¿Quién y cómo se decide lo que se debe leer en España?

En la recta final de mi clase de Literatura y Medios en el Máster Universitario de Escritura Creativa en la Universidad de Sevilla, a partir del acercamiento a los dos más importantes y serios suplementos culturales publicados en España (ABC Cultural y Babelia) y, con la intención de hacer un reconocimiento general sobre su constitución, así como de realizar una lectura crítica, me di a la tarea de analizarlos e investigarlos para responder algunas preguntas por demás interesantes: ¿quién decide lo que se debería leer en España?, ¿cuáles son los criterios de selección?, ¿quiénes hacen las críticas literarias? ¿Cómo es la crítica que se hace en estos medios? ¿Cuál es el propósito de estos suplementos? ¿A quienes va dirigido? ¿Cuántos libros reseñan semanalmente? ¿Cuál es la oferta editorial y cuál la oferta de autores?

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Todas las respuestas que aquí me aventuro a componer, habrán de considerarse parcialmente objetivas y subjetivas, en tanto alcanzan configuración a partir del estudio de sólo un número de cada publicación (el correspondiente al día sábado 12 de febrero del 2011) y debido a que no utilizo una metodología rigurosa o formal de análisis discursivo. ¿Y cómo hago, entonces? Simple: leo, relaciono ideas, corroboro datos e interpreto.

Vamos allá, sin más rodeos. ¿Cómo es la crítica que se hace; predomina el contenido o la estética de las obras reseñadas? En general, ambos suplementos hacen comentarios positivos. Tienen, no todas las reseñas, pero sí la mayoría, un tono descriptivo que resalta de forma equilibrada las mejores cualidades estéticas y de contenido. En ningún caso encontré crítica negativa.

Hago dos observaciones halladas en Babelia donde apenas se coquetea con la crítica constructiva: una realizada por Fernando Iwasaki, titulada “La andadura del español por el mundo”, sobre el libro homónimo de Humberto López Morales, donde comenta un detalle negativo sobre el diseño del libro, que impide hacer una lectura más elocuente; y otra realizada por Cecilia Dreymüller, titulada “Pensamientos poéticos”, sobre el libro homónimo del finado Martin Heidegger, donde califica de tontorrones, algunos poemas que el filósofo, enamorado, dedica a su esposa.

Destaco: en ABC Cultural, los reseñistas utilizan un sistema de calificación en la escala del 1 al 5, mediante estrellas. Aunque todas sus reseñas son positivas, las puntuaciones valoran cada obra de manera distinta. Por supuesto, ninguna reseña califica con menos de 3 estrellas. Este sistema no es empleado en Babelia.

¿Quiénes están haciendo las críticas literarias? En el caso de ABC Cultural, 7 de los 15 reseñistas-críticos son profesores o catedráticos en diversas universidades españolas de prestigio. El resto se desenvuelve en el mundo del periodismo, la creación literaria e, incluso, la burocracia. Babelia, por otra parte, expone las firmas de profesionales de la creación literaria que colaboran, en mayor o menor medida, en otros medios de comunicación sin ser periodistas o comunicadores, así como en el mundo de la edición. Esto me lleva a establecer una primera conclusión sobre cuál es el lector que estos medios buscan. En ambos casos, indiscutiblemente, se trata de consumidores habituales de literatura que desean orientar sus criterios sobre qué leer. ABC Cultural, por una parte, busca, quizá, dirigirse a un lector más exigente, más clásico y especializado (lo digo por aquello de recurrir a profesores universitarios y catedráticos como reseñistas). Babelia, en cambio, busca acercarse igualmente a un lector severo, pero no tan preocupado por el canon como por la novedad, desde la perspectiva de la creación y con un enfoque predominantemente informativo.

¿Quién, entonces, decide lo que se debe leer en España? Veamos. Si las críticas tienen un carácter predominantemente positivo, no existe prácticamente ningún caso de crítica negativa, y quienes las elaboran son gente que sabe leer, es decir, personas capacitadas, educadas e incluso especializadas en literatura y creación, aparece obvio el medio como responsable de elegir los libros y autores que se reseñarán. Son, Babelia y ABC Cultural, a través de sus respectivas direcciones, quienes determinan el llamado mainstream literario español. Pero, ¿bajo qué criterios de selección? ¿Cómo escogen? Y, ¿por qué es el medio y no el crítico quien selecciona?

Permitamos que los datos hablen por sí mismos con la esperanza de que arrojen respuestas. Entre menciones, anuncios publicitarios y reseñas, ABC Cultural expone 18 libros y autores. Babelia, por otro lado, únicamente 9. Es importante decir: los números analizados de estas publicaciones coinciden con la antesala de la Feria de Arte Contemporáneo que en Madrid celebrará su 30 aniversario, razón de peso que resta espacio a la sección “Libros” en ambos suplementos, marcándose más en el caso de Babelia que dedica, de menos, el 45% de sus páginas a dicho evento.

El total de libros y reseñados se encuentran respaldados por los siguientes sellos editoriales; en ABC Cultural: Península, Lumen, Páginas de Espuma, Mondadori, Hiperión, Reino de Cordelia, Edaf, Anagrama, Pre-textos, Sinsentido, Espasa, Periférica, Cátedra, y Tusquets; y en Babelia: Periférica, Roca Editorial, Vaso Roso Ediciones, Calambur, Herder, Taurus, RBA, Anagrama y Tusquets. Todos ellos son fuertes representantes de la industria editorial española, por no decir en lengua castellana para considerar también su distribución y echura en toda América Latina. Son pues, editoriales fuertes, altamente reconocibles, grandes inversoras en auto-publicidad y difusión. Y, dato curioso, la mayoría de estas editoriales se encuentran ubicadas en las grandes ciudades de la península ibérica, entre las que destacan Madrid y Barcelona. En ningún caso, alguno de los suplementos reseña un libro editado por un sello menor, independiente, alternativo o emergente.

Los autores reseñados son, en Babelia: Gordon Lish, Craig Russell, Charles Simic, Javier Lostalé, M. Heidegger, Humberto López Morales, Manuel de Lope, Roberto Bolaño y H. Murakami. Y en ABC Cultural: Carlo Ginzburg, Juan Marsé, Eduardo Berti, James Ellroy, Pedro A. González Moreno, John Reats, Manuel Lucena Giraldo, Roberto Bolaño, Michel Houellebecq, Jaan Améry, Amilio Lamo de Espinosa, Cruz Morcillo, Pablo Muñoz, Lolita Bosch, Pablo Pérez Rubio y H. Murakami.

Se hace obvia la repetida presencia de Murakami y Bolaño en los dos suplementos. Quizá, aquí, valga la pena traer a colación el artículo de opinión “Pequeño misterio”, de Andrés Ibáñez, donde se pone de manifiesto la capacidad que los japoneses tienen de escribir bien (y propone su arraigada costumbre de contemplar la naturaleza y su tendencia milenaria al minimalismo, como las causas). Exagerando a Ibáñez, los japoneses deben leerse. Se lo han dicho los años, mediante su experiencia como profesor de idiomas y escritura de alumnos extranjeros. De paso, traigo a cuento, también: no hace ni dos semanas, ABC Cultural dedicó la portada del suplemento a Bolaño y habló de él en sus páginas como un ícono de la cultura pop (habrá de estarse retorciendo Bolaño en su tumba).

Resalta, pues, la cantidad de autores extranjeros a los que estos medios brindan espacio y reconocimiento, frente a los nacionales.

Reflexionemos. Si los suplementos buscan orientar al lector sobre qué novedades leer, básicamente lo que hacen es sugerir qué libros deben comprar. Los suplementos funcionan como una especie de escaparates de compra asistida y especializada que sugieren y definen la oferta cultural literaria del país.

No se debe perder de vista la finalidad comercial de todos los participantes del campo. Hablamos de industria editorial: autores-marca, editoriales-marca, periódicos-marca. El libro, en sí mismo, es un producto. Un bien de consumo.

Entonces, si son los medios los que eligen qué libros se reseñarán, son por tanto los que realmente elaboran una crítica ante el producto. No los académicos especializados y profesionales de la literatura que, por encargo, se dedican a resaltar las cualidades positivas de los productos ya elegidos.

Y si todo esto son primero negocios y luego cultura, es lógico pensar que ambos suplementos, a través de los departamentos de publicidad y ventas, reserven espacio en sus páginas para títulos y autores de las editoriales que compren anuncios publicitarios. Tan sencillo como: tú compras una página de publicidad, yo te reseño dos libros. Porque, curiosa la cosa, son las mismas editoriales anunciadas a las que pertenecen los libros reseñados. Es difícil mostrar esto tan sólo con un número analizado de cada suplemento. Pero basta revisar cinco números seguidos para corroborarlo. El más fuerte indicio, ya de menos, en cuanto al análisis aquí expuesto, se encuentra entre las apariciones de Murakami y el artículo de Andrés Ibáñez.

Así, la responsabilidad de la selección ya no recae únicamente en el medio, sino en la editorial y, particularmente, en los editores, quienes, sin lugar a dudas, son los verdaderos críticos literarios de España. Y,  ¿en qué obras y mediante qué parámetros, un editor elige las obras que compondrán sus catálogos? ¡Fácil! Eligen lo que tiene más posibilidades de venta, según dictan las leyes de la oferta y la demanda.

La industria editorial española se traduce, podríamos decir en el más terrorista de los tonos, en un círculo vicioso, en una mafia de relaciones sociales y mercantiles que se alimenta así misma y de sí misma. Caníbal. Oferta a sus autores, sus libros, sus editores y editoriales. Y, rara vez, abre sus estrechas piernas para dar entrada a un integrante nuevo, pero no tanto por interés de frescura o innovación, como de sobrevivencia. La mayoría de las personas que conforman el mainstrem español tienen más de 40 años de edad. Si un círculo así se cerrara eternamente, más temprano que tarde fallecería.

Y para no acabar estas líneas de conclusiones prontas con ese tono castigador que demoniza a la industria, pongo de relieve la siguiente y ultima cuestión. Si es la lógica del mercado, la ley de la oferta y la demanda, la que establece los criterios de selección de la oferta literaria en España, habrá de considerarse que, aunque en gran medida es también controlada por el mercado, una buena parte la controla el consumidor, el lector, quien finalmente decide lo que le gusta y lo que no.

Es muy más fácil culpar al mercado, a la industria, que asumir cualquier cantidad de responsabilidad, por mínima que sea, sobre quién decide lo que se debe o no leer en un país. Las preguntas que esto me lleva a plantear, ya para cerrar este ensayo, arrastrado por una preocupación honesta son: ¿dónde queda el libro como objeto de conocimiento si se le define actualmente como bien de consumo? En ese sentido, ¿tiene la literatura actual un escaso o nulo valor cultural frente al abrumador, efímero y frívolo objetivo del entretenimiento?

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