Una mañana, seguramente de domingo, recién habiéndome levantado a eso de las dos o tres de la tarde, mi marido me dijo, al preguntarle cómo había pasado la noche:
—Estuve muy inquieto —pronunció con cierta aflicción—. Casi no dormí, me desperté temprano porque me soñé a mí mismo diciéndome: eres tan vago, tan vago, que debes levantarte para así tener más tiempo de hacer nada.
Sonreí mientras me quitaba las chinguiñas de los ojos.
Llegamos al final de la primera aventura. Con tumbos y sobresaltos, risas, gozo, revelaciones, incomodidades, encontronazos abruptos con los monstruos vanidosos que viven dentro de nosotros (los escritores en ciernes), con entusiasmo, satisfacciones, renuncias, postergaciones, compañerismo y aprendizajes varios, concluye el primero de los cursos cuatrimestrales de nuestro no espacio de cervezas, tabaco, vino dulce y cafelitos con leche.
Robo un poco del espacio de este blog para digerir, y al mismo tiempo compartir, mis emociones y más sincero agradecimiento a mis muy queridos alumnos-compañeros de taller, pero también con la intención de hacer contacto con otros a quienes, como nosotros, se sienten atraídos por la llamada de las letras.
"Un mostrio escribe". Ilustración de Raúl Chacón Carrasco.
Mis grandes maestros me dijeron siempre: “La escritura creativa no se enseña ni se aprende. Se redescubre, en todo caso.” Y tienen razón. Hoy, ya puesto manos a la obra, rectifico. Y es que la escritura creativa es una habilidad intrínseca a los hombres alfabetizados. Quien sabe leer, puede escribir. Cómo lo haga, depende únicamente de él mismo.
Hace algunos años, frente a semejante negativa, me sentí solo, angustiado. Y busqué orientar mi camino. Dependía de mí, como dependió de los participantes de la primera generación de este taller, encontrar la vía que me permitiera hallar el grial de todo escritor incipiente: la técnica, la propia voz.
Ese conocimiento, entonces visto enorme, apabullante, complejo, pero nunca imposible, hoy lo acojo entre mis brazos con gran placer y, por qué no decirlo, inquieta curiosidad, luego de adentrarme en los libros, siempre deslumbrantes y, por supuesto, de andar a paso firme haciendo caso de otras voces, siempre y cuando esas voces me sedujeran. Hoy escribo ya sin tanto desconcierto y a sabiendas de mis propios límites y capacidades. Escribo y soy feliz.
Ahora, esa primera generación de inquietos escritores que, desorientada, escuchó mi voz, detiene su andar por estas tierras muchas veces antipáticas, donde fueron llevados, incluso a rastras hasta lo más profundo de sí mismos, para diseccionarse y así entenderse; donde a tropezones y en contra del pudor, se quitaron la ropa para verse en el espejo y permitir, muertos de miedo, que otros los vieran. Ganando en auto-reconcomiento, confianza y objetividad con respecto a su propia obra y el sentido mismo de su labor como escritores. Hoy, ese puñado de guerreros, se van para, quizá, escribir y ser felices. Y no sé si habré conseguido, en efecto, bien orientar sus inquietudes. De ser así, me doy por bien servido y agradezco sus oídos, sus ojos, sus mentes. Tanto como valoré otras sabias voces. De estar equivocado, les pido disculpas e intento redimirme nombrándolos mi tercera gran fuente de conocimiento. Primero los libros, luego mis maestros. Pues aprendí, sin resquemor alguno lo digo, mucho más de lo que pude haberles hecho ver. Gracias. Muchas gracias.
Siéntanse pues, libres de continuar el debate conmigo. Esa conversación siempre amena e interesante con que iniciábamos o acabábamos las sesiones del taller, para permitirme escuchar ahora, con más ímpetu y conocimiento de causa, la inmensa cantidad de asuntos que sé, les interesa comunicar al mundo. Considérenme, los invito, a ser siempre uno de sus tantos lectores.
Digerida esta panda de sentimentalismos, me despido, no sin antes recordarles nos queda un ejercicio más por realizar, aquél que nos permitirá cerrar y dar sentido al proceso creativo individual: el recital de narrativa, donde tendremos la oportunidad, invaluable, de enfrentarnos directamente al público lector(escucha) y así, comunicar, pronunciarnos literariamente.
La cita es el próximo sábado 26 de febrero, en punto de las 7 de la noche, en el bar Platea (Alameda de Hércules, 87). La entrada es gratuita y el evento es totalmente abierto. Siéntanse con la libertad y el entusiasmo de invitar a sus amistades y familiares, pues esa noche compartiremos con ellos la dicha de la escritura.
Nota al pie: Y si tú que lees y no formaste parte de la primera generación del Taller de Escritura Creativa de Sevilla, también te sientes atraído por la llamada de las letras, no dudes en acercarte. Sea quizá, el punto de partida en tu búsqueda del grial. Todos tenemos un monstruo dentro, lleno de vanidad, deseoso de salir y convertirse en escritor.
Hace una semana o dos, salí a repartir publicidad del Taller de Escritura Creativa que coordino. Dejé algunos volantes por ahí, otros por allá: librerías, bibliotecas, sórdidos rincones de avisos oportunos (de esos hay muchos en el Casco Antiguo de Sevilla), bares, centros cívicos… caí hasta en una lavandería que también renta pelis, pone café y tiene wifi.
Mi intención era comunicarle al barrio la apertura de grupos nuevos, para volver pronto a casa y continuar la lectura de El viaje del escritor (C. Vogler), título fundamental de la bibliografía recomendada por Miguel Nieto, uno de mis profes del máster; así como revisar algunos cuentos escritos por mis alumnos y escanear las noticias en la tele o la prensa: vamos, regresar para hacer los deberes.
Pero nunca he podido evitar, cuando me encuentro un escaparate de libros, películas, periódicos y revistas, detenerme y bichear un poco. Terminé por traer conmigo de la biblioteca Alberto Lista, La piel afilada (J. Hatero), un bestiario de amantes al que desde el invierno pasado le eché ojo; y Cada siete olas (D. Glattauer), la secuela de Contra el viento del norte, una novela epistolar deliciosa que nos tuvo a mi marido y a mí, leyendo de un jalón dos noches seguidas; ambos títulos editados por Alfaguara. O sea, me eché a la espalda dos deberes más.
"Madrid c/ Luisa Fernanda, 15 de enero del 2011", Juan Berrio
Uno o dos días después, en el máster inició la impartición de la asignatura Literatura y Medios a cago de Carlos Peinado y, por supuesto, lo primero que nos pidió fue estar al tanto de Babelia y el El Cultural. Venga otro tanto al costal de los deberes.
Luego Ana de Haro F., la dulce becaria del máster que hace de vocera oficial, nos hizo llegar una invitación para asistir a gratis a la obra de teatro La lección de Eugène Ionesco, y como gratis hasta las puñaladas, me apunté. No tengo idea de cuándo es la función, pero yo ya pedí sitio.
La última vez que pisé el Bar Platea, donde he impartido el taller desde hace ya algunas semanas, Alejandro Bravo, un joven y entusiasta poeta sevillano, amigo y colega laboral del Platea, me formalizó una invitación para acompañarlo en la presentación de Vuelos, un poemario en edición de autor, el próximo 10 de febrero. Hecho que me llena de orgullo y es un gran honor. Resultado: otro libro más en los deberes por leer y éste, además, con fecha límite.
Las tres últimas semanas, mi marido y yo hemos estado a la caza de la segunda temporada de la serie gringa V. Un remake estupendo de la versión original que se hiciera famosa en los años 80. Nada más podemos, olvidamos todo y nos entregamos a los 40 minutos más esperados de la semana. Tiempo, por supuesto, que cada uno le resta a sus respectivos y cada vez más tétricos deberes.
Hoy por la noche, me planteé asistir al chou de Caroline Mantoy, cuentacuentos franco-mexicana que promete apaciguar mis nostalgias. Pretexto perfecto para repartir otro poquito de publicidad de mi taller entre los asistentes… No sé yo si al final podré ir.
Hace media hora, entre los libros que tengo amontonados en el escritorio,, encontré Afterpop (E. Fernández Porta), un ensayo muy interesante sobre la estética literaria española de los últimos años. Empecé a leerlo a principios del verano pasado y lo dejé para terminarlo “después”, cuando me di cuenta que las últimas 100 páginas (de casi 400 que tiene) se alejaban cada vez más de la muy atractiva primera parte del libro.
Ayer, en el transcurso del día, Bea, mi compañera de última fila en el máster, me compartió algunos caramelos muy sabrosos. Recordé lo emocionante que es la universidad. Entendí que la vida no es lo que se tiene, sino lo que se hace con ello, y que una manta limpia y acogedora puede transformar el universo de un neurótico de la limpieza y fanático del buen dormir. Descubrí que Diego y Laura, otros dos colegas de clase, son vecinísimos míos: “esta es tu casa”, me dijo Laurita al estilo cortés del tiempo de nuestras madres, y se me llenó de entusiasmo el pecho. Me enteré: ir a Italia, en avión ida y vuelta cuesta, en plan mochilero de fin de semana, 20 euros: Fer, aventurero irredento, también amigo-máster, me lo contó. Volví a casa, al término del día, francamente contento. Con unas ganas enormes de abrazarme a Mi Dinosaurio (o sea a mi marío –sí, así sin d y con acento, porque está escrito en andaluz) y perderme en sus ojitos color verde y miel.
Esas pequeñeces, si se les quiere ver así, me abrieron los ojos ante lo fácil que es perderse en la implosión de la cultura.
Escribo esta entrada, arrebatado por un ímpetu esclarecedor, un minuto después de leer un artículo de Ignacio Sánchez Cámara, publicado en el El Cultural de ABC el 24 de abril del 2004, del cual ignoro el título. Cito:
“Vivimos un ajetreo cultural que se opone a la cultura de la lentitud. Existe un exceso de cultura, o, más bien, un predominio de la falsa y frenética. Hay una cultura del recogimiento y otra de la alteración. Si cultura es cultivo del espíritu, sólo la primera lo es verdaderamente. La otra es puro espasmo. La cocina del espíritu requiere fuego lento. Pero somos convocados a la prisa, a la agitación, a la dictadura de la cantidad. Hay que leer quinientos libros al año, patear cincuenta exposiciones, resbalar sobre doscientas películas, someterse a cien representaciones teatrales y a otros tantos conciertos. Pero no basta con eso. Titanes de la cultura, debemos leer tres o cuatro periódicos, una veintena de revistas; defendernos de la televisión durante tres o cuatro horas al día, escuchar la radio otras tantas. Además tenemos que ser enólogos, ascetas, activistas, hedonistas, viajeros, gastrónomos, hombres de mundo, voluntarios, solidarios, militantes y en los ratos libres, padres, hijos y amigos. ¿Quedará tiempo para la lentitud, tiempo para leer un libro, mirar morosamente un cuadro, ver una película, acaso por quinta vez, observar cómo juega un niño o rezar?”
Me pongo en contacto contigo, por vez primera, con la ilusión de atrapar tu atención unos minutos y compartirte así un poquito de mi historia. Voy a confesarte que, motivado por el más exuberante impulso amoroso, me dejo intentar alcanzarte en el manto estelar donde brillas, esplendorosa y fridezca a más no poder.
Te escribo desde mi habitación en la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores (en Córdoba, España), lleno de esperanza, desde el mismo ex convento donde hace dos años viviese Jesús Delgado, talentoso guitarrista con quien has trabajado en el pasado y quien comparte Zapopan contigo como tierra que le vio nacer.
Siempre te he considerado entre las cantantes mexicanas más geniales de la historia, pero hay alguien que te admira más…
Soy mexicano, defeño, para ser más exacto, y, como tú, me aventé a cruzar el charco atlántico en busca del reconocimiento y las oportunidades que en nuestro ciego y atolondrado país, están absorbidas por las mafias selectas del mundillo cultural. Así llegué a la Fundación Antonio Gala (donde trabajo en un proyecto literario). Poquito después de pisar suelo español, conocí al ser humano que más amo en el mundo y por quién, realmente, me animo a contactarte. Quién realmente hace de ti una diosa universal.
Se llama Raúl Chacón y, ese sí es tu fan. Tiene toda tu música y se la pasa, siete por veinticuatro, escuchándote y cantando, añorando, un día, pisar suelo mexicano y así, sentirse más él, más suyo (estoy seguro de que, si hubiera podido elegir, habría querido nacer en México). Nuestra relación, aunque joven, se fortalece día a día, tanto, que en nuestros planes ya figura la posibilidad de, terminando yo mi curso en España, irnos a vivir juntos a México.
Para no hacerte el cuento largo, me le quiero declarar: le voy a pedir que se case conmigo y, se me ocurrió que, si te conmueve un poquito mi timidez, podrías ayudarme a convertir mi declaración de amor en un momento inolvidable para Raúl. ¿Crees que en tu concierto del próximo 12 de marzo en el Gran Teatro de Córdoba, podrías dedicarle, de mi parte, “Yo envidio el viento”?
Esa canción tuya me estremece y, sin duda, refleja muchísimo el sentimiento de tenerlo tan lejos y tan carca a la vez. Vive en Sevilla y no podemos vernos más que los fines de semana. Así que lo extraño siempre y, como dice la rola, sin decir, quisiera ser todo lo que lo rodea para, al menos así, estar con él…
Esa misma noche, ahí, frente al teatro entero, mientras escuchamos esa hermosísima canción tuya, pienso hincármele, con anillo y toda la cosa, para pedirle que sea mi compañero toda la vida… ¿Cuento contigo?
Un abrazo fuerte, mucha gracias por atender esta carta y toda la suerte del mundo en el concierto, aunque no la necesites.
Hace ya más de un año que vivo resistiéndome a la idea de volver a empezar. Mi paso por este país, “el plan” que me trajo desde el otro lado del océano Atlántico, se ha visto transfigurado por eso que algunos llaman destino.
Una mañana a mediados del 2009, un correo electrónico de Auxi Ruiz, subdirectora de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores (FAG), me cambió la vida. Desde entonces y hasta hoy, las transgresiones en mi mundo son cada vez más determinantes y profundas.
¿Alguna vez han escuchado el refrán que dice “Cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad”? Soy una puta estadística en el libro que lleva las cuentas de los soñadores irredentos. Víctima de la sabiduría universal.
Me planté en España y a los 15 días, sin previo aviso, me enamoré hasta las trancas. Escribí mi primer libro de cuentos, conocí y trabajé al lado de Antonio Gala. Viví en Córdoba junto a casi una veintena de inquietos y talentosos creadores; vi nevar por primerísima vez.
Me mudé a Sevilla. Entendí el significado de la independencia familiar y la fortuna de enfrentarme a ella acompañado del mejor de los compañeros. Conocí el miedo, la angustia, la renuncia. La diferencia entre el trabajo de autocomplacencia y el de supervivencia. Supe, a ciencia cierta, cuánto pesa la nostalgia y cuánto valen los amigos.
Me abrigan múltiples pasiones. Un torbellino de emociones imposibles de digerir sin sustos y con objetividad. Desde que dejé la casa de mis padres, maletas en mano, me enfrasqué en una verdadera aventura. ¡No tenía ni la más remota idea! Será como saltar de una cama a otra, me dije a mí mismo, en plan imbécil total. Creía era como el juego de brincar sobre la cama, donde uno, de chiquito, refina el sentido del equilibrio.
Vivo en un mundo nuevo, siempre nuevo. Me ha resultado estúpidamente imposible aceptar todos y cada uno de los cambios propuestos por el incesante devenir. La adaptación es un proceso bien piche lento. Pero me niego a pasar sin ver. A dejar atrás los caminos sin que su huella se adhiera en mi memoria.
Hasta no hace mucho, todo me parecía demasiado ajeno y lejano. Nada valía tanto esfuerzo y energía si asomaba una extremidad por fuera de los márgenes del plan. ¡Qué absurdo! Lo sé. Todas las voces dicen: la vida está hecha de cambios. Los veo, incluso, en el espejo. Me he visto en las mejores y peores circunstancias, de pies a cabeza, al derecho y al revés. Descubro perspectivas ingratas y fascinantes de mí mismo. Soy, en mi magnánima mismidad, un cambio imparable que oscila entre los 84 y los 90 kilogramos.
¿Sabe alguien, fehacientemente, cómo perderle la tirria al cambio? Mientras me entero… Paso de la resistencia. ¡Cambios, aquí estoy! ¡Tómenme y hagan de mí su regalada gana! Total, ya aprendí a saltar. En cualquier momento consigo mantener el equilibrio[1].
A dos de acabar les comparto: me vienen estas ganas de postear por dos motivos:
1) Mi clase de Literatura y Medios, impartida por Carlos Peinado en el Máster de Escritura Creativa. No sabía que Dostoievski llevó un diario muy del tipo bloguero.
2) El artículo de Antonio Muñoz Molina publicado hoy en el número mil de Babelia: “20 años, 20 lecciones”: “He aprendido que los únicos estimulantes que necesito para escribir están dentro de mí mismo, en la orgía electroquímica de los neurotransmisores que combinan súbitamente imágenes del recuerdo o de la fantasía en un sueño lúcido. Por comparación con esa efervescencia el efecto de cualquier droga, de la nicotina o del alcohol es una bagatela, un gasto inútil de energía física y mental.”
En serio deseo un día aprender y descubrir cosas tan valiosas como esa y además, comunicárselas al mundo.
[1] Y si mañana me viniera otra vez la fiebre de la angustia, y si me trago mis palabras o me gano el repudio comunitario (mi comunidad, ahora, se resume a mi marido y las hormigas de la alacena que se aferran a vivir de mis ridículas ganancias), ya de menos me quedará el consuelo de haber recuperado mis letras. Abro así el archivo de posts del 2011.
A veces me cuesta trabajo hablar con esta gente. Se me agotan los temas. Extraño la naturalidad de mis conversaciones habituales, la certeza de compartir las mismas convenciones generales con los demás.
A veces me incomodan las reacciones que tiene la gente con mis modos y formas de expresión, no se dan cuenta que, para mí, ellos son demasiado honestos, o prácticos, o directos al decir (y no estoy en contra de esos valores sintácticos en el habla, sólo me siento un poco agredido).
A veces me hace falta el calor de mi casa, lo ancho y cómodo de mi cama, la música a todo volumen mientras trapeo el suelo de mi habitación, la imagen de mis libros sobre el librero, ordenados según lecturas pendientes y hechas; el sabor del chile y las tortillas; el aire amplio y contaminado de mi ciudad, la indiferencia de cientos de miles para sentirme acogido: Córdoba lo tiene todo, menos familiaridad y espacio (calidez). Y ninguna de sus tiendas los vende…
Quisiera poder no sentir culpa al subrayar los libros de la Biblioteca Provincial, y sentirme Robin Hood al visitar las librerías. Quisiera no pensar en que el dinero, desde que llegué, me ha sido insuficiente; en que Raúl se echa a los hombros mi peso entero.
A veces quisiera no tener miedo de estar tan lejos.
Ojalá pudiera ver la sonrisa de Aleida, escucharla pronunciar sus primeras palabras claras y ordenadas, ver el rostro de mi hermano: regularmente serio, bonachón. Desearía no angustiarme cuando un braquet se me despegue, ni cuando la rodilla me chille cuando camino.
Quisiera beberme una cerveza Indio y escuchar a las Jeans en un tugurio joto de Zona Rosa, al lado de César y Fabiola, mientras río a carcajadas de cualquier estupidez. Conversar largo y tendido, profunda y dispersamente con Marce o Isela, besar a la abuela y comerme un sándwich de jamón con jalapeños. Quisiera estar en casa, viendo un programa bobo en la televisión y escuchando el peregrinar de los vecinos, rumbo a la posada donde romperán piñatas y chuparán cañas de azúcar.
A veces… a veces la mente se me bloquea y me siento como si tuviera seis años y acabara de salir de la primaria, el primer día de clases, y esperara a mamá ahí, de pie, seguro de que llegará en cualquier momento.
Quisiera refugiarme en una cafetería por horas y beber café americano por quince pesos la taza (relleno infinito). Desearía haberme traído el pantalón de pana café que dejé doblado en el ropero…
A veces quisiera poder cerrar los ojos y esperar que, al abrirlos, ninguna añoranza me invada, respirar profundo, espabilarme y sonreír. Ojalá no existiera la nostalgia. Ojalá otro día, no lamente no estar aquí.
El día de ayer fue muy emotivo. Extrañé no poder compartirlo con mi gente como lo hicieron algunos de mis compañeros. Pero les dejo un video y algunas fotos que son memoria de uno de los días más bonitos de mi vida.
Muchos me han tachado de cursi. De quinceañera emocionada. ¡Me importa un carajo! Sí, soy un cursi y parezco quinceañera emocionada…
Las fotos que siguen a este video, excepto las de grupo y las de las notas de los periódicos, corresponden a tres dos iglesias fernandinas del siglo XVII que fuimos a visitar después de la comida de inauguración. Son unos edificios realmente hermosos. Uno de ellos, del que hay más imágenes, fue recientemente restaurado. Fue utilizado durante la guerra civil como resguardo militar, y sufrió muchísimos daños, entre los mayores: un incendio que terminó prácticamente con todo allí. El trabajo de restauración es digno de aplaudir. Disfrútenlas.
30 de sep. 4:45 p.m. Frankfurt, Alemania. A veces me espanto a mí mismo cuando pienso las cosas que, inevitablemente, terminan por suceder. Sí, me tocó viajar con escala: ¡muéranse de envidia! Me aventé casi 12 horrorosas horas de vuelo desde el defectuoso hasta acá. El avión se retrasó porque “el sistema de cómputo falló” y había que trazar manualmente las coordenadas del vuelo. Y si creen que no pudo ser tan malo y no podía ser peor, agárrense, me tocó sentarme justo en medio de dos personas del doble mi rodada. Una lencha pedorra: era lesbiana, estoy seguro, y se echaba unos pedos harto apestosos, daba miedo nomás verla, sentía que me iba a madrear en cualquier momento. Y uno de esos hombres tan callados que parece jamás en su vida han pronunciado palabra alguna, de pinta huraña, tez morena, tipo terrorista de medio oriente pero sin barba: hablaba sólo alemán, pero debía ser mexicano, el mamón. Éramos una perfecta representación de diversidades, aunque, de ser honesto, habría preferido toparme con otra gente (entiéndase el “otra” así nomás, otra, claro, menos horrorosa).
(La lencha se agandayó mi lugar de ventanilla, era el lugar perfecto para medio disfrutar el viaje porque no tenía ningún asiento enfrente. ¡Pinche vieja! Pero ya digo, daba tanto miedo verla, que me paré hecho la chingada para darle el lugar en cuanto reclamó.)
A unos metros de donde me encuentro sentado hay una jaula de cristal para aislar a los fumadores (que son nada menos que la peste). Cuando la vi pensé que era un oasis. En cualquier otra circunstancia inscrita en el contexto mexicano, habría entrado y pedido regalado un tabaco. Pero como acá la gente anda con la frente demasiado arriba, preferí comprarme una caja. ¡Oh error! Los cigarros más caros de mi vida. No sabría decir bien a bien cuánto costaron, porque eso de pensar en euros aún me resulta bastante difícil. Pagué con dos billetes de 5 y me regresaron unas pocas monedas… Espero no quedarme sin fondos antes de que termine el mes gastando así…
Llegué al aeropuerto hace media hora, más o menos. No fue tan difícil encontrar la sala y terminal por la que debo abordar mi siguiente vuelo a Madrid, aunque la gente se muestra muy reticente para hablar español. Hasta los pinche gachupines: un mono (muy guapo él) me pidió en inglés un cigarrillo y, luego, como para burlarme un poco, me despedí de él en español, claro, después de darle y encenderle el cigarro: ya dije, era guapo el niño.
Estoy cansado, tengo algo de hambre. Ya quiero llegar a España. Al menos allá todos hablan mi idioma y será menos difícil llegar a Córdoba: cualquiera sabrá orientarme con poco más que monosílabos (en un inglés bastante deforme, por cierto).
Ahora están haciendo fila para abordar. Debo irme, pero antes diré 3 cosas: 1) Aquí el cielo se ve diferente, mucho más nublado que en México. 2) El proceso de registro para entrar en Europa es realmente riguroso, no tengo idea de lo que le han hecho a mi inocente compu, la recorrieron con un papel impregnado de algo, un líquido, no sé. Me hicieron quitarme los zapatos porque se detectó mucho metal en ellos (¡ni que usara botas punk, por Dios!). 3) Antes de que el avión aterrizara aquí, vi un cúmulo de nubes en el cielo: eran montes abombados de vapor muy brillante, hermosos. Después, yo fui nubes.
30 sep. 11:20 p.m. (pensar en la diferencia de horarios entre Alemania y) Madrid, Méndez Álvaro (estación del bus). He descubierto que no me gusta volar: detesto los cambios de presión, la sensación de vacío con los cambios de altura, la terrible impresión de saberse a miles de “pies” de altura, lo tedioso de escuchar las mismas indicaciones “de seguridad” en tres o cuatro idiomas: qué asco de asunto. Aunque debo aceptar que el vuelo de Frankfurt a Madrid ha sido más amable que en anterior, me tocó ventanilla.
Estoy muy cansado. Con tantos cambios horarios ya no sé cuántas horas de viaje llevo… Veamos: salí a las 10 de la noche de la Ciudad de México, ayer 29 de septiembre. Sí, un aproximado de 18 horas, sin contar las tres horas previas al despegue desde el defectuoso, así como los picos de espera en Frankfurt. Más de veinte horas, seguro llevo y aún no arribo a Córdoba. Compré ticket de bus (que aquí le dicen billete y yo pienso que me quieren ver la cara, pero no), en la línea “Socibus” (nombre cagado) y sale hasta la 1 a.m. de mañana. Con un aproximado de 5 horas de viaje hasta allá, llegaré entre las 6 y las 7 de la mañana a la Fundación (he descubierto que ningún vuelo o viaje en tierra es puntual).
Quisiera llamar a casa para avisar que estoy vivo y todavía conservo los nervios. Pero temo depositarle a un teléfono de monedas toda mi mesada y no lograr comunicarme con mamá. Esperaré a llegar. (Contrario a lo que pensé por ser esto “primer mundo”, no hay conexión wi fi gratuita en ningún lado).
No dejo de contar en pesos mexicanos y paso el tiempo realizando conversiones inútiles (porque mis matemáticas son pésimas, por más que intento contar bien).
Medio litro de agua embotellada: 1.5 euros; una llamada a móvil con Auxi (la subdirectora de la Fundación Antonio Gala): 2 euros; una llamada local a la estación de autobuses donde me encuentro, desde el aeropuerto: 2 euros (por pendejo, porque me pudo costar 50 centavos y no sabía); una cajetilla de cigarros y una caja de mentas: 5.70 euros; peaje del metro –de Barajas a donde estoy-: 2 euros; “billete” de autobús de Madrid a Córdoba: 15 euros. No haber comido nada sustancioso desde hace 6 horas y tener que esperar 6 más (aplican exageraciones dramáticas) para disfrutar de una verdadera comida, sin contar que tengo los pies hinchados, me duele la cabeza, sudo como puerco (sí, ya sé que los puercos no sudan, pero si sudaran lo harían como yo ahora), lucho contra un sueño tremebundo y cargo más de 46 kilos de equipaje, NO TIENE PRECIO. ¡Ya quiero llegar!
1 de oct. 7:30 a.m. Fundación Antonio Gala, Córdoba. He desempacado, tengo la habitación número 23. Auxi me ha recibido de manera sensacional, qué linda persona es.
Muero de sueño, la ducha me ha dejado frito, los brazos me duelen: tengo moretones cerca de las axilas. Se me cierran los ojos, pero el corazón me late tan fuerte de la emoción que no puedo conciliar el sueño. Bueno, eso y el puto susto de quedarme a medio camino, en plena madrugada, sin una sola maleta en mano y número alguno a donde llamar para pedir ayuda. Y es que se me ha escapado el bus en una parada de servicio, dos horas antes de llegar a Córdoba. Entré en pánico, imagínenme, diciendo santo y seña y pidiéndole a todos los dioses, casi de rodillas, que fuera una mentira odiosa o, ya de pasada, una broma agria. Y sí, era broma. Ocio de un puto gachupín deforme (que no, debió ser guapísimo, como casi todos los gachupines, pero en ese momento yo lo vi con sólo un ojo y grumos en la cara), habiéndome visto bajar del autobús, me mintió al decir que se había marchado el carro. Sentía el corazón salirme por la boca, lo juro. Pero bastó caminar unos metros para encontrarme a lo lejos, cargando gasolina, al Socibus. ¡Pinche español cabrón!
Por cierto, es chistoso cómo hablamos inglés los mexicanos. Cuando estaba en Frankfurt, haciendo fila para verificar mi pase de abordaje del vuelo a Madrid, un paisano (a leguas se notaba del norte, porque andaba con bota de serpiente y toda la cosa) le gritó a un fulano, muy quitado de la pena: ¡Guelcom tu Spein, Magdaleno! Y aquél remitido, muerto de la pena, se escondió entre la gente porque: 1) No era el Magdaleno que mi compadre buscaba; 2) Sintió una pena ajena inmovilizadora o; 3) Sabía, como todos los que estábamos allí, que eso era Alemania, no España.
Lo quiero inteligente y divertido, de sonrisa hermosa y mirada honesta. Que me vea con esos ojos que dicen todo al parpadear, al moverse rápidamente para reconocer e interpretarlo todo. Unos ojos de pestañas caídas, como de perro triste: largas, puntiagudas.
De espíritu creativo y mucha determinación para hacer las cosas. Con barba recortada o desaliñada, no importa, pero tupida, rasposa. Habrá de oler rico, fresco siempre.
Y si tiene mal aliento al amanecer, tendrá que ser maniaco de lavarse los dientes apenas abra los ojos, nada más para despertarme con un apasionado beso sabor a menta.
Si escribe, está bien, pero si pinta lienzos de colores o invade mis oídos con las notas más sensuales, mejor. Quiero uno de esos que llaman leidos, así, sin acento. Porque hacerse conversación uno mismo cuando se tiene a otro de frente, sin argumentos ni dudas, o peor aún, con palabras que nunca llegan a ser argumentos y, dudas que parecen interrogatorio, resulta igual que hablar ante el espejo. Los filósofos y psicólogos me van bien, aunque de esos ya he tenido suficiente.
No importa si es gordo o flaco, si le encanta vestir fashion o prefiere lo hippie-chic. Tampoco si le encanta el pop, el rock, la vernácula o la electrónica; si vive en la zona más alta o lo más baja. Bastará una sensualidad estridente, una alegría marcada que lo haga mostrarse auténtico, feliz.
Quiero no poder hablar cuando su corazón lata junto al mío, frenético de emociones, palpitante de amor. Gritarle versos de placer, perderme en la algarabía de nuestra cama sin alejarme un momento con el pensamiento, al ritmo de muchos “te amo” que nos lleven al orgasmo más rápido, más seguido.
Y mejor que hable y así diga todo: los colores, olores, sabores, formas, pensamientos, reflexiones, amarguras, molestias, alegrías. Así, sin pelos en la lengua, con desparpajo y necesidad. Que sea harto hilarante, sarcástico, irónico. Muy práctico, audaz.
Quiero que me tome por sorpresa, con una voz grave, aguardentosa si se puede. Escucharlo decirme las cosas más dulces, más románticas: “Estos son mis sueños, los que dan sentido a mi vida. Y ninguno de ellos significa algo sin ti, cásate conmigo”. ¿Es mucho pedir? Y no, no quiero a alguien como yo, Dios me libre de tal infamia. ¡Que sea mejor, mucho mejor!
Defeño, nacido en 1985. Del veintitrés de agosto, leo. Hijo de Jaime y Juana; hermano de Ivan; tío de Aleida y Andrés, y hermano de esos otros hermanos que son los amigos...
Narrador, profesor de escritura creativa, coordinador editorial, periodista y difusor cultural. De octubre 2009 a junio 2010, fue becario-residente de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, donde escribe su primer libro de cuentos: Pasiones simples.
Realizó (becado por el Ministerio de Educación de España) el Máster Universitario en Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla. Actualmente es coordinador del Taller de Escritura Creativa de Sevilla; y coordinador editorial en RD Editores, editorial sevillana.
“Viaje en carretera”, un capítulo-cuento de mi novela Las puertas del paraíso
Me complace compartir el número10 de la revista mexicana Mitote, donde colaboro con un capítulo-cuento de mi primera y todavía inédita novela Las puertas del paraíso, una obra que se vale de la técnica propia del cuento para narrar las aventuras de un chico del norte de México en busca de la posibilidad de amar y ser amado en una relación larga, fructífera y llena de sexo animal.
“Viaje en carretera”, el cuento-capítulo publicado, narra la historia de amor fugaz entre Blanca y Andrés al ritmo de la desesperación ilusionada que todo enamorado siente al comienzo de una relación. Un cuento que reclamará la atención del lector y lo llevará a participar en la obra como creador y no sólo como intérprete.
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Compra con un tweet la antología donde publico "Peep show", uno de los cuentos de mi libro Pasiones simples (de próxima aparición). Y si no tienes cuenta de Twitter, pincha aquí para descargarla.
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En el post "Sobre Aire de Dylan de Enrique Vila-Matas": no es propiamente un comentario, pero Enrique Vila-Matas se pasó por mi blog para leer la entrada y dejó un "Me gusta".
En el post "Carta del amor intangible": "Felicidades, Israel, es una especie de inteligente y sensible diario electrónico, lo que ahora implica intercambio de opiniones, ideas y demás. Te felicito por el blog y su contenido. Gracias por la generosa alusión a mi trabajo y a mi persona. Te mando un abrazo de oso polar, René Avilés Fabila."
En el post "A primera vista": "Ya leí el cuento, que me encantó; sería bueno que lo hicieran (o lo hicieras) película, ¿no? Un fuerte abrazo, si de eso se trata." Luis Zapata.
En el post "No soy pesimista": "El pesimista es un optimista informado, nada más, jajaja. Una vez que hayas superado todos estos escollos que seguramente no te pasarán, escribe todo lo que te suceda aquí o en tu blog para mantenernos informados de tus aventuras. Así te vamos a extrañar menos…. Más información Mucha suerte y un abrazo. G." Guillermo Vega Zaragoza
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