Hasta la cocina…

El aceite chirriaba caliente sobre la sartén, se le escurría el agua al arroz junto a la tarja. El puchero de verduras hervía desesperado, faltaba poco para sentarse a la mesa. Sonó el timbre y Francisco se desató el delantal con maestría, se chupo del dedo una gota de salsa roja, limpió sus manos con un trapo arrugado y se lo echó luego al hombro para finalmente dirigirse hacia la puerta.

Era Catalina, la vecina del 215 que a sus cincuenta y tantos conservaba torneadas las piernas y muy brillante la mirada.

-Buenas tardes, Doña Cata, qué le trae por acá -saludó Francisco, muy sonriente.

-Qué tal, Don Pancho. Vengo a molestarlo con un favor… -la señora, intrigada, se interrumpió un momento, asomó por detrás de Francisco y percibió un grato aroma proveniente de la cocina. Se le agudizaron los sentidos y alejaron las cejas del contorno de los ojos- …no me diga, ¿está cocinando? Un tanto apenado por los gestos de Catalina, Francisco asintió tímidamente y le dijo, muy a su manera:

-La cocina no es una virtud en mi caso, pero no oculto el gusto.

-Quién lo viera, Don Pancho… Además de escritor talentoso, es usted cocinero. Y según puedo oler, de los buenos… -arguyó Catalina, más celosa que complacida por enterarse de este dato nuevo sobre el hombre que a todos presumía como vecino.

-Usted siempre tan linda, Doña Cata. Pase, ándele, debo alentar el fuego de la estufa o se me va a humear la casa entera… -Catalina, obediente, dio tres pasos dentro. Se sitió afortunada; en todos esos años de compartir edificio con Francisco, no había tenido oportunidad de conocer el interior de su departamento- ¿quiere usted tomar algo?, ¿una copita de tinto? Se la bebe mientras me dice qué motivo la trae a verme…

-Le acepto el vinito, Don Pancho, muchas gracias. Pero lo hago por pura cortesía -mintió-; yo sólo venía a pedirle un cubito de knorr suiza para mi sopa y míreme ahora sentada sobre su hermoso sillón -Catalina acarició aquella tela incalificable, lo hacía como queriendo guardarla en la memoria de su tacto. Desde la cocina, Francisco escuchó la voz de Catalina mientras sacaba de entre las repisas una copa gorda de cristal y de una pequeñísima cava, su última botella de merlo.

-¿Y qué está cocinando, Don Pancho? -preguntó inevitablemente la señora.

-Está terminándose de cocer un puchero de verduras y estaba por comenzar a freír tres puños de arroz… lo que huele bien ha de ser la salsa de chile guajillo y jitomate con que bañaré unas pechugas de pollo -contestó Francisco, muy orgulloso de su menú del día. Se hizo el silencio brevemente, salió el corcho de la botella haciendo ese ruidito explosivo y baboso que sólo produce esta acción y, luego se oyó al vino caer dentro de la copa. Francisco continuó hablando porque se le atropelló en la mente una suerte de recuerdos:

-Durante mi primer matrimonio aprendí a comer verduras, por eso lo del puchero. Conocí entonces el sabor del brócoli y la calabaza; en mi infancia o adolescencia no me enseñaron a distinguir o disfrutar esos sabores. Así también me pasó con las especias y cuando dejé de fumar supe saborear todo intensamente…

Catalina lo escuchó como si nada más en el mundo importara, bebió a sorbos el vino, perpleja, emocionada y muy, muy nerviosa. Su esposo estaría esperándola volver de la tiendita; sólo faltaba el knorr suiza para darle sabor a su sopa de fideos, algo tendría que dárselo cuando ella no lo lograba: pensaba el marido de Catalina mientras asomaba por la ventana hacia la calle, buscando, hambriento, a su mujer.

Catalina miró a Francisco volver en sus pasos; un gran hoyo en forma de arco en la pared dividía la sala-comedor y la cocina. Como sin darse cuenta de lo tediosa que sería su próxima intervención, pero con la conciencia muy fría, preguntó:

-Entonces le gusta mucho esto de cocinar, ¿verdad, Don Pancho? Lo veo hasta inspirado cuando me cuenta esas cosas de verduras y hiervas…

-Especias, Doña Cata, no hiervas -Catalina cayó en cuenta de lo estúpida que parecía, casi se le confunde el color de la piel del rostro con el color del vino en su copa. Intentó parecer más cuerda:

-¿Desde cuando cocina, Don Pancho? Lo noto tan suelto en la cocina como está suelto el aire por todos lados… -Francisco la miró de soslayo, intuyéndole cierto esfuerzo por alargar la conversación. Animoso como estaba desde su arribo, Francisco la invitó a sentarse en el desayunador que estaba dentro de la cocina, más cerca “para escucharnos mejor”; justificó así ese gesto de confianza. Acometió, pues, Catalina; cuasi apenada, pronunció las siguientes palabras como por consecuencia inevitable, no sin antes pellizcarse con fuerza las mejillas para parecerle menos pálida a Francisco, acción que, por supuesto, el no vio:

-¡Ay, Don Pancho! ¿Qué va a decir su esposa y sus hijas cuando me vean metida hasta la cocina con usted?

-¿Qué irían a decir, Doña Cata? Se alegrarían de verla, sin duda… -sonrió sin quitar la vista de la sartén que ya sofreía un montón de granos de arroz- pero por eso despreocúpese, ni mis hijas ni mi esposa están. Margarita está en España por un simposio y Julita y Renata fueron a traerme unos libros aquí al fondo.

-Ya empezaba a extrañarme con tanto silencio en esta casa, llena no más por pura presencia de hombre… -se aventuró a decir Catalina, tragándose el volumen de su voz con un sorbo de vino.

Ambos rieron tímidos. Francisco, más seguro de las intenciones de Catalina, preguntó por su marido. “Anda allá arriba viendo la tele”, dijo ella amontonando estas palabras con otra pregunta al tiempo que acomodaba su cabello rubio y recortado, como para hacer desaparecer la fonética y semántica de esa verdad a medias:

-¿Cómo aprendió a cocinar, Don Pancho?

-La cocina siempre ha sido un elemento importante para mí, tanto en la literatura como en la cotidianeidad. Mis hijas son cocineras, cocinan delicioso. Mi abuela es de esas personas que no piensan en otra cosa mas que en lo que van a desayunar, comer o cenar y, cuando lo hace, lo hace con mucho estilo: adorna sus platos, engalana la mesa (por más simple que sea el guiso), crea, pues, el ambiente para disfrutar el rito de comer.- Francisco parecía embebido con la actitud atenta de Catalina, quien no paraba de acarrearle, a cántaros, un montón de anécdotas truncas e ideas igualmente incompletas- Disfruto mucho comer, sin embargo, me dejo llevar más por el proceso de preparación. Alguna vez viví en Tabasco, allá descubrí el pejelagarto. Una cosa muy difícil de masticar. A un amigo y a mí se nos ocurrió preparar al animal entre hojas de plátano y mangos dulces: fue mi primer fracaso culinario, resultó una masa imposible de engullir.

Catalina soltó esta vez una risa menos cuajada de temor. Francisco pudo comprobar la belleza de la mujer a pesar de los años reflejados en sus movimientos, un tanto pausados, y sus dientes, perfectamente alineados y algo oscurecidos.

-Ahora entiendo de dónde es usted tan diestro en la cocina, Don Pancho… ¡Quién sabe cuántos talentos más esconde usted tras las paredes de su departamento tan acogedor! -avivó el fuego Catalina: de la sartén, del puchero, o uno imaginario en el aire que conducía su dulce y tibio vaho hasta la nariz de Francisco, no importó cuál fuego, ella subió la temperatura- ¿Y qué más sabe preparar? -embistió, coquetísima.

-Con mi actual matrimonio experimento más en la cocina. Cuando mi esposa no está en casa, invento verdaderos manjares para mis hijas y puedo perder muchísimas horas cocinando. Me gusta mucho hacer arroces y sopas, justo como hago ahora. Nunca me sale hacer el mismo platillo, siempre cambio el procedimiento y los ingredientes de las recetas, tal vez esa sea la razón de mis éxitos culinarios. Lo que escribo está muy relacionado con la cocina. Así como experimento al cocinar, mezclo sabores y olores cuando preparo mi literatura. Mezclo para ver qué sale, a veces todo explota, como cuando en la infancia revolvía todas las sustancias de mi juego de química en un tubo de ensayo; otras veces mezclo con certeza y obtengo suculencias gastronómicas o textos verdaderamente digeribles.

-Tiene toda la razón, Don Pancho… eso lo he podido notar en varios de sus cuentos… pero nunca me imaginé que elementos literarios como ese, fueran menos ficción y más realidad -Catalina volvió a su copa y se mostró pensativa, astuta.

-Si, bueno… un escritor dice y esconde muchas cosas en sus textos como en la vida, así se destapa y así se esconde… -Catalina asintió juguetona al comentario y luego dijo, azorada bajo esa valiosa verdad:

-Me llevaré esto como una confesión que salió de entre sus labios, Don Pancho… Pocos deben tener la dicha de compartir el secreto de algún ídolo, ¿verdad? -abrió grandes los ojos y esperó verse retribuida por aquél piropo echado en cara.

-Lo que más me importa de la cocina es poder compartir con los demás, igual me pasa con la literatura -respondió Francisco como acariciando a Catalina con la voz.

-¿Y a sí como con la cocina, le pasa con otras cosas de la vida? ¿Cómo impregna de realidad su literatura? -soltó de sopetón Catalina, ya entrada en palabras, desinhibida.

-Oiga, señora, sí que me sorprende usted con semejante interés… ¿Le ofrezco otra copa de vino? No sea que se le acabe la inspiración. Si se niega me ofenderé… Ande, es lo menos que puedo hacer cuando va usted a escucharme hablar desaforado… -silente, Catalina extendió la mano alcanzándole la copa, él le sirvió desde su lugar otro poco de vino y continuó diciendo:

-El libro que recientemente escribí y está por publicarse, surgió porque tenía que redactar una carta poder. Me inventé un personaje que le escribe un poema de amor a su mujer con el lenguaje típico de estas cartas. Me gustó mucho y empecé a crear poemas en que este señor declama amor a su esposa, quien resulta administrar eficientemente aquél poder cedido. Me tardé catorce años en escribir este libro, está hecho con un montón de anécdotas…

-¿Y cómo llegó a la literatura infantil, oiga? Como que es ésta lo más famoso de su obra y no se sabe mucho del proceso de cocción… -celebró la mujer lo bien leído que tenía a su interlocutor ladeando apenas la cabeza y dejando retozar un mechón de pelo con su hombro derecho.

-Mi relación con la literatura infantil fue un accidente de la vida. Me pidieron un trabajo de adaptación para niños de leyendas de la colonia. De ahí surgieron otros proyectos, me gustó mucho escribir para niños y le seguí. Hace 25 años no había escritores para niños, el terreno era muy fértil…

-Ya veo… -Catalina mordió ligeramente su labio inferior- Oiga, ¿y qué diferencias ha notado usted entre sus lectores adultos y sus niños lectores? -era obvia la intromisión de la vecina con preguntas tan rebuscadas; claros también sus motivos. Francisco lo notó, apagó la lumbre debajo del caldo de verduras y quitó del fuego la sartén con arroz. Catalina leyó en ello el indicio que empezaría por acabar con la conversación. Se sintió aturdida, le volvieron los nervios porque aquellas acciones inciertas eran su única certeza: había sobrepasado los límites corteses.

Indiferente a los nuevos y extraños gestos de Catalina, que no mostraban más inseguridad porque eso era la cosa más imposible del mundo, Francisco respondió con afluencia:

-Los niños de hoy son muy diferentes a los de hace 15 años. Los concebimos un poco más como seres perversos e inteligentes, desde el punto de vista Freudiano, por supuesto. Los niños son lectores muy exigentes, mucho más que los adultos; a ellos no se les puede dar gato por liebre. Siempre he pensado que los cuentos pueden mostrar al niño lector muchos caminos a la madurez en la vida. Los niños que leen literatura fantástica, siempre serán más imaginativos, creativos e inquietos a la hora de enfrentar los retos. Los padres cometen un error al imponer lecturas a sus hijos. A los niños hay que contarles las historias. Lo más importante para que los niños se sientan interesados en la literatura es no hacérselas aburrida. Y cuando se encuentren seducidos por ella, entonces solitos buscarán y leerán un libro.

Todo esto salió de la boca de Francisco mientras buscaba en la alacena un cubito de knorr suiza. Gentil, se acercó hasta el lugar ocupado por Catalina, que ya se había incorporado y sitiaba con la mirada el mejor punto para dejar su copa. Francisco le extendió el sazonador y preguntó desilusionado si pensaba ella retirarse.

-Ya le causé muchas molestias, Don Pancho. Discúlpeme, debo irme. Además me espera mi marido y… -Francisco la interrumpió con un firme apretón de mano sudorosa. Ella, al no elegir un sitio para olvidarse de su copa, la extendió a Francisco en son de entrega.

Ambos la miraron, ella medio llena, él medio vacía. Otro incómodo silencio les llenó de incertidumbre, una sonrisa más, de vanidad. Al querer Francisco recibir la copa, sitió temblar el pulso de Catalina, quien torpemente la soltó antes de tiempo. A él no le reaccionaron eficientes los reflejos y atinó sólo a testerear más los bordes de cristal hasta salpicar todo de tinto, incluyendo la blusa de seda blanca que vestía Catalina. La copa se estrelló en el suelo, provocando un grave estruendo. Inmediatamente, Francisco tomó el trapo de sus hombros y empezó a secar la mancha sobre la blusa, sin reflexionar en que estaba justamente entre los senos de Catalina. Ella se sonrojó como pocas veces en su vida, pero no se quitó de encima las manos del escritor.

Entraron entonces Julita y Renata, cargando cada una varias bolsas llenas de libros. Miraron, como apenas reconociendo la escena, a su padre y la vecina metidos hasta la cocina.

-¡Buenas, Doña Cata…! ¿Qué la trae de visita? -pronunció Renata, la mayor, alzando la voz, apenas enterada del toqueteo entre aquellos personajes.

-No mucho mijita, vine a pedirle este cubito de knorr suiza a tu papá y él, siempre atento y cordial, me invitó una copa de vino… -dijo esto Catalina, totalmente avergonzada, mientras regresaba a la sala-comedor y secaba, ahora ella misma, el vino de su blusa con una toalla de papel que Francisco le había alcanzado. Julita, apenas delineó una sonrisita pícara cuando dedujo un resto de flirteo en las palabras de la mujer.

-¿Entonces ya se va? -apuró a preguntar Renata, molesta, incómoda.

-Sí, niña. Me voy. -Catalina giró la cabeza hasta toparse con la mirada de Francisco, que estaba todavía en la cocina: con una mano bebía de la botella de merlo y se abrochaba el delantal con la otra- Hasta pronto, Don Pancho, muchas gracias por el favor…

-Que le aproveche, Doña Cata… Y si necesita otro cubito, me avisa.

Relato compuesto a partir de una charla con Francisco Hinojosa bajo el tema “La cocina”, dentro del ciclo “Virtudes ocultas” organizado por el Centro de Lectura Condesa (Nuevo León 91, Col. Condesa), el día miércoles 8 de octubre.

Francisco Hinojosa nació en la Ciudad de México en 1954. Es poeta y narrador. La calidad de sus más de veinte libros dedicados al público infantil y juvenil le otorga un lugar destacado entre los escritores de esa especialidad. En 1984 recibió el Premio IBBY por La vieja que comía gente y en 1993 el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí por Hética (publicado como Cuentos héticos). Algunas de sus publicaciones son: Un taxi en L.A., Mexican Chicago, Informe negro, Un tipo de cuidado, La verdadera historia de Nelson Ives, Migraña en racimos, La nota negra, El sol, la luna y las estrellas, A golpe de calcetín, Cuando los ratones se daban la gran vida, Joaquín y Maclovia se quieren casar, Aníbal y Melquíades, Una semana en Lugano, Amadís de anis… amadís de codorniz, La fórmula del Dr. Funes, La peor señora del mundo, Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno y otros cuentos hueros, y Tres poemas.

El ciclo de charlas “Virtudes Ocultas”, continuará llevándose a cabo los días 15, 22 y 29 de octubre, en punto de las 17 hrs., con la participación del poeta Mario Bojórquez, con el tema “El juego de la traducción”; el ensayista, poeta y narrador Ricardo Yáñez, con el tema “El canto”; y con la periodista Ángeles González Gamio con el tema “Lugares secretos del Centro Histórico”, respectivamente.

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2 comentarios en “Hasta la cocina…

  1. Pase por tu blog..y para poner mi granito de arena en tu ego diré que el texto de la cocina me gustó mucho, comparativamente con otros textos que he leido (obvio tuyos), este me parece exacto, sin barroquismos y bastante fluido, solo tienes una faltilla de ortografia por ahi, pero en general esta re bueno..;). ¡Felicidades!.. un beso grande grande.. , Isela.

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  2. Hola:

    Saludos nene, pues me gusto como quedo, en especial tu perfecto y obvio magnifico manejo de la retórica, aunque sentí un poco precipitado el final, sin embargo una excelente compaginación de los dos principales personajes.

    Ahora que canijo, no me habías comentado que aquellos dos tortoles estaban casados y con sus respectivas parejas al lado casi casi… jaja pero en general muy bien nene….

    Gracias por permitirme leerlo…..un abrazo, cuídate mucho , y ya sabes que si necesitas algo y puedo ayudarte no dudes en decírmelo….saludos..
    Armando.

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