El final de la transición

De mayo, 2003

Dora eligió para María el cuarto bien iluminado. Dejó para nosotros la habitación relativamente amplia. Siempre pensé que el departamento era demasiado pequeño, pero Dora, que siempre vivió en la enorme casa de sus padres, insistió en rentar este huevo: “para ahorrarme trabajo de limpieza”, decía.

Al principio nos costó dominarnos, porque tanto Dora como yo veníamos recién salidos de casa; dolió un poco, eso sí, dejar el título de hijos de familia, pero María nos jaló. Nos hace sonreír a diario desde entonces; llena la casa de alegría, de amor.

Se llama María por su abuela, la mamá de Dora. Me gusta tanto el nombre que ni chisté, aunque tenía elegido Regina, como mi mamá. Pero María merecía llamarse así nomás porque mi mamá estaba perdida en el melodrama y la sentía demasiado lejos como para pelearme con Dora por el nombre.

Alguien me dijo, no sé quién, que la vida es imposible de planear. No lo creo. Dora, María y yo, somos felices. Nada más importa.

De junio, 2006

Con los años mi mamá dobló las manos. Aunque el caso de mamá no es el mismo en toda la familia. María es, sin duda alguna, el nuevo amor de su vida desde la muerte del abuelo Luis (como enseñé a la niña a recordarlo). Me di cuenta cuando celebramos el segundo añito de María. Mamá llegó, felicísima, junto con un show de payasos y dos enormes piñatas. Entendió… y qué alegría, porque me pesaba la vida sin ella. ¡Qué trabajos debió costarle mi partida; el nacimiento mismo de María!

Rosa y Miguel Ángel son menos cercanos, pero Dora y yo los procuramos porque María quiere mucho a Marcelo y Fabiana, sus hijos. Hacen buena pandilla esos tres… qué latosos se han vuelto con el tiempo.

Rosa conversa nomás con su hermana. Se plantan en la cocina y me dejan con Miguel Ángel una, dos, tres horas seguidas… ¡Qué suplicio! Y es que habla poco y cuando lo hace se dedica, como por contrato de exclusividad, a los deportes. Pero se les quiere de todas formas. Aunque me preocupa el futuro con ellos porque un día llegaron con el terrorífico discurso católico-fanático sobre el valor de la familia… ¿Alejarán deliberadamente a Marcelo y Fabiana de María?

Aunque me sigo viendo con un par de amigos de la universidad, encontré en Virginia la mejor amiga. Ha sido mi más grande respaldo. En ella he depositado todo: miedos, preocupaciones, alegrías… Quiso hacerse madrina de María y, tanto la quiere, que se ofendió aquél día previo al bautizo en que de broma la cambié por Chela para ocupar el puesto. Es una lástima que podamos vernos tan poco, por eso María parece querer más a Chela, aunque no sea tía consanguínea como Virginia.

Ahhh… La tía Chela. ¡Qué tema! ¿Será que María, cuando llegue el momento, cambiará sus sentimientos para con ella, para con todos nosotros? La culpa la tiene Dora, que no aguantó la lejanía y de a poco la fue invitando a quedarse en casa. Y María, que siempre ha querido al mundo entero, se encariñó rápidamente. Qué injusta me pareció Dora entonces… Pero, muy dentro de mí estaba igual de deseoso que ella, igual de triste por no encontrar la forma de apaciguar mi propia lejanía… Hasta que la encontré. Y fue mejor, porque afectó menos a María. O eso creo. La primera vez que me animé a combatir esa tristeza angustiosa, le dejé una cartita a María: “pórtate bien y obedece a tu mamá”, atiné a escribir, nomás.

Agustín y Cuqui son otro pedo. No hay visita en que a él se olvide traer un regalo para María. Casi siempre son libros de cuentos o muñecas de trapo que María acomoda en la repisa de su cuarto como si fueran trofeos. Cuqui tiene el carácter más dulce del mundo, si mente humana puede concebir tal carácter… Un día María acompañó a Cuqui al mercado… y así llegó Alfonso a nuestras vidas, un periquito australiano medio anaranjado que María bautizó así, como uno de los personajes en los libros que Agustín le regaló. Quiero suponer que la relación entre Agustín-Cuqui y nosotros, es diferente por razones casi obvias. Mamá nos enseñó a él y a mí a tragarnos las diferencias.

¿Y qué puedo decir de Don Tulio y Doña María? Los quiero como a mis padres. Aunque él se muestra inconforme a veces, como se mostraba mi papá. Pero, igual que mi mamá, dobla las manos ante la nieta. La pequeña María es irresistible. Habrá surtido algún efecto el hecho de llamarla igual que su mujer… Y Doña María, señora de armas tomar, se presenta ante el mundo entero como la mejor abuela, la más consentidora, la más dada, la más. Es el efecto del abuelo, supongo. A todos se les hincha el pecho de orgullo y se les derrite el corazón por más inconvenientes que le ven al asunto de ser abuelos, o de cómo llegaron a serlo…

De enero, 2009

Estas vacaciones no fueron de invierno, sino de infierno. Dora y Chela se llevaron a María a la playa. “Así irá acostumbrándose la niña a vernos juntas, solas…”, dijo Chela. Y Dora hacía como si buscara moscas en el aire. “Quédate a trabajar”, atinaba, como recordándome el premio de consolación. Ese “trabajar” era mi salida. Me aliviaba, sí. Pero me atormentaba también. ¿Habrá pensado María que era un adicto al trabajo?

Extrañé mucho a María. La imaginé sonriendo entre las olas, haciendo castillos de arena envuelta en ese trajecito rojo que le remarca las piernas regordetas, luchando contra el enredo de sus cabellos y queriendo acariciar a las gaviotas como hace con Alfonso.

Cuando recibí la postal de María fue el holocausto para mí, chillé incontrolablemente. Con ella llegó el final de la transición. El común acuerdo se cumplía… Comenzó a cumplirse desde antes sin darme cuenta, de hecho. “Juego con mi amiga la nena mientras mamá y tía Chela toman la sienta”, escribió María. Y así comenzó mi niña a hacer su vida propia, sin mamá, sin mí…

¿Y si María no lo supera? ¿Y si María las prefiere a ellas? No sé. A veces creo que el único inseguro aquí soy yo…

***

¿Recuerdas la cartita que dejé bajo tu almohada cuando me fui de viaje laboral en el  verano del 2005? Esa que atesoras no sé por qué… porque no dice nada. Quise escribirte más en esa carta. Decirlo todo, como ahora, aunque ahora tampoco diga mucho, o eso parezca…

Tu mamá me vio escribir esa noche y ya conoce mis sentimentalismos impetuosos. “Un pórtate bien basta”, sugirió con ternura mientras acarició mi cabeza. Ha sido difícil… También a tu mamá le ha dolido, no te creas…

Tu tía Virginia me ayuda todo el tiempo a sosegar la incertidumbre, el temor de saber fallido el plan. El plan… La cosa más contradictoria para quien defiende con uñas y dientes la filosofía absurda de controlar el devenir, de hacer planes y creer en los finales felices.

Sí, parece que he sido el único inseguro con el paso del tiempo. Porque los demás, hasta tus tíos Rosa y Miguel Ángel, se hicieron a la idea. Nunca tocan el tema cuando vienen acá, por supuesto, y jamás han explicado una palabra a sus hijos. “Pero ni falta que hace”, dicen, “porque Mercelito y Faby, como nosotros, ya los queremos así”.

Así… ¡Dios! Cuánta realidad guarda en esa oración la palabra “así”. ¿Así me querrás tú también, mi niña? ¿Sabrás entender?…

Tu mamá me encargó, ahora sí, escribirte una carta porque ya estás grandecita. Y no me sale decírtelo tan crudo, tan directo. ¿Será que me acostumbré a tanto sigilo, a tanto silencio? Me da miedo lo que pase a partir de ahora… Me da miedo porque recuerdo aún tu confusión, tu no querer hablar un tiempo y tus afrentas incómodas en la escuela…

Preferí compartirte pedazos de mi diario. Pedazos de mi vida para exponerme transparente, como con todos. Porque sólo contigo no he sido tan fiel y no podría escribirte con más claridad.

Me excusa el dichoso acuerdo. Nos excusa, quiero decir, porque tu mamá está tan embarrada como yo en este amor que nos amarra fuertemente.

Temo escribirte de una manera que probablemente no haga más que confundirte. Pero apelo a tu brillantez, a esa onda tuya de ser tan despierta e inteligente desde pequeña. ¡Quiéreme, María! ¡Quiéreme como a tu madre, como a Chela que dejó de ser tu tía! Esa parte del acuerdo ya pasó y todo va tan bien como lo planeamos tu madre y yo…  Pero hay algo más, princesa. Es lo último, lo prometo… ¡Quiéreme, María! ¡Y quiere también, te lo ruego, a Enrique, con quien siempre fui a “trabajar”! Añoro, no sabes cuánto, que celebres con ambos el día del padre, igual que has celebrado el de la madre con Chela y tu mamá.

Papá, agosto del 2012

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