“Ars volandi”, Andrés Neuman

A Sofía Fernández Hoyos

Efectivamente, he aprendido a volar.

Es de suponer que las personas sensatas como ustedes pensarán: otro pesado más que intenta convencernos. Y se temerán: ahora tendremos que soportar el cuento del hombre-pájaro o algo peor, con los tiempos que corren, habráse visto. Aunque las cosas no son lo que parecen. Y tampoco hay tanta gente sensata por ahí.

Con toda franqueza, no imaginan ustedes cuánto lamento que antes de mí hubiera tal cantidad de impostores, vendedores de hadas, más de un ingenuo o simples mentirosos que pretenderán engañarlos contándoles que volaban. Sus reparos conmigo son legítimos. De veras. Pero mi caso es diferente. Y como sé que ustedes saben distinguir la verdad de la mentira, me dispondré a explicarles sin rodeos en qué consiste mi modesto sistema.

Busco un corredor extenso –un parque desierto, una terraza, un jardín espacio, eso no es lo importante— y me concentro en la lejanía. La concentración sí es importante. Sereno mi respiración hasta que dejo de notarla. Relajo cada músculo y en especial los brazos y la zona abdominal. Me inclino para tomar impulso e inicio una potente carrera –para la que, como es natural, se requiere cierto estado físico—que finaliza cuando, con una rapidez lo más exenta posible de brusquedad, despliego las extremidades superiores y agito al mismo tiempo hombros y antebrazos. Deben ustedes saber que, una vez elevado el cuerpo uno o dos metros por encima del suelo, el resto es la cosa más sencilla del mundo: como nadar plácidamente en las alturas. A partir de aquí, el esfuerzo es mínimo. Las corrientes de aire empujan mi cuerpo, y mi única misión es prever y administrar correctamente su dirección.

Como pueden ver, no hay magias increíbles ni burdas cinematografías en mi método de vuelo. Así se hace y punto: mera cuestión de práctica. Jamás terminaré de explicarme por qué la gente sueña con poder volar algún día. Les garantizo que, al menos en lo que a mí respecta, se trata de un acto de mecánica simple. Así que no me siento lo que se dice realizado por haber aprendido a sostenerme en el aire. De hecho, aunque pueda parecer extraño, mi impotencia es mayúscula. Por eso tengo esperanza en que ustedes, a diferencia de otros, comprendan que les digo la verdad. Sobre todo porque, desde hace algún tiempo, no hago otra cosa que bracear entre las nubes con desepseración, tratando de recordar el modo de descender, viéndolos a ustedes –diminutos—fantasear con ese infierno, pensando en lo dichoso que me haría que alguien me explicase cómo pisar la tierra y, de una buena vez, echar a caminar tranquilamente.

Nota: Del libro de cuentos El último minuto (Páginas de espuma, 2007)

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