Infidelidades, disimulos, mentiras: teatro

—1—

—Tenemos que hablar… —le dije sin demasiado convencimiento.

Me obligué a no usar la frase fatídica, pero se me vino a los labios como la saliva durante el sueño, además, bien pensado, inicié con otra frase igual patética.

—No eres tú, soy yo…

—Ya sé que volviste con S. —contestó, triste.

Días después me acordé que, además de San Valetín, ese día era su cumpleaños. Nunca me lo perdonó.

S., meses después, se enamoró de un enfermo. Jamás lo perdoné.

—2—

A 15 metros de la salida de la universidad, me la encontré. Bellísima: mirada brillante, paso firme, aletargado y cadencioso; sonrisota: de esas que parecen eternas; escote pronunciado, exuberante.

—¡Qué guapa estás, P. Felicidades! —sobé su abultado vientre con la palma de la mano extendida, cual oráculo. Busqué en su rostro un gesto de complicidad, de alegría.

—No estoy embarazada.

Nunca 15 metros fueron tan largos.

—3—

Me sentaron en la cama más ancha de la casa: la suya. Mamá a la derecha, silenciosa. Papá a la izquierda, exhalando humo de tabaco. Ambos consternados. Viéndome y suplicando sin palabras encontrar en mis gestos algo de calma. Consuelo, no sé. ¿Qué saben, qué quieren, qué hacen, por qué, para qué? Me hice preguntas inútiles. Soltó papá:

—Hay tres temas y los tres nos preocupan: uno: fumaste mariguana.

¿Cómo lo supieron?

—Dos: te acostaste con un hombre.

¡No es verdad!

—Tres: escondes lo que escribes cuando deberías compartirlo…

¡¿Qué?!

(Silencio)

—El diario, ¿no?, —pregunté, con cara de: no es nada, es ficción.

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