Los demasiados libros, Gabriel Zaid

Basta con decir, Zaid ha logrado ponerme los pies sobre la tierra con un solo libro. Disfruté mucho su sarcástico humor e iluminado sentido perspectivo. Un excelente trabajo el del autor en esta obra. Ahora sí, aquí las citas:

Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo, precios excesivos? El problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir”.

Leer no es deletrear, ni arrastrarse sobe la superficie de un mural que no se llega a ver de golpe. Más allá del alfabeto, del párrafo, del artículo breve que todavía se llega a ver como totalidad, hay analfabetismos funcionales del libro. La gran barrera a la difusión del libro está en las masas de privilegiados que fueron a la universidad y no aprendieron a leer un libro, a pesar de que existe un manuel excelente (Mortimer Adler, Cómo leer un libro)”.

Leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable. Publicar sirve para hacer méritos. Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad”.

Pero, ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegara a ser ignorantes inteligentes”.

…la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado ñeque nos dejan. ¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer no hace, físicamente, más reales”.

Soñamos con la atención universal: con el silencio de todos los que callan para escucharnos, de todos los que renuncian a escribir para leernos. Consideramos que al menos ciertas cosas deberían ser leídas por todos. Pero, ¿qué es lo que uno puede decir a todos? Si hubiera una asamblea universal permanente, en la que todos fuéramos pasando al micrófono para dirigirnos a todos, el tiempo no alcanzaría ni para saludar y retirarnos de inmediato. El diálogo universal se reduciría al reconocimiento del tú, a esa especia de Poema Babilónico de la Creación que es decirnos: “Buenos días”. Quizá la vida es eso: aparecer con un saludo y desaparecer. Pero es difícil aceptarlo. El saludo sueña con la eternidad, lo que lleva a no querer soltar el micrófono, lo que lleva a la comunión totalitaria. Todos deberían escuchar lo que Yo tengo que decir. El saludo interminable es un yo interminable, centro del universo”.

Noble tentación de apodarse del micrófono, de no soltar el mundo (por su propio bien); de sujetarlo a las sabias palabras y buenas intenciones de uno”.

La cultura es conversación. Pero escribir, leer, editar, imprimir, distribuir, catalogar, reseñar, pueden ser leña al fuego de esa conversación, formas de animarla”.

El aburrimiento es la negación de la cultura. La cultura es conversación, animación, inspiración”.

No llegar al público es, en último término, la negación misma de la cultura: no comunicarse; pero también salvarse de la perdición comercial y exitosa: una garantía de pureza”.

Pero lo que se llama ‘culto’ sigue siendo lo contrario. Algo que para serlo tiene que ser mediatizado por un proceso externo a la lectura misma: por los ritos de pase de una institución que consagra, gradúa y garantiza”.

…escribir es ponerse al margen de la realidad”.

Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”.

…un libro no leído es un proyecto no cumplido”.

Regale un libro: es como regalar una obligación”.

Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo”.

…yo sólo sé que no he leído nada”.

Cita especialmente dedicada a René Avilés Fabila, querido y respetado profesor, Maestro escritor y amigo:

Un profesor de provincia se entusiasma por un libro, encarga una tarea a sus alumnos y genera una demanda repentina de treinta ejemplares, sin ponerse de acuerdo previamente con los libreros locales. No sabe que en toda la ciudad no hay un solo ejemplar de la mayor parte de los libros publicados; hay solo un ejemplar de la mayor parte de los libros que sí hay; llega a haber dos o tres ejemplares (a veces más) de algunos; pero jamás de los jamases habrá treinta ejemplares de cualquier libro que se le ocurra”.

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