de las luchas humanas.

17. Elegir el tipo de narrador.
Existen diversos tipos de narrador y la utilización de cada uno de ellos tiene un efecto distinto en el lector, haciéndolo acercarse o alejarse de la historia. El narrador puede ser un ente ficticio que no se involucra nunca con la historia que narra, o bien ser el protagonista mismo. Es muy importante conocer las diferencias y los diversos efectos técnicos de los narradores, tanto que estos elementos técnicos han generado toda una forma de escritura: la narrativa. Pero ese es un tema que requiere de un artículo propio, por extenso. Sin embargo me gustaría desarrollar un aspecto importante sobre la elección adecuada del tipo de narrador. En muchas ocasiones, quienes buscan escribir una historia se inspiran o parten de una anécdota personal o cercana que los lleva a querer disfrazarse con el uso de un narrador determinado, para así despistar al lector y hacerlo creer que la historia contada no tiene absolutamente nada que ver con el autor de la historia. Eso sucede porque el lector, muchas veces, no consigue diferenciar entre el narrador y el autor, que son siempre conceptos distintos. Uno es un ente ficticio y el otro es una persona de carne y hueso.
El escribiente novato vive el temor constante de mostrarse desnudo ante los demás, de ventilar su propia vida en las historias que escribe, llevándolo así a utilizar, por ejemplo, un narrador en tercera persona para contar una anécdota que le ha sucedido a él.
Los lectores son generosos y permisivos, sobre todo los adultos, pero en definitiva no son tontos y cuando se les trata como tontos podemos correr el riesgo de perderlos para siempre. Un lector será capaz, siempre, de reconocer cuándo un autor utiliza la técnica como una máscara.
No pretendo aquí profundizar en el tema. Me basta con decir que para elegir acertadamente al narrador con que narraremos una historia, es necesario considerar la manera en que nos implicamos con la historia de manera personal, no porque así nos desnudemos más o menos o debamos desnudarnos más o menos frente al lector, sino porque así seremos capaces de narrar la historia de la mejor manera posible, atribuyéndola de verosimilitud, energía y emociones.
Narrar historias implica autoconocimiento, reconocimiento personal y autoestima, porque a través de nuestras historias, querramos o no, mostramos parte de nuestra propia personalidad, de nuestra propia forma de entender y ver al mundo. Si no tenemos la autoestima suficiente para defender nuestras ideas, tampoco tendremos la autoestima suficiente para compartirlas con nadie y fácilmente nos dejaremos caer por las críticas o desviaremos nuestra atención con pensamientos tortuosos sobre lo bien que otros escriben y lo mal que escribimos nosotros. Vamos, que para narrar y saber elegir acertadamente al narrador de nuestra historia, hace falta ser fiel a uno mismo, respetarse y entenderse, así como conocer de qué manera funciona cada tipo de narrador a nivel técnico.

El mayor porcentaje de trabajo de quien escribe, no es escribir, sino pensar, imaginar. Quien tenga claro y presente esto podrá terminar siempre lo que pretende escribir y hacerlo de una manera clara, sin enredos. Lo demás, es sólo escribir.

Publicado en la Primera antología de narrativa del Taller de Escritura Creativa de Sevilla (R.E.C. Vol. 3), Ultramarina Cartonera, 2011.

Una cosa muy seria, Guridi (http://guridi.blogspot.com/)

¿Ser o no ser cool? Ese es el dilema…

Sí, la actitud lo es todo. Y cuando no somos coherentes entre nuestra forma de ser interior y exterior, es decir, cuando no concuerda el hacer con el decir y el pensar, entonces, nuestra actitud ante la vida es tan irracional que genera rechazo. Naturalmente, el ser humano es gregario y por eso es importante trabajar en nuestra imagen, identidad e integridad.

Ésta es la única idea interesante que rescaté de Imagen cool (editorial Grijalbo), escrito por Álvaro Gordoa, consultor de imagen. Al parecer, también hermano de uno de los consultores de imagen más reconocidos de México, Víctor Gordoa (ver más en www.imagenpublica.com.mx).

Si no conoce el libro, querido lector (no me sorprendería), podría imaginar cualquiera de los Quiúbole de Gaby Vargas y Jordi Rosado. Es del tipo, pues. Y ya con eso, de entrada le dije mucho.

Se preguntará entonces, ¿por qué leí una cosa de estas? Bueno, la respuesta aún no la conozco bien… haciendo un esfuerzo para descifrar el misterio (en la vida hay misterios de esta calaña), llegué a concluir aventuradamente: mi interés por el libro residió en su atractivo diseño y en el discurso (un tanto engañoso) de promoción en la portada.

Con solo verlo, imaginé una especie de manual para diseñadores gráficos, pero, cuando decidí tomarlo entre mis manos y atendí con detenimiento la portada y contraportada, me encontré con una sugestiva invitación: “Manual de imagen para todos los cools, los que se hacen los cools y los que quieren ser cools (…) Tú no decides si eres cool o no… Eso es algo que deciden los demás. ¡Este libro te facilitará las cosas!”. ¿Me imagina en pose de loser, muy decidido a llevarme y leer semejante libraco? En fin, insisto, la vida tiene misterios de esta calaña…

Le di al autor la oportunidad y comencé entusiasta la lectura. Finalmente se trataba de un libro para adolescentes y, como tal, el lenguaje no podía ser menos ligerito, amable y hasta divertido. O, como un sabio compañero de clase en la universidad decía, es un libro, más bien, chistosito.

Abordaré algunos aspectos buenos y malos del libro según avancé mi lectura y, sobre la marcha, iré haciendo algunas observaciones.

Antes de continuar, debo advertir que no terminé de leer el libro (me bastó con hojearlo a partir de la segunda mitad). Me dejó totalmente indignado, ofendido, cansado y decepcionado. Por lo tanto, deberá tomarse TODAS las precauciones ante la subjetividad de esta reseña-ensayo. Si luego de hacerme el favor de leer (y disculpar todas las molestias), sigue interesado en conocer el libro, adelante, dese de topes por su propia cuenta.

La siguiente información es para bibliófilos, por lo tanto, podría no interesarle. Como ya dije, el diseño editorial es atractivo. Parece estar impreso en papel bond a todo color y con un diseño grafico impecable. Las pastas son color blanco mate y, llevan impresa la portada, contraportada y lomo, con tinta brillante. Es decir, el libro reluce.

Debo reconocer el “intento” del autor por desarrollar la primera mitad del texto basado en la investigación, para así definir y sustentar, por medio de argumentos más o menos bien elaborados, el significado de “lo cool” y “ser cool” (haga énfasis en la palabra “intento”):

Cada generación piensa que lo realmente cool es algo exclusivo de su realidad y que únicamente ellos conocen y entienden; que fue fundado en SU tiempo, en el club de jazz de los 50, el festival hippie de los 60, la disco de los 70, el video-bar ochentero, el rave de los noventa o el antro al que tú vas. Entonces, exactamente, ¿qué es cool? Bueno, la pregunta es difícil de responder en diferentes niveles; lo que debemos empezar a hacer es aceptar lo cool como un fenómeno que podemos reconocer cuando lo vemos.
“Si bien lo cool, tal y como hoy lo conocemos, tiene a lo mucho unos 50 años, en mis estudios encontré referencias al término desde en la Biblia o las cortes renacentistas, hasta en las antiguas civilizaciones del oeste africano; siendo estas últimas las más interesantes para el estudio de lo que hoy nosotros entendemos como cool.
“Especialmente la civilización Yoruba, quienes utilizaban la palabra itutu de la misma forma en que hoy utilizamos la palabra cool. Itutu significa autenticidad en el carácter, habilidad para evitar disputas o conflictos y gracia ante los demás… (…)

“El cool moderno representa la adaptación y supervivencia de estas actitudes transportadas a Europa, y especialmente a América, por el comercio de esclavos. En esos días ser cool era parte de una mentalidad para sobrevivir, un mecanismo de defensa para lidiar con la continua explotación y discriminación. Si un esclavo se dejaba llevar por sus instintos y rebelaba su rabia le iba en friega, por lo que más la valía mantenerse cool. Además, esta forma de ser les daba identidad, convirtiéndose en un estilo de vida que les daba aceptación y pertenencia.
“De esta historia podemos sacar dos conclusiones fundamentales para entender lo cool:
“Primero, que ser cool tiene dos funciones principales: suprimir nuestros instintos negativos y lograr aceptación grupal mediante un estilo personal.
“Segundo, que una de las características principales de lo cool es la tolerancia. Durante el libro veremos la importancia del respeto y dejar a los demás “ser”[1].

Me surgió aquí una pregunta: ¿entonces, para ser cool hay que dejar de ser como somos porque eso no está cool para los demás? Tal vez, a estas primeras alturas del libro fue muy reaccionario preguntar algo así porque el autor apenas intenta dilucidar al respecto. Sin embargo, convino mantener en el aire la cuestión, más adelante se entenderá por qué.

Anoté medio punto a favor del material en cuanto a promover la tolerancia como característica primordial de ser cool. Pero, pensemos un poco, ¿no resulta un tanto contradictoria la idea, contrapuesta con la primera conclusión sobre las características de lo cool? ¿Si para ser cool es necesario suprimir nuestros instintos negativos para lograr la aceptación de los otros, una persona que simplemente no se preocupe por suprimir ninguno de sus aspectos, será un individuo no grato o no cool y, por lo tanto, así la persona cool deja de ser tolerante frente al “la forma de ser” del otro? Reflexionémoslo… ¿no es esto, finalmente, una forma eufemística de discriminación y auto-discriminación?

Y así como esta, encontré un montón de contradicciones entre las observaciones menos graves sobre la composición del discurso de Imagen cool. Analizar el discurso, aunque sea superficialmente, se me convirtió en el único beneficio de leer éste libro. Razón que da existencia a esta reseña-ensayo.

Veamos, pues. Muy al inicio del texto, en autor invita:

Lee pensando que nada de lo que se dice aquí es regla, que nada de lo que aquí se te recomienda es obligación”[2].

Para contradecirse unas páginas después:

Una regla de oro es que para ser cool lo primero que tienes que hacer es parecer cool…”[3].

¡Demonios! ¡No sólo hay que ser cool, sino también hay que parecer cool!

Si me limitase a cuestionar superficialmente estos planteamientos contradictorios, dejaría de lado un asunto muy importante, medular, diría yo, en la consistencia discursiva: el deber ser del individuo cool. Detendré a este nivel la desfragmentación textual y el análisis retórico; únicamente consideraré de manera especial la problemática y peligrosidad en la reproducción y difusión del mensaje. Y, es que hablarle a un adolescente sobre “las formas convenientes o positivas de ser”, fácilmente puede transformarse en “las formas (positivas o negativas) del deber ser”, dejando completamente de lado la diversidad como característica humana y promoviendo de manera testaruda un estilo de vida frívolo y superficial.

Ahora, pensándolo mejor, tal vez esa idea, además de las ya expresadas, me desató el interés por el libro. Creí posible la existencia de un libro capaz de abordar la moda, la imagen personal, el comportamiento humano, la diversidad de identidades y los beneficios del trabajo de autoestima individual. ¡Oh, desilusión! Sin ánimos de justificar lo malos que son, los Quiúbole cuidan al menos la consistencia del discurso y se preocupan por sustentar sus argumentos con datos comprobables.

También al inicio del texto, Gordoa avisa que el lector podrá encontrar, a lo largo del libro, referencias  a películas, programas de televisión y, sobre todo, hacia la música. “A mí me crió MTV. Y los personajes que ahí aparecían marcaron de manera importante mi manera de ser y de pensar”[4]. No sé cómo no cerré el libro entonces… Será que siempre le doy más de una oportunidad a los libros…

Para comprender mejor la serie de juicios que hago sobre el libro, vale la pena entender, según la investigación realizada por Gordoa, el significado de “ser cool“:

Cuando Lincoln, que era bastante cool, en 1865 prohíbe  la esclavitud, esta nueva forma de ser y de comportarse se queda muy arraigada en la cultura afroamericana, y comienza a expresarse en la forma de vestir, de hablar, de moverse, de comportarse y, por supuesto, en la música, creándose una gran variedad de géneros musicales como el jazz, el soul y el blues.
“Si bien la esclavitud había sido abolida (…), el racismo y la diferencia de clases continuaron muy grueso en la primera mitad del siglo pasado, y una diversión de los blancos en la década de los 20 y los 30 era ir a los clubes de jazz a chupar, bailar y a que los negros los entretuvieran. (…)
“A principios de los 40, una nueva generación de músicos de jazz, hartos de tocar música fácil para que los blancos bailaran, se rebela y comienza a experimentar con un nuevo estilo llamado “bebop”, que era demasiado rápido para que los blancos pudieran bailarlo (…)

“Este nuevo estilo al que después se denominó “Modern Jazz” tenía más aspiraciones que entretener o sólo tocar música, buscaba dejarse llevar por el instinto, rebelarse contra las reglas, y tocar y comportarse sin ninguna razón y análisis; ¿se acuerdan de que una de las principales funciones del cool era suprimir los instintos negativos? Estos músicos comenzaron a llevar una vida muy heavy, se metían de todo, y casi casi para pertenecer a su grupo, en tu currículum tenía que decir que eras adicto a la heroína. (…)
“En respuesta a esto surge una nueva escuela, una generación que le vuelve a bajar el ritmo al bebop y que toma una actitud relajada, una forma de ser auténtica y alejada de los problemas; a esta nueva escuela se le denominó “Cool School” o “Cool Jazz”, siendo su principal exponente Miles Davis, como puede verse en su disco de 1949 Birth fo the Cool o El Nacimiento del Cool.
“¿Pero de dónde surge el término? Bueno, se dice que cuando estos clubes de jazz se llenaban, el aire era irrespirable debido al humo de los puros y cigarros, al sudor y al aperre en general; por lo que puertas y ventanas tenían que abrirse para dejar entrar algo de aire fresco o “Cool Air”.
“Cool, por lo tanto, se empezó a utilizar para referirse a cualquier músico o visitante de estos clubes de jazz que adoptaba este estilo y tenía una nueva forma de vida agradable para los demás. (…)[5]

Entonces, ¿qué cosa es “ser cool“? Retomaré la idea inicial de esta reseña-ensayo: actitud y concordancia entre las cosas que hacemos, decimos y pensamos. Éste fue el mensaje con que me vendieron Imagen cool, pero no es, en absoluto, el discurso que reproduce y desarrolla.

Desde mi punto de vista “ser cool” es la forma positiva en que te presentas ante el mundo, de tal manera que generas aceptación y nutres una buena reputación ante la percepción social. Es, desde la teoría comunicativa, una excelente estrategia de reconocimiento del individuo, que podría traducirse en la obtención de diferentes beneficios: desde simbólicos hasta materiales. Y esta “forma positiva de ser”, se conjuga a partir de la mezcla entre el pensar, hacer y decir, de tal manera que construimos un todo coherente.

Imagen cool promueve inicialmente esta idea, de manera (ya lo decía antes), más o menos argumentada. El gran problema del material es que interrumpe el desarrollo de ésta primera idea para concentrarse en “el deber ser cool“. ¿Cómo debe verse una persona para ser cool? ¿Qué debe hacer una persona para ser cool? ¿Cuándo una persona deja de ser cool? ¿Cómo podemos saber si ya somos cools? Todas esas dudas y más, en efecto, se resuelven por medio de, nada más y nada menos, que una serie de test tipo ERES y un sinfín de consejitos sobre lo que está in o out, ¡claro!, bajo el único modelo: Hollywood. Es decir, lo cool deja de ser una simpática filosofía sobre la naturaleza del comportamiento diverso del ser humano, para convertirse en el imperativo del “deber ser” Brad Pitt, Britney Spears, o Johnny Knoxville.

En ese sentido, Imagen cool es el libro más cool, si reducimos la concepción de ese calificativo, al significado ofrecido por el libro mismo. Es decir, en forma e imagen, el libro cumple de manera prodigiosa con el objetivo de atraer el interés y agrado del lector, pero sus contradicciones y falta de sustentabilidad, lo convierten después en un ente que, más bien y, aplicando la jerga utilizada por el autor mismo, “se hace el cool” y termina por transfigurar una idea muy buena, en algo detestable.

Decálogo para se cool y no morir en el intento

Voy a citar a continuación una serie de ideas que Gordoa plantea, de tal forma que se construya un “Decálogo para ser cool y no morir en el intento” y desarrolle después algunas opiniones al respecto. Pero antes, debo hacer una aclaración. Como el título del libro comentado indica, lo más lógico es que, en él, se desarrolle el tema de la imagen personal y su retórica (forma, envoltura, apariencia, etc.). Y sí, eso hace el libro. No miente si se quiere ver de esa manera. Lo malo es que primero te venda una idea menos frívola y luego te acomode un recetario perfecto para convertirte en miss simpatía. Hecha la aclaración, procedo:

El peor pecado de lo cool es ¡autoproclamarse cool!”[6]. “El principal riesgo de esta nueva forma de ser: hacerse el cool”[7].

Con estas primeras dos ideas, ¿no ya se dio en la torre solito?

Hacernos los cools es disfrazarnos para lograr una ‘aceptación´ momentánea, que seguramente cambiará por falta de constancia y porque es

evidente ante los demás que únicamente nos estamos ‘haciendo los cools´, lo que es contraproducente pues seremos catalogados como losers[8].

Este libro hace exactamente eso, hacerse el cool, presentándose con un disfraz de lo más interesante y agradable, pero contradiciéndose a cada paso. Me pregunto, ¿será también una regla del “Decálogo para ser cool y no morir en el intento”, que un loser jamás podrá instruirte sobre cómo ser cool? ¿Necesito decir algo más o podemos simplemente soltarnos a la carcajada?

…nosotros no somos dueños de nuestra imagen; aunque te suene injusto, nuestra imagen vive en la cabeza de los demás y se convierte en nuestra identidad (…) Los estímulos [el autor habla de estímulos visuales y verbales[9]] son todas las cosas que hacemos que impactarán los sentidos de quien nos percibe; si controlamos los estímulos, controlamos la percepción; y si controlamos la percepción, controlamos nuestra imagen”[10].

Esta cita ejemplifica perfecto la peligrosidad de reproducir este tipo de discursos, especialmente cuando van dirigidos a los adolescentes. ¿Cómo que no somos dueños de nuestra propia imagen? ¡Claro que lo somos! Tanto lo somos que, si no, Gordoa no tuviera trabajo.

De lo que no somos dueños es de la percepción que otros puedan hacerse de nosotros, ahí sí le doy la razón. Pero vuelve la contradicción, ¿por qué primero dice que la imagen personal no nos pertenece y luego que podemos controlarla si controlamos la percepción que los otros tienen sobre ella? Total, ¿es o no nuestra? Y, por si fuera poco, asegura que la percepción pública es un fenómeno controlable… Mmm, más bien diría yo que es conducible, manejable, más no un fenómeno comunicativo capaz de sujetarse al control absoluto.

…el requisito indispensable para poder hacer una imagen es el respeto absoluto de la esencia, por lo tanto ésta debe existir y reconocerse. Es por esto que una creación de una imagen pública no es un acto superficial, frívolo, materialista o falseado…”[11].

Como idea no es mala, aunque, desde mi punto de vista no deja de ser otro “intento” por solidificar el discurso inicial… pero no bastan tres renglones para desarrollar una idea tan importante. Si dedicas la mitad del libro para hablar de los colores de ropa que mejor le van a tu piel, ¿por qué no dedicarle unas páginas sustanciosas al desarrollo de una idea poderosa que terminaría de hacer coherente la unión entre forma y fondo, es decir, entre apariencia y esencia personal?

Ahora ¡agárrese!

La mayoría de nuestras decisiones se basan en sentimientos (…)  A esta forma rápida de tomar decisiones sin necesidad de pasar por la conciencia se le llama intuición; intuición que puede interpretar una realidad emocional en un instante emitiendo opiniones que nos indican la mejor forma de actual frente a un estímulo. (…) Así también podremos nosotros sacar provecho de los sentimientos de nuestras audiencias: diríjanse al corazón y no al cerebro de las personas…[12]

¿Cómo le quedó el ojo, lector? Lo que dice Gordoa es completamente cierto. Estas ideas son muy aplicadas, sobre todo, en las estrategias publicitarias o mercadotécnicas y, ¡claro!, ¿cómo no iban a aplicarse en la construcción de la imagen cool? Al final se trata de que nos compren, ¿cierto?, de que nos quieran por cools. Porque los seres humanos eso somos, productos, ¿qué no? Somos cosas que DEBEN ser lindas, agradables, deseables, buena onda, brillantes, coloridas, higiénicas, perfectas… nunca un individuo diverso y complejo… ¿Le suenan las contradicciones discursivas?

Hoy eres cool… mañana quién sabe, por lo que exige una constante vigilancia y cuidado de la Imagen Cool. (…) Cría fama y ponte a trabajar todos los días por conservarla”[13].

O sea, si quieres ser un top product, nunca dejes de preocuparte por gustarle a los demás, si no, estás prácticamente muerto, eres indeseable, desagradable, un loser, eres Britney Spears. ¡Ay, nanita!

No hay cosas buenas ni malas [en los terrenos de la Imagen Cool] sino lo que debe ser”.

Es decir, no te preocupes por ser juzgado. No importa si las cosas que haces son buenas o malas (signifique lo que signifique bueno y malo según la moralidad), lo importante es que hagas cosas que te mantengan siendo cool ante los otros, en ese sentido, la imagen cool es completamente relativa. ¡Bien, Gordoa! Conoces perfecto las necesidades del público lector juvenil mexicano y no temes los efectos negativos del manejo discursivo (porque no los conoces). ¡Al pueblo: pan y circo, a todo lo demás puede llevárselo la rechingada! ¿Esto no le suena, queridísimo lector, a la ley mediática que dice “no importa qué hablen de ti, siempre y cuando sigan hablando de ti”?

Para efectos de entender mejor lo peligrosa que es esta última idea de Gordoa, citaré un ejemplo que él mismo utiliza, Jackass: un programa de televisión en que un grupo de “jóvenes” hace una sarta de estupideces que atentan contra sus vidas para hacerse los cools. Dice Gordoa:

La única diferencia es que Johnny Knoxville y compañía hicieron de hacerse los cools una forma de vida constante que los hizo millonarios, lo que finalmente los transformó en cools”[14].

Entonces, jóvenes mexicanos, clávense desnudos en las aguas negras del Canal de Chalco, injieran cantidades industriales de alcohol hasta quedar inconscientes y luego vomiten en la cara de sus padres, perfórense las nalgas para unirlas una con otra, estréllense, a bordo de un carrito de súper mercado, en los jardines del Parque España… En fin, usen la imaginación y ¡que vivan los analfabetas funcionales!

Casi para finalizar este ensayo, que ya se hizo demasiado extenso, citaré un par de ideas más:

Cuando somos percibidos como cools logramos el mayor patrimonio que una persona puede tener: credibilidad. Una vez que nuestras audiencias nos creen, ya la hicimos; la única bronca es que, para que nos crean, primero nos la tenemos que creer nosotros…”[15]

Seguramente a esto se refería Gordoa cuando hablaba de “controlar la imagen propia”. ¡Uff! Qué difícil es plantearse la aceptación de las virtudes personales. En este punto estoy de acuerdo con el autor; a veces aceptamos con mayor facilidad nuestros defectos…

Estará de acuerdo conmigo, lector: para enfrentar un reto psicológico tan complejo como este, hace falta el desarrollo de todo un marco teórico, histórico y referencial que sustente ideas y logre que el receptor ideal modifique su actitud ante la vida, ¿cierto? Y si vemos el lado positivo de ésta iniciativa, en verdad es loable la causa y, aquella persona valiente y emprendedora que se anime a desarrollarla, se merece todo el respeto y admiración del mundo. Pero NO es el caso de Imagen Cool, aunque lo “intente”. Para muestra, basta un botón: cuando Gordoa quiso hacerme creer que era el turno de desarrollar la premisa con la que me vendió su libro, se limitó a usar un par de frases hechas como: “Tenemos que aceptarnos tal y como somos” y “No existen estilos buenos ni estilos malos”, para inmediatamente después ponerse a calificar “los tipos de personas”, basándose en una teoría fantasma (jamás referenciada, ver página 64) que cataloga a TODAS las personas en siete grupos diferentes.

A partir de ahí, el autor se dedica totalmente a impartir clases rápidas de cómo recortarse la barba, cómo inflar la pompi, cómo vestir según la ocasión, qué cortes de cabello utilizar y cómo maquillarse mejor, cuánto gastar en zapatos, cómo debe ser “un hombre” o “una mujer” (por respeto, querido lector, no extenderé mi escritura con lo terrorífico que me resultó el reforzamiento del estereotipo de género), cómo hacerse el nudo de la corbata, cómo rasurarse y por qué hacerlo, cómo oler rico y hasta qué marcas deben gustarte según tu estilo, etc., hasta llegar a desglosar los “protocolos” para “ser cool”.

¡Basta! Me dije a mí mismo y se lo digo al mundo. ¡No necesitamos ni queremos tanta mierda!

Allí tienen, pues.

Escribo esto, la neta, porque quisiera evitarle la pena de leer Imagen Cool a cuantas personas sea posible. Pero sé bien que la naturaleza humana nos obliga a cometer nuestros propios errores. Los dejo con una pregunta para reflexionar: ¿bajo estas circunstancias, vale la pena ser cool y, en verdad debemos vivir bajo el imperativo de ser cool?

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[1] Pág. 15-16.

[2] Pág. 11.

[3] Pág. 21.

[4] Pág. 12

[5] Pág. 16-18.

[6] Pág. 18.

[7] Pág. 21.

[8] Pág. 22.

[9] Según Gordoa, “los verbales se refieren a todo lo que decimos con palabras”, y los estímulos no verbales “incluyen todas las cosas que mandarán mensajes sin palabras”.

[10] Pág. 34.

[11] Pág. 37.

[12] Pág. 49-51.

[13] Pág. 52.

[14] Pág. 23.

[15] Pág. 59.