Este que ves, Xavier Velasco

Si la cursilería fuera un pecado, yo cada noche me ganaría el infierno”.

Vivir, amar, narrar: solamente un pelmazo piensa o dice que tamaños engorros pueden ser cosa fácil”.

Uno mira hacia atrás y entiende tanto como cuando pretende mirar al porvenir. No se entiende la vida, ni el amor. Por eso hay que contarlos, para que haya un atrás, un adelante, un arriba, un abajo, un así eran las cosas y un éste era yo”.

Escribir no es ganar, sino echar a perder”.

Escribiendo no iba a ganarle a nadie, pero nadie iba a verme perder contra mí mismo”.

Escribir es lanzarse a perder todo por nada, creyendo que no hay otra forma de ganar”.

Se escribe igual que se ama o que se vive, porque no queda más alternativa ni se ve escapatoria tolerable”.

Escribir es autorizarse a estirar las fronteras de lo sensato y disfrutar del aislamiento resultante”.

En el liceo literario de mis sueños, quien deseaba ser escritor tenía que cumplir con la prueba de tirarse al vacío”.

Uno puede decir que el vicio de escribir es como un bicho omnívoro cuya urgencia de vida se alimenta de realidades compulsivas, pero antes que eso es un bicho antropófago. Come de uno primero, luego de os demás, y después del orgullo de saberse insaciable”.

Cuando ya el juego de escribir se ha adueñado del juego de la vida, ninguna otra disputa parece interesante si no se relaciona con él”.

Sólo una perspectiva me atemoriza más que meterme todo el tiempo en problemas: la de vivir sin ellos”.

Quiero borrar los miedos que se fueron y empiezo por nombrar a sus fantasmas”.

Los escritores pueden morirse de hambre, pero de lo contrario se aburren mortalmente”.

Pero el hecho es que estoy jugando el mismo juego, pues contra lo que los adultos esperan de los niños, crecer no me apartó de ciertos juguetes. Un cuaderno repleto de garrapatas negras y moscones de todos los tamaños (tacha uno los renglones, y hasta los párrafos) es el juguete más emocionante que he tenido de los nueve años para acá. Sorry, Scaletric”.

Por más que intento ya no puedo parar las lágrimas, ni tampoco ellos van a detenerse sin llevárselas antes de trofeo. Me queda sólo el gusto de llorar insultándolos y llamándolos por sus peores apodos, aunque me den más fuerte. Y muy de vez en cuando, si es que me hacen rabiar hasta el temblor, me voy sobre el que esté más cerca de mí y le pego con todas las fuerzas de mi cuerpo, ya con prisa, con saña, y los otros se asustan y me dejan hacer, porque en ese momento le estoy gritando al último que me pegó que le voy a sacar los ojos y me va a recordar la vida entera”.

Cada vez que en la escuela me roban o me rompen alguno de mis útiles, no me queda más que inventar un nuevo engaño. Y de repente son demasiadas mentiras para no equivocarme y despertar sospechas. A veces, cuando Alicia llega por mí, salgo del baño con la cabeza empapada y le cuento que estuve jugando futbol y tenía mucho calor, lo que sea con tal de justificar los ojos inyectados de estar llore y llore”.

Y yo no sé por qué le temo a los reptiles. Y a las arañas, y a las abejas, y a los niños gritones de mi salón que de nuevo se están divirtiendo conmigo como si le arrancaran las patas a un zancudo”.

Cuando uno insiste en enterrar a un fantasma, el fantasma termina por enterrarlo a uno”.

¿Quieren decir que yo, porque soy niño, no tengo nada bueno que contar y no puedo sentir lo que sienten los grandes? La diferencia es que ellos arreglan sus problemas solos, yo tengo que esperar a que me corten con una navaja para poder salir del infierno”.

Tenía que entenderlo, ya me temía que seguir en ascuas era arriesgarme a que volviera a pasar. A pasarme. Por eso nunca pude acabar de enterrar el recuerdo preciso de ciertos días, y porque más adentro, quizás en esa misma catacumba donde escondía el habmbre de narrar, tenía la certeza más o menos etérea de que antes o después intentaría contarlo todo por escrito”.

Con el tiempo, no obstante, fui entendiendo que no era propiamente la historia lo que me interesaba, sino meterme al juego de contarla. Sabía ya, por cierto, que el que juega con fuego… a aullar se enseña”.

Basta con que ninguno mire dentro de mí, donde hay ocultos ciertos tesoros que nadie más está invitado a ver”.

Engaño a los que quiero para que ellos no sientan vergüenza de quererme”.

Los niños que se van a jugar con las niñas son todavía menos respetables que los chillones y los acusetas”.

Y cuando uno descree de su pasado no le queda otra opción que refrendarlo”.

No había con quién hablar de tantos fantasmas. E incluso cuando hallaba una oportunidad para tocar el tema, recibía las muestras de extrañeza o indiferencia que alimentaban un miedo mayor: temía desde entonces ser un bicho raro”.

No consigo entender, y esta será la marca del resto de mi infancia, que no exista en el mundo la magia suficiente para salvarlos uno de las pesadillas”.

Uno a veces se agarra de los ogros pequeños para no ver entero al monstruo que está enfrente”.

Cuando el infierno se instaló en mi vida, nada en ella acusaba más sentidos ni fines que asistir con la boca abierta aunque callada y esperar que el Demonio se apiadara de mí. Pero no he comenzado, el infierno parece lejos todavía…”

Si otros consiguen ser intrépidos y oportunos y simpáticos, yo lo mero opuesto de esas cosas, y lo sé porque todos los días, a la hora del recreo, camino a solas por el patio con un sándwich, un caso o una bolsa de papas en la mano”.

Estar solo, jugar a solas, nunca ser elegido para armar un equipo, aguantar unas burlas y devolver otras, pasar por alto algunos golpes y pellizcos: nada parece demasiado grave, y si lo pareciera sería una razón para ocultarlo. ¿Tengo la culpa de no tener amiguitos, ni habilidades claras, ni popularidad de ningún tipo?”

A veces, mientras me paseo por el patio, temo que ya jamás voy a estar a la moda, porque cualquier día de estos la gran moda va a ser darme patadas”.

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