Las piedras en el techo

Me levanto. La casa callada me deja escuchar la música norteña de algún vecino, una posada, imagino. Guardo silencio, lo busco, lo disfruto. No he dormido bien, pero algo me impidió seguir en la cama. Soñé, aunque no recuerdo qué. Bajo las escaleras, está oscuro. No enciende el foco de la sala, tampoco el de la cocina, debió fundirse un fusible. Hace frío, es extraño que el suelo se sienta tan tibio, no me hizo falta ponerme las pantuflas, reacciono.

Busco algún bocado, me siento inquieto, debe ser la soledad. Mastico pan tostado: acostúmbrate, es el primer día. Resbala el paquete de pan, me agacho para levantarlo y se desliza el chal sobre mis hombros, una briza de aire se me cuela por el cuello y eriza mi piel. Algo truena atrás de mí, la música se escucha menos, sin ritmo.

Camino de vuelta a la habitación, siento con los pies algunas migajas en el suelo. Mañana compro el fusible, me digo, reviso los seguros de las puertas y ventanas. Reacomodo el chal sobre mis hombros, se me atora una mano, la jalo y se niega. Algo cae en el techo, suena como piedras, la mano sede, escucho atentamente, se oye la música-ruido, sin armonía, el tronar de lejanos fuegos artificiales y… otra vez las piedras. Se les escucha caer nada más, no ruedan, no rebotan, sólo se desploman en el techo como lluvia pesada.

Cubro mis pies con las cobijas cuando me subo a la cama, me nace una nostalgia sin sentido, bebo agua de la botella que yacía en el suelo, respiro hondo, extraño la luz. Encenderé la computadora, al menos tendré una hora de música, me alivio. ¡El suelo! Ya no está tibio sino frío, congelado, me arden las puntas de los pies. Pongo la máquina sobre el colchón, aprieto los dientes, se oyen las piedras, apuro con el índice el botón de encendido, nada. ¿Qué no la dejé cargando?, me pregunto, sigo el cable de la computadora con la mirada, no está conectado.

Rrrrr, truena la pared. Regreso la máquina al piso. Vuelvo a la cama, llueven piedras en el techo. Un ruido estruendoso que vino de abajo me alerta. Me levanto de un brinco y asomo por las escaleras. La puerta está abierta y arremete un chiflón. Bajo acelerado, las cortinas juguetean enérgicas y vibran rudos los cristales de las ventanas. Tengo miedo. Piedras, piedras, llueven piedras en el techo y truena la casa, truena como achacosa, como quejándose por mi presencia. ¿Serán piedras?, me pregunto. Salgo a la calle, ¿y la música, dónde está la fiesta? Todas las casas están apagadas.

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a no… Las piedras en el techo, he dejado de sentir las puntas de los pies. ¡Qué frío está el suelo! Cierro la puerta, ahora uso la llave, ¡ya había puesto los seguros, carajo!… venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad como también nosotros perdonamos a…, me confunde ese rrrrr de la pared… hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo… Subo de dos en dos las escaleras.

…danos hoy el pan de cada día y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Amén. Silencio, silencio, más silencio y oscuridad. Cubro mi cabeza con las cobijas, envuelvo mis pies como si fueran tamales.

Rrrr, vuelve el tronido en la pared. La materia se constriñe o expande, me explico, estos ruidos son normales con los cambios de temperatura. No pasa nad… ¡Shhhh! La música norteña se oye nuevamente. Giro el cuerpo, la posición fetal tiene un no sé qué de protectora que ahora me acomoda mejor. Respiro hondo, uno… dos… tres veces. ¡Pum! Aprieto los ojos y evito mirar arriba.

¡Las piedras, las piedras!, se repite en mi cabeza. Rrrr, rrrr. Padre nuestro que estás en los cielos… Me interrumpo para escuchar una voz como de micrófono que no dice nada, proviene de abajo, de afuera, no sé… santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino… Algo en el suelo se mueve, una sombra cerca la puerta de la habitación, la veo de reojo, sólo los ojos puedo mover. Intento zafarme las cobijas que aprietan, retuerzo el cuerpo sobre la cama, empujo con las piernas, se me acaban las oraciones y llueven piedras en el techo. Grito agotado, desesperado después de un minuto que pareció más una hora, aviento las cobijas y escruto el lugar que me encierra: la computadora está en el suelo, su cable ahora está conectado; tras la cortina de la ventana se cuelan las lucecitas navideñas de las casas vecinas, estiro la maño para encender la luz y el foco parpadea como siempre hasta iluminarlo todo.

Tomo el teléfono y marco a casa, contesta papá… ¿Papá, papá? Insisto necio gritándole al celular. Me incorporo sobre la cama, toco el suelo con los talones, ¿ahora está tibio? Soñé, me digo. Silencio. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu… ¡Pum! Miro el techo inevitablemente…

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