Sobre amor y amistad

Por César Gándara

El otro día me acordé de una vez que fui a la playa con mi novia. Pasamos un fin de semana genial. Ya de regreso, mientras esperábamos el autobús que nos llevaría de vuelta, nos pusimos a hablar de la amistad, o algo así. No recuerdo bien cómo salió el tema, el caso es que yo le conté del Pescado, mi mejor amigo de la infancia, que se fue de Saltillo cuando teníamos trece años. Vivía en la Ciudad de México y mantuvimos contacto por carta muchos años.

Algunas vacaciones se quedó en mi casa y yo también fui a visitarlo un par de veces. Una vez pasamos por una cancha de básquetbol y unos fulanos mayores que nosotros perdieron la bola. Fue a dar justo a nuestros pies. Uno de ellos le gritó al Pescado, “Eh, tú, cara de pescado. Aviéntame la pelota” y desde entonces se le quedó el apodo. Recibí llamadas suyas en contadas ocasiones donde me ponía al tanto de lo que le sucedía y yo a él. Mi novia me dijo que eso era muy bonito, pero que ya no era amistad. Le parecía muy difícil que uno conservara ese sentimiento con personas que tenía años de no ver. Me dijo que sí, que era mi amigo, pero en realidad ya no teníamos nada en común, más que el recuerdo de algo que ya no existía.

Ahora a él le gustaban cosas que a mí no y viceversa. Su visión de la amistad me pareció muy triste y desoladora, porque entonces resulta que de esa manera no te queda nada en la vida más que tu familia: de la que vienes y la que formas, es decir, tus padres y hermanos por un lado, porque ya en esa radicalidad ni siquiera cuentan los tíos ni los primos, si acaso los abuelos, y por el otro la familia que formas cuando te casas. Y resulta que los amigos que tienes ahora sólo lo son porque tienen gustos o intereses afines a los tuyos. O sea que son tus amigos porque tienen algo en común contigo, algo que les interesa de ti y que te interesa de ellos.

Es decir, una amistad utilitaria cien por ciento. ¿Y qué pasa con esos amigos de toda la vida que ya no tienen nada que ver con tus intereses, como el Pescado, y de hecho que cuando los miras bien te das cuenta que hasta cierto punto son repugnantes a tus ideales y gustos actuales? Esos cabrones que si conocieras ahora los despreciarías y los detestarías por ser como son, pero no lo haces porque son tus amigos, y a los amigos se les perdona todo. Me refiero a esos amigos que vivieron cosas importantes en tu vida, que estuvieron contigo en tu primer beso, cuando operaron a tu madre y pensabas que no iba a salir de esa, cuando te sentías solo y llegaron timbrando a tu casa para que los acompañaras a qué sé yo.

Amigos que estuvieron cuando los necesitabas y te hicieron sentir bien, te apoyaron y los apoyaste. Quizá ya no tengas nada que ver con ellos, pero el recuerdo de eso crea un nexo con ellos de por vida. Y no estoy hablando de agradecimiento, porque también hay amigos a los que sientes que les debes algo, lo que sea, pero cuando los miras en la calle cambias el rumbo para no topártelos. Es que hay algo en la amistad y me parece que sí es interés, pero no me refiero al utilitario. Interés de saber cómo les va, qué ha sido de sus vidas, si son felices, sin importar lo que hagan. Y que a ellos también les interese saber lo que te pasa, no porque sea importante para ellos, sino porque saben que es importante para ti. Y entonces comienza una relación de respeto hacia los otros, que son tus amigos o los míos.

Al Pescado lo considero uno de mis mejores amigos, porque siempre está conmigo, y siempre es un decir porque no lo recuerdo todos los días a todas horas. Para ser sincero pienso muy pocas veces en él. Pero cuando lo hago me lleno de alegría, de nostalgia y me preocupo por saber que está bien. Es cuando siento la necesidad de llamarlo. Los amigos están en la conciencia, en ningún otro lado más que en la cabeza. Y en el corazón. Y por eso, después de hablar sobre el asunto con mi novia, llegando a casa, lo llamé. Tenía por lo menos cinco años de no saber nada de él. Y lo llamé. El número ya no era el suyo.

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