“Sencillo y preciso, siempre en tensión hacia la acción”: Antoine Rodríguez

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Antoine Rodríguez.

Tienes un verdadero talento de cuentista, vamos siguiendo la trayectoria de tu personaje y sus pequeñas “aventuras” cotidianas y banales se convierten en algo fascinante. Me gusta tu estilo, sencillo y preciso, siempre en tensión hacia la acción. No sobra nada en tus descripciones (la palabra justa con los adjetivos necesarios y punto). También tienes un humor que me gusta. Es un retrato sin complacencia. Felicidades. Me la pasé muy bien. Aún no es La novela pero creo que Curso de belleza, amor y sexo te va llevando a ella. Muchas gracias por haberme hecho descubrir el texto.” Antoine Ridríguez, Maître de Conférences, Experto en literatura  mexicana, Université Charles de Gaulle Lille 3, Francia.

“Me rompes el corazón o el cerebro”: Giselle Ruiz

Israel: Hola, espero que estés bien. Leo Curso de belleza, amor y sexo desde Aguascalientes, México. Comencé anoche. Me rompes el corazón o el cerebro. Ahí se instala el amor, ¿no? Tenía mucho sin sentirme así. Escribiendo como autómata pero sin sentir porque se acerca mi cumpleaños 28 y cualquier intento de profundidad me destruiría. Perdón, ya me desvíe del asunto. Gracias por escribir esto. Creo que aprendo más de tu libro que de toda una vida experimentando el (des)amor. Gracias, de verdad.

¡Gracias a ti, Giselle Ruiz! No te conozco, pero eres eso que en mis años de aspiraciones literarias imaginé que le pasaba a los autores después de haber escrito algo satisfactorio. Y ya que sé que también escribes desde el oscuro y liviano desvarío, ¡quiero conocerte mejor!

Para habitar un Mundo cruel

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Luis Negrón, autor de Mundo cruel (Malpaso, 2016)

Sigue pareciéndome maravilloso leer un libro o ver una película que trate el tema gay sin que el mundo se acabe. Ya sé que decir esto en pleno siglo XXI es muy vintage, pero uno, que nació y creció en un mundo que te hacía llorar por las noches, no deja de sorprenderse. La juventud de hoy día, de la que ya he comenzado a dejar de ser parte, no sufre ni se lamenta por la represión que en mis años de pubertad y adolescencia aún existía. Y puedo pecar de positivo, porque en realidad seguimos teniendo conocidos, familiares, centros educativos o espirituales represivos. Vamos, que a pesar del amparo de las leyes, la represión y la discriminación no ha dejado de ser un problema. Tú entiendes. Si entiendes, entiendes. Me refiero a que hoy, por fortuna para los más jóvenes, en cierta medida se ha dejado de llorar tanto por las noches y de creer que el mundo se acaba. Eso tiene una ventaja enorme: los nuevos, los que se abren paso al mundo siendo conscientes de su afectividad y erotismo diverso, han dejado de concebir el mundo como lo llegué a concebir yo mismo: una terrible amenaza en la que nada es posible porque tú mismo no eres posible; ahora, en muchos países del mundo se vive hasta con entusiasmo y protección (aunque se siga aprendiendo a respetar las leyes que nos protegen). Pero también intuyo que estos tiempos, lavados de crisis internas para los más jóvenes, permisivos en el consumo de sexo fácil y bajo el amparo de la ciencia que no cura el VIH, pero lo mantiene a raya, traen consigo cierta desventaja, no sólo para los nuevos, sino para los de mi quinta: estamos dejando de pensar el tema gay y todas sus circunstancias, o esa impresión me da, y con ello perdemos habilidades para entender y plantar cara a este mundo hipócrita y rudo, centrándonos en lo efímero o frívolo, en el cachondeo del espectáculo.

Hace tiempo que no hablo con un muchacho, menor de veinticinco años, que me cuente sobre las dificultades que sortea o ha sorteado para ser él mismo. Me alegro mucho de que se haya perdido un poco de sufrimiento, pero también me entristezco al darme cuenta de que esos mismos chicos empoderados y libres carecen de motivos para seguir plantando cara a la represión, allí donde la encuentren. Porque hoy en día la represión ha dejado de ser obvia. Se esconde detrás de un expediente o en los armarios del espacio privado, que repercute luego en la política, la educación o la cultura, pero sigue allí, al acecho, esperando la muerte de los viejos y el enajenamiento total de los jóvenes, que están demasiado amparados por las leyes y demasiado ocupados ligando por Grindr.

El mundo avanza, sí, pero es cruel igualmente. Y nosotros con él si nos dejamos enajenar. Por eso me sorprendí gratamente leyendo los cuentos de Luis Negrón, que son un reclamo liviano y nada frívolo ante nuestra actitud limitada y estúpida frente a la crueldad. Mundo cruel representa el mundo gay de hoy, desde una óptica crítica y hasta antropológica, un mundo en el que convivimos todos: los viejos, los jóvenes y esa edad bisagra que participa de dos modelos que caracterizaron una subcultura, que vislumbró cambios radicales y quedó normativizada en el estándar. No voy a decir que soy un viejo, porque soy vanidoso y porque no es verdad. Pero rebasados los treinta, a uno le ha dado tiempo de aprender cosas sobre el mundo, y encuentro diferencias sustanciales entre el mundo de los jóvenes de hoy y el mundo en el que fui joven, o, para decirlo sin que parezca que se me cae la dentadura postiza, el mundo en el que yo tuve menos de veinticinco. Tampoco es que hayan transcurrido muchos años, pero es precisamente eso lo que me pone nervioso. En apenas cinco o diez años hemos ido creciendo en enajenación y tengo la impresión de que se nos olvida, poco a poco, que este mundo es una puta mierda, y que para aprender a combatir su crueldad hace falta saber plantarle cara: con valor, con cabeza y mucho, muchísimo humor.

No conocía a Luis Negrón. Ni siquiera sabía que existía. Pero cuánto me alegro de que haya llegado a mis manos su primera obra escrita. Negrón publicó los cuentos que componen Mundo cruel en 2011, y como es un libro que merece la pena leer, fue traducido al inglés, lo que le llevó a ganar en 2014 el Premio Lambda a la mejor obra de ficción con temática LGBT y obtener buenas críticas. En 2016 la editorial Malpaso vuelve a editar esta obra, ahora para el público español, en unos acabados finos y de pastas duras que podrían producir orgasmos a los fetichistas.

El libro llegó a mis manos ayer por la tarde. Y apenas tuve oportunidad me senté a leer porque es de esos libros que nada más verlos apetece, y cuando les metes mano ya no hay fuerza que te separe de ellos. Fui leyendo cuentos mientras alternaba la preparación de la cena y no me tomó mucho tiempo darme cuenta de que este autor iba a ser capaz, apenas en cien páginas, de llevarme a ejercitar el pensamiento crítico y toparme de frente con la crueldad, la hipocresía y el desconcierto, desde el más divertido y delicioso mariconeo, que irónicamente parece frívolo.

Comentaré el primero de los cuentos: «El elegido», aunque ya digo desde ahora que voy a ser muy spoiler, al menos con este cuento, en favor del argumento que desarrollo en el artículo, perdóneseme. Este cuento narra la historia de un muchacho recién entrado a la adolescencia, que no da muestra alguna de conflicto interno con respecto a su homosexualidad: lo reprimen, lo amenazan, lo castigan, lo golpean pero él lo tiene claro, es como es. Crece en el seno de una familia protestante, en la que su madre le incita al culto religioso, mientras que el padre y hermanos no y, ven en el acercamiento del chico hacia la iglesia, un error que malogrará su desarrollo. El padre le ve sensible, pero no puede estar más equivocado, pues ningún chico de esa edad puede ser sensible o vulnerable si tiene tan clara su identidad sexual y la vive, sin tapujos, valiéndose de la belleza con que ha sido bendecido desde el nacimiento. En esta historia, los personajes que rodean al muchacho intentan convertirlo, pero no a la fe que ya posee y a la que no renuncia, sino a la heterosexualidad, mientras al mismo tiempo se sienten atraídos hacia él, lo seducen y hasta caen rendidos ante su belleza y coquetería. Este chico se compra la ropa a gusto, sale con quien le da la gana y se acuesta con la máxima autoridad de ese contexto social que ha construido su propia identidad, dejando clarísimo la libertad y congruencia desde la que actúa. Vamos, que su vida es ejemplo del valor que todo mariquita debería tener para enfrentarse al mundo, incluso si tiene que luchar contra la hipocresía y la doble moral. Entre los personajes que le rodean, él es el único congruente. Y lo más transgresor de esta historia no es la capacidad del protagonista para andar con valentía su propia vida, sino además hacerlo de la mano de Dios, su Dios. Hay un diálogo entre este muchacho y el mismísimo Dios, que pone de manifiesto la enormísima fe que tiene el chico (sin rastro de burla o crítica frente a la incongruencia del discurso religioso ante a la homosexualidad), y lo increíblemente capaz que es de ejercer su propio juicio, sin renunciar jamás a una sola de las cualidades que le dan identidad, entre ellas su homosexualidad y su fe. He destripado muy feo este cuento, pero te aseguro que el placer de leerlo no se compara con la horrenda disección que hago aquí. La densidad y profundidad del mensaje que contiene, se viste de un lenguaje y una expresividad que te harán dudar sobre su propia seriedad. Ya que has disculpado el spoiler, me valgo de él como ejemplo del tipo de historias que vas a encontrar en el Mundo cruel de Luis Negrón, que son también el tipo de historias del mundo que tú habitas. La cuestión es: ¿también tú habitas el mundo con la misma fortaleza y valentía que este muchacho protestante? ¡Y Negrón consigue que el lector se formule preguntas como esta con cada uno de los cuentos que componen el libro!

Leyendo he conectado con Negrón, no sólo como lector complacido, sino como autor. En el prólogo, Ignacio Echeverría dice que los cuentos de Luis «se insertan sin disimulo ni prurito alguno de originalidad en lo que cabe entender ―no sin los escrúpulos que suscita toda etiqueta clasificatoria― por literatura gay». Y tiene razón, porque en la narrativa de Negrón no hallé rastro de pedantería cultureta o pretensión de marisabidilla letrada. Al contrario, detrás de estos textos, a veces desgarrados por la tristeza, producto de la hipocresía, y otras veces atravesados por una suerte de esperanza en que vendrán tiempos mejores (menos crueles), se revela un oficio nítido, trabajado, un oficio que sólo puede ser consecuencia de tomarse tan en serio la escritura, que cuando el lector llega a su obra dice: «¡Ah, qué fácil!», pero luego se queda dándole vueltas y encuentra, en los huecos del relato, la verdadera historia y con ella la pericia del autor. No hay rastro de pretensiones formales, pero hay obra y hay mensaje, que no es poco. Este no es un libro que sólo tenga la habilidad de entretener. Pero si esperas un libro para enajenarte, mejor vuelve a las apps de ligoteo o a la tele basura. Este libro te va a fascinar, siempre que seas un lector curioso y no esperes que te lo den todo peladito y a la boca. Para habitar un Mundo cruel, hace falta ser(capacidad de identidad) y tener bien secas las manos, de modo que puedas abrirte paso entre sus páginas, seas hetero o no, da igual. Si no eres (como eres, como seas), si no tienes identidad más allá de tu orientación sexual, el Mundo cruel de Luis Negrón, y ese que también ahora habitas mientras me lees, te arrancará la cabeza con tanta gracia, que será como si no hubieras sacado nunca la nariz de la pantalla: viendo gatitos en Facebook.

Es este el tipo de narrativa que a mí me gusta: ligera pero nada efímera, que no subestima mi inteligencia, que tiene cosas por decir y me lleva a pesar en la fenomenología de ser mariquita hoy, y serlo hace cinco o diez años, porque el mundo cambia rápido hoy en día, y con él podría cambiar también su crudeza. Pero eso depende sólo de nosotros, mientras seamos y leamos y habitemos el mundo. Y si a eso le sumas que toca el tema mariquita desde la más absoluta libertad crítica, sabiendo reproducir las delicias de la expresión a través del diálogo o el monólogo, presentando personajes que pocas veces alcanzan el grado de entrañable si se escribe cuento, entonces ya puede ser el mundo cruel y cambiar rápido, que mientras tenga uno armas como ésta, se puede dormir tranquilo y sin llanto, sin la angustia de que el mundo se acabará mañana, porque aunque es cruel y una mierda, me sigo sorprendiendo cuando leo un libro que trata el tema gay con tanta destreza y sabiduría. Mira, no sé, quizá va por ahí la cosa. Puede que la clave esté en la capacidad para sorprenderse, porque sólo quien recuerda que se vive entre mierda y crueldad es capaz de alegrarse cuando disfruta de la paz y el bienestar, sin bajar la guardia, aprendiendo a cambiar con los tiempos, que pueden ser muy modernos pero igualmente crueles e hipócritas. Y eso es Mundo cruel de Luis Negrón, un saco de boxeo para mariquitas y no tan mariquitas, viejóvenes, jóvenes o adolescentes terminales, que aún tienen la capacidad de sorprenderse y la necesidad de defenderse.

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Este texto fue publicado originalmente en Vísperas, Revista prehispánica de crítica literaria,  el 18 de octubre de 2016 con el título: “Mundo cruel, de Luis Negrón”.