Un final a la carta

Gustavo:

Aunque ya no te pienso con tanta vehemencia como lo hice en su momento, no logro evitar sentirte colado en una especie de nostalgia.

Mis amigos me preguntan cómo he despertado esta mañana: ¿sintiéndome al menos relajado?, ¿quizá enfadado y, por eso “convenientemente” lejos de necesitarte? No sé. Les noté cierta paz cuando contesté: “todo va bien, no le he llamado”.

Casi no me sale escribir sobre otra cosa. Mis dedos, más torpes y temblorosos que cuando te escribía apasionadas cartas, se dejan caer uno tras otro sobre el teclado de mi compu, como por contrato de exclusividad, para redactar aburridísimas notas, entrevistas y reportajes periodísticos.

Llevo más de un mes planeando escribir un cuento majestuoso sobre nuestra historia de amor. Apenas delineo ejes de acción, imágenes entrecortadas, aventuradas estructuras. Y allí está la idea, intratable, imposible de escribir,  esperando tomar forma, como escondiéndose de un terrible final.

Ahora que lo pienso, tal vez sea el miedo a ese terrible final la causa de mi atrofia creativa. Eso es lo malo de escribir acerca de mi cotidianeidad. Cuando en mi realidad abunda incertidumbre o incansable anhelo, desaparece lo concreto de mis ficciones, normalmente emergentes como saliva recién expulsada a causa del más estrepitoso estornudo.

Esto último es de lo más contradictorio. ¿Cómo puedo hablar de “mis ficciones” cuando escribo, continuamente, a partir de la realidad? ¡Ay, nanita! ¿Qué tal si un día ya no puedo diferenciar entre la ficción y la realidad? ¿Crear ficciones, casi siempre, con base en la experiencia, podría distorsionar (o destruir) mi sentido común? Quién sabe… Tal vez ya sucede, tal vez tú no has sido más que otra de mis invenciones literarias. Y si estoy en lo correcto, seguro no eres más que el personaje secundario en esta historia (je).

Si, mi realidad ahora está impregnada de incertidumbre y anhelo. ¡Qué terrible es el desamor! Claro, hoy esos sentimientos no son tan intensos como lo fueron ayer, están desapareciendo lentamente, pero ahí siguen, atosigándome. Chingándome el coco, oxidándome las tuercas de la mente.

Ya no sé si reír o llorar. Tal vez conociendo nuestro final (o más bien comprobándolo), podría: 1) llorar mis últimas lágrimas en tu honor y, 2) conocer el final de la historia que muero por escribir.

Por supuesto, cualquiera calificaría estas elucubraciones mías como enfermos pretextos, más o menos elaborados para volverte a ver. Cosa bastante jodida, porque esa moral me impide entender la naturaleza del problema, sin mencionar la posibilidad de borrar de una buena vez la incertidumbre y el anhelo que me obstaculizan.

Leo y releo el párrafo anterior, varias veces, antes de escribir el presente. Intento convencerme de la aparente fortaleza (¿sentimental?) con que plasmo esas ideas. Quiero estar seguro de mi figurada seguridad (todo buen neurótico me entiende). PERO (¡ja!, creí que no habría peros valiosos en esta carta), y ¿qué tal si todo esto no es más que una composición chaquetera de mi intenso amor por ti? ¿Y si no he dejado de amarte, podría entonces comprobar, así nomás, cuan desinteresado has estado de mí? No creo…

¡Ah!, qué jodida situación. No quieres verme ni para cobrarte los centavos en deuda. ¿Por qué insisto? ¿En verdad no conozco el final de nuestra historia y necesito enterarme para entonces escribir ese, “nuestro” cuento de amor, o únicamente quiero volver a verte? Será, más bien, ¿que no me satisfizo nuestro típico final de amantes inseguros? ¡¿Qué, chingao, qué?!

Si no encuentro una solución a esto, dejaré enterrada, en los proyectos inconclusos, la iniciativa de plasmar en un cuentito nuestra historia. O ¿me gustaría más inventar un final muy conveniente? A ver:

Uno se enamora del otro. Éste intuye el sentimiento y se aleja. Entran en una especie de lucha de poder. El amante insiste, el amado resiste. Cogen y cogen… mmm, qué rico. Se inhiben las habilidades comunicativas, el amante habla hasta por los codos, el amado no puede o no quiere hablar. El amante juzga y exige, el amado levanta la guardia, engrosa la distancia. El amante enferma y perece lentamente, consiente su amor, lo nutre de esperanza. El otro, dudoso, retraído, incrédulo, hostigado, prefiere mantenerse en la comodidad del desapego. El amante muere, podrido por la enfermedad, ¿por en el desamor? El amado, ahora seguro y plenamente libre, se descubre insensible ante otras muestras de afecto y, resiente finalmente la presencia del amante. Nunca dice que lo ama o lo amó, pero una acción, podría ser cualquiera, nos indica su inservible arrepentimiento y el triunfo atemporal del Amor.

¿Ese es el final que quiero? A esto me llevan tus maravillosas recomendaciones filosóficas. Se me inflaría el pecho de felicidad si yo pudiera, como lo hizo Platón, rendir culto al Amor, aunque lo hiciese a costillas de mi desilusión, atrapado por la irremediable cobardía de escribir basado en la realidad, esforzándome sobremanera para crear un final a la carta.

Israel.

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