Archivos por Etiqueta: Fundación Antonio Gala

Soy una puta estadística en el libro que lleva las cuentas de los soñadores…

22 ene

Hace ya más de un año que vivo resistiéndome a la idea de volver a empezar. Mi paso por este país, “el plan” que me trajo desde el otro lado del océano Atlántico, se ha visto transfigurado por eso que algunos llaman destino.

Una mañana a mediados del 2009, un correo electrónico de Auxi Ruiz, subdirectora de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores (FAG), me cambió la vida. Desde entonces y hasta hoy, las transgresiones en mi mundo son cada vez más determinantes y profundas.

¿Alguna vez han escuchado el refrán que dice “Cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad”? Soy una puta estadística en el libro que lleva las cuentas de los soñadores irredentos. Víctima de la sabiduría universal.

Me planté en España y a los 15 días, sin previo aviso, me enamoré hasta las trancas. Escribí mi primer libro de cuentos, conocí y trabajé al lado de Antonio Gala. Viví en Córdoba junto a casi una veintena de inquietos y talentosos creadores; vi nevar por primerísima vez.

Me mudé a Sevilla. Entendí el significado de la independencia familiar y la fortuna de enfrentarme a ella acompañado del mejor de los compañeros. Conocí el miedo, la angustia, la renuncia. La diferencia entre el trabajo de autocomplacencia y el de supervivencia. Supe, a ciencia cierta, cuánto pesa la nostalgia y cuánto valen los amigos.

Me abrigan múltiples pasiones. Un torbellino de emociones imposibles de digerir sin sustos y con objetividad. Desde que dejé la casa de mis padres, maletas en mano, me enfrasqué en una verdadera aventura. ¡No tenía ni la más remota idea! Será como saltar de una cama a otra, me dije a mí mismo, en plan imbécil total. Creía era como el juego de brincar sobre la cama, donde uno, de chiquito, refina el sentido del equilibrio.

Vivo en un mundo nuevo, siempre nuevo. Me ha resultado estúpidamente imposible aceptar todos y cada uno de los cambios propuestos por el incesante devenir. La adaptación es un proceso bien piche lento. Pero me niego a pasar sin ver. A dejar atrás los caminos sin que su huella se adhiera en mi memoria.

Hasta no hace mucho, todo me parecía demasiado ajeno y lejano. Nada valía tanto esfuerzo y energía si asomaba una extremidad por fuera de los márgenes del plan. ¡Qué absurdo! Lo sé. Todas las voces dicen: la vida está hecha de cambios. Los veo, incluso, en el espejo. Me he visto en las mejores y peores circunstancias, de pies a cabeza, al derecho y al revés. Descubro perspectivas ingratas y fascinantes de mí mismo. Soy, en mi magnánima mismidad, un cambio imparable que oscila entre los 84 y los 90 kilogramos.

¿Sabe alguien, fehacientemente, cómo perderle la tirria al cambio? Mientras me entero… Paso de la resistencia. ¡Cambios, aquí estoy! ¡Tómenme y hagan de mí su regalada gana! Total, ya aprendí a saltar. En cualquier momento consigo mantener el equilibrio[1].

A dos de acabar les comparto: me vienen estas ganas de postear por dos motivos:

1) Mi clase de Literatura y Medios, impartida por Carlos Peinado en el Máster de Escritura Creativa. No sabía que Dostoievski llevó un diario muy del tipo bloguero.

2) El artículo de Antonio Muñoz Molina publicado hoy en el número mil de Babelia: “20 años, 20 lecciones”: “He aprendido que los únicos estimulantes que necesito para escribir están dentro de mí mismo, en la orgía electroquímica de los neurotransmisores que combinan súbitamente imágenes del recuerdo o de la fantasía en un sueño lúcido. Por comparación con esa efervescencia el efecto de cualquier droga, de la nicotina o del alcohol es una bagatela, un gasto inútil de energía física y mental.”

En serio deseo un día aprender y descubrir cosas tan valiosas como esa y además, comunicárselas al mundo.


[1] Y si mañana me viniera otra vez la fiebre de la angustia, y si me trago mis palabras o me gano el repudio comunitario (mi comunidad, ahora, se resume a mi marido y las hormigas de la alacena que se aferran a vivir de mis ridículas ganancias), ya de menos me quedará el consuelo de haber recuperado mis letras. Abro así el archivo de posts del 2011.

De suma importancia

10 may

¿Cuáles deben ser los principios impulsores de la creación literaria?

  1. Usar tapones en las orejas, sobre todo si te has tomado la molestia de irlos a comprar como pretexto porque no podías escribir sin ellos.
  2. Dormir cuando te da sueño y despertarte para escribir.
  3. Dejar de escribir sólo cuando el hambre distrae demasiado o la comezón en la cabeza es tanta que urge tomar una ducha.
  4. Leer más, siempre más. Y cuando un libro te aburra, no sentir culpa por dejarlo a medias.
  5. Ver poca televisión y más cine, sobre todo películas que crees podrían ayudarte a entender mejor lo que escribes en ese momento.
  6. Hacer caso de las ideas justo cuando vienen a la cabeza. Las ideas que se enfrían, después, ya no parecen igual de geniales.
  7. Olvidarse, hasta el momento en que se consiga establecer una disciplina creativa, de lavar los trastes, tender la cama o hacer las compras.
  8. Tener una libreta de notas y realmente usarla.
  9. Ya no sé… Todavía no soy un maestro en creación literaria.

¿Qué hacías ayer por la calle vestido de rey?
Según tengo entendido, los reyes no visten de chándal y andan cabizbajos por la calle.
¿Qué la Pepa me vio? ¿Desde cuando los perros saben identificar un rey? Pobre animal, debió sentir lástima por mí. Se detuvo un instante a mi costado, mientras me secaba las lágrimas. Me revisé los bolsillos y no me alcanzaba para mimos. Se fue como excusándome la carencia.
Hablaba con mi madre, eso hacía.

¿Qué te pasó cuando saliste del pozo?
No he salido. Pero me parece ver la luz a lo lejos. Por suerte traía conmigo un manual para escritores budistas y presiento ya la iluminación. Quizá tenga suerte esta semana.

¿Por qué llevas un zapato y una zapatilla?
Uno hace lo que sea para intentar sentirse mejor.

¿Qué le decías a la mosca cuando los vi juntos?
Que me parecía muy mona. Que era tan bonita que me iba a inspirar en ella para escribir un cuento que empezara in media res aterrizando en un portentoso depósito de mierda humana, para luego hacerla volar hasta un restaurante lujoso y posarse, ella, tan mona, ya te digo, sobre la comida carísima de un fresa apretado. Luego el cuento dejaría a la mosca de lado hasta muy al final, y, aunque le prometí tan poco protagonismo, mí querida amiga la mosca aceptó encantada un trato que la inmortalizaría para siempre en mis ridículas pasiones: no morir hasta acabado el texto y ponerse histéricamente gorda antes de que comience a escribirlo.

¿Por qué llevas la olla en la cabeza?
Para hacer reír a mi novio. Es que nos peleamos ayer. No, antier, no… espérate. Déjame hacer memoria.

¿Para qué te sirve la literatura?
De momento, para angustiarme. Me queda un mes, UN MES. Se supone que trabajo bien bajo presión, pero… ¡Chingao!
A veces, me sirve para contestarme algunas preguntas. Pero siempre termina por crearme más dudas.
No sé, ¿tú dime, sirve?
La última semana me ha servido para llenarle de traumas el buzón de correo electrónico a mi madre.

¿Qué me dijiste que soñabas sobre México?
Quisiera acordarme lúcidamente… No sé. Tal vez revivía alguna comida familiar, un evento similar. Me sentía confortado, enteramente familiarizado con todo a mí alrededor. Lamenté mucho haberme despertado por los timbres agudos que tienen las voces de mis vecinas andaluzas.

¿A qué saben los caracoles?
Rico. A otro bicho de mar bien cocido y muerto.
La Toñi (una vecina y amiga) nos invitó una tapa. Cocinados muy a su manera, algo picositos, nadando en un caldo bastante sabroso. Servidos para comerse puede vérseles antenas y cuerpos arrugados saliéndoles por las conchas. Dudé en probarlos, la verdad. Continuaba imaginándomelos babosos, arrastrándose por el suelo y dejando una estela plastificada y brillante.
Haciendo un esfuerzo, respiré profundo y me permití olfatear el plato. No olía nada mal para un alimento que antes era pura babosa y muy probablemente salada lentitud, se me abrió el apetito. Escogí uno, como si intuyera que podía saber menos mal que cualquiera de los ochenta otros, y, siguiendo las instrucciones de pillarlos por la cabeza y succionar hasta arrancarlos por completo de su concha, degusté el primero. Sonreí.
¿Sabes qué son más ricos aún? Los mejillones que prepara mi novio. Dice que pretenden ser “a la marinera”, pero da igual. Los lava y vaporiza con muy poca agua, aceite de oliva, mucho ajo picado y algunas especies. Saben a gloria del mediterráneo recién sacados de la cacerola, aún humeante, si se les adereza con unas gotas de jugo de limón.
¿Y sabes qué platillo es más rico todavía? El adobo de merluza. Lo probé por primera vez ayer, en un bar cercano a casa que atiende hasta muy noche. Me dijo mi novio, que es el Sensei de la comida, que el pescado se aliña en vinagre antes de rebosarse y freírse.

¿De qué color era tu sonrisa el último de tus días?
De pronto te pusiste extremadamente fatalista, ¿no?

¿Cuándo me dijiste que ibas a volver a nacer?
En el momento en que apriete el botón de enviar del correo electrónico que tendrá adjunto el borrador completo de Pasiones simples para que Antonio Gala y Ana D´Atri lo leean.
Y después de eso vuelvo a nacer, con regularidad exacta, cada 23 de agosto. Luego puede que renazca varias veces más, pero todavía no lo vislumbro.

¿Qué le querías decir a tu libreta de anotaciones cuando la mirabas hace un momento?
Que le tengo una envidia terrible. Hubiese querido ser una libreta en blanco que espera ser llenada de ideas brillantes.

¿Recuerdas las palabras que todavía no entiendes?
No. Tengo mala memoria para lo nuevo muy nuevo. Me acuerdo de una palabra que hace poco todavía no entendía: encimera.

¿Cuándo fue la última vez que estabas tan convencido?
Nunca había estado tan convencido de nada en toda mi vida.
Sí quiero. Acepto. Me muero de ganas…

¿Cómo se llama el protagonista del cuento que dudas terminar pronto?
Matías.

Medinat al-Zahara

3 mar

Medinat al-Zahara es considerada como uno de los principales yacimientos arqueológicos de España y Europa de época medieval, tanto por su extensión (112 hectáreas), como por su trascendencia histórica (capital política y administrativa de al-Andalus durante buena parte del sigo X) y máximo ejemplo de la plasmación material de la presencia musulmana en la Península Ibérica y del alto nivel cultural alcanzado por ésta. Así, el impresionante despliegue técnico y los cuantiosos recursos invertidos en la construcción de la nueva capital de los Omeyas de Occidente, todavía hoy, nos sobrecoge y nos asombra a medida que la investigación arqueológica avanza con el objetivo de conocer y valorar en su justa medida esta compleja ciudad cargada de un fuerte valor simbólico, escenario político del nuevo régimen califal instaurado por Abd al-Rahman III.

Lo actualmente excavado constituye sólo una décima parte de la extensión total de la ciudad intramuros, correspondiendo al sector central del Alcázar, que aparece dividido en dos grandes ámbitos urbanos: uno público y “administrativo” al este, donde se ubican los edificios de gobierno y representación, y otro privado al oeste, donde se emplazan las viviendas de la población más importante del palacio.

Córdoba de noche, desde mi habitación

25 ene

El guión, Robert McKee

14 ene

…Sus sueños de crear un mundo único de poder y maravilla pocas veces se cumplen, si es que se cumplen alguna vez. Dedican días largos y muy duros porque, independientemente de cómo se mire, el camino de un escritor nunca es recto y, como tienen un don, de vez en cuando sus esfuerzos provocan un aplauso. Esos escritores me recuerdan una fábula que a mi padre le encantaba contar:
`Muy por encima del suelo del bosque paseaba un milpiés a lo largo de la rama de un árbol, balanceando sus mil patas en un caminar pausado. Desde la cumbre del árbol aves cantoras miraban hacia abajo fascinadas por la sincronía del andar del milpiés. <<Es un talento sorprendente>>, piaban los pájaros. <<Tienes más patas de las que podemos contar. ¿Cómo lo haces?>> Y por primera vez en su vida el milpiés se planteó esa cuestión. <<Sí>>, se preguntó, <<¿cómo hago lo que hago?>> De pronto, al volverse para mirar hacia atrás, sus ligeras patas chocaron entre sí y se enredaron la una con la otra como las ramas de una hiedra. Las aves cantoras comenzaron a reír mientras el milpiés, embargado por el pánico de la confusión, se enrolló como una pelota y cayó hasta el suelo del bosque.
[…]
`Ya en el suelo del bosque el milpiés, dándose cuenta de que lo único herido era su orgullo, despacio y con cuidado, pata a pata, se desenroscó. Con paciencia y esfuerzo estudió y flexionó y comprobó cada uno de sus apéndices hasta quedar convencido de que se podía poner de pie y caminar. Lo que una vez fuera instinto se había convertido en conocimiento. Se dio cuenta de que no tenía por qué moverse a su ritmo de antes, lento y aprendido. Podía pasear, pavonearse, brincar, incluso correr y saltar. Entonces, como nunca antes hiciera, escuchó la sinfonía de las aves cantoras y dejó que su canto le embargara el corazón. Tras controlar a la perfección sus mil patas llenas de talento se llenó de valor y, con un estilo propio, bailó y bailó una deslumbrante danza que sorprendió a todas las criaturas de su mundo.´”

Nieve en Crórdoba

11 ene

Ojalá no existiera la nostalgia

15 dic

A veces me cuesta trabajo hablar con esta gente. Se me agotan los temas. Extraño la naturalidad de mis conversaciones habituales, la certeza de compartir las mismas convenciones generales con los demás.

A veces me incomodan las reacciones que tiene la gente con mis modos y formas de expresión, no se dan cuenta que, para mí, ellos son demasiado honestos, o prácticos, o directos al decir (y no estoy en contra de esos valores sintácticos en el habla, sólo me siento un poco agredido).

A veces me hace falta el calor de mi casa, lo ancho y cómodo de mi cama, la música a todo volumen mientras trapeo el suelo de mi habitación, la imagen de mis libros sobre el librero, ordenados según lecturas pendientes y hechas; el sabor del chile y las tortillas; el aire amplio y contaminado de mi ciudad, la indiferencia de cientos de miles para sentirme acogido: Córdoba lo tiene todo, menos familiaridad y espacio (calidez). Y ninguna de sus tiendas los vende…

Quisiera poder no sentir culpa al subrayar los libros de la Biblioteca Provincial, y sentirme Robin Hood al visitar las librerías. Quisiera no pensar en que el dinero, desde que llegué, me ha sido insuficiente; en que Raúl se echa a los hombros mi peso entero.

A veces quisiera no tener miedo de estar tan lejos.

Ojalá pudiera ver la sonrisa de Aleida, escucharla pronunciar sus primeras palabras claras y ordenadas, ver el rostro de mi hermano: regularmente serio, bonachón. Desearía no angustiarme cuando un braquet se me despegue, ni cuando la rodilla me chille cuando camino.

Quisiera beberme una cerveza Indio y escuchar a las Jeans en un tugurio joto de Zona Rosa, al lado de César y Fabiola, mientras río a carcajadas de cualquier estupidez. Conversar largo y tendido, profunda y dispersamente con Marce o Isela, besar a la abuela y comerme un sándwich de jamón con jalapeños. Quisiera estar en casa, viendo un programa bobo en la televisión y escuchando el peregrinar de los vecinos, rumbo a la posada donde romperán piñatas y chuparán cañas de azúcar.

A veces… a veces la mente se me bloquea y me siento como si tuviera seis años y acabara de salir de la primaria, el primer día de clases, y esperara a mamá ahí, de pie, seguro de que llegará en cualquier momento.

Quisiera refugiarme en una cafetería por horas y beber café americano por quince pesos la taza (relleno infinito). Desearía haberme traído el pantalón de pana café que dejé doblado en el ropero…

A veces quisiera poder cerrar los ojos y esperar que, al abrirlos, ninguna añoranza me invada, respirar profundo, espabilarme y sonreír. Ojalá no existiera la nostalgia. Ojalá otro día, no lamente no estar aquí.

Visita a la Mezquita-Catedral, Córdoba

27 oct

El Guadalquivir y otras en Sevilla

26 oct

Inauguración de la octava promoción

9 oct

El día de ayer fue muy emotivo. Extrañé no poder compartirlo con mi gente como lo hicieron algunos de mis compañeros. Pero les dejo un video y algunas fotos que son memoria de uno de los días más bonitos de mi vida.
Muchos me han tachado de cursi. De quinceañera emocionada. ¡Me importa un carajo! Sí, soy un cursi y parezco quinceañera emocionada…

Las fotos que siguen a este video, excepto las de grupo y las de las notas de los periódicos, corresponden a tres dos iglesias fernandinas del siglo XVII que fuimos a visitar después de la comida de inauguración. Son unos edificios realmente hermosos. Uno de ellos, del que hay más imágenes, fue recientemente restaurado. Fue utilizado durante la guerra civil como resguardo militar, y sufrió muchísimos daños, entre los mayores: un incendio que terminó prácticamente con todo allí. El trabajo de restauración es digno de aplaudir. Disfrútenlas.