Archivo | Cartas RSS feed for this section

Padezco la estúpida angustia del fin del mundo

21 mar

Hola, papá, mamá:

Les escribo para que no se olviden de mí. Para no perder la costumbre.
Porque los extraño siempre, todos los días, a cada instante. Cuando miro al cielo o huelo en el aire el azahar de primavera.
Les escribo porque no hay más remedio. De otro modo, los siento más lejos. Menos míos.
Porque he pensado en grabarles un vídeo o audio, para que sean mi voz e imagen las que comuniquen emociones,
pero siempre me detiene la sospecha de que invertiré días intentando explicarles cómo reproducirlos en su computadora.
Les escribo, también, porque a veces es la mejor forma de chismearles noticias: me explayo sin límites ni temor de resultar demasiado parlanchín. Cuando les escribo no tengo que cederle a nadie la palabra y son sólo las mías las que los aburren o entretienen.
Les escribo porque los amo y padezco la estúpida angustia del fin del mundo.
Odio pensar, aunque todos me acusen de imbécil, en que se nos acaba el tiempo y no podré abrazarlos y besarlos una vez más.
Porque hace dos días, Raúl y yo vimos un pinche documental de History Chalennel sobre Nostradamus y conseguí sumirme en la más horrorosa e inútil ansiedad.
Les escribo porque estoy contento, a pesar de todo, y busco compartirlo.
Les escribo porque sí.

Israel.

Todos tenemos un monstruo dentro

14 feb

Primer recital de narrativa del Taller de Ecritura Creativa de Sevilla

Llegamos al final de la primera aventura. Con tumbos y sobresaltos, risas, gozo, revelaciones, incomodidades, encontronazos abruptos con los monstruos vanidosos que viven dentro de nosotros (los escritores en ciernes), con entusiasmo, satisfacciones, renuncias, postergaciones, compañerismo y aprendizajes varios, concluye el primero de los cursos cuatrimestrales de nuestro no espacio de cervezas, tabaco, vino dulce y cafelitos con leche.
Robo un poco del espacio de este blog para digerir, y al mismo tiempo compartir, mis emociones y más sincero agradecimiento a mis muy queridos alumnos-compañeros de taller, pero también con la intención de hacer contacto con otros a quienes, como nosotros, se sienten atraídos por la llamada de las letras.

"Un mostrio escribe". Ilustración de Raúl Chacón Carrasco.

Mis grandes maestros me dijeron siempre: “La escritura creativa no se enseña ni se aprende. Se redescubre, en todo caso.” Y tienen razón. Hoy, ya puesto manos a la obra, rectifico. Y es que la escritura creativa es una habilidad intrínseca a los hombres alfabetizados. Quien sabe leer, puede escribir. Cómo lo haga, depende únicamente de él mismo.

Hace algunos años, frente a semejante negativa, me sentí solo, angustiado. Y busqué orientar mi camino. Dependía de mí, como dependió de los participantes de la primera generación de este taller, encontrar la vía que me permitiera hallar el grial de todo escritor incipiente: la técnica, la propia voz.
Ese conocimiento, entonces visto enorme, apabullante, complejo, pero nunca imposible, hoy lo acojo entre mis brazos con gran placer y, por qué no decirlo, inquieta curiosidad, luego de adentrarme en los libros, siempre deslumbrantes y, por supuesto, de andar a paso firme haciendo caso de otras voces, siempre y cuando esas voces me sedujeran. Hoy escribo ya sin tanto desconcierto y a sabiendas de mis propios límites y capacidades. Escribo y soy feliz.
Ahora, esa primera generación de inquietos escritores que, desorientada, escuchó mi voz, detiene su andar por estas tierras muchas veces antipáticas, donde fueron llevados, incluso a rastras hasta lo más profundo de sí mismos, para diseccionarse y así entenderse; donde a tropezones y en contra del pudor, se quitaron la ropa para verse en el espejo y permitir, muertos de miedo, que otros los vieran. Ganando en auto-reconcomiento, confianza y objetividad con respecto a su propia obra y el sentido mismo de su labor como escritores.  Hoy, ese puñado de guerreros, se van para, quizá, escribir y ser felices. Y no sé si habré conseguido, en efecto, bien orientar sus inquietudes. De ser así, me doy por bien servido y agradezco sus oídos, sus ojos, sus mentes. Tanto como valoré otras sabias voces. De estar equivocado, les pido disculpas e intento redimirme nombrándolos mi tercera gran fuente de conocimiento. Primero los libros, luego mis maestros. Pues aprendí, sin resquemor alguno lo digo, mucho más de lo que pude haberles hecho ver. Gracias. Muchas gracias.
Siéntanse pues, libres de continuar el debate conmigo. Esa conversación siempre amena e interesante con que iniciábamos o acabábamos las sesiones del taller, para permitirme escuchar ahora, con más ímpetu y conocimiento de causa, la inmensa cantidad de asuntos que sé, les interesa comunicar al mundo. Considérenme, los invito, a ser siempre uno de sus tantos lectores.
Digerida esta panda de sentimentalismos, me despido, no sin antes recordarles nos queda un ejercicio más por realizar, aquél que nos permitirá cerrar y dar sentido al proceso creativo individual: el recital de narrativa, donde tendremos la oportunidad, invaluable, de enfrentarnos directamente al público lector(escucha) y así, comunicar, pronunciarnos literariamente.
La cita es el próximo sábado 26 de febrero, en punto de las 7 de la noche, en el bar Platea (Alameda de Hércules, 87). La entrada es gratuita y el evento es totalmente abierto. Siéntanse con la libertad y el entusiasmo de invitar a sus amistades y familiares, pues esa noche compartiremos con ellos la dicha de la escritura.
Nota al pie: Y si tú que lees y no formaste parte de la primera generación del Taller de Escritura Creativa de Sevilla, también te sientes atraído por la llamada de las letras, no dudes en acercarte. Sea quizá, el punto de partida en tu búsqueda del grial. Todos tenemos un monstruo dentro, lleno de vanidad, deseoso de salir y convertirse en escritor.

Carta a Lila Downs

23 ene

Hola, Lila:

Me pongo en contacto contigo, por vez primera, con la ilusión de atrapar tu atención unos minutos y compartirte así un poquito de mi historia. Voy a confesarte que, motivado por el más exuberante impulso amoroso, me dejo intentar alcanzarte en el manto estelar donde brillas, esplendorosa y fridezca a más no poder.

Te escribo desde mi habitación en la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores (en Córdoba, España), lleno de esperanza, desde el mismo ex convento donde hace dos años viviese Jesús Delgado, talentoso guitarrista con quien has trabajado en el pasado y quien comparte Zapopan contigo como tierra que le vio nacer.

Siempre te he considerado entre las cantantes mexicanas más geniales de la historia, pero hay alguien que te admira más…

Soy mexicano, defeño, para ser más exacto, y, como tú, me aventé a cruzar el charco atlántico en busca del reconocimiento y las oportunidades que en nuestro ciego y atolondrado país, están absorbidas por las mafias selectas del mundillo cultural. Así llegué a la Fundación Antonio Gala (donde trabajo en un proyecto literario).  Poquito después de pisar suelo español, conocí al ser humano que más amo en el mundo y por quién, realmente, me animo a contactarte. Quién realmente hace de ti una diosa universal.

Se llama Raúl Chacón y, ese sí es tu fan. Tiene toda tu música y se la pasa, siete por veinticuatro, escuchándote y cantando, añorando, un día, pisar suelo mexicano y así, sentirse más él, más suyo (estoy seguro de que, si hubiera podido elegir, habría querido nacer en México). Nuestra relación, aunque joven, se fortalece día a día, tanto, que en nuestros planes ya figura la posibilidad de, terminando yo mi curso en España, irnos a vivir juntos a México.

Para no hacerte el cuento largo, me le quiero declarar: le voy a pedir que se case conmigo y, se me ocurrió que, si te conmueve un poquito mi timidez, podrías ayudarme a convertir mi declaración de amor en un momento inolvidable para Raúl. ¿Crees que en tu concierto del próximo 12 de marzo en el Gran Teatro de Córdoba, podrías dedicarle, de mi parte, “Yo envidio el viento”?

Esa canción tuya me estremece y, sin duda, refleja muchísimo el sentimiento de tenerlo tan lejos y tan carca a la vez. Vive en Sevilla y no podemos vernos más que los fines de semana. Así que lo extraño siempre y, como dice la rola, sin decir, quisiera ser todo lo que lo rodea para, al menos así, estar con él…

Esa misma noche, ahí, frente al teatro entero, mientras escuchamos esa hermosísima canción tuya, pienso hincármele, con anillo y toda la cosa, para pedirle que sea mi compañero toda la vida… ¿Cuento contigo?

Un abrazo fuerte, mucha gracias por atender esta carta y toda la suerte del mundo en el concierto, aunque no la necesites.

Israel Pintor.

27 de enero, 2010

This slideshow requires JavaScript.

Y sí, conté con Lila.

Escucha aquí “Yo envidio el viento” de Lila Downs.

Cartas de amor en Facebook

9 feb

Hace unos días, investigando para escribir un cuento, se me ocurrió preguntarles a mis amigos y Maestros sobre el asunto que me ocupaba. El Amor. Las cartas de amor de la literatura universal, para ser exacto. La respuesta fue interesante, nutritiva, merecedora de un post. Ha generado, inclusive, un tema de debate que bien podría abrirse en el área de comentarios de esta publicación.
Disfruten tanto como hice yo. Un saludo afectuoso a todos los que se detuvieron un minuto a compartirme sus comentarios…

Nota previa: He conservado las citas textuales, con caprichos escriturales y toda la cosa.

¿Cuáles han sido las cartas amorosas que, desde tu punto de vista, han marcado un antes y un después en cuanto a la percepción del amor en la literatura universal? (Se vale de todo, hasta gustos caprichosos).

René Avilés Fabila:

Tengo la impresión que las cartas amorosas han dejado una profunda huella, más en la literatura (quizá por sensible) que en la historia. Hace poco releí la correspondencia de amor del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, cuando no llegaba al cargo y huía, junto con Benito Juárez, de las tropas francesas. Son bellas y distinguidas, era un amor puro, ahora le diríamos platónico que ni siquiera le dirigía a su amada sino a la hermana para que a su vez, se las entregara al objetivo. Muestran el lado bonito de un político, algo raro, los cabrones carecen de sentimientos y pasiones, hacen sexo, y muy mal, con el poder.
También están algunos ejemplos de lo que la correspondencia entre Abelardo y Eloisa y algunas cartas que Wilde le mando a un afamado joven, noble, para más señas. Siempre son un delicado material que poco atienden los historiadores y suelen conmover a los poetas y narradores.
Son sin duda testimonios que marcan, que influyen, al menos a los lectores sensibles, aquellos que como tú y yo somos dados a escribir sobre nuestros afectos y aversiones. Lo diría parafraseando un lugar común: vale más una carta de amor que cien documentos oficiales, donde hay tiempo para mentir o falsificar la realidad. Recuerda la renuncia de Porfirio Díaz: dice soy un héroe, soy el bueno y ya me voy para evitar la sangre de mi pueblo que tanto amo. Puras mamadas y esas, mi querido amigo, se proporcionan en la cama, como dice un experto en el “Camasutra” y en el Box Spring. Te abraza, René.

Respuesta a René:

René: qué alegría me da leerte por aquí. Como siempre, tus observaciones me dejan enlelado. Gracias por la respuesta, me voy a fijar en las cartas de Tejada, me resulta súper curioso. Ya revisé lo de Wilde y, claro, es magnífico.
Aprovecharé para hacer alarde al cariño que te tengo y enviarte un abrazo-amigo (frío, desde Córdoba, España), que te dice cuánto te admiro y agradece tus infinitas enseñanzas.

Guillermo Vega Zaragoza:

Las “Cartas a Gala” de Paul Eluard (Editorial Tusquets), que es un tomazo (454 pp.) que me recomendó una novia que tuve y que me llevó años encontrar hasta que finalmente lo conseguí. Incluye los poemas que Eluard le escribió y las cartas de contestación de la propia Gala. Es testimonio de una de esas grandes pasiones que ya no se dan en la actualidad. Ya que andas en España, consíguelo y verás.

Lena García Feijoo:

Mi muy estimado Israel, dif… Ver másícil la pones para quienes apreciamos las manifestaciones amorosas en epístola. Te diré que concuerdo con René en las cartas entre Abelardo y eloísa, me apasionan, y con Guillermo en la variable poética de “Cartas a Gala”. desconozco las de Lerdo de Tejada: habrá que seguirles la pista, desde luego. Se me ocurren, sin embargo, varias más que he disfrutado mucho: las Cartas de Amor de la Monja Portuguesa, de Mariana de Alcofardo; las cartas de Rilke a Lou Andrea Salomé (Diario florentino); las que se dieron entre George Sand y Musset; las de Quiela a Diego (como muestra de la desesperación en el abondono); las de Cyrano de Bergerac; las de Beethoven a su “amada inmortal” (quizá Antonie Brentano), cuyo sentir habló finalmente en música; las que intercambiaron Manuela y Bolívar; las de Diderot a Sophie Volland; las temerosas manifestaciones de Lev Tolstói a Valeria Vldímirovna Arsénieva, y otras. La verdad, mi querido Israel, es que soy una leal seguidora de la literatura epistolar: ¿qué mejor manera de acercarse al peculiar vínculo entre corazón y pensamiento, entre sentir y reflexión, de los personajes que nos han marcado? Te mando un abrazo y un beso grande…

Ángel del Abismo:

las de quiela para diego son hermosamente tristes y gertrudis gomez de avellaneda hace algo parecido pero medio erótico, esas son las mías jaja saluditos hasta allá niño…
Excelentes aportaciones!!! A mí, que no conozco el género, me han animado a descubrirlo… Pero, entre tantas recomendaciones, ¿por dónde empezar? Ahora tengo un conflicto!
Las de Jaime Sabines. Reales, directas, coloquiales, amorosas como su poesía. El año pasado salió un libro. Y las de Neruda, sobre todo las de su juventud y las que le escribía a Matilde cuando él aún estaba casado con Delia.
Las de San Juan de la Cruz, tanto amor y tanta pasión no he leido nunca.
las de Antonieta Rivas Mercado
Karen Wallker (Marcela Mora):
Ahí te va una probadita de lo que arriba asevero.

¡O llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!… Ver más
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
Cuán delicadamente me enamoras!

San Juan de la Cruz.

Las de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Ávila esas cartas de amor son auuuuuuu….intensas….
Miguel Vizcarra:
O sea que el amor a Dios es mas pasional q el de los hombres?
Karen Wallker (Marcela Mora):
El amor es amor sin importar el objeto que lo provoca. El objeto/sujeto amado es sólo su detonante y no siempre su depositario. Si no, qué sentido tiene acontecer en su misterio imposible y morir por su ausencia…
Manuel Vizcarra:
Claro el amor es amor…idependientemente del objeto amado…yo no dije nunca lo contarrio…hable de la pasión q es cosa distinta…se de muchos santos que murieron por Dios…que tantos moririan por otro hombre u otra mujer?
Alonso Hernández:
PUE QUE….MIRE QUE INUNDA, HACE CAER AZUFRE O TAMBIEN…DA LA PAZ….ES MUY PASIONAL JEJEJJE….

Embriagado de amor por cada coma y tilde que me dedicas

31 oct

Mi dulce amor:

Hoy amanecí extraño, te leí y fuí feliz:
pequé de soberbia y orgullo,
me creí, del mar, su hijo predilecto.
Me sentí hinchado, cual cormorán encendido,
como petirrojo deslumbrado.
Embriagado de amor por cada coma y tilde que me dedicas.

No hay mayor orgullo que saberme invicto en esta carrera,
por ser yo el primero en declararse derrocado, indefenso, desarmado…
y no hay mayor triunfo que esta dulce derrota.

Sabes? te sentí llegar, te soñé hace tiempo, te esperé sediento.
de alguna manera siempre supe que eras tú y nadie más que  tú
quién habría de romper todas las cadenas
de otros tiempos ya vividos, por otras vidas, en otros pueblos…

Nadie más que tú, quién habría de aplacar el dolor de miles de años de condena
en que encarnamos estrella y laguna, o el Sol y la Luna
el uno en el otro reflejado, el otro del uno enamorado
y sentenciados por nuestro destino, a nunca poder tocarnos

De locos se te hará escuchar, que supe de tí mucho antes de mi nacimiento…
que mi alma ha recorrido a través de las eras, distintas vidas en distintos cuerpos,
hasta llegar a las puertas de la tuya

De locos se te hará pensar, que nuestros destinos se hilaran juntos,
como tierna trenza de seda, mucho antes de nuestra propia existencia

De locos se te hara saber, que fuimos para el otro concebidos,
destinados al fin a encontrarnos, y de eso, hace ya tanto tiempo!

Te Amo
Raúl

Mi paraíso

28 oct

Raúl:

Desde que volví de Sevilla no he dejado de pensarte. De hecho, tu imagen no me abandona desde la noche en que te vi llegar a la estación de tren, montado en esa bicicleta deportiva que parecía más un blanco corcel vestido de luz.

Tal vez te parezca ridícula, pasada de cursi, la referencia del príncipe azul. Y, por más que intento traerme a la mente una comparación distinta, menos trillada, no puedo. Eres un sueño hecho realidad. Así te imaginé y, temí, muchísimo, no sabes cuánto, jamás encontrarte. ¡Qué afortunado soy!

Me perdía en ejercicios imaginativos, absurdos –según algunas personas menos soñadoras–, de pensar cómo habría de ser mi amor ideal. ¡Chale! Qué aburrido suena eso cuando se lee… Debe ser como tragarse una tarjeta amorosa, de esas de kiosco o tabaquería… En fin. Imaginaba cómo serías, y terminaba viéndote, tal cual eres: guapísimo, inteligente, divertido, creativo, alegre, honesto, cariñoso, pasional, cachondo, leal, algo loco, de sonrisa abrumadoramente sexy, PRECIOSO, hombre… Por eso me atreví a leerte el texto donde enlisto mis caprichos y me pregunto, ¿es mucho pedir?

Me parecía imposible la existencia de un ser tan hecho a mi gusto. Tan bello por fuera y por dentro. Algunos de mis amigos, al leer el texto aquél, me reclamaban el auto flagelo. “Y luego nos quejamos de por qué estamos solos”, me escribió Isela, por ejemplo.  Y me parecía aún más increíble que ese amor ideal pudiera fijarse en mí, corresponderme el deseo, la pasión, el amor.

Nos conocemos poco, es verdad. Pero mi corazón me dice que te conozco desde siempre… Hablar, estar, hacer el amor contigo, es como la continuación de una relación conocida, de un diálogo rico en sabores, deleitable cada vez, una conversación estable, conocida de sobra…

(Me voy a interrumpir un instante para advertirte: esta carta estará llena de lugares comunes, porque ahora no soy capaz de alejarlos. Soy el testimonio de cada frase trillada de amor. Pero quiero que leas estas líneas como el reflejo más próximo a la realidad de mis sentimientos, y no como frases hechas o lugares comunes, aunque lo sean.)

Me he convertido en lo más importante de tu vida, dices. Que te derrites por estar a mi lado. Me piensas día y noche y suspiras por mí entre pensamientos ajenos… y yo me estremezco, me pongo estúpido, absurdo. No logro hacer girar las tuercas de mi cabeza, echar a andar mis pensamientos con ritmo natural. Me quedo boquiabierto de saberte entusiasmado como yo, emocionado como yo, tan lleno de dicha como yo. Así me siento también, gachupín, perdidamente enamorado.

Ando sobre el suelo sin creer aún la cantidad de sentimientos gratos habitándome. Elevado, levitando y moviéndome por inercia, o por la fuerza misma del aire que me arrastra. Estoy envuelto de amor, de alegría… Así debe ser la felicidad, no de otra manera.

No me sorprende, en absoluto, lo acelerado de nuestro devenir amoroso. Pasan las cosas tal y como siempre imaginé, como siempre quise. Esta vez me siento familiarizado, no tengo miedo, reconozco el terreno por donde camino a tu lado: es mi paraíso.

Eres mi primera lluvia, mi primer amor de ida y vuelta, mi amado-amante: todo en uno, finalmente. He sufrido siempre de amores egoístas, lo sabes ya… por eso tus palabras y tus gestos, esa comunicación completa y establecida entre nosotros, me informa venturoso, fuera de peligro. Me aseguras, con el arqueo en tus cejas cuando me besas, un presente continuo de sabroso acontecer, de un compartir creativo, sano, productivo, ilusionado. Me pasa algo nuevo contigo. Por primera vez puedo bajar la guardia. ¿Sabes a lo que me refiero? No hace falta alertarse, esperar lo peor.

Cuando me tocas, miras, cantas, piensas, cuidas, logro sentirme complementado, querido, considerado. Me colmo de dicha. Traigo en el corazón una canasta rebosante de amaranto dulce, que se va tirando para dar y llenando al mismo tiempo para recibir. Soy una brisa de verano con olor a barba de tres días sin rasurar, a espalda ancha y pestañas rubias, chinas. Soy tu ritmo acompasado, de palmas y abanicos, de taconazos y chasquidos, de cantares en verso. Soy el sonido de un rasgar de cuerdas apretado, del castañeo. La pronunciación ahorrativa de tu español andaluz, tan hermoso.

El amor que me despiertas es totalmente inédito, porque está libre de temores, de vergüenzas, de incertidumbre. Toda la iniciativa ha sido tuya, amor. No me lo creo. Y me cela un poco saberme adelantado por tus te amo, tropezados en mi orejita, endulzados con tus besos, adornados con el rubor en tu rostro apenado y ese gesto tuyo de saberte derrotado, invadido nuevamente por un sentimiento virulento y arraigado.

Siento que he perdido en la carrera de anunciarnos nuestro amor. Y no sabes cuánto me alegra y cómo me place corresponderte desde la plaza de los derrotados, desde el segundo lugar, que por segundo y abrumado, será tuyo eternamente, y quedaré rendido siempre a ese momento, a esas dos palabras que terminan de darle sentido a mi existir.

Yo sabía que te quería, mucho antes de lo que puedas imaginar. En mí se germinaba un sentimiento potente, incluso antes de conocerte. Pero me lo guardé todo al inicio, porque siempre termino revolcado, rechazado por aprehensivo, evadido por abrir la boca antes de tiempo, por dejarme ir en el río de las pasiones. Me daba pánico pensar en la facilidad que tengo de echarlo todo a perder; guardé silencio.

¿Quién se iba a imaginar lo que pasó después? Todo ha sido mágico, seductor, armonioso, sensible, romántico, para chuparse los pinches dedos, carajo… Me da un poco de pena ponerme a escribir aquí esa maravilla: quizá puedo gastarla, destruirla, como he hecho tantas veces con otras de mis realidades llevadas al papel. No, esta vez no… Aquí le paro, además, porque no sé cómo se escribe, sin que suene creído, que me declaraste tu amor con dulzura y me hiciste sentir el más chulo de todos los hombres… Qué patán… Lo escribí de todas formas…

Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Lo sé, es simple y claro. Y me hace ilusión pensar en ese presente continuo, transformado en vida hecha, en una foto donde algún paisaje de Monte Albán nos cobije las espaldas, donde nuestros rostros, un tanto quemados por el sol, transmitan la satisfacción de haber comido mole, bebido un buen mezcal y habernos jodido la cadera a puros ejercicios amorosos.

Mi corazón se acelera de pensar en que puedo enamorarte, no sólo de mí, sino de la música, gastronomía, el folklor, las costumbres, la magia espiritual y las tierras de mi querido país, que siempre ha sido más tuyo que mío. Me vuela la tapa de los sesos imaginarte a mi lado, del otro lado del charco, separado de esta vida primermundista que puedes no idolatrar, pero sí querer en gran medida… No me lo creo… ¡Qué afortunado soy! Pero, aunque eso me haga ilusión, en realidad no importa dónde ni cómo, sólo quiero estar contigo. Aquí, allá, qué más da.

Para finalizar estas palabras, mal acomodadas y tropezadas, que intentan informarte sobre cómo me tienes: atolondrado y feliz, escribo lo siguiente: cuando se trata de amor, cariño mío, siempre traigo a cuento alguna escena cursi de comedia americana. Y esta vez no será la excepción. Te dejo esta declaración, muy famosa, de la Roberts y Richard Gere en Novia fugitiva. Es la versión completa de la declaración que yo intenté hacerte, torpemente, alguno de los últimos días que pasé contigo.

No cierres los ojos. Esto pasa una vez en la vida y no querrás perdértelo. Así que pon atención. Te amo…
“Te garantizo que habrá épocas difíciles. Y te garantizo que en algún momento, uno de los dos, o los dos, querremos dejarlo todo. Pero también te garantizo, que si no te pido que seas mío, me arrepentiré durante el resto de mi vida, porque sé en lo más profundo de mi corazón, que eres el único para mí.”

¡Que lo sepa el mundo! Te lo digo así, alma mía, “me has convencido”.

Israel.

Raúl y yo

Un final a la carta

12 nov

Gustavo:

Aunque ya no te pienso con tanta vehemencia como lo hice en su momento, no logro evitar sentirte colado en una especie de nostalgia.

Mis amigos me preguntan cómo he despertado esta mañana: ¿sintiéndome al menos relajado?, ¿quizá enfadado y, por eso “convenientemente” lejos de necesitarte? No sé. Les noté cierta paz cuando contesté: “todo va bien, no le he llamado”.

Casi no me sale escribir sobre otra cosa. Mis dedos, más torpes y temblorosos que cuando te escribía apasionadas cartas, se dejan caer uno tras otro sobre el teclado de mi compu, como por contrato de exclusividad, para redactar aburridísimas notas, entrevistas y reportajes periodísticos.

Llevo más de un mes planeando escribir un cuento majestuoso sobre nuestra historia de amor. Apenas delineo ejes de acción, imágenes entrecortadas, aventuradas estructuras. Y allí está la idea, intratable, imposible de escribir,  esperando tomar forma, como escondiéndose de un terrible final.

Ahora que lo pienso, tal vez sea el miedo a ese terrible final la causa de mi atrofia creativa. Eso es lo malo de escribir acerca de mi cotidianeidad. Cuando en mi realidad abunda incertidumbre o incansable anhelo, desaparece lo concreto de mis ficciones, normalmente emergentes como saliva recién expulsada a causa del más estrepitoso estornudo.

Esto último es de lo más contradictorio. ¿Cómo puedo hablar de “mis ficciones” cuando escribo, continuamente, a partir de la realidad? ¡Ay, nanita! ¿Qué tal si un día ya no puedo diferenciar entre la ficción y la realidad? ¿Crear ficciones, casi siempre, con base en la experiencia, podría distorsionar (o destruir) mi sentido común? Quién sabe… Tal vez ya sucede, tal vez tú no has sido más que otra de mis invenciones literarias. Y si estoy en lo correcto, seguro no eres más que el personaje secundario en esta historia (je).

Si, mi realidad ahora está impregnada de incertidumbre y anhelo. ¡Qué terrible es el desamor! Claro, hoy esos sentimientos no son tan intensos como lo fueron ayer, están desapareciendo lentamente, pero ahí siguen, atosigándome. Chingándome el coco, oxidándome las tuercas de la mente.

Ya no sé si reír o llorar. Tal vez conociendo nuestro final (o más bien comprobándolo), podría: 1) llorar mis últimas lágrimas en tu honor y, 2) conocer el final de la historia que muero por escribir.

Por supuesto, cualquiera calificaría estas elucubraciones mías como enfermos pretextos, más o menos elaborados para volverte a ver. Cosa bastante jodida, porque esa moral me impide entender la naturaleza del problema, sin mencionar la posibilidad de borrar de una buena vez la incertidumbre y el anhelo que me obstaculizan.

Leo y releo el párrafo anterior, varias veces, antes de escribir el presente. Intento convencerme de la aparente fortaleza (¿sentimental?) con que plasmo esas ideas. Quiero estar seguro de mi figurada seguridad (todo buen neurótico me entiende). PERO (¡ja!, creí que no habría peros valiosos en esta carta), y ¿qué tal si todo esto no es más que una composición chaquetera de mi intenso amor por ti? ¿Y si no he dejado de amarte, podría entonces comprobar, así nomás, cuan desinteresado has estado de mí? No creo…

¡Ah!, qué jodida situación. No quieres verme ni para cobrarte los centavos en deuda. ¿Por qué insisto? ¿En verdad no conozco el final de nuestra historia y necesito enterarme para entonces escribir ese, “nuestro” cuento de amor, o únicamente quiero volver a verte? Será, más bien, ¿que no me satisfizo nuestro típico final de amantes inseguros? ¡¿Qué, chingao, qué?!

Si no encuentro una solución a esto, dejaré enterrada, en los proyectos inconclusos, la iniciativa de plasmar en un cuentito nuestra historia. O ¿me gustaría más inventar un final muy conveniente? A ver:

Uno se enamora del otro. Éste intuye el sentimiento y se aleja. Entran en una especie de lucha de poder. El amante insiste, el amado resiste. Cogen y cogen… mmm, qué rico. Se inhiben las habilidades comunicativas, el amante habla hasta por los codos, el amado no puede o no quiere hablar. El amante juzga y exige, el amado levanta la guardia, engrosa la distancia. El amante enferma y perece lentamente, consiente su amor, lo nutre de esperanza. El otro, dudoso, retraído, incrédulo, hostigado, prefiere mantenerse en la comodidad del desapego. El amante muere, podrido por la enfermedad, ¿por en el desamor? El amado, ahora seguro y plenamente libre, se descubre insensible ante otras muestras de afecto y, resiente finalmente la presencia del amante. Nunca dice que lo ama o lo amó, pero una acción, podría ser cualquiera, nos indica su inservible arrepentimiento y el triunfo atemporal del Amor.

¿Ese es el final que quiero? A esto me llevan tus maravillosas recomendaciones filosóficas. Se me inflaría el pecho de felicidad si yo pudiera, como lo hizo Platón, rendir culto al Amor, aunque lo hiciese a costillas de mi desilusión, atrapado por la irremediable cobardía de escribir basado en la realidad, esforzándome sobremanera para crear un final a la carta.

Israel.

Después de tu fin de semana en Puebla

12 nov

Gustavo:

He dejado de llamarte pero no cedo a la tentación de escribirte. No quiero, pero muero por enviarte mis cartas, me hierven los dedos al contacto con el teclado, al tiempo, cierro los ojos y desisto en la espera: no contestarás. No te place, no te llena, qué lastima, tus letras me fueron sumamente nutritivas, en México, hay muy pocas personas dotadas con la capacidad de escribir en español.

Vuelvo a la primera idea. He dejado de llamarte, ¡qué trabajo más horrible este de vencer el impulso! Han sido días difíciles, me agotan mentalmente, mi deseo por escucharte es tan grande… Sin embargo, han sido días menos hostigosos o pesados en comparación con aquellos en que fallecía por entablar una conversación telefónica contigo, a veces me pregunto si era un capricho.

El silencio debe componerlo todo, supongo. Aunque no sé bien qué compone, tal vez atestigua el transcurrir aletargado de mis pensamientos; con suerte, hace una bitácora de los tuyos para leerlos luego.

Tu ausencia me es útil, mantenerme ocupado en el trabajo también, pero extraño mi ilusión vertiginosa por la posibilidad de oírte, aunque sea gruñir, al otro lado de la línea. Deben ser los residuos de mi inseguridad, la basura de mi miedo, el motivo de mi obstinado dolor.

A pesar del pesar, vale la pena tanto silencio, estoy muy en paz. Gracias.

(…)

Cuando contacté contigo no me nacía hacerte mi cuate y tampoco me interesaba terminar en la cama lo antes posible, eso ha quedado claro ya.  Quería trabajar en una relación amorosa, seria, comprometida, honesta, y eso he intentado hacer desde entonces. Por supuesto, incentivo nuestra amistad (que me resulta mucho más que “incipiente”) para alcanzar, tal vez, la otra meta…

En dos momentos me has cimbrado y cambiado para siempre; no sólo modificaste mi postura frente a ti, sino también mi postura ante la vida, ante el amor… a ese grado has sido intrusivo. Y ninguna de estas dos “influencias”, si así las quieres llamar, han provocado una modificación de mi conducta para contigo, más bien me  han producido una especie de revolución espiritual…

Mi perspectiva del amor ahora se concentra en el otro, en este caso y por las cosas que vivo, se concentra en ti. Llegó un momento en que mis sentimientos, necesidades y pensamientos pasaron a segundo término, desde entonces tú estás en el primero.

Y eso ha pasado de la forma más natural, sin que vea en ello una oportunidad para enamorarte o producirte el crecimiento de un sentimiento amoroso hacia mí.

Entendí: el amor no es lo que el otro te hace sentir, sino lo que tú puedes hacer sentir al otro, sin esperar nada, absolutamente nada a cambio.

Tu sabia intrusión me llevó a pensar el amor de esta manera, e, inevitablemente, me llevó también a aplicar ese conocimiento contigo. Por eso, en la nota esa que te dejé bajo la puerta, me dije egoísta y te puse enfrente la posibilidad de expresarte conmigo como mejor te pareciera…

(…)

Cierto, así es como concibo el amor, dijiste.

Otra carta para nunca enviar

12 nov

Gustavo:

Ahora que deja de dolerme tu silencio y aprendo a callar, te siento con mayor intensidad. Ayer, como nunca, me adentré en tu mundo, ¡qué felicidad! Volvimos a hacer el amor… te percibí más entregado, escondías menos lo brillante de tu alma: tus movimientos sublimes y deliciosos me dejaron, otra vez, satisfecho, pleno. ¡Ay, papi! Degusté embriagado el temblor de tu pelvis atrabancada.

“Quiero tomar el curso completo”, me dijiste, “pero quiero entenderlo, digerirlo, disfrutarlo”. Una sonrisa me llenó el rostro, mi corazón respiró, se infló contento, le salieron ojos y extremidades, raspó -lo sé porque lo sentí latir impertinente- las capas de mi pecho para intentar atravesarme, salir, mirarte y tal vez tocarte.

Siguió intolerable toda la noche: tum-tum, tum-tum… Por eso ahora fallezco de sueño. La noche de anoche, que debía ser entera, la más hermosa por primera, juntos y exhaustos en la misma cama, no fue sino el purgatorio de mi devoción por tí.

Me sentí como la Bridget Jones en la última de sus historias: realizada, felicísima, mirándote dormir, huérfana, hostigosa, sonriente. La certeza de tus ronquidos pausados calmó mi temor porque despertaras y ordenaras categóricamente, sin abrir los ojos, por pura intuición: ¡deja de mirarme dormir con esos ojos de perro abandonado!

Y yo con tantas ganas de soltarme al tiempo oscuro, con tanto cansancio, sólo dormité. Necesito practicar mi estabilidad emocional cuando te tenga cerca, me haces cachitos los nervios. Debo irme ahora, a trabajar un rato para olvidar el peso insoportable de mis párpados. ¿Habrás llegado a tiempo a tus labores en la biblioteca? ¿Te sentirás menos resfriado?

Israel.

Sep08

Una carta para nunca enviar

12 nov

Gustavo:

Te envío un soplo de viento, una caricia tibia, un beso tronado, una mirada apagada, un movimiento lento. Siente con tus dedos mi corazón en plena reforma. Te envío mi cariño, mis oídos y mis ojos. Mi tranquilidad, la paz que tanto me hacía falta y ahora encontré gracias a ti. Nunca he cambiado para mí y quiero hacerlo a tu lado. Disfruta mi silencio, que es tuyo por siempre: dispuesto al estatismo hasta lo preciso. Te envío un chasquido, un aplauso, un grito apagado. Siente la ráfaga de aire frío que se cuela bajo tu puerta y empuja un pedazo amarillo de papel, ríe. Ríe al escuchar un chorro prófugo, reacción inequívoca de nuestros placeres, ¿o los del grifo?, ya no sé.

Tu capuchino con tequila me hizo pensar y pensar. Tu ímpetu sangrar. Me lo he traído todo, tus ojos grises, casi azules cuando el sol los ilumina (aquella corrección sobre su color: -No son azules, como tu dices, son grisáceos… es que tú no atiendes -me reclamas); tus labios secos, humectados a diario con lipstik de frambuesa; tus palabras duras, intrusivas y bondadosas.

Me lo he traído todo y todo he vomitado al llegar a casa. Me salió como lágrimas dolorosísimas, eran lágrimas esperando salir, eran lágrimas de hastío y vergüenza. De a poco me están cerrando una herida que no sabía abierta. De a poco me llenan de amor. Lo hacen mientras tallo en círculos mi cara, ayudado por un cepillo de cerdas blancas, suaves, o mientras enjuago mi espalda, cómplice de tu piel irritada.

Y así como antes se repitiera una tus frases en mi cabeza, ahora se repite esta: “hay otras formas de expresar amor”. Me la digo y se dice ella misma en mi cabeza mientras me hormiguea el cuerpo y lamento lo evasivo de tus palabras. ¿No atiendo tus palabras, en verdad no lo hago? ¿Tan egoísta soy? ¿O, será más bien que huyes, que te ocultas detrás de la razón, de tu maestría para esquivarme?

Suelo dominar el talento de identificar y procesar la información trascendente, aquella transformadora de rumbos y esclarecedora. Y, para ser honestos, muy poca de ésta sale de entre tus labios y emana vívida desde tus recuerdos, o del presente en la mayoría de los casos. Sin embargo, tan débil es mi certeza como lo es mi incertidumbre, puedo equivocarme. Y si el problema fuera mi pésima observación, de pasada ayúdame, si guardas para mí cariño, para ti entusiasmo, a observarte y entenderte mejor.

No somos iguales, ¡qué maravilla, qué peligroso, qué difícil! ¡Intentemos comprendernos! “Comprender”, sea esa nuestra palabra. “Comunicar”, esta otra nuestra misión. El fin, nuestra obsesión, nuestro hermoso y erótico juego.

Hoy sé qué me hace entristecer. Intuyo cómo dejar de hacerme sufrir. Hoy me quiero más porque te quiero más. Ya no me importan las grietas de mi abdomen o las marcas de mi rostro, sino para esculpirme para ti, por tu deseo no pronunciado de saberme independiente, infranqueable.

Me haces infinito bien, lo sé. Pero, no dejemos sea esa una forma egoísta para estar contigo; sí, no dejemos, porque yo solo no sabría cómo hacerlo. El pasado te ha dejado renuente, tanto ruido te enmudece, o eso me parece a veces. Dime algo, dime todo, suspira…

Israel.

Sep 08