Desde el miércoles de ceniza…

A mi papá

-Atrás del altar, en la Iglesia de San Pascual Rey, el padre Nicanor aguardaba sereno la llegada de los feligreses. Daba la impresión de esperar el fin de una jornada agotadora.

Eran las nueve de la noche del miércoles de ceniza. Daría inicio la tercera imposición de la noche. Más cansado que devoto, el padre Nicanor prosiguió según debía, cargó sobre sus manos el tazón con las palmas quemadas del domingo de ramos.

El ambiente encerrado de la Iglesia, atrajo un amplio rebaño de feligreses, como las hojas secas de un árbol atraen el agua fría de la lluvia. Durante las misas antecesoras, la proclamación del padre fue más expresiva y cuidadosa, sus lecturas, atentas; entre cantos del salmo, se creaba el ambiente de Cuaresma: la ceniza comunicaba fácilmente un mensaje de humildad y conversión.

Poco a poco se llenaron los asientos de la Iglesia. Los monaguillos, diestros, rápidos y silenciosos: sometidos ante la delicadeza y discreción del padre, encendieron largos cirios de manera tan fina y cuidadosa, como si encendieran al padre mismo. Él, entonces, dejó la serenidad y se le iluminó el rostro con una gran sonrisa de satisfacción, consecuencia del arribo de los bastardos Buendía.

La multitud borboteó en murmullos, incluso para mí fue sorpresivo el arribo de los tres hombres. Hombres que nunca antes habían pisado la Iglesia, no por herejía, sino por impedimento del padre.

Miré, aturdido, la entereza del padre Nicanor. No fui el único extrañado, la congregación entera se preguntó el motivo de la llegada de esos hombres. El padre viró hacia mí, se borró la ceniza con la manga de la sotana y postró nuevamente su rostro frente al mío en espera de la tercera imposición de la noche. Marqué con mi pulgar, tembloroso, otra cruz en su frente. Un carraspeo del padre concentró las miradas en el altar. Dio inicio la misa. Se tocaron las campanas, los inciensos se esparcieron y la cera de las veladoras se consumió, los cirios empezaban a derretirse, a desaparecer.

Los Buendía retaron, sólo con su presencia, la sagrada imagen de Jesucristo crucificado, su presencia era inaudita luego de la vergonzosa muerte de su madre.

Todos conocían el deceso de la puta de Doña Cata, luego de que un borrachito del pueblo la descubriera tirada en el callejón de Altamirano, con una cruz entre las piernas y la vagina destrozada; conocían también el pecado con que nacieron sus hijos, eran de los pocos desgraciados a los que una “y” no unía su primer y segundo apellido.

Durante toda la ceremonia, los hombres permanecieron de pié al fondo del recinto, sin rezar ni moverse. Luego el padre sacó de la repisa bajo la mesa de servicio otro tazón con cenizas, lo puso en el altar, junto al tazón utilizado en las otras ceremonias. Tomó éste último. Convocó entonces al pueblo a formarse. Un mundo de señoras enchalinadas y niños huarachudos abarrotaron el pasillo principal. Los Buendía permanecieron al fondo, tan gastados y cansados como la madre que los parió.

Procuré conservarme tranquilo, sentía cómo los nervios me tambaleaban las piernas. De frente a la monumental hilera, me paré otra vez a un lado del padre Nicanor, con el sagrado Evangelio en mis manos. Marcó las frentes de los feligreses con una cruz, al tiempo en que repetía, “Polvo eres y en polvo te convertirás”, para luego pasar conmigo, besar el libro y escucharme decir, “Convertíos y creed el evangelio…”

Mis frases parecían más suspiros, las del padre se encendieron al pasar de feligrés en feligrés; terminar dejó de ser el fin para convertirse en su más consistente alegría.

Conforme los concurrentes regresaron a sus lugares, los murmullos inundaban la Iglesia. Y es que todos se preguntaban la razón de por qué estaban ahí los Buendía. De repente, uno de ellos gritó desde el fondo “¿A quioras nos toca a nosotros, padre? Desde el altar se escucho pronunciar al padre Nicanor “Ahora mismo, hijos”, como por reflejo todos nos persignamos. La inquietud de los concurrentes se debía más a la incertidumbre que a los acontecimientos. Miraron boquiabiertos a los hombres caminar hacia el altar. Sin prisa, el padre se volvió y cambió de tazón. Pocos se percataron de ello, la mayoría permanecía atenta, con la mirada estática en los Buendía. Cuando los hombres estaban frente al altar, se le escuchó decir al padre Nicanor “Pueblo de San Pascual Rey, el día de hoy seremos testigos de la portentosa fuerza de nuestro señor Dios. Nadie más que él ha logrado traer aquí a estas arrepentidas almas. Demos fe del poder divino y levantemos una plegaria por Catalina Buendía, que en paz descanse”.

Mientras pronunciaba, recordó una larga noche de placeres… Me imaginó, podría jurarlo; eso mismo indicó su mirada de reojo. Me recordó hincado atestiguando sus vericuetos con la señora Catalina. Cerré un momento los ojos, como intentando arrancarme esa idea… pero sólo reconstruía lo intenso de su mirada, que se depositaba en mí de vez en vez, como ofreciéndome probar; no pude ignorar, otra vez, como tantas veces desde entonces, los gritos apagados de la señora Catalina, que abandonaban el gozo para teñirse de pánico.

Tuvo una erección bajo la sotana, nadie más lo notó, se necesitaba reconocer la forma entre los pliegues, lo separado de la entrepierna y las telas del vestuario. Los feligreses se arrodillaron al término de sus palabras, se persignaron frenéticamente…

Esto, sin duda, salía de la tradición preparatoria de la Cuaresma, desentonaba tanto como sus arrugas faciales, lo aletargado de sus pasos y el peluquín castaño que se empeñaba en usar.

Sentí un codazo en la costilla, era la señal, me indicaba recobrar la postura y mostrar el evangelio a los Buendía, me concentré en ello, era lo más importante, lo debido, era mi camino, el único, por el que siempre había luchado sin importar nada más…

Del bolsillo derecho de la sotana, sacó un sello en forma de cruz. Lo impregnó de cenizas con cuidado de que éstas no tocaran sus dedos, luego marcó, una a una, las frentes de los hombres. Ninguna frase se pronunció en el acto. Apenas imprimió la cruz en el último de los Buendía, anunció determinante “Esta misa ha terminado, pueden irse en paz”.

Todos los feligreses salieron con pasos temerosos, no tan convencidos del milagro de Dios que había llevado a los Buendía hasta la Iglesia por su salvación. Los monaguillos apagaron las veladoras y salieron también. Sólo se quedaron los tres hombres hincados frente al altar. Empecé a acomodar los sagrados utensilios, mientras el padre Nicanor reposaba brevemente, sentado, con las manos entre las piernas. Le escuché decir en voz baja, mirando el techo dorado de la Iglesia: “Gracias, Señor, por permitirme ayudarte en la purificación de estas almas”. Los hombres permanecieron con los ánimos pacíficos y las cabezas gachas, no devotos, sino expectantes.  Salió hasta el último de los concurrentes, luego el padre cerró las puertas de la Iglesia y regresó frente a los hombres. Se le transformó la voz, dejó la postura rígida: “Ya está, redimidos quedan. Absuelvo sus pecados y les doy la bendición. Su reputación queda restaurada, también la de su madre Catalina… que Dios la guarde en su gloria… ella no quiso morir así y dejarlos inundados en penas. Suficientes vergüenzas han soportado a partir de su nacimiento… he cumplido mi promesa, han pisado la iglesia, pueden irse en paz…” Uno de los hombres preguntó, como queriendo arrancarle al padre una verdad menos fabricada: “¿Siente pena de ser padre, padre?” Le miraron todos, impacientes. “Cada uno de nosotros necesita oír esta llamada urgente al cambio pascual, porque todos somos débiles y pecadores, y porque sin darnos cuenta vamos siendo vencidos por la dejadez y los criterios insanos de este mundo…” continúo iracundo “…váyanse ya, que los días de la cuaresma les hagan bien… su madre Catalina tiene lo que merece, nada más para una mujer que muere herida por el deseo”.

Sin excepción, rodaron lágrimas tibias por las mejillas de los tres hombres.

Mañana acaba la cuaresma y el padre Nicanor parte a la capital para ver al Obispo, se terminó el aceite de olivo y con él la Extrema Unción. Hoy fui a embadurnar al último Buendía, después de acomodarle al padre una canastita de viandas dulces para el viaje… las espolvoree con la harina blanca que me diste, madrina, parecía azúcar glas.

-Le sabrán a las lágrimas de los Buendía… ¡Pobres!, cayeron uno a uno desde entonces, como los días de la Iglesia de San Pascual Rey sobre tus hombritos, mijo… Pesados, insoportables, pero tuyos, al fin tuyos… Ya verás que todo irá mejor contigo al frente y el padre tan lejos, ya verás…

-¡Al fin el pueblo estará libre de pecado! …celebraré una misa en honor a Catalina Buendía y a sus hijos, a ver si vuelven así los feligreses a la Iglesia.

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