Antología del encabronamiento

Uso estas palabras como cuerno de chivo descargado sobre el cuerpo de “a quien corresponda”:

1.      En la feria del empleo del Distrito Federal a la que asistí hoy, hubo una ausencia cuasi total de ofertas de trabajo para gente con educación superior. Ninguna oferta para comunicadores o periodistas. ¿Para qué quiere el Estado ciudadanos capaces si no los emplea en absoluto? Había muchísima gente, cientos o miles. Y la mitad apestaban horrible. Estoy seguro que el desempleo y la falta de oportunidades engendra hedor en los mexicanos.
La peor de las sorpresas durante la feria fue toparme con un tumulto insufrible de reporteros, camarógrafos y fotógrafos (entre el tumulto de capturistas, auxiliares administrativos, choferes y cocineras) que perseguían a Marcelo Ebrard mientras se vanagloriaba, desde las alturas que le ofrece su tamaño desproporcionado, por el éxito alcanzado y la increíble convocatoria de la más reciente edición de “su feria del empleo”.
Señor gobernador, me imaginé preguntándole sin esperar respuesta e interrumpiendo sus intentos por responder, ¿qué opina de la abrumadora cantidad de visitantes a la feria este año? ¿Considera esto un fuerte indicador del problema actual de desempleo que se sufre tan solo en la Ciudad de México? ¿Se siente orgulloso de sonreír frente a las cámaras y presumir otro logro de su gobierno en beneficio de los defeños, mientras atrás 10 personas desempleadas le extienden la mano para entregarle personalmente su currículum? ¿Qué piensa de la austera oferta laboral para profesionistas este año? ¿Desayunó huevitos a la mexicana con jugo de naranja y pan tostado antes de venir? ¿Qué se siente ser de los pocos afortunados en asistir a la feria con la panza llena?

2.      Espero respuesta para tres ofertas de trabajo: analista de la normatividad en Segob, corrector de estilo en una editorial productora de libros religiosos y como reportero de un “diario” chiquito (que se imprime como semanario y funciona como agencia noticiosa en internet). Según el gobierno, soy apto nada más para la vacante de analista de la normatividad (todavía no sé qué chingados significa eso), apliqué para más de 40 vacantes en distintas dependencias públicas; todas se relacionaban con mi carrera, en ninguna llené el perfil excepto en ésta que, estoy seguro, se relaciona con funciones de contador púbico (soy auxiliar de contador por la prepa, maldigo el día en que decidí estudiar contaduría). Además, por ese único lugar compiten más de 300 personas.
Hoy hablé con las reclutadoras de la segunda y tercera oferta. La primera me dijo que recibieron más de 100 solicitudes, también sólo para cubrir una vacante. La segunda que se tardarán varias semanas en decidirse quienes, de sus 80 aspirantes, podrían ser candidatos para presentarse a una entrevista.

3.      Llevo esperando un mes que me paguen 5 mil pesos, no me los pagaron en mi último empleo. Empiezo a preocuparme. Mi ex jefe parece de lo más despreocupado; atribuye la falta a “la crisis financiera que enfrente el mundo y el campo editorial”. ¡Qué original! ¿Apoco no?

4.      Espero resultados de un primer examen para cursar un taller de periodistas en el diario Reforma. Según allegados, cada año participan de entre 500 y 800 aspirantes. Según los reclutadores, sólo habrá 15 lugares este año. Resultar seleccionado para tomar el taller que dura mes y medio, no obliga a la empresa a contratarme como reportero.

5.      El Universal no tiene convenio alguno con la UAM para ofrecer espacios de práctica o servicio social para estudiantes recién egresados, únicamente aceptan egresados de la Ibero, el Tec de Monterrey y la UNAM. ¡Malinchistas!

6.      Televisa y TV Azteca son lobbies del cielo. Ahí sólo se entra de la mano Del Señor (que puede sustituirse con un título universitario de escuela privada, con un romance o cogida con  un(a) caca grande, o la renta de tu alma a los menos benévolos cuidadores del paraíso).

7.      Los últimos días asistí a mis ya rutinarias citas médicas: por falta de efectivo tuve que posponer una de mis citas. Los oculistas dicen que estoy sano aún, pero a mí nadie me engaña, siento más abiertos los ojos y más pesadas mis lágrimas. Los análisis de sangre (carísimos, por cierto: esta vez pagué más de mil pesos por ellos), le dirán a mi endocrinólogo porqué putas me siento exhausto, por qué tengo ganas de tragarme una vaca entera, por qué sufro de diarreas continuas y a veces no siento ganas de despertar.  Me gustaría que la solución no implicara esta vez un aumento en la cantidad estratosférica de dinero que debo invertir para ajustar mi tratamiento farmacológico.

8.      Vivo en una de las franjas de pobreza e ignorancia que rodean a la Ciudad de México. Intentar hacer vida aquí equivale al autoexilio sociocultural. Los poquísimos espacios deportivos están presos entre administradores estúpidos e incapaces, condiciones deplorables de infraestructura y usuarios perfectamente despreocupados e irresponsables. ¿Espacios culturales en Valle de Chalco? Simplemente no hay, no existen. Acabo de enterarme: una de las cuatro librerías del municipio fue asaltada por un par de maleantes adolescentes. Me pregunto qué pudieron llevarse si no había libros en ella.

9.      Utilizar el transporte público de Valle de Chalco es igual o peor que viajar como indocumentado en un tráiler de pollos enfermos que atraviesa el desierto de Sonora. Cuesta tanto como irse de mojado y es más incómodo.
Las carreritas interminables entre los “operadores” transportistas, que yo prefiero llamar chafiretes de octava, para “ganarse el pasaje” del otro, contribuyen en gran medida a alentar en más del 50% la eficacia del servicio. Estos trabajadores no tienen, ni por asomo, la aptitud de servidores públicos, trabajan para ellos. -¿Irá todo el camino a 20 kilómetros por hora? -pregunté después de 30 minutos de camino y un par de cuadras recorridas. -Si no le parece bájese y tome un taxi, joven -contestó desinhibido el chango sin camisa.
Una vez, el más gañán de todos (debe ser el imbécil líder) me aventó el peaje recién pagado; justo cuando pronunciaba uno de mis más elocuentes y justicieros discursos sobre la opresión transportista contra el usuario, y algunas personas solidarias disponían a secundar mi moción, el pinche chofer detuvo en seco el guajolotero, me pidió enfurecido “descienda de la unida” (así, sin d) y me aventó unas monedas al suelo, las cuales, por supuesto escupí.

10.  Los trámites para liberar el servicio social son insufribles. Llevo dos meses esperando y más de 10 horas invertidas sólo en la realización del trámite. Sigo esperando, esta vez son sólo 10 días hábiles a partir de hoy.

25 de marzo, 2009

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