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Ojalá no existiera la nostalgia

15 dic

A veces me cuesta trabajo hablar con esta gente. Se me agotan los temas. Extraño la naturalidad de mis conversaciones habituales, la certeza de compartir las mismas convenciones generales con los demás.

A veces me incomodan las reacciones que tiene la gente con mis modos y formas de expresión, no se dan cuenta que, para mí, ellos son demasiado honestos, o prácticos, o directos al decir (y no estoy en contra de esos valores sintácticos en el habla, sólo me siento un poco agredido).

A veces me hace falta el calor de mi casa, lo ancho y cómodo de mi cama, la música a todo volumen mientras trapeo el suelo de mi habitación, la imagen de mis libros sobre el librero, ordenados según lecturas pendientes y hechas; el sabor del chile y las tortillas; el aire amplio y contaminado de mi ciudad, la indiferencia de cientos de miles para sentirme acogido: Córdoba lo tiene todo, menos familiaridad y espacio (calidez). Y ninguna de sus tiendas los vende…

Quisiera poder no sentir culpa al subrayar los libros de la Biblioteca Provincial, y sentirme Robin Hood al visitar las librerías. Quisiera no pensar en que el dinero, desde que llegué, me ha sido insuficiente; en que Raúl se echa a los hombros mi peso entero.

A veces quisiera no tener miedo de estar tan lejos.

Ojalá pudiera ver la sonrisa de Aleida, escucharla pronunciar sus primeras palabras claras y ordenadas, ver el rostro de mi hermano: regularmente serio, bonachón. Desearía no angustiarme cuando un braquet se me despegue, ni cuando la rodilla me chille cuando camino.

Quisiera beberme una cerveza Indio y escuchar a las Jeans en un tugurio joto de Zona Rosa, al lado de César y Fabiola, mientras río a carcajadas de cualquier estupidez. Conversar largo y tendido, profunda y dispersamente con Marce o Isela, besar a la abuela y comerme un sándwich de jamón con jalapeños. Quisiera estar en casa, viendo un programa bobo en la televisión y escuchando el peregrinar de los vecinos, rumbo a la posada donde romperán piñatas y chuparán cañas de azúcar.

A veces… a veces la mente se me bloquea y me siento como si tuviera seis años y acabara de salir de la primaria, el primer día de clases, y esperara a mamá ahí, de pie, seguro de que llegará en cualquier momento.

Quisiera refugiarme en una cafetería por horas y beber café americano por quince pesos la taza (relleno infinito). Desearía haberme traído el pantalón de pana café que dejé doblado en el ropero…

A veces quisiera poder cerrar los ojos y esperar que, al abrirlos, ninguna añoranza me invada, respirar profundo, espabilarme y sonreír. Ojalá no existiera la nostalgia. Ojalá otro día, no lamente no estar aquí.

La otredad

9 dic

La otredad es el sol asomándose hasta a las ocho de la mañana, el calor asfixiante del fin del verano que conocí y “no es nada”, dicen; es el frío actual de otoño: histérico, y las promesas de un helado porvenir; es los enchufes eléctricos: anchos y cilíndricos; la pronunciación lenguadental de la s, z y c, el miedo a perderse en la judería, paso a paso, envuelto en las sobras de la edad media.

Lo otro es despertar de madrugada, espantado por el silencio estridente, deseando, estúpidamente, escuchar el claxon de los camiones, el rugir de algún motor. La otredad es esa moneda brillante que se busca sin parar, aturdido por el sueño de gastarla en algo provechoso; es la morcilla y no la moronga, el mechero y no el encendedor, los pavos y no el varo. La polla y no la verga, follar y no coger.

La otredad es pedirse una clarita en vez de una michelada, aunque a la clarita le falte sal y le sobre tehuacán con jugo de limón (artificial); es pedirla, también, con zumo y no con jugo, o más bien dzumo. Lo otro es beberse una litrona en vez de una caguama, es llegar buscando la otredad y encontrarla, con cara de libertaria y espíritu castrante; es vivir en vecindad con dieciocho artistas, diecisiete, dieciséis… ¿Quince? Es toparse con pared a cada paso, y abrirse caminos al hablar, al pensar, respirar, aspirar.

La otredad, es imaginar a las verduras de mi plato, vestidas de china poblana (aunque sea en el exilio) y haciéndome compañía mientras termino de comer (o cenar, da igual), es quedarse solo en el refractario y no en el comedor, porque los tiempos para sentarse a la mesa se reducen, reloj en mano, a diecisiete minutos; es desayunar jamón serrano, aceite de oliva, (ji)tomate en puré y pan tostado, figurándome saborear, en vez, unos chilaquiles verdes bañados en crema y queso, y no ligerísimas tostadas.

La otredad es el San Jacobo y no las Pechugas Borrachas, el Flamenquín y no los Chiles Rellenos; es mirar a Inglaterra y no a Estados Unidos, ponerle El Corte Inglés a las tiendas pípiris, pijas y no fresas; es tener mil estancos (no tabaquerías) regados en una ciudad de poquísimos habitantes, y cerrar las putas tiendas de tres a cinco de la tarde, religiosamente, para dormir la siesta.

Lo otro es comprar una microlata de chiles chipotles, en el departamento gourmet del ya citado Corte Inglés, por dos euros y cincuenta céntimos (no centavos); es no comer enchiladas desde hace dos meses y fumar, fumar, fumar, Ducados en vez de Faros.

Lo otro es devorarse cuatro, cinco cucharadas de elote en lata porque me hace falta comer tortillas de maíz, y no de patatas y huevos; es tener que decir patatas y no papas, pitillera y no cigarrera; es adicionar al lenguaje un montón de modismos y palabrería, dejando así de lado frases y palabras con veinte años de uso. La otredad es la flipadera, el mogollonazgo y la chungería, es comerse, ahí pobremente, un bocadillo de tortilla y no una torta de huevo con papas.

Lo otro es hacerse fan del vino tinto, “ligero y aromático, cosecha 2004”, y dejar atrás el vodka con jugo de naranja, el mezcal o el tequila; es beber, sumergido en la más gozosa taberna sevillana, una copa de vino dulce de uva-pasa, o comerse, a mordidas descaradas, un kebab de pollo y salsa de sésamo, en el local sin mesas, cordobés, de la calle transversal en la Plaza de la Corredera.

La otredad es andar en bicicleta y no en coche, es nunca apachurrarse cuerpo a cuerpo en el autobús, respirar aire limpio y no esmog, es no ver la tele, ni escuchar la radio, y apenas leer, de vez en cuando, las noticias en línea; es perderse en lo libros y pensar en mis cuentos. Es tenerlo todo muy cerca, tanto como cambiar de ciudad con tan sólo subirse a un tren y esperar hora y media, no más. Es coger y no agarrar, pillar. Es reciclar la basura y encontrarse grandes y apestosos contenedores en la calle.

La otredad me acoge bien. Se viste de gala como en domingo, para deslumbrarme con sus calles de pasarela y sus toderías chinas, llamar mi atención con su esplendoroso desarrollo, con sus edificios altos, muy altos, donde vive Cualquier Cualquier, para seducirme son su sopa de mariscos y sus barras de pan integral, recién horneadas: a veces partidas a la mitad y bañadas en salsa de tomate, jamón york, champiñones y queso manchego. La otredad se pone guapa, bonita, y me sonríe coqueta: cómete ese bocapizza por un euro cincuenta, me dice, como piropo al oído. Escribes muy bonito, jura, y me ruborizo, susceptible.

La otredad es la incertidumbre constante, es despertar inquieto y no poder contarle mis sueños a mamá, pensar en lo peor, siempre en lo peor y preocuparme, angustiarme. Es intuir que a lo lejos algo pasa y no saber qué es. Es enterarme, después de dos largas semanas sin noticias claras, que papá estuvo hospitalizado porque el corazón le pide tregua.

La otredad es temer ante un camino largo, estrecho y hermoso, que las piernas y las manos se me quiebren, es hacerse buscar siempre, en todas partes, algo familiar y no encontrarlo. Es tener la dicha de amar y ser amado, por primera vez, y guardar la esperanza de volver, un día no muy lejano, a rodearme de mi gente. Lo otro es un instante cálido, en que me abraza fuertemente y puedo escuchar sus latidos, arrítmicos, y su pronunciación andaluza que me dice maravillas, y el llanto emocionado de nuestra felicidad.

¿Es mucho pedir?

17 sep

Lo quiero inteligente y divertido, de sonrisa hermosa y mirada honesta. Que me vea con esos ojos que dicen todo al parpadear, al moverse rápidamente para reconocer e interpretarlo todo. Unos ojos de pestañas caídas, como de perro triste: largas, puntiagudas.

De espíritu creativo y mucha determinación para hacer las cosas. Con barba recortada o desaliñada, no importa, pero tupida, rasposa. Habrá de oler rico, fresco siempre.

Y si tiene mal aliento al amanecer, tendrá que ser maniaco de lavarse los dientes apenas abra los ojos, nada más para despertarme con un apasionado beso sabor a menta.

Si escribe, está bien, pero si pinta lienzos de colores o invade mis oídos con las notas más sensuales, mejor. Quiero uno de esos que llaman leidos, así, sin acento. Porque hacerse conversación uno mismo cuando se tiene a otro de frente, sin argumentos ni dudas, o peor aún, con palabras que nunca llegan a ser argumentos y, dudas que parecen interrogatorio, resulta igual que hablar ante el espejo. Los filósofos y psicólogos me van bien, aunque de esos ya he tenido suficiente.

No importa si es gordo o flaco, si le encanta vestir fashion o prefiere lo hippie-chic. Tampoco si le encanta el pop, el rock, la vernácula o la electrónica; si vive en la zona más alta o lo más baja. Bastará una sensualidad estridente, una alegría marcada que lo haga mostrarse auténtico, feliz.

Quiero no poder hablar cuando su corazón lata junto al mío, frenético de emociones, palpitante de amor. Gritarle versos de placer, perderme en la algarabía de nuestra cama sin alejarme un momento con el pensamiento, al ritmo de muchos “te amo” que nos lleven al orgasmo más rápido, más seguido.

Y mejor que hable y así diga todo: los colores, olores, sabores, formas, pensamientos, reflexiones, amarguras, molestias, alegrías. Así, sin pelos en la lengua, con desparpajo y necesidad. Que sea harto hilarante, sarcástico, irónico. Muy práctico, audaz.

Quiero que me tome por sorpresa, con una voz grave, aguardentosa si se puede. Escucharlo decirme las cosas más dulces, más románticas: “Estos son mis sueños, los que dan sentido a mi vida. Y ninguno de ellos significa algo sin ti, cásate conmigo”. ¿Es mucho pedir? Y no, no quiero a alguien como yo, Dios me libre de tal infamia. ¡Que sea mejor, mucho mejor!

La tarea

13 jul

Empezó:

—El único lugar en dónde realmente me da miedo meter las manos es dentro de los calzones de Gustavo. Ninguna otra cosa podría aterrarme como eso, ni siquiera meter las manos en la boca de un león hambriento o de una gigantesca máquina trituradora.

“Pensé en cambiar el miedo por el asco, finalmente era otra opción para cumplir con la tarea… pero descubrí que ya nada me da asco… nada excepto la caca y los mocos. Y obvio, no iba a meter mis preciosas manos en caca y mocos. Además: ¿qué cosa interesante se puede decir sobre eso?: la caca es tibia, suave y grumosa; los mocos viscosos, pegajosos y duros. Punto final.

“Hace tiempo no sé de Gustavo. No, bueno, sí se algo: está por abandonar el puesto basura que tiene como súper intendente del edificio donde vive, sigue de bibliotecario en la Ibero y sale de vez en cuando con cualquier Cualquier. Andará todavía, imagino, conquistando pendejitos deslumbrados… No me pregunten cómo lo sé, sólo lo sé…

“¡Qué lío es eso de meter las manos en el lugar que más miedo te da! Quise hacer la tarea con todas las ganas que un pecho puede tener, pero mis pies no obedecen las órdenes de mi pecho inundado de ganas. Son rebeldes mis pies. Obedecen más a un terco mandatario que vive en mi cabeza. No se dejaron llevar hasta allá, a donde el río corría cuando el México de la conquista, a donde ahora yace Gustavo enfundado en sus pantalones.

“Quise ser profesional, adentrarme en los misterios de la porquería y deslumbrarme con las bondades del repudio. Pensé, inclusive, robarme los miedos o ascos de otros: `mete las manos en un charco lleno de moho… o en un lago estancado´, `toca la vagina de una perra en brama´, `destripa una rana´. Pero nada de eso puede realmente estremecerme, no después de conocer el interior de los calzones de Gustavo y haberlo tocado no sólo con las manos. ¿Debería ser más específico y decir que también me da miedo lo que está dentro de la camisa y los zapatos de Gustavo?

“Qué terror la tersura de sus nalgas, lo tenso en el prepucio recortado de aquel falo que haría temblar a cualquiera. Qué pavor los lunares levantados de su espalda, la frescura de su pecho y lo ondulado de las arrugas en su vientre que intentan disfrazar los años cuando se estiran.

“¿Cómo explicar este miedo tan solo con la descripción de su piel? ¿Cómo describir su piel y decir también que me da miedo? ¿A quién le da miedo la piel?, se preguntarán. ¿Por qué narrar y no simplemente describir? ¿Ustedes pudieron escribir dos cuartillas nomás de descripción cuando olieron, degustaron, escucharon y vieron? ¿No les parece injusto que yo tenga que describir metiendo las manos en algo que me da miedo cuando ustedes degustaron comidas deliciosas, espiaron los chismes de sus vecinos (que debe resultar totalmente divertido), e hicieron cosas agradables por el estilo? Y más a mi favor el reclamo: ¿no les parece injusto que yo haya tenido la instrucción de usar las manos y no todo el cuerpo que también es sensible al tacto?

“¿Y por qué hablo de Gustavo? ¿No era cosa superada? ¿No era cosa y por cosa insignificante? ¡Y qué me importa a mí si sale o no con cualquier Cualquier! Si anda o no perdiendo el tiempo como súper intendente, conquistando pendejitos deslumbrados o acomodando libros polvosos…

“Y ultimadamente, ¿por qué putas me mando a buscarlo para hacer la tarea? ¿Qué no lo conozco ya? ¿No me basta haber sufrido el terror de su piel una vez?… Bueno, dos… Bueno ya, cuatro. Pero juro que sólo fueron cuatro…

“¡Revivir el miedo! De eso debe tratarse. Por eso el asco pasó a segundo término. ¿Descubro así que me gusta revivir mis miedos? O será, sencillamente, ¿que digo miedo en vez de amor?

Hizo una pausa, miró a todos a su alrededor completamente sonrojado. Había olvidando que nada de eso tenía por qué interesarle a alguien.

—Lo que hay en el interior de los calzones de Gustavo es… sencillamente indescriptible. Y como nada más en este mundo me da tanto miedo, se acabó.

Terminó de leer y lamentó una vez más no haber hecho bien la tarea.

Dos cosas que detesto

10 nov

Detesto, sin lugar a dudas, cargar cosas pesadas, arrastrarme por el suelo, llenarme de polvo o cualquier sustancia volátil que entre en mi nariz hasta hacerme estornudar. Manchar mi ropa, ensuciarme con enjundias desapacibles, sentir granos de polvo en la cara. Polvo, polvo, maldito polvo. Esas cosas de “hombres” me purgan la existencia.

Detesto también el desorden en mi casa. A veces deseo vivir en un espacio más ordenado, definido; no aburrido. Un lugar donde cada cosa tenga un oficio y cada sitio cumpla una función. En mi casa nada está donde debe.

En el laboratorio de fotografía (porque no hace mucho tenemos uno), hay también herramientas tiradas y basura donde quiera. Siempre (costumbre de papá), hay negativos, bolsas, notas, cuadernos, tornillos, tapas o cualquier mugre similar invadiendo la mesa del comedor.

En el cuarto de edición estorba un sillón inmenso a la mitad de todo, en las mesas de trabajo hay infinidad de bolsas revueltas, más notas, herramientas y casetes; en el suelo está revuelto el equipo de video y, finalmente, los estantes que deberían organizar películas, más bien las desorganizan.

A papá le da igual dejar herramientas en la sala, cocina, patio, etc. Lo detesto, ¿cuesta tanto regresarlas al cuarto de herramientas en la azotea?

Detesto también la cantidad de porquerías acumuladas en los cuartos de triques. ¡Hay dos cuartos de triques en esta casa! Uno no basta para todas nuestras porquerías. Están llenos de “gangas” inevitablemente adquiridas. Mi papá es fan de las “oportunidades”.

Ejemplos hay muchos, podría hacer una lista de los objetos inservibles que ha conseguido en “gangas”. El más horrible es una sala antiquísima guardada en el cuarto de la azotea. La sala, de madera apolillada, vestiduras manchadas, viejas, olorosas a orín de gato, está hoy en espera de una mágica remodelación. ¿Para qué? No sé. En esta casa sobran sillones que nadie utiliza.

Puedo seguir enumerando el detestable desorden en mi casa. Prefiero no hacerlo. Me llega de repente un remordimiento extraño. Al fin ya desahogué dos cosas que detesto.

10Mar08

El sitio de mis debrayes

9 nov

En ningún otro sitio me siento más en confianza. Aquí estoy ahora, escribo: hoy por ella, mi habitación. Azul y blanco son los colores de sus paredes. La blanca, conserva el color original del yeso, tiene pequeñas grietas a raíz de los temblores recientes. Las azules: dos bien pintadas, la sobrante parece, de tan poca pintura, mojada con acuarelas. En todas descansan imágenes: postales, carteles, fotografías, calcomanías, pinturas y hasta un diploma de cuando estudiaba la preparatoria. Esperen, ya no está. ¿Dónde está el diploma? Escribí del diploma por memoria, pero ahora lo busco sin encontrarlo. Desapareció. ¡Maravilloso! Ahora nadie reflexionará sobre mi “buena conducta”.

Mamá dice sentirse orgullosa de ese, mi único diploma. Ojalá no se de cuenta de su ausencia. Imagino se cayó detrás de la cajonera. Deseo esté completamente roto. Volviendo al cuarto, el único objeto situado al centro es una lámpara colgada del techo. Adoro esa lámpara, pertenecía a los abuelos. Recuerdo el día de la subasta, discutí con tía Ali por ella. Trini, el abuelo, se dejó vencer por los encantadores gestos de su nieto favorito (yo), y sin pensarlo mucho la vendió al mejor postor por un beso. -Llévatela, al fin iba ya pa´la basura-, dijo antes de darle un sorbo a su vaso con agua de frutas. Luego está e librero azul, atascado de libros, discos y películas, uno que otro juguete de la infancia estorba. Pienso quitarle cosas. Palacio de mis letras, deberá permanecer cual inmaculada concepción. Pasaré los discos y las películas a otro mueble.

A primera vista, el escritorio aprisionado entre el archivero y la cajonera generacional, luce viejo y gastado. A diferencia de mis otros muebles, del escritorio no se historia. Únicamente sé, perteneció a alguno de mis padres. Imagino fue utilizado durante la soltería de papá en su apartamento de Portales. Tal vez escribió sobre él cartas de enamorado. Desde hace años, ese escritorio de corte barroco con molduras en los cajones, mangos de cobre pintado y patas tembeleques, es objeto de mi desfogue. Contradiciendo su imagen, encima está el súper moderno ordenador “Gety”, amigo inigualable aventuras padrísimas. El archivero guardián, conserva celoso kilos y kilos de fotocopias, resultado de la culta costumbre uamera de no leer libros, sino manchas horrendas en hojas recicladas. En la pared donde están estos muebles, cuelga un espejo justo al centro. Está roto. Lo rompí hace muchísimos años jugueteando. Tiene escrito un número telefónico desde entonces, ha pasado tiempo, no recuerdo por qué lo anoté. Decidí no quitarlo hasta recordar.

Bien pues, luego está la cajonera generacional. Se ganó lo de generacional porque perteneció a unos primos, de mi y otras generaciones. Pintada de verde tierra no recuerda su color original. Tiene cuatro cajones cuando eran cinco, el hoyo vacío sirve ahora para disimular una bolsa con medicamentos. A los lados, tiene dos puertecillas que hacen de mini clósets. Es imposible acomodar mis sudaderas en esos espacios. La única ventaja de las puertecillas es poder cerrarlas a llave. ¿Cuánto no han escondido? Chiquita pero me gusta por áspera, rústica y gastada. Ningún cajón tiene manijas, hay que abrirlos por los lados. Geométricamente es un chiste, descuajaringada, esa es la palabra que la describe. Le pagué una cajetilla de cigarrillos mentolados a tía Ali para traer este chocho viejo a mi cuarto. No me acordaba, la base superior de la cajonera es pavorosa, no tiene pintura, seguramente se rompió y la reemplazaron con triplay, la disfraza un zarape típico mexicanos de todos colores. Encima de la cajonera hay una tele incontrolable y una video casetera sin botón de power.

Sobre la tele puse una foto un día después del cumpleaños número cuarenta y seis de mamá, salimos los cuatro, abrazados junto a un delicioso pastel de fresas. También hay una figurilla sucia, un ángel dormido que vigila mis sueños; le acompaña una horrible alcancía de yeso pintado, habré de tirarla cuanto antes -regalo de tía Lupe en mi cumpleaños número veintiuno-. Colmando la superficie de la tele, una jarra de porcelana sirve ahora de florero, contiene rosas muertas de colores cálidos. Algunas tienen historia, por ejemplo, un par me las regaló uno de mis ex. Perdieron su aroma, solo guardan polvo y recuerdos.

En la pared de enfrente, retadora está la cama tamaño matrimonial en contra esquina al librero azul rey. Esa también tiene historias, pero no para este texto. A un lado posa un buró de madera que hace juego con el escritorio. En el otro extremo de la pared está el “roperito”. Así lo nombra mamá porque perteneció a “la habitación de los niños”. Lo compartí con mi hermano muchos años. Sobre él está un modular de primera generación, viejísimo. Apenas llegaron a México los reproductores de discos compactos, mamá corrió a comprar uno para la casa, el primer disco escuchado de Daniela Romo. Por eso ahora canto tan gustoso De mi enamórate, Yo no te pido la luna y Quiero amanecer con alguien.

Quedan dos paredes, una de ellas no la pinté por güey. Calculé mal la cantidad de pintura que necesitaba para cubrir el cuarto completo. Juré ir por más. Hace tres años de eso. En esa pared está la puerta. Es de esas puertas de barata en Home Depot, casi todas las de interiores en casa son iguales: texturizadas para hacerlas parecer madera real, rellenas de espuma para impedir el paso de los sonidos, pesada. Papá le colocó el marco. Le gusta mucho la carpintería, de no haberse dedicado a la fotografía, habría sido carpintero. En la parte superior el marco tiene un pequeño espacio a modo de mini repisa. Esa parte permanece del color natural de la madera, me pasó igual que con el cuarto, la pintura para la puerta no alcanzó y así quedó.

Al costado izquierdo de la puerta hay un espejo de cuerpo entero. Sostiene con las pestañas de aluminio un par de postales y fotografías. Suelo mirarme varias veces en él cuando me visto para las citas importantes. Suele mirarme y espantarse por las mañanas, cuando despierto para ir a la escuela. La pared que falta tiene una ventana de metales corroídos. La pinté de azul rey porque el negro original era aterrador. Se ve menos fea. La cambiaré en tanto tenga dinero para hacerlo. De cortina tengo un tejido de bambú, frágil como el papel cebolla y oscurecido por el tiempo y el polvo. La desidia no me deja quitarla y ponerle una de tela. Es funcional en primavera y verano pues refresca la habitación, pero en otoño e inverno deja entrar mucho viento. Por esa ventana entra en las mañanas una luz tibia, conforme avanza el tiempo hasta medio día, invade completamente la cama y la calienta. Antes, mamá visitaba mi habitación para darse baños de sol. Se mandó hacer una ventana justo detrás de su cama para dejar de invadir mis terrenos. Asoma por mi ventana un pino, en la cima anidan pajarillos.

Desde hace años los escucho cantar cuando amanece, siempre había gustado sentirlos cerca, todo cambió hace poco. Una mañana desperté sobresaltado y sudoroso, golpes desesperados en el vidrio llamaron mi atención. Eran los pájaros vueltos locos. A picotazos arremetían mi tranquilidad. Era como si intentaran darme aviso de algo, estaban desesperados. Los ignoré y volví a dormir. Incluso sonreí, me sentí cuidado. Pensé traer la mejor de las vibras, sólo así los pájaros se me acercarían, no encontré otra razón. La mañana siguiente desperté de la misma manera, sonreí y traté de nuevo conciliar el sueño. No pude. Los pájaros no dejaron de tocar la ventana con sus picos. Hoy me sé hasta sus horarios.

Empiezan por allí de las siete y media de la mañana para dejar de hacerlo hasta levantarme. Cuando ven movimiento dentro del cuarto dejan de tocar. Los odio, no me dejan dormir desde entonces. Falta nada más el techo y el suelo. Parte del techo está pintado como una de mis paredes, tan fachosamente como luzco ahora, tiene apenas unos brochazos nefastos, la intensidad del color es mínima. Además conserva manchas de un rojo oscurecido. Son mosquitos embarrados, los estampé con una toalla durante una madrugada que sufrí el ataque de zancudos más intenso de mi vida. Donde el foco y la lámpara, salen unos cables rojos, verdes y blancos. La lámina que debía ocultarlos se cayó.

El suelo es de loseta ancha. Forma cuadrados y rombos en tonos ambles de color café. Las únicas habitaciones de mi casa con ese tipo de loseta son la de mi hermano y la mía. Todo huele a mí, a Lacoste Red de Fraiche y loción Herbíssimo olor manzana. Si tuviera que decir algo sobre mi habitación no tendría mayor problema, diría que es espantosa por desordenada, blanquiazul, inacabada, barroca, común, descuidada en diseño de interiores pero maravillosa por pertenecerme. Cuatro paredes acogen el sitio de mis debrayes, mil historias la estancia de mis años.

Jun07