Pozole con el abuelo

A mi abuelo, José Trinidad Morales R.

-Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México, en un mes serán cuarenta y seis.

Sin saberlo, el abuelo comenzaba a relatar aventuras y desventuras. Hablamos de comida, giras con la orquesta y anécdotas revolucionarias. Pero primero lo primero, como él dice:

-Cómo estás, supongo que sentado plenamente en el sofá y viendo televisión, como siempre.

-¿Qué comes que adivinas?

-Te llamo para dos cosas. Para saludarte e invitarte a comer mañana domingo, ¿puedes?

-Claro hijo, y ¿a qué se debe?

-Te necesito para hacer la tarea, abuelo. Suena convenenciero, lo sé, pero no es la intención.

-¿Cómo está eso?

-Nada, olvídalo. Quiero visitarte, platicar contigo y, se me ocurre que podía invitarte a comer. Nunca lo hemos hecho. Paso por ti a las dos.

-Sale y vale, acá nos vemos.

Llegue tarde, hora y media tarde. No se sorprendió o molestó, la impuntualidad me viene de familia.

El living de su casa estaba lleno de luz, las cortinas medio recorridas como siempre, sobre los sillones había sábanas rosadas y cojines de colores, nuevas cubiertas de polvo sobre otro cubre polvo de plástico. ¡Que metódico es el abuelo¡

-Siéntate a ver la tele conmigo hijo.

-Hace calor, abuelo…

-Aquí hace frío. Come unas galletas, están “requetericas”.

-Me arruinarán el apetito, vamos mejor al restaurante ¿no?

Caminamos un par de cuadras, verlo siempre es un placer. No es el típico abuelito quejumbroso. Vestía todo de negro, traía una cachucha con el logo de un equipo de fútbol, estoy seguro de que no sabía qué equipo era. Caminamos firmes, lentos, cuidadosos…

-¡No te pases por la tierra! -me decía preocupado.

Según él, se come rico en el mercado de “la uno”, -…allí por lo menos se portan mejor, atienden bien, sirven todo a tiempo y nunca está fría la comida.

No quiso ir al restaurante y me guió pues al mercado de “la uno”. Había mesitas con manteles a cuadros, servilleteros de palitos colorados, sillas al estilo provincia; la luz del sol entraba por todos lados y era constante e inconfundible el sonido que producen las fonditas: vasos de vidrio y cubiertos tintineando.

Nos sentamos, tardaron en acercarse a tomar la orden. A su espalda una muchacha regordeta llevaba un perro chihuahua en los brazos, ¡Dos para llevar!, gritaba y, nadie le hacía caso. Las meseras sudorosas de tanto caminar, se miraban ciertamente confundidas, cansadas, pero siempre sonrientes. Al fin se acercó una.

-¿Les traigo consomé o sopa de pasta?

-Queremos pozole señorita, dos por favor -ordenó el abuelo.

La mesera apuntó en una pequeñísima libreta y se fue.

-Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México -asentí, atento a la conversación- en un mes serán cuarenta y seis. Se dice fácil… son un chorro ¿no?. Asentí nuevamente, le di un trago a mi vaso con agua de piña, acababan de servirla. Sin preguntarle algo, comenzó a hablarme como si supiera exactamente lo que quería saber.

-Cuando entré en el cincuenta y nueve, la cosa estuvo difícil, me ayudó la novia de uno de los hermanos de tu abuelita Chata; entré como mozo, ahora tengo otro puesto, después de tantos años allí, debía ascender ¿no? -volteó sigiloso hacia los costados- aquí entre nos, me pagan como arreglista y eso que no sé nada de música. Tengo el nivel quince, el más alto. No me va mal.

Llegó la mesera con dos platos de pozole rojo, ya con mejor semblante y sin sudor.

-¿Y de tus viajes, abuelo?

-¿Qué tienen mis viajes?

-Háblame de ellos, seguro haz visitado muchos lugares del país y algunos pocos del mundo.

Miró con detenimiento la mesa, acomodó el salero, olió la salsa y suspiró.

-A tu abuela le gustaba hacer de estas salsas.

Tomó una servilleta y la dobló por la mitad, ubicó con la mirada los limones, extendió la mano -¿Me alcanzas uno? -dijo como melancólico. Quitó la servilleta que envolvía sus cubiertos, dejó escrupulosamente cuchillo y tenedor del lado izquierdo, sólo utilizó la cuchara para remover el calor del caldo.

-Fuimos a dar conciertos a Guatemala, ese viaje me gustó mucho, pero también giramos por Sinaloa dos semanas, ese estuvo divertido. Nos pagan todo lo de cada viaje en el trabajo, jamás podría quejarme… La Secretaría de Cultura… que por cierto está al mando de una señora ignorante: no sabe qué es cultura, ¡figúrate!, un día mandó a un montón de médicos para hacerse cargo de las relaciones públicas de la orquesta… en fin, te decía, la Secretaría de Cultura nos mandó también a Guadalajara a una feria musical de por allá…

Mi hambre era voraz, en poco tiempo quedaba la mitad de mi plato, él siguió hablando, hacía pausas breves para meterse una cucharada de granos a la boca. Con total parsimonia, dobló al revés su servilleta y reacomodó el salero. Come lento, no lo había notado. Lo veo poco, mucho menos de lo que me gustaría.

-…está bien rico el pozole ¿no?… hablando de comidas y viajes: hace muchos años, cuando tu tía Alicia aún no se casaba con Gerardo, fuimos en el bochito a Jalisco, ¡ay!, está re lejos Jalisco. Nos invitaron a una boda, habían hecho carnitas, ya sabes cómo ¿no?, a la antigüita, hasta me acuerdo de cómo mataron al puerquito. ¡Que ricas estaban esas carnitas! Tu bisabuela Carmen, con todo y diabetes se chutó tres tacotes de puros cueritos ¿te gustan los cueritos hijo?

Definitivamente no me gustan los cueritos, contesté a su pregunta con un gesto de asco. Decía tantas cosas que jamás me atreví a interrumpirlo, se le atropellaban las palabras. Siguió hablando de comida y de sus viajes al extranjero: Los Ángeles, California, es su lugar favorito en Estados Unidos, pues allí vive su hija la más chica, mi tía Susana. De repente y sin darme cuenta, el tema era distinto. Podía ver entusiasmo en sus ojos.

-Nací en 1934, a mis setenta y un años, aún me siento con hartas ganas de vivir…

Seguro todos los abuelos dicen eso, traté de imaginar las peripecias de mis demás compañeros con sus respectivos abuelos y me pregunté si a ellos les habrían dicho la misma frase.

Me parecía sostener la plática del siglo, el abuelo es una enciclopedia inexacta. Siempre he visto igual al abuelo, no ha cambiado en veinte años; tal vez sea más blanca su cabellera, pero eso es todo. Hice cuentas con los dedos de la mano.

-…habían pasado pocos años desde la Revolución Mexicana para cuando naciste, ¿recuerdas como era el ambiente político en ese entonces?

Imaginé hallar en sus palabras alguna revelación inédita de aquellos tiempos, una sonrisa se dibujo en mi rostro y las mejillas se me llenaron de color, reposé los codos sobre la mesa e incliné el cuerpo hacia adelante, paré bien la oreja.

-¡A buen árbol te arrimas, Israel! No me acuerdo de lo que hice ayer ¿cómo quieres que recuerde eso? De historia no se nada, con trabajos me acuerdo que gritábamos en los tiempos electorales: ¡Camacho, Camacho, comes plátano macho!, pero no me acuerdo de más.

Enseguida entendí que mi  falta de memoria fue heredada. Bajé la mirada desilusionado. Me miró arrepentido, enternecido, aunque no lo sé de cierto porque no lo vi, pero no lo dudo, así es de atento.

-Ahora que lo mencionas -la esperanza regresó a mi rostro- mi papá me contaba cómo se escondían de “la leva”, así le decían a los revolucionarios reclutas. Llegaban y sacaban a los hombres de las casas, las cantinas y las calles: viejos o jóvenes, no importaba. Habrá sido por allá de 1911 o 1913. Por fortuna mi papá supo esconderse bien. No así uno de sus hermanos.

Bajó la cabeza, como rindiendo un breve luto al recuerdo. Sentí lastima. Unos segundos después prosiguió con el relato, no sin antes darle un sorbo a su vaso con agua de piña, intacto hasta entonces.

-El tío iba con la tropa caminando a paso acelerado por un maizal de altas ramas, nadie podía verlos pues las ramas eran altas en verdad, sólo el movimiento y el crujir seco del maíz anunciaba aquel desfile. Moría de miedo sin haber pisado el campo de batalla. Ideó mil estrategias para escapar, pero esas misiones de magos no eran lo suyo. Todos usaban uniformes de color verde oscuro -sonrió discretamente-, en ese entonces se usaban ropas interiores al estilo mameluco, qué ridículos nos veíamos… Durante la marcha, a mi tío le dieron ganas de defecar, encargó la “carabina” con un pelado y se agazapó entre las ramas. Mientras pujaba pensó en escapar gateando y así lo hizo. Cuando pudo, corrió desesperado hasta dejar muy atrás a la tropa. Anduvo en mameluco por días, si alguien le veía con el uniforme lo acusarían de desertor. Mataban a los desertores sin preguntar. Llegó a casa sano y salvo, permaneció ocho meses encerrado, no le hablaba a nadie… -interrumpió de súbito y miró, visiblemente alarmado, su reloj- oye… ya son las cuatro treinta, vámonos.

Se levantó de la mesa, impaciente, pidió la cuenta a la mesera como anotando algo en el aire.

Pagué y nos fuimos presurosos: yo, satisfecho con sus historias a medias y la entereza de sus modos, él, sumergido en la prisa de ver el capítulo final de su telenovela.

Domingo 5 de febrero, 2006.

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