Los mejores golpes de la vida

Te quería morder, arañar, deseaba terminarte, amarrarte a la cama y soltarme demente sobre tu pelvis. No pude mandar hoy.

No pude porque me sentí comprometida, atraída por tus maravillosas curvas, apenas delineadas, por cierto. Me sentí atrapada en lo fino y verídico de tus facciones, eres hermoso. Me sentí incapaz, minúscula ante lo portentoso de tus movimientos, tus músculos.

A tu lado era una gorda con estrías. Me avergoncé, fui nimia. Sólo me entregué, doblé mi cuello, respiré despacio, deslicé mis dedos sobre tu espalda hasta abrir tus nalgas cual flor de loto.

Llegué y estabas impaciente, ardiente. El polvo que levanté con mis pies al descender de la moto, impactó en tu pantalón. Te llenó de lujuria.

Me horadaste. Me gusta esa palabra: horadar, horadó, horadé, horadamos, horadaron. Es bella en todas sus conjugaciones. Me horadaste, lo agradecí, después de soltar una lágrima de dolor.

Antes, besaste apasionado mis labios. Ignoraste lo errado de mis besos y lo políticamente incorrecto, anti-sexy, de mis braquets. Sólo miraste, atento, mis pulsaciones pélvicas. Me hiciste el amor como nunca, como nadie. Circunstancial, inequívoco, libidinoso, incorrecto, impuro, tonto, mugroso, descarado, pero amor.

Menos pude azotarte en la cama, menos sentirme poderosa, ostentosa, imperante. Eso quería, lo planee. Lo compulsivo y controlador de mis acciones jamás me permitirá entender cualquier orden natural, jamás permitirá el completo abandono de mis miedos.

Esperabas sentir tu piel desgarrada, el ardor de mi liderazgo, la soberanía de un chasquido repetido, arrítmico, sosegado. Nada de eso pasó. Y, como siempre, salieron puras estupideces de mi boca. Fui vulgar, arrogante, desentendida.

Te pedí más, todo. ¿Estás segura?, preguntaste. ¡Dámela!, atiné a decir. Gobernó el rock, los gemidos inoportunos.

No chocaba contra la cabecera de la cama aunque fuiste brusco. Un cambio de postura; busqué pegarme, busqué sin sentido, sin ganas. Sólo para no abandonar la costumbre de escuchar el ruido, normalmente hueco, que provocaba mi cabeza. Los mejores golpes de la vida son los que una se da contra la cabecera de la cama.

Todo fue imperfecto y maravilloso. Me rompiste, estoy segura. Me rompiste como el pitido del claxon al silencio de Av. Reforma, como tu mamá el monitor de tu computadora, los posters de Café Tacuba pegados en la pared y la rola de Jumbo que sonaba alto en tu cuarto.

Jun08

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