- Si quieres que te respeten como lector, debes estar dispuesto a descalificar algunos de los autores más respetados: te podrán acusar de ignorante, pero nadie negará que eres exigente.
- Si no sabes cómo hablar mal de un libro, usa algunas de estas etiquetas, útiles para toda ocasión: “es muy inverosímil”, “está lleno de lugares comunes”, “los personajes parecen de cartón”, “así no habla un lavacarros”, “yo le quitaría trescientas páginas”, “si lees el primer cuento, ya leíste toda la obra”.
- Los libros de superación personal no ofrecen consejos prácticos sobre como sobrellevar el escarnio público de confesar que lees libros de superación personal.
- Si refieren una gran obra literaria, nunca confieses que no la has leído; tienes muchas opciones: 1. decir que la leíste hace muchos años; 2- mencionar que te recuerda a otro autor que sí leíste y cambiar la conversación; 3- disculparte porque tienes una cita y ya vas tarde.
- Cuando escuches que en una obra es más importante “lo que no se dice”, puedes cerrar el libro con la tranquilidad de que estás eligiendo la mejor parte.
- La expresión “estaba leyendo…” tiene su encanto cuando refieres obras menores; para clásicos como “El Quijote”, “Los miserables” o “La Divina Comedia”, la regla es decir “estaba releyendo”.
- La técnica más eficaz para exponer un libro en clase, sin leerlo, es pedirle a un lector que te lo platique y extenderte en los detalles más mínimos con comentarios propios o robados. Asegúrate de que tu asesor no haya usado la misma técnica.
- Si te has hecho una reputación de lector, sin leer un solo libro, haz ahorrado muchísimo tiempo; pero si no quieres sufrir la vergüenza de la “culta dama”, al menos invierte tres segundos para leer “El dinosaurio”.
- Entre literatos, nunca confieses que eres fan de libros, como Crepúsculo, Ghostgirl, Entrevista con el vampiro, El monje que vendió su Ferrari; no importa lo que digan en el momento, se burlarán a tus espaldas. a) Si preguntan tu opinión sobre uno de estos títulos, di que lo leíste en Sanborn´s, mientras esperabas a una amiga, y expresa enérgicamente lo contrario a tu opinión real: “es una máquina de bostezos”, “no dice nada que no supiera antes de abrirlo”, “que tonto el que compre una playera de él”.
- Si te gusta leer solapas y contraportadas, pero no el contenido de los libros; nunca podrás decirte lector, pero, no todo está perdido, puedes ser un crítico literario.
Decálogo del lector respetable
17 mayDecálogo del escritor que entiende a su público
11 may- Si quieres que te llamen “estilista” o “prestidigitador de la palabra”, debes usar términos como “inextricable”, “defenestración”, “finisecular”, al menos una vez cada dos líneas; las palabras y expresiones extranjeras, como “fake”, “verbi gratia”, “claque”, “ad hominem”, puedes reservarlas para los párrafos donde no dices nada inteligente.
- No hay nada peor que un escritor firmando autógrafos con su propia pluma, se ve arrogante y artificial. Lo mejor es mostrarte sorprendido y pedir una prestada.
- Los buenos escritores siempre hablan mal de otros escritores. Piensa en uno que envidies y lanza públicamente toda clase de injurias y sarcasmos, tanto a su manera de escribir, como a su calvicie, la marca de su pipa o al pasado de su mujer.
- Todo se vale en una historia, incluso aburrir miserablemente al lector, siempre y cuando el final sea espectacular: una explosión, un suicidio, una vuelta de tuerca asombrosa, del tipo: todo fue un sueño o los dos personajes eran el mismo.
- En las entrevistas, charlas, conferencias, menciona nombres como Baudrillard, Heidegger, Sloterdijk, para impresionar a tu público; si vives en un país europeo, convienen más nombres como Juan José Arreola o Felisberto Hernández; si vives en África, múdate a Europa o Estados Unidos.
- Las personas que se dicen escritores, pero no fuman, son más falsos que los plutócratas que se dicen socialistas.
- En las presentaciones de libros, es de muy mal gusto que el autor llegue puntual. El mejor efecto se logra cuando la gente espera y el escritor llega escoltado por sus amigos y mientras se acerca a la mesa saluda, asiente, sonríe.
- Si vendes pocos libros, habla mal de los que venden muchos; si vendes muchos, ironiza sobre los que venden pocos; si no has publicado, di que escribes para ti.
- El problema de tener sexo con las groupies es que te admiran demasiado, se lo contarán a todos. Si no tienes algo honroso que ofrecer, es preferible la abstención.
- No hay nada más árido que un libro sin epígrafes. Procura incluir citas de autores muy respetados o poco conocidos, siempre en su lenguaje original, sin importar si lo entiendes o no. Recuerda: la literatura se trata de que el lector se crea más tonto que tú.
¿Por qué el lector prefiere el yo y no el ellos?
9 mayEntre las diversas problemáticas que enfrenta hoy la novela, una que despierta más mi interés, será porque me identifico con ella, va sobre la autoficción, neologismo proveniente del término en inglés: faction. Autobiografía bajo sospecha, en palabras de Enrique Vila-Matas, quien además la define como la narración de la vida transformada en novela, al cruzar la frontera hacia los dominios de la fabulación.
Desde hace por lo menos cuatro años, escucho decir a escritores e intelectuales (mayoritariamente latinoamericanos) que escribir sobre uno mismo es cosa de principiantes, de ególatras sin remedio, incluso de frívolos y egoístas. Junto con pegado, como decimos en mi tierra, le viene el tema de la escritura sobre uno mismo en primera persona. “Los escritores serios, sobre todo los que han alcanzado cierta edad (cincuenta o sesenta años), dejan de escribir en primera persona”, me ha tocado escuchar en clases y conferencias.
Entonces, al representar autoridades de mi proceso formativo, suponía ciertas e invariables sus reflexiones. Sin demasiadas trabas, llegué a pensar que carecían de seriedad los escritores empeñados en escribir en tercera y nunca bajo sospecha de utilizar material autobiográfico. También suponía se trataba de una tendencia de la época y hasta me propuse escribir únicamente en tercera persona durante un tiempo.
Hoy, todavía en un proceso formativo pero ya con menos ingenuidad, me planto frente a esas palabras (ante esas autoridades que una vez me dijeron: no al yo) para defender la autoficción escrita en primera persona, a pesar de que hoy nadie se desgreña por enterrar este tipo de escritura (o tacharla de poco seria), sino todo lo contrario (por lo menos de este lado del Atlántico).
Para dejar más claro qué es la autoficción, parafraseo y cito a W. Manrique Sabogal y otros autores, a su vez citados por él, en “El Yo asalta la literatura”, publicado el 13 de septiembre del 2008 en Babelia, artículo del cual parto para desarrollar las líneas a continuación ordenadas.
La autoficción es, pues, un cuadro donde las experiencias del autor y lo inventado se funden desde la verdad del escritor. Herramienta literaria con la que el autor filtra episodios de su vida y los convierte en su obra. El escritor es seducido por ese yo donde el autor se desdobla con su propio nombre o con uno prestado, o sus experiencias son reconocibles, sea como protagonista o como mero espectador. Es un territorio donde se juega de manera consciente, pública y desinhibida a trastocar la realidad de sus autores. A potenciar la intriga en el lector sobre si el escritor vivió o no los hechos contados.
Desde que me convertí en lector reconozco una constante, más o menos inevitable, a la hora de enfrentarme, sobre todo, a la narrativa en forma de novela:
Cuando me acerco a una, en mayor o menor medida, siempre me pregunto si determinado capítulo o cierta escena podrían estar inspiradas en la vida misma del autor; en qué grado podrían representar un dato “real” para dar identidad y cara a quien escribe.
Al final de cuentas, la duda sobre la “veracidad” de los hechos narrados pretendía más acercarme a la personalidad y vida del autor, y menos hacerme entender la historia contada (estas siempre suelen ser lo suficientemente verosímiles y congruentes para entenderse). Por otra parte, ahora atino, el surgimiento de esta duda no puede ser sino consecuencia de enfrentarse a una mentira bien hecha, es decir, a una novela en toda regla, pues si algo debe hacer una novela, es hacerme creer que lo narrado, al menos en el universo mismo de la ficción, es real.
Y los lectores nos preguntamos esas cosas porque nos gusta vernos reflejados en las vidas de otros. Nos gusta así pensar que otros comparten nuestras demencias, pasiones, consuelos y alegrías. Nos sentimos, a veces, menos solos. He aquí una de las razones que apunto primero, en respuesta a la pregunta que da título a este ensayo. Al lector le gusta que le cuenten cosas de una forma directa, intensa, sin desperdicio de tiempo y con todos los elementos necesarios para entender la historia contada y además, presentar a quien la cuenta. Al lector, hoy y siempre, le gusta verse reflejado en lo libros.
Pero, ¿cuáles otras pueden ser las razones por las que el lector prefiere el yo y no el ellos? “La presencia fuerte de la primera persona es una manera de escribir más acorde con estos tiempos: la sociedad urbana contemporánea ha fragmentado de tal modo su identidad que no somos más que trozos de desechos de naturaleza que necesita reconocerse en un relato de su tiempo”, apunta Andrés Trapiello. “Al ser las luchas que la sociedad contemporánea nos reserva, casi en exclusiva individuales, la novela de hoy es normal que se centre en el individuo”, completa Marcos Giralt Torrente.
Sean estas, quizá, las razones de más peso. Vivimos en una época en la que las luchas han dejado de tomar un porte predominantemente social. Esto no significa, por supuesto, que en nuestros tiempos ya no se pueda hablar de sociedades en lucha. Sin embargo, en cuanto a novela se refiere (y diría inclusive narrativa en un sentido todavía más amplio), son las luchas individuales, los conflictos del yo, los que a su manera, representan los conflictos sociales, siempre desde el punto de vista subjetivo que una sola voz es capaz de exponer. Hoy, las grandes urbes de donde nace el grueso de novelas en el mundo, carece de luchas o conflictos en masa. Lo que abundan son los problemas del yo.
Con los años he escuchado que el yo en narrativa ya está pasado de moda y puede llegar a ser, incluso, aburrido. Hablamos de una forma de escritura que tuvo su auge y apogeo durante prácticamente toda la mitad del siglo XX y extendió su poder hasta la primera década del siglo XXI.
Me resulta curioso, antes como lector que como creador, darme cuenta de cuan poco me importa enfrentarme a una historia escrita en primera o en tercera persona. Lo que siempre me ha interesado como lector es que las historias me digan algo mientras me hacen sentir emociones.
Como lector puedo dejar que los escritores y críticos no se pongan de acuerdo sobre si se debe o no seguir usando la primera persona para narrar. Pero no me pasa igual como creador. Nunca he tenido pretensiones muy elevadas. No busco hacer historia ni inventar vanguardias. Me basta apenas el ejercicio lúdico de la escritura, siempre con la intención de comunicar y sin dejar de considerar al lector para quien escribo. No escribo para que me quieran: ni los críticos ni los lectores, mucho menos otros escritores. Escribo para entenderme a mí mismo y comunicar a la vez. Para debatir. ¿Qué importa si escribo o no en primera persona? ¿Por qué habría de restarle seriedad a mi literatura, esa o cualquier otra forma de escritura?
A mi parecer, desde siempre el escritor ha escondido en sus textos parte de su vida. Ya sea la idealizada o la verídica. La autoficción, quizá, puede ser una manera de volver a esconder, bajo el velo de la ficción un montón de anécdotas reales que el escritor no puede evitar convertir en literatura, anécdotas que jamás se atrevería a publicar de otra forma, pero no puede ignorar pues las considera asuntos dignos de narrar en tanto comunican algo.
Aunque hoy se hable de la autoficción como algo novedoso, no me lo parece en absoluto. Ya lo dijo Vila-Matas, se trata de la autobiografía bajo sospecha. Lo valioso de esta forma de escritura, a mi parecer, es la capacidad que tiene para balancear la ficción con la realidad. O regresarle a la ficción el peso e importancia que ha perdido frente a la realidad después de más de cincuenta años de novelas realistas que muchas veces beatifican los “hechos reales o verdaderos”.
La autoficción dignifica la ficción y nos recuerda que el lector siempre sufrirá la intriga sobre si el autor vivió o no lo narrado. Es como una especie de vuelta a la tradición, frente al auge del realismo en el siglo XX.
“Hablar de uno mismo es dividirse en dos, uno que narra al otro: somos y no somos nosotros. Son dos yoes que no han convivido ni en el tiempo ni en el espacio. Escribir la propia autobiografía es siempre una verdad a medias; una ficción.”, dice Manrique Sabogal.
Hasta ahora se han enlistado suficientes buenas razones que nos llevan a entender por qué hoy el lector prefiere el yo y no el ellos. Pero traigo a cuenta una más, de Jordi Gracia, pues aporta un argumento muy significativo: “La moral católica del secreto y el disimulo, quizá ha dejado de pesar tanto. Lo que antes era exhibicionismo o descaro de mal gusto, ahora es verdad y valor para contar, con independencia de la opinión ajena: secuelas felices de una libertad ética más honda y responsable de sí misma.”
He aquí la raíz de la incapacidad del autor de compartir públicamente las anécdotas que, si no son presentadas como ficción, no serían presentadas nunca. Se escribe desde el yo como consecuencia de una libertad ética, profunda y responsable de sí misma. La autoficción implica una ruptura frente a la moral católica impuesta, pero aun en esa libertad es difícil combatir una raigambre cultural de tan enormes proporciones. Así el escritor se despatarra y cuenta desde una aparente “libertad”, para luego acomodarse en el confort de la ficción, pero esta vez lo hace con una postura inteligente: busca dignificar la ficción frente a la realidad y así mata dos pájaros de un tiro: reclama la vuelta de la ficción, sin despreciar el realismo; retoma la tradición sin dejar de lado las posibilidades estéticas contemporáneas.
Y agrego: quizá la autoficción hoy en día, a diferencia de las novelas de corte realista que, sobre todo durante la última década se convirtieron “en una forma honesta, civilizada e instructiva de entretenimiento” y que llevó a los lectores a ser sólo consumidores de novela, dijera Eduardo Mendoza en “Funerales de la novela” (clubcultura.com, 1998), sí ofrece, más allá de entretenimiento, una representación de la realidad, no con el imperativo o responsabilidad de formalizarla para entenderla, como lo hacía la novela decimonónica, sino de proponer una interpretación subjetiva de la misma, con una perspectiva lúdica, ética y moralmente comprometida únicamente consigo misma. Al mismo tiempo, la autoficción se manifiesta frente a los modos vigentes de contar “la verdad” impuestos por el mercado editorial, y nos recuerda el valor de la ficción, que ha perdido peso frente a la implosión mediática que prioriza “la verdad”.
“En el secreto del cosquilleo por la certidumbre, está una de las razones que empuja a la gente a leer estos libros.”, apuesta Manrique Sabogal y yo apuesto con él, pues, si tuviera que reducir a una la razón por la que los lectores prefieren el yo ante el ellos, utilizaría ésta. A los lectores nos gusta pensar que la experiencia leída pudo haber sido la nuestra.
La autoficción emerge como el ejercicio de quitarse la máscara, una apuesta arriesgada que busca la verdad escrita sobre un sujeto que comunica un mensaje, pero sobre todo algo que tendrá que ver consigo mismo y con sus emociones, algo que le dará rostro definido fuera de todo anonimato, más allá del strip-tease.
Lo significativo, la aportación más importante de la autofición, apunta Jordi Gracia, con quien estoy de acuerdo, es “la ruptura del pudor que antes hizo que el novelista protegiese su identidad detrás de un narrador con atribución de nombre y rasgos ajenos a él mismo y hoy en cambio, el juego consiste en lo contrario: la aproximación del narrador y protagonista a los rasgos del autor fáctico, aunque esa identidad sea móvil o difusa.”
Los motivos de cada autor para entrar en la autoficción son diferentes. El escritor Juan Cruz apunta la siguiente: “Mientras escribo, voy entendiendo. No escribo de mí mismo sino de uno a quien desconozco totalmente. Y cuanto más sé de él más insólito me parece lo que veo de él en el espejo.”
Esta forma de escritura, debo decirlo, se parece mucho a la mía. Siempre he tirado de mi realidad circúndate para escribir ficción. El motivo expuesto por Cruz me permite identificarme plenamente con la autoficción: escribo sobre un yo que desconozco totalmente, y en la medida en que más sé de él, más encuentro coincidencias conmigo cuando lo veo en el espejo. Por eso hoy el lector prefiere el yo y no el ellos, porque en el yo puede verse, como se ve a sí mismo el autor.
Sin embargo, termino este breve ensayo recogiendo una idea en la que coinciden escritores como Marías, Marsé y Muñoz Molina: “Lo importante es la realidad que transmita el libro y su valor literario que es lo que quedará, al margen de si lo narrado ocurrió o no.” ¿Qué más da si lo narrado está escrito en primera, segunda o tercera persona? ¿Qué importa si es verídico o totalmente imaginado? Lo que importa es qué dice o comunica el libro. A mi parecer, allí radica y ha radicado siempre el valor literario, en justo equilibrio con una forma propositiva. Es decir, el equilibrio tan deseado entre forma y fondo.
Sevilla, 9 de mayo, 2011
Cómo cogerse a un escritor mexicano joven
29 marCógete a un escritor joven mexicano. Puedes encontrarlo en cualquier cantina de la Roma, del Centro o la Condesa. Elígelo entre los que rondan los treinta años. Lo menores de eso son tan pobres que no te podrán invitar ni un trago. Pero evita a los mayores de cuarenta. A esos ya no se les para tan seguido. Demasiado alcohol. Demasiada cocaína. Dicen que alguna vez estuvo de moda entre ellos. Evita el melodrama de los que están casados. Que tu escritor no sea ni muy sucio ni muy limpio. Fíjate que se haya esmerado lo suficiente en ese look despeinado o en los indicados lentes de pasta. Si es pobre, que no pretenda ser chico condechi, haber estudiado en el Colegio Alemán y en la Ibero y hablar tres idiomas. Si es rico, por favor que no vista de huipil y suela de llanta, ni diga pertenecer a la APPO y que los fines de semana trabaja en una editorial de Oaxaca. Los clasemedieros son los que mejor cogen, pero tienen la pésima costumbre de no usar condón y dejar mojada la tapa del baño. Sea cual sea tu elección, no te quedes mucho cerca con los que para describir a otro escritor usan la palabras fresa o naco. Lo más seguro es que sea un escritor fresa pretendiendo ser un naco. Que no sea ni muy festivo ni muy azotado. Que no haya sido Joven Creador del FONCA, becario de la Fundación para las Letras Mexicanas o del Centro Mexicano de Escritores. Eso, en al menos dos sentidos, lo habrá castrado. Evita a los que son hijos de políticos o diplomáticos. Nadie quiere amanecer muerto o encajuelado.

Octavio Paz, joven
Procura que sea de temperamento melancólico pero que sepa atizar las ascuas del sarcasmo. Que le de un aire a Salvador Elizondo o a Juan García Ponce cuando eran jóvenes. Pero jamás a Octavio Paz ni a Carlos Fuentes. En esos casos huye como si el diablo te persiguiera. Si es feo como Monsiváis o Ibargüengoitia, acéptalo sólo si te hace reír de vez en cuando. Pero, eso sí, que invariablemente nunca le falten chismes de sus coetáneos. Sobre todo los sexuales. Considérate entonces de suerte si tu escritor es guapo. La mayoría escribe porque son feos como el escroto de un perro. Sobre todo los críticos literarios. A esos les gusta quedarse en casa a masturbarse con dildos réplica del pene de Walter Benjamin. De los poetas ni hablamos. Desconfía de tu escritor, sin embargo, cuando al tercer o cuarto trago le aflore la falsa modestia. Dirá que aún no ha publicado porque todavía no es el tiempo. Que incluso no le importaría morir inédito. Que no le interesan las modas literarias. Que devora a los clásicos. Que todo lo que se publica en México actualmente es una mierda. Citará mucho a Barthes y hablará de crear un lenguaje dentro del propio lenguaje. Que lleva cinco años escribiendo una novela de cincuenta cuartillas que no cuenta nada. Te hablará de Sebald y Levrero, la memoria y el discurso vacío. Que su novela inédita no es novela pero que aniquilará a la novela como género. Desdeñará por sistema a los escritores del norte aunque sea incapaz de señalar Tijuana o Monterrey en un mapa. Desdeñará a los escritores del sur, aunque lo más al sur que conozca sea Puebla o Xochimilco. Desdeñará a los escritores de la mesa de al lado. Y a los de la barra. Y a los que acaban de ir al baño. Se cagará en los que hayan ganado becas y premios literarios o publicado en el extranjero. Así que, por favor, cuando llegue ese momento de la noche, nunca, por ninguna razón, pierdas de vista que a fin de cuentas sólo lo quieres para cogértelo. Tampoco es para tanto. Pon la mente en blanco. Cuenta en reversa desde mil. Tararea en tu mente una canción que oíste en la radio. Pasado ese desagradable momento en que tu escritor hablará de literatura pero, sobre todo, de sí mismo, felicidades, estarás del otro lado. Recuerda todo el tiempo que aunque él insista en invitarte, no trae ni un clavo en los bolsillos. Paga sólo tus tragos. No eres beneficencia pública. De mantener a los escritores ya se encarga CONACULTA y el Estado. Cuando al final quiera llevarte a su departamento es fundamental que no pierdas de vista sus zapatos. Si son Ferragamo, trabaja o escribe en Letras Libres. Te cogerá en posición de misionero y en cinco minutos tendrás que fingir un orgasmo. Si son Flexi, es probable que sólo sea periodista y publique en Replicante o la Jornada. Te cogerá toda la noche pero querrá a quedarse a vivir en tu casa al siguiente día sin pagar un peso de renta. Si son unos Converse estratégicamente desgastados será un hispter que trabaja para una revista de arte contemporáneo que paradójicamente tiene en sus páginas más publicidad que arte. Se considerará demasiado cool para tener sexo contigo. Si son Nike o Adidas olvídalo. Tu escritor es virgen. Sólo lee comics, vive con su madre y no tiene trabajo. En fin. Estás a tiempo de dejar esas fantasías de cogerse a un escritor e ir pensando en los pintores. O en los políticos. O ingenieros en sistemas. O arquitectos.
¿Quién y cómo se decide lo que se debe leer en España?
13 marEn la recta final de mi clase de Literatura y Medios en el Máster Universitario de Escritura Creativa en la Universidad de Sevilla, a partir del acercamiento a los dos más importantes y serios suplementos culturales publicados en España (ABC Cultural y Babelia) y, con la intención de hacer un reconocimiento general sobre su constitución, así como de realizar una lectura crítica, me di a la tarea de analizarlos e investigarlos para responder algunas preguntas por demás interesantes: ¿quién decide lo que se debería leer en España?, ¿cuáles son los criterios de selección?, ¿quiénes hacen las críticas literarias? ¿Cómo es la crítica que se hace en estos medios? ¿Cuál es el propósito de estos suplementos? ¿A quienes va dirigido? ¿Cuántos libros reseñan semanalmente? ¿Cuál es la oferta editorial y cuál la oferta de autores?
Todas las respuestas que aquí me aventuro a componer, habrán de considerarse parcialmente objetivas y subjetivas, en tanto alcanzan configuración a partir del estudio de sólo un número de cada publicación (el correspondiente al día sábado 12 de febrero del 2011) y debido a que no utilizo una metodología rigurosa o formal de análisis discursivo. ¿Y cómo hago, entonces? Simple: leo, relaciono ideas, corroboro datos e interpreto.
Vamos allá, sin más rodeos. ¿Cómo es la crítica que se hace; predomina el contenido o la estética de las obras reseñadas? En general, ambos suplementos hacen comentarios positivos. Tienen, no todas las reseñas, pero sí la mayoría, un tono descriptivo que resalta de forma equilibrada las mejores cualidades estéticas y de contenido. En ningún caso encontré crítica negativa.
Hago dos observaciones halladas en Babelia donde apenas se coquetea con la crítica constructiva: una realizada por Fernando Iwasaki, titulada “La andadura del español por el mundo”, sobre el libro homónimo de Humberto López Morales, donde comenta un detalle negativo sobre el diseño del libro, que impide hacer una lectura más elocuente; y otra realizada por Cecilia Dreymüller, titulada “Pensamientos poéticos”, sobre el libro homónimo del finado Martin Heidegger, donde califica de tontorrones, algunos poemas que el filósofo, enamorado, dedica a su esposa.
Destaco: en ABC Cultural, los reseñistas utilizan un sistema de calificación en la escala del 1 al 5, mediante estrellas. Aunque todas sus reseñas son positivas, las puntuaciones valoran cada obra de manera distinta. Por supuesto, ninguna reseña califica con menos de 3 estrellas. Este sistema no es empleado en Babelia.
¿Quiénes están haciendo las críticas literarias? En el caso de ABC Cultural, 7 de los 15 reseñistas-críticos son profesores o catedráticos en diversas universidades españolas de prestigio. El resto se desenvuelve en el mundo del periodismo, la creación literaria e, incluso, la burocracia. Babelia, por otra parte, expone las firmas de profesionales de la creación literaria que colaboran, en mayor o menor medida, en otros medios de comunicación sin ser periodistas o comunicadores, así como en el mundo de la edición. Esto me lleva a establecer una primera conclusión sobre cuál es el lector que estos medios buscan. En ambos casos, indiscutiblemente, se trata de consumidores habituales de literatura que desean orientar sus criterios sobre qué leer. ABC Cultural, por una parte, busca, quizá, dirigirse a un lector más exigente, más clásico y especializado (lo digo por aquello de recurrir a profesores universitarios y catedráticos como reseñistas). Babelia, en cambio, busca acercarse igualmente a un lector severo, pero no tan preocupado por el canon como por la novedad, desde la perspectiva de la creación y con un enfoque predominantemente informativo.
¿Quién, entonces, decide lo que se debe leer en España? Veamos. Si las críticas tienen un carácter predominantemente positivo, no existe prácticamente ningún caso de crítica negativa, y quienes las elaboran son gente que sabe leer, es decir, personas capacitadas, educadas e incluso especializadas en literatura y creación, aparece obvio el medio como responsable de elegir los libros y autores que se reseñarán. Son, Babelia y ABC Cultural, a través de sus respectivas direcciones, quienes determinan el llamado mainstream literario español. Pero, ¿bajo qué criterios de selección? ¿Cómo escogen? Y, ¿por qué es el medio y no el crítico quien selecciona?
Permitamos que los datos hablen por sí mismos con la esperanza de que arrojen respuestas. Entre menciones, anuncios publicitarios y reseñas, ABC Cultural expone 18 libros y autores. Babelia, por otro lado, únicamente 9. Es importante decir: los números analizados de estas publicaciones coinciden con la antesala de la Feria de Arte Contemporáneo que en Madrid celebrará su 30 aniversario, razón de peso que resta espacio a la sección “Libros” en ambos suplementos, marcándose más en el caso de Babelia que dedica, de menos, el 45% de sus páginas a dicho evento.
El total de libros y reseñados se encuentran respaldados por los siguientes sellos editoriales; en ABC Cultural: Península, Lumen, Páginas de Espuma, Mondadori, Hiperión, Reino de Cordelia, Edaf, Anagrama, Pre-textos, Sinsentido, Espasa, Periférica, Cátedra, y Tusquets; y en Babelia: Periférica, Roca Editorial, Vaso Roso Ediciones, Calambur, Herder, Taurus, RBA, Anagrama y Tusquets. Todos ellos son fuertes representantes de la industria editorial española, por no decir en lengua castellana para considerar también su distribución y echura en toda América Latina. Son pues, editoriales fuertes, altamente reconocibles, grandes inversoras en auto-publicidad y difusión. Y, dato curioso, la mayoría de estas editoriales se encuentran ubicadas en las grandes ciudades de la península ibérica, entre las que destacan Madrid y Barcelona. En ningún caso, alguno de los suplementos reseña un libro editado por un sello menor, independiente, alternativo o emergente.
Los autores reseñados son, en Babelia: Gordon Lish, Craig Russell, Charles Simic, Javier Lostalé, M. Heidegger, Humberto López Morales, Manuel de Lope, Roberto Bolaño y H. Murakami. Y en ABC Cultural: Carlo Ginzburg, Juan Marsé, Eduardo Berti, James Ellroy, Pedro A. González Moreno, John Reats, Manuel Lucena Giraldo, Roberto Bolaño, Michel Houellebecq, Jaan Améry, Amilio Lamo de Espinosa, Cruz Morcillo, Pablo Muñoz, Lolita Bosch, Pablo Pérez Rubio y H. Murakami.
Se hace obvia la repetida presencia de Murakami y Bolaño en los dos suplementos. Quizá, aquí, valga la pena traer a colación el artículo de opinión “Pequeño misterio”, de Andrés Ibáñez, donde se pone de manifiesto la capacidad que los japoneses tienen de escribir bien (y propone su arraigada costumbre de contemplar la naturaleza y su tendencia milenaria al minimalismo, como las causas). Exagerando a Ibáñez, los japoneses deben leerse. Se lo han dicho los años, mediante su experiencia como profesor de idiomas y escritura de alumnos extranjeros. De paso, traigo a cuento, también: no hace ni dos semanas, ABC Cultural dedicó la portada del suplemento a Bolaño y habló de él en sus páginas como un ícono de la cultura pop (habrá de estarse retorciendo Bolaño en su tumba).
Resalta, pues, la cantidad de autores extranjeros a los que estos medios brindan espacio y reconocimiento, frente a los nacionales.
Reflexionemos. Si los suplementos buscan orientar al lector sobre qué novedades leer, básicamente lo que hacen es sugerir qué libros deben comprar. Los suplementos funcionan como una especie de escaparates de compra asistida y especializada que sugieren y definen la oferta cultural literaria del país.
No se debe perder de vista la finalidad comercial de todos los participantes del campo. Hablamos de industria editorial: autores-marca, editoriales-marca, periódicos-marca. El libro, en sí mismo, es un producto. Un bien de consumo.
Entonces, si son los medios los que eligen qué libros se reseñarán, son por tanto los que realmente elaboran una crítica ante el producto. No los académicos especializados y profesionales de la literatura que, por encargo, se dedican a resaltar las cualidades positivas de los productos ya elegidos.
Y si todo esto son primero negocios y luego cultura, es lógico pensar que ambos suplementos, a través de los departamentos de publicidad y ventas, reserven espacio en sus páginas para títulos y autores de las editoriales que compren anuncios publicitarios. Tan sencillo como: tú compras una página de publicidad, yo te reseño dos libros. Porque, curiosa la cosa, son las mismas editoriales anunciadas a las que pertenecen los libros reseñados. Es difícil mostrar esto tan sólo con un número analizado de cada suplemento. Pero basta revisar cinco números seguidos para corroborarlo. El más fuerte indicio, ya de menos, en cuanto al análisis aquí expuesto, se encuentra entre las apariciones de Murakami y el artículo de Andrés Ibáñez.
Así, la responsabilidad de la selección ya no recae únicamente en el medio, sino en la editorial y, particularmente, en los editores, quienes, sin lugar a dudas, son los verdaderos críticos literarios de España. Y, ¿en qué obras y mediante qué parámetros, un editor elige las obras que compondrán sus catálogos? ¡Fácil! Eligen lo que tiene más posibilidades de venta, según dictan las leyes de la oferta y la demanda.
La industria editorial española se traduce, podríamos decir en el más terrorista de los tonos, en un círculo vicioso, en una mafia de relaciones sociales y mercantiles que se alimenta así misma y de sí misma. Caníbal. Oferta a sus autores, sus libros, sus editores y editoriales. Y, rara vez, abre sus estrechas piernas para dar entrada a un integrante nuevo, pero no tanto por interés de frescura o innovación, como de sobrevivencia. La mayoría de las personas que conforman el mainstrem español tienen más de 40 años de edad. Si un círculo así se cerrara eternamente, más temprano que tarde fallecería.
Y para no acabar estas líneas de conclusiones prontas con ese tono castigador que demoniza a la industria, pongo de relieve la siguiente y ultima cuestión. Si es la lógica del mercado, la ley de la oferta y la demanda, la que establece los criterios de selección de la oferta literaria en España, habrá de considerarse que, aunque en gran medida es también controlada por el mercado, una buena parte la controla el consumidor, el lector, quien finalmente decide lo que le gusta y lo que no.
Es muy más fácil culpar al mercado, a la industria, que asumir cualquier cantidad de responsabilidad, por mínima que sea, sobre quién decide lo que se debe o no leer en un país. Las preguntas que esto me lleva a plantear, ya para cerrar este ensayo, arrastrado por una preocupación honesta son: ¿dónde queda el libro como objeto de conocimiento si se le define actualmente como bien de consumo? En ese sentido, ¿tiene la literatura actual un escaso o nulo valor cultural frente al abrumador, efímero y frívolo objetivo del entretenimiento?
Decálogo del cuentista hechicero, Fernando Ampuero
4 feb1. Los cuentos empiezan siempre con un sobresalto, gracias a algo (o alguien) que me deslumbra repentinamente, ya sea en medio de una charla de amigos o mientras conduzco el auto, solo y en silencio. Allí, en ese trance, si logro pescar bien la idea, veo generalmente todo: el principio, la anécdota, los personajes, la tensión dramática, lo dicho y lo no dicho, y, sobre todo, el final. Yo suelo completar en mi imaginación los detalles del cuento, repensándolos por varios días, y después, tan pronto sé lo que voy a contar, busco una tarde tranquila y me pongo a escribir.
2. No soy pues de los que escriben a ciegas. Del escenario, quiero saber cómo huele cada rincón; de la anécdota, intuir los lazos invisibles; de los personajes, revelar algo más que el aspecto físico, la conducta y los pensamientos: necesito más bien calar en cada personaje, meterme debajo de su piel, observar el mundo con sus ojos.
3. Escribir exige asumir riesgos. Un buen escritor conoce sus límites e intenta desbordarlos. El peligro está en no correr riesgos.
4. No me basta escribir correctamente. Las bibliotecas del mundo están repletas de libros «bien escritos». Necesito añadir algo más. Todo escritor tiene que descubrir en qué consiste ese añadido.
5. Huyo de los lugares comunes. (Aunque decir esto sea ya un lugar común).
6. Tomo aquí prestada una máxima de Julio Ramón Ribeyro, quien alguna vez me dijo: «Escribe las historias verdaderas o de fondo biográfico de tal manera que, cuando las lean, los lectores digan: Esto es ficción. Y, asimismo, escribe las historias ficticias de tal manera que, cuando las lean, todos digan: Esto le debe haber ocurrido al autor. Ha de ser verdadero».
7. Otra regla prestada, que tomo de Joseph Conrad y en la que éste compara el trabajo literario con las faenas del hombre de mar, su oficio de juventud: «El honor de un escritor estriba en cuidar las frases como la tripulación de un barco baldea y cuida la cubierta, sin esperar mayor recompensa que el respeto silencioso de sus iguales».
8. Nunca olvido que el primer decálogo de la Historia lo escribió Moisés. Los Diez Mandamientos, considerados útiles reglas morales para vivir en sociedad, tienen un excelente uso literario. El escritor, al contar sus historias, debería hacer que sus personajes violen constantemente estos mandamientos, en conjunto o por partes. Mientras alguien robe, mate, mienta, fornique, blasfeme o desee a la mujer del prójimo tendremos un conflicto y en consecuencia una historia que contar. Por el contrario, si sus personajes se portan bien, no sucederá nada: todo será aburridísimo.
9. Adopto como míos los bríos de la princesa Sherezade, esa fascinante narradora de Las mil y una noches. Vale decir, cuido el ritmo narrativo y disemino veladamente esos anzuelos o datos escondidos que generan intriga y curiosidad por el relato. Gracias a que Sherazade fue astuta y entretenida, evitó que le cortaran la cabeza.
10. Recuerdo siempre que mi deber es emocionar al lector con una mentira que él leerá a sabiendas. Debo dar respaldo a esa confianza.
11. Los decálogos literarios no son los rieles de un tren, sino a lo sumo las nerviosas agujas de una brújula. La buena literatura es un milagro.
12. Escribo a diario. Y corrijo a diario. «Con resaca o sin resaca», tal como confesaba Hemingway acerca de este oficio de hechiceros.
De Paren el mundo que acá me bajo, su primer libro de cuentos aparecido en 1972, a la novela Hasta que me orinen los perros, editada en España por Salto de Página en 2008, Fernando Ampuero mantiene las credenciales de escritor agudo, inquietante, por momentos descreído y dotado de un alto sentido de la observación de los detalles como herramienta literaria que lo convierten hoy en un autor latinoamericano de primera línea.
Lector agradecido de autores tan dispares como Salinger, Borges, Fiztgerald, Conrad o Hammett, cinéfilo compulsivo y memorioso, y alguna vez viajero impenitente —ha vivido en las Islas Galápagos, en la selva de Brasil y en Budapest, antes de volver a afincarse en su Lima natal—, Ampuero es ante todo narrador de cuentos y novelas, aunque también poeta y autor teatral. Además, en su país es uno de los periodistas más reconocidos e influyentes, director de revistas y programas de televisión, y autor de crónicas deliciosas como aquella en la que cuenta cuando fue a entrevistar a Emilio El Indio Fernández a su mansión en México y este lo apuntó con su pistola creyendo que Ampuero le había robado su reloj.
En España se pueden conseguir sus dos últimas novelas, Puta linda y la mencionada Hasta que…, ambas en Salto de Página, y también —sobre todo en librerías de viejo— sus Cuentos escogidos, publicados hace unos años por Alfaguara, la novela Caramelo verde, en Seix Barral, y la reedición para coleccionistas de Paren el mundo… que Estruendo Mudo lanzó en 2007. Para los interesados, otros libros de cuentos de Ampuero son Deliremos juntos, Malos modales, Bicho raro y Mujeres difíciles, hombres benditos.
Fuente: Eñe
Decálogo del concursante consuetudinario (y probablemente ultramarino), Fernando Iwasaki
24 sepI
Los cuentos que envíes a los concursos nunca serán importantes para la historia de la literatura. En realidad, ni siquiera para la literatura.
II
Firma siempre con seudónimos femeninos, pero que sean sugerentes. Jamás explícitos. El recato atrae más.
III
Escribe un cuento que sea como una <<célula madre>> literaria que puedas clonar para cada concurso. No te preocupes. Los clones siempre salen mejores que el original.
IV
Describe escenas pastoriles cuando el premio lo convoque una gran ciudad (cabras triscando aspidistras por Barcelona, amapolas en la Castellana madrileña o lecherías en el centro de Valencia), pero crea una atmósfera cosmopolita cuando el concurso sea de pueblo (el Down Town de Higuera de la Sierra, los vernisages de Manzaneda de Omaña o el delicioso Dry Martini de los pubs de Guarromán).
V
Los templarios no funciona en los cuentos. Solamente en las novelas. No te confundas de premio.
VI
Si tus personajes van a estar divorciados, procura que el divorcio se haya producido antes de que comience el cuento. La gente ya lo está pasando muy mal para que encima tú sólo escribas sobre problemas. Además, cuatro de cada cinco miembros de jurados literarios están divorciados o les falta poco.
VII
La identidad nacional es muy importante. Pero no la tuya, sino la del municipio, el ateneo o la caja de ahorros que convoca el premio. En caso de duda, escribe sobre Nueva York. Nunca falla.
VIII
No trates de impresionar a nadie, pues todos los jurados han leído a Joyce, Mann, Faulkner, Proust y Nabokov. Últimamente están leyendo también a Paul Auster. No obstante, si quieres parecerles un marciano, cita a Jardiel, Conqueiro, Camba y Wenceslao. En una de esas, cuela.
IX
Aunque es cierto que la finalidad de la literatura no es decir la verdad sino narrar algo verosímil, la vida cotidiana está colmada de numerosos sucesos inverosímiles sobre los que nadie quiere escribir para no parecer oligofrénico. No permitas que la coherencia de la ficción te impida narrar la esperpéntica realidad.
X
A la hora de concursar recuerda siempre las palabras del viejo Groucho: <<Los grandes éxitos los obtienen los libros de cocina, los volúmenes de teología, los manuales de “cómo hacer…” y los refritos de la Guerra Civil>>.
Decálogo zombi (ritual)
25 eneEscribo esto de noche, mientras se abre la tumba de Horacio Quiroga y su cuerpo glorioso, de aspecto saludabilísimo, sale resplandeciente a conversar con los que lo rodean.
Ellos no se ven tan bien –de hecho son zombis, animados pero claramente a medio pudrirse– porque son los autores que han seguido los pasos del ritual de Quiroga y han dado, tras él, sus listas de diez consejos sobre escribir cuentos.
—Pero es que llega un momento en la vida de todo cuentista —me dice uno de los zombis— en que ha de intentar ese subgénero, que es el más peligroso. El de los decálogos, pues. Mirar hacia atrás y compilar lo que ha aprendido. Redescubrir, y comunicar, cómo se dio la vida de sus cuentos, para que otros lo puedan saber. Está permitido que se haga el serio o el irónico. Puede hacer como que la vanidad de aconsejar le molesta o como si el mundo entero esperara sus palabras. De todas formas lo dicho no cambia: “siempre hay que decir algo más porque el cuento nunca es igual a sí mismo”…
¿Quién será este muerto viviente? Bueno, no importa. A mí me acaban de pedir que escriba mi propio “decálogo” (como si uno fuera a hacer de Dios en una película del olvidado Cecil B. de Mille) de modo que ahí va. Las que siguen son las cuatro cosas —las diez, está bien, las diez—que creo saber luego de haber perdido tantos años sin escribir novelas ni conspirar en la busca del poder literario, que a fin de cuentas es lo que vale, como saben todas las gentes de razón. Con la suerte que tengo, incluso habrá quien las halle útiles.
***
1. No hay excusas que le sirvan al cuento. Si te interesa, practícalo, y si no déjalo. No te dará dinero, no te volverá una mejor persona, no te servirá de práctica para escribir una novela.
2. Si lo vas a practicar, no te confundas: cualquier cosa en el universo sensible o en el interior puede ser el punto de partida de un cuento, de modo que te conviene hacer caso de las ideas que se te ocurran sin importar su procedencia. Tarde o temprano alguien te dirá que escribas de lo que sabes (es lo típico): haz caso, pero no pienses que “lo que sabes” se refiere sólo a tu casa, tu tía, lo que sale en tu tele. Tampoco pienses que debes ignorar invariablemente a tu casa, tu tía y lo que sale en tu tele. Tú sabes qué sabes (y si no, sólo tú podrás descubrirlo).
[2a. Si lo que sabes —lo que quieres decir— no está de moda, resiste y escribe sobre ello de todas maneras. Hazlo al menos una vez en la vida.]
3. Lee. Lee antes de escribir, después, en las pausas durante la escritura. Lee de lo que te gusta y de lo que no te gusta. Los que escriben pero no leen no son audaces: se les ve el hilo de baba.
4. Toda historia propone un mundo y los personajes que lo habitan. El cuento también, pero como dispone de poco espacio –de poco tiempo–, da a veces la impresión de que sólo se ocupa de lo superficial, de los sucesos visibles. No es cierto: todo el trabajo adicional de creación, el de lo que no se dice, es para ti solamente, pero debes hacerlo. Mientras mejor conoces el mundo que estás inventando mejor puedes seleccionar lo imprescindible que debe contarse.
[4a. Habrá momentos en que el mundo, u otras historias, hagan parte del trabajo de creación por ti: cuando escribas de “la vida real” o dentro de tu subgénero favorito. Pero esos momentos serán mucho menos frecuentes de lo que tú desees.]
5. El cuento pide más imaginación de su lector: no tiene manera de darle todo ya masticado y digerido. Pero no esperes que el lector te dé todo a ti. Lo que no está en el texto no está en el texto: la buena voluntad de tus amigos lectores, los que explican las acciones inexplicables y teorizan por horas sobre lo que quiso decir ese párrafo mal redactado, no dura para siempre ni lleva necesariamente a que tus historias se entiendan como tú querías que se entendieran. Y más te vale asumir que los lectores desconocidos serán despiadados y no perdonarán errores ni omisiones.
[5a. Es cierto que existen los lectores estúpidos, los que se conforman con cualquier cosa. Pero escribir sólo para ellos, aunque puede llegar a ser muy provechoso económicamente, implica una dificultad adicional: hay demasiada competencia, siempre, y no son personas cuya compañía sea disfrutable.]
6. No sacrifiques todo al “avance” de la trama. Déjale eso a Hollywood. Contra lo que te enseñaron, el final no es necesariamente todo en un cuento: los finales de Hemingway y de Carver son muchas veces irrelevantes, por ejemplo, porque los cuentos de ellos se tratan de un desvelamiento –un descubrimiento gradual, una comprensión lenta y profunda– y no de una revelación sorpresiva.
7. Ampliación del anterior: cada cuento pide su propia forma. Esto significa que una parte crucial del trabajo de escribir es volver a leer lo ya escrito y percibir esa forma. No será, casi nunca, la que imaginabas al comenzar a trabajar. No hay nada mágico en esto: la escritura es una representación de tu pensamiento, y en ese pensamiento pueden aparecer el azar o lo inconsciente (o la musa, o Dios, si así prefieres decirlo)…, de modo que en tu cuento en bruto puede haber muchos errores pero también hallazgos inesperados. (Hazlos tuyos; de hecho, ya lo son.)
[7a. Sí: acepta que nada te saldrá bien a la primera. El genio, si es que lo tienes, no está allí. Por otro lado, trabajar profundamente en tus cuentos es leerte a ti mismo en ellos. Y si esto te da miedo, más urge que lo intentes.]
8. Deja de revisar un cuento cuando ya no recuerdes lo que querías decir con él. O, de preferencia, un poco antes. Si ya sólo estás moviendo palabras y signos de puntuación de un lado a otro, acepta que la idea se ha marchitado: guarda el cuento un par de años antes de volver siquiera a pensar en él o (mejor aún) tíralo y empieza otro.
9. Recuerda el punto 3 y lee a Poe, a Hawthorne, a Maupassant, a O’Connor, a Borges, a Chejov, a Ford. A todos los grandes maestros, y también a los más nuevos. Lee a los “locos”, los “raros” y los “remotos”: a Harvey, a Levrero, a Queneau, a Pu Songling. Lee también a todos los que no mencioné y en los que ya estás pensando. Necesitas conocerlos, para buscar su amistad o (más saludable) para pelear con ellos.
[9a. Dicho esto, no pierdas tu tiempo con los que sólo son famosos, o sólo tienen poder. Tú sabes quiénes son.]
10. Si las conoces bien, tú sabrás cuándo romper las reglas.
***
Antes de poner el último punto ya veía cómo mi piel tomaba un color raro, cómo se me saltaban los ojos, todos los efectos. Ahora me uno al baile de Quiroga y de los suyos, que no durará toda la eternidad pero es animado y, además, usa la coreografía de Thriller de Michael Jackson. (¡Nunca antes la había podido hacer!)
—¿Cómo es eso —me pregunta un compañero zombi— de que la materia no existe?
Fuente: Revista de literatura Los Noveles
Método del escritor sin mérito
4 octHeriberto Yépez
9-Agosto-08
Olvida tu antivida. Escribe tal como eres. Vaivén de fiera verbal.
No intentes impresionar a nadie. Si te sorprendes queriendo impresionar, deseas un “estilo”. Escribir es buscar lo no literario. El estilo es miedo. Eugrafía. Microdictadura que te indica qué decir y qué no. Cómo. Cómo sí. Cómo no. El estilo es para escritores que desconocen su libertad. No te pre-ocupes de las estructuras. Las estructuras surgen a posteriori. No antes del texto.
“Prestructura” no: proceso. Deja, pues, que primero suceda una larga fase creativa, que se caracteriza por ser un flujo. No pienses demasiado. Suelta todo lo que tengas. No es tuyo. Regálalo.
Si escribes un ensayo, lanza una idea, estállala, haz una llama con ella, y cuando el incendio esté en su mejor brillo, pasa a otra idea, y enciende otro. Prosar quema.
Si escribes una novela, lo mismo, camarada. Haz que un ser, una acción, un ambiente, encienda, y ya que el fuego arrecie, sopla otro. Narrar reacciona en cadena.
Si escribes poesía, no tengo que explicarte nada. La poesía es la aceptación de todo lo que viene, sin edición de doxa, razón o unigramática. Es el idiomadaimon. Es la visión. Supera y acapara todo léxico. Caza de fragmentos metamórficos, versar pluriversa.
El ensayo: orgasmo del conocimiento. La novela: nuestra vida más intensa. La poesía: todo el cosmos en otro código.
No hay géneros: sólo ciencias incendiarias.
No hagas caso de lo que se dice acerca de la literatura. El 90 por ciento de las nociones de los escritores de segunda mano, críticos, editores, lectores y otros miedos, son apagafuegos. Escribir es un río ígneo, recuérdalo. Agua piromaniaca. Y no te envanezcas de logro alguno. Este método lo que busca es quitar al Yo de en medio. Dejar que a través suyo huracane viento. El método es no tener ningún mérito. Cada palabra: chamana.
Pero escribir no se trata de palabras aisladas. Se trata de un ritmo extenso.
Y cuando creas que esa fase creativa ha terminado —lo sabrás porque el flujo ya no es intenso— detente abruptamente, vacaciona, dale tiempo al texto. ¿Cuánto? No sé. No te conozco ni soy tu padre. Averígualo tú. Déjate guiar por tu quíntuple instinto.
Y entonces pasa a la otra fase. La fase analítica. Autocrítica. Ocúpate de detalles. Y visiones faltantes.
Percibe la corteza creada. Quita la paja. Intensifica epifanías flojas. Rastrea tus escotomas. Aclara. Obscurece. Emociónate con cada aspecto del texto emergente. Aplica aquí la herrería legada, pues es en este momento —no en el previo— donde alguna de esas gnosis puede ser útil. Y aprende de lo que hiciste para que en el siguiente librar (libro es verbo) todo salga de un solo golpe, desde el primer impulso, y escribas sin mentiras, sin trucos, sin consejos, sin escudos, sino tal como eres: animal antitético, temporal, imperfecto. Sin ningún mérito.










































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