Idos de la mente, Luis Humberto Crosthwaite

Las cuatro muertes de José Alfredo.
La noviecita naca de Ramón, la novia intelectual de Cornelio. Todas las fans.
La referencia a Ibargüengoitia.
Cornelio y Ramón. Ramón y Cornelio. Andan buscando a uno, está con el otro. Andan buscando al otro, está con el uno.
Marilú, la, y no el acordeón de curvas suavecitas que al apachurrar, chilla bonito, como a Ramón le gusta.
El bajo sexto de Cornelio, así nomás. Con Dios detrás, por su pollo, como el único súper star.
La fama, las chamacas, el alcohol, las cantinas de “la Zona”, los amigos forever and ever. El lastre del segundón, la superioridad como destino, los amores escondidos en el clóset, el orgullo, el pinche orgullo. El reencuentro. Si, ajá.
Aquí nada es real, excepto la música, ¿verdad, Crosthwaite? ¡Ah, no! Que tú tampoco…[1]

Notas para el músico norteño want a be

Perfecto, superlativo. Estaba ahí, en la tienda. Primero se midió otros, no quería darle importancia. Unos le quedaban muy grandes y otros muy chicos. No quería que ese sombrero perfecto sintiera que era el único en el mundo, no lo quería hacer presumidos y vanidoso antes de tiempo. Es como cuando te gusta una persona y no se lo quieres demostrar muy pronto para que el asunto no sea tan sencillo; se sabe que el placer es mutuo, pero es mucho más rico el rodeo que la línea recta”.

PARTNERS
“Hey, qué onda, acércate un poquito, tengo algo que decirte.
“Oye tú. Te hablo.
“No te vayas.
“Quiero hacer un trato contigo.
“Ven, no te asustes.
“¿Sabes quien te habla?
“No te asustes, no seas miedoso.
“¿Te gusta la música? Pues vamos a hablar de música, qué te crees. A mí también me encanta la música. No cualquiera, claro. La que llega al fondo del cora, la que te hace llorar y sufrir y recordar a los compas. Esa que oyes en el radio y dices: ora, qué cancionzota, quisiera escucharla de nuevo y de nuevo y de nuevo. Esa música. ¿A dónde vas? No me puedes evitar.
“Me puedes decir que no, me puedes decir que no te importa hacer negocios conmigo. Y me voy, así de fácil. No soy encajoso. Pero tienes que oírme primero.
“Bueno, no tienes.
“Yo no obligo a nadie. Yo ya dejé de obligar. Cada quien su rollo.
“Pero te conviene.
“De veras.
“Escúchame.
“Te con-vie-ne.
“Es un contrato indefinido. No te puede fallar. Éxito seguro. Tenemos que hacerlo juntos. Tú solo no puedes, yo solo no puedo. Socios, partners, ¿le entras? ¿Lo quieres pensar? Pues piénsalo. Pero tampoco me gusta esperar. Ya he esperado demasiadas veces. Ya no espero. Piensa rápido; si no, ai nos vemos, adiós, ya estuvo, y perdiste la oportunidad, te aseguro que perdiste.
“Y para siempre”.

El trabajo consiste en que toquen algo con mucho sentimiento, algo que a los clientes les recuerde un amor perdido, quizás a su mamacita que ya se murió. El caso es que sientan tanta pena que quieran seguir bebiendo.
“Ramón y Cornelio comprenden que han recibido su primera lección. El maestro continúa:
“-Y aprovechando que están aquí desde temprano, ¿por qué no me ayudan moviendo esas cajas de cerveza? […]
“A las tres de la mañana, hora de cerrar, mueven cajas, suben las sillas a las mesas y barren. Quizás mañana tengan mejor suerte”.


[1] Ver página legal.

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