Carlos Castro Rincón: en respuesta a la pregunta “¿y qué eres, cronopio o fama?” La respuesta es: fama, aunque ser cronopio suena mejor y hasta me haría más feliz. ¡Qué le vamos a hacer! Además se me da eso de catala tregua tregua espera. Aunque, bien pensado, creo que ya sabías cuál era mi respuesta inclusive antes de formular la pregunta. Y eso es algo nada típico de un cronopio, que lo sepas…
Ana
4 febAna llegó a la casa la mañana en que yo le recortaba el cabello a Santiago entre las rosas y los geranios del jardín. La escuché gritar hola desde la puerta, abrir el mosquitero y entrar. Debió ver el desastre de la cocina, los cuadros y las esculturas de las vírgenes en el vestíbulo. Atravesó la casa hasta ubicarnos entre las plantas del solar trasero, pero no dijo nada. Antonio apareció entonces por detrás cargando la caja donde guardaba los papeles de la casa.
—Eso que ves allí es de lo que se trata el amor —le dijo señalándonos—. Amor chapado a la antigua, de ese que se lee en las novelas.
—Lo siento —le contestó Ana—, la puerta estaba abierta así que simplemente entré.
El acento capitalino de Ana me irritó.
—Descuida —la tranquilizó Antonio— es una casa grande.
Vi de reojo que Antonio se le acercó para saludarla con un beso en la mejilla, pero no pudo alcanzarla porque la caja se desfundó y los papeles se esparcieron sobre las tablas del cobertizo. Yo seguí cortándole el pelo a Santiago, que no hacía más que mirar fijamente el muro y babear su camisa. Guardé silencio. Me encontraba lo suficientemente lejos como para darme por no enterada y lo suficientemente vieja como para justificar mi hurañismo.
—Soy Antonio Daza, abogado de los Acosta —se presentó—. Hablamos por teléfono hace unas horas.
—Cierto, cierto… —asintió ella y nos buscó luego entre las plantas, entonces nuestras miradas se cruzaron por primera vez, apenas durante un breve instante.
—Los doctores le dan un mes —explicó Antonio a la muchacha mientras los dos recogían los papeles del suelo—, la están pasando muy mal.
—Le sucede a todo el mundo —contestó Ana, se incorporó y se alisó el vestido que le llegaba apenas a las rodillas.
—Tiene visitas, Josefina —me gritó Antonio como si estuviera sorda.
Sólo entonces aparté las tijeras y sacudí la toalla con que cubría la espalda de Santiago. Le despejé la frente y le di un beso suave justo al centro. Ana y Antonio se acercaron hasta alcanzarnos.
—Le presento a la señorita Ana Santillán —me dijo— trabaja en el hospital de Xalapa. Ana, ella es la señora Acosta —le dijo a ella.
La chica y yo nos miramos, esta vez con más detenimiento.
—Tiene una casa encantadora —me dijo Ana y yo noté que traía perforadas las orejas con sarcillos y su piel era demasiado blanca.
Me quedé callada. Busqué la mirada de Antonio, Ana me miró extrañada. Yo me di la media vuelta y los dejé allí junto a Santiago.
Lo escuché excusarme: que me costaba la idea de tener a un extraño en casa y además era yo del viejo sur y creía que las mujeres no debían lucir tan llamativas.
Me quedé en la puerta del cobertizo. Ana se encogió de hombros, escrutó a Santiago con la mirada y le preguntó a Antonio:
—Entonces… ¿No puede hablar en absoluto?
—No, la trombosis lo paralizó.
—¿Qué lado del cuerpo le afectó?
—Ambos.
Ana arrugó el seño. Antonio le contó que de la trombosis hacía poco y que yo había encontrado a Santiago tirado en el ático. Los dos se le acercaron e intentaron encontrarle la mirada. Ella se inclinó a saludarlo con dulzura y yo me arranqué de nuevo hasta donde estaban.
—No es de por aquí —le dije a Antonio —. No va a comprender mi casa.
—Vive en Veracruz desde hace mucho —me explicó él con aires de pacifista mientras pegaba la barbilla al pecho.
—No se crió en Catemaco —le aseguré—. ¿Ya escuchaste cómo habla? ¡Dios sabe de dónde será!
—Distrito Federal —confirmó Ana mis sospechas.
—¿Qué quiere, un acento sureño? —me preguntó Antonio, fastidiado.
—La última chica se fue, Josefina —me recordó Antonio y yo asentí con la cabeza, bajé la mirada al suelo fangoso y luego la miré a ella.
—Está bien —le dije a Antonio—, pero no creo que vaya a comprender la casa.
—¿La última chica se fue? —preguntó Ana como si fuera tonta.
Me quedé en la cocina limpiando unos trastes. Los escuché atravesar de vuelta el vestíbulo y salir por la puerta principal de la casa.
—Déjame hablar con ella —le pidió Antonio, apurado como siempre —. Aclararé las cosas. ¡Espera!
—No puedo ayudar a nadie que no necesite mi ayuda —la escuché argumentar.
—Sí la necesita, sólo está asustada —insistió Antonio.
—¿Asustada de qué? ¿De mi acento? ¿De mi amabilidad? —le preguntó Ana, socarrona.
Salí de la cocina y los miré desde la oscuridad en el interior de la casa.
—Él es el amor de su vida y se está muriendo —agregó Antonio convencido, mientras Ana abría la puerta del Volkswagen rojo en el que llegó—. Han estado juntos por siempre. Ella está perdiendo a su alma gemela.
—¡Qué romántico! —le dijo ella al tiempo que jugaba con las llaves del coche.
—Mira, Ana —la disuadió Antonio— eres la quinta chica en venir y a todas las regresa. No es nada personal. Es un poco rara. Ya viniste hasta aquí y él realmente se está muriendo.
—Morirá conmigo aquí o sin mí —contestó Ana encogiéndose de hombros—. ¿Qué quiso decir ella sobre la casa?
—¿Qué? —le preguntó Antonio y luego me buscó a la distancia; quizá no me vio.
—Dijo que no entendería la casa. ¿A qué se refería? —se aclaró Ana.
—Sólo sé que la paga es libre de impuestos —atinó Antonio y luego, finalmente cerró la charla—. ¡Olvídalo! Si te hace sentir mejor yo también ando buscando el trabajo de mis sueños —entonces Antonio caminó hacia la casa y logró verme a mitad del vestíbulo.
Ana le preguntó antes de marcharse:
—Si habla con ella ¿qué le dirá?
—Le diré que puede buscar cuanto quiera pero no logrará encontrar a alguien mejor que tú.
Ana lo miró entrecerrando los ojos y limpiándose la mugre de las uñas.
—¿Lo intentarás? —le preguntó Antonio.
Esa misma noche Ana me gritó desde la planta alta que ya había desempacado sus cosas y miraría el estado de Santiago. Desde el pasillo principal, recién había terminado yo de subir las escaleras, la miré entrar en el cuarto de Santiago, donde minutos antes había puesto a sonar un disco de blues. Por eso no escuché del todo lo que la chica le dijo a Santiago, y quizá por eso ella no me escuchó caminar hasta allí.
Cuando entré en la habitación, Santiago la miraba lloroso y le sujetaba un brazo con fuerza. Ella intentaba zafarse sin hacerle daño, asustada.
Retrocedí unos pasos hacia fuera de la habitación y dije luego en voz alta, mirando la taza que yo sostenía entre las manos:
—¡Ya es hora las medicinas!
Santiago la soltó de inmediato y miró al techo. Ana se sobó el brazo y me miró extrañada.
—¡Recuerda esto, niña! —le pedí mientras me abrí paso para que Santiago se bebiera el líquido de la taza—. Nueve de la mañana y siete de la noche. Se bebe sus pastillas disueltas en agua. Ya te enseñaré cómo. Tendrás que asegurarte de que se lo beba todo.
—¿Con qué lo medica? —me preguntó.
—Es un remedio casero —le aseguré—. Lo ayuda a relajarse.
Santiago, como acostumbraba, aventó la cabeza hacia atrás y sacó la lengua.
—A veces se altera —le expliqué a la chica—. No dejes que te ponga nerviosa.
Besé la frente de Santiago mientras le sobaba el pecho. Le expliqué a Ana que esos gestos de amor lo ayudaban a quedarse con un mejor sabor de boca.
—Eres más torpe de lo que esperaba —le dije mirándola de arriba abajo—. Ya aprenderás.
Ana se abrazó y encogió de hombros. Luego, en silencio miró a Sebastián como preguntándose cosas.
—Apuesto a que estás toda marcada —le dije.
—¿Marcada? —me preguntó ella visiblemente ofendida.
—Yo sé que ustedes los jóvenes se clavan agujas para pintarse cosas en la piel —le expliqué—. Tú estás marcada, ¿verdad?
—No donde usted pueda verlo —me contestó dedicándome una sonrisita insolente.
Me di la media vuelta y salí del cuarto. Ella me siguió.
—No te molestes en limpiar la casa —le avisé mientras enderezaba en la pared uno de mis cuadros virginales—, soy la única que sabe cómo hacerlo.
—¿Hace cuanto tiempo viven aquí? —me preguntó.
Me tomé un momento y respiré profundo.
—Veamos —comencé por decir al tiempo que la dirigí hacia la repisa de los retratos—, llegamos en el 62. Mi marido y yo les compramos esta casa a unos hermanos, Martín y Gloria Huesca: gente encantadora. Vivieron aquí desde que tenían siete años —hice la pausa regular de lamento y continué—, pero atravesaron tiempos difíciles y así están las cosas.
—Conserva la foto —señaló Ana.
—Sí —le expliqué, había mucho que explicarle a la muchacha—, me gusta respetar los recuerdos de la casa.
Me alejé unos pasos hacia el vestíbulo y la miré acercarse al retrato. Levantó la imagen y, al hacerlo, se deslizó desde el interior del portarretratos la foto donde los niños se hacían acompañar por la que fue su servidumbre. Ana miró esa foto con la extrañeza de siempre, escrutó el reverso y leyó en cursivas: Nemachtiani y Cihuacoatl. Y volvió a guardar la foto rápidamente mirando sobre uno de sus hombros.
—Muy bien, niña, ven conmigo ahora —le dije y apagué la luz del salón.
Me siguió hasta el comedor y le conté que allí Santiago acostumbraba tener reuniones de negocios para vender antigüedades. Porcelanas, muebles y objetos diversos de los cuales seguíamos conservando algunos en el ático.
—Sitio que mantengo vigilado —le dije mirándola fijamente a los ojos—, sólo para que lo sepas.
Ana se encogió de hombros y me acompañó hasta la cajonera del vestíbulo donde yo guardo las llaves de la casa.
—Hay muchas habitaciones y puertas aquí —expuse mientras rebusqué entre velas e inciensos—. Antes había una llave para cada una pero el antiguo dueño mandó hacer una llave maestra que las abre todas —encontré la copia que buscaba y se la di—. Yo tengo la mía.
Cerré el cajón y me dirigí de nuevo hacia el vestíbulo con algo de prisa. Ana observó con detenimiento el papel tapiz de la pared y yo le advertí que de vez en cuando necesitaría que fuera a la capital para hacer compras, entonces ella se animó a preguntar señalando la pared:
—¿Allí hubo un espejo?
Miré la pared y luego la miré a ella. Continuó:
—Noté que en el baño de mi habitación tampoco hay espejo…
—Niña, cuando tengas en la cara tantas arrugas como yo —reí un poco— preferirás no tener a la vista nada que te lo recuerde.
Ana sonrió como disculpándome la edad. Continué:
—Si necesitas un espejo para ti, no tengo problemas con eso.
—¿Qué hizo con los espejos? —preguntó haciendo gala de su insolencia.
—Me deshice de ellos —me di la media vuelta y encendí uno de mis cigarrillos—. El abogado me dijo que no fumas. Yo sí fumo. Mucho. Y disfruto hacerlo. Confío en que no tendrás inconveniente.
—Ninguno —contestó ella.
—Bien, de cualquiera de las formas ésta es mi casa y no tengo por qué darte demasiadas explicaciones —me aclaré—. Por cierto, ¿tus padres viven?
Ana se mostró un tanto sorprendida por la pregunta, pero respondió con firmeza.
—Mi madre murió cuando yo era pequeña. Mi papá me crió y —Ana hizo una pausa breve— falleció el año pasado.
—¡Oh, Dios! ¿Te tocó cuidarlo a él también?
Esta vez, Ana se mostró menos firme.
—Lo habría hecho pero no tuve tiempo suficiente.
—Sí —calé una bocanada grande a mi cigarrillo—, a veces uno piensa demasiado en el tiempo que le queda y no lo aprovecha viviendo.
Ana no bajó la mirada al suelo y tampoco se encogió de hombros.
—Sé buena con mi casa. Los remedios a las nueve y las siete, no lo olvides.
A la mañana siguiente, Ana duchó a Santiago y lo vistió elegante para tomar el fresco en el jardín. Allí donde yo recortaba la mala hierba que crecía entre los rosales, justo cuando Ana pretendía leer una revista, abrí la conversación:
—No verás jardines tan bonitos en Xalapa, me figuro…
—La llaman la ciudad de los jardines, de hecho.
—Lo dudo mucho —suspiré y guardé un breve silencio—. No hay nada más glorioso que un jardín particular.
Ana ojeó su revista y limpió la saliva que Santiago comenzaba a derramar.
—¿Eres religiosa? —le pregunté de pronto sin dejar de buscar entre mi caja de semillas.
—Pues… —titubeó— intento mantener la mente abierta.
—Eso es bueno, muy bueno —rebusqué otro poco.
—¿Has visto mis semillas de geranios? —ella me contestó negándose con la cabeza—. ¿Me harías el favor de traerme un par de sobres de la caja que tengo en el ático, muchacha? Están justo al entrar.
Ana debió subir las escaleras hasta llegar al ático, usar la llave maestra para abrir la puerta principal y mirar con curiosidad las antigüedades de Santiago. Patear la caja de semillas y levantarla para coger un par de sobres. Escuchar luego cómo la puerta pequeña del fondo se movía con el aire, aquella parcialmente cubierta por una pila de latas vacías, acercarse hasta ella, preguntarse qué habría detrás e intentar abrirla, sin conseguirlo.
Ana volvió con la caja de semillas entre las manos. Me la topé en el vestíbulo cuando yo salí de la cocina.
—¿Por qué tardaste tanto? —pregunté ansiosa, le cogí la caja de entre las manos y me redirigí al jardín.
—Pensé que la llave abría todo…
—¿La llave? ¿Cuál llave? —comprobé que ya no tenía geranios.
—La llave que me dio para abrir las puertas de la casa —expuso—. Hay una puerta en el ático que no se abre con mi llave.
—¡Oh! Eso, no. La puerta del ático nunca se ha podido abrir —dejé de buscar entre las semillas y me golpeé una pierna por el costado en son de hastío—. Ni hablar, se acabaron los…
—¿Por qué no se abre? —Insistió Ana— ¿Qué hay allí adentro?
—No tengo la menor idea, muchacha —le contesté mientras miraba el techo—. Ha estado sellada desde que nos mudamos. Ahora, sin no te importa, debo irme a terminar con el jardín porque la lluvia se deja venir.
Apenas le di la espalda, ella preguntó, temerosa:
—Señora Acosta, Santiago estaba en el ático cuando el ataque, ¿verdad?
Me detuve unos pasos antes de abrir el mosquitero de la puerta trasera, giré sobre mi propio eje hasta mirarla de nuevo y asentí con la cabeza sin pronunciar palabra.
—¿Qué estaba haciendo él allí, sabe?
—Tendrás que preguntárselo a él, niña —respondí evidentemente incómoda—. Sé buena y ve a la cocina. Estoy segura que a Santiago le gustaría beber un poco de té frío.
Ana miró el techo.
Esa misma noche, cuando la tormenta era fuerte y no se escuchaba más que la lluvia caer comprobé que Ana estaba marcada. Más tarde, cuando sólo se escuchaba el repentino de los truenos, Ana se despertó con la caída del jarrón en la habitación de Santiago.
Debió salir muy aprisa de su habitación en la planta baja, y subir lentamente las escaleras intentando descifrar la naturaleza del sonido crujiente que producían las tejas del cobertizo. La escuché abrir la habitación de Santiago, buscar a prisa en el resto de las habitaciones de la misma planta y finalmente abrir una de las ventanas que daba hacia el jardín para encontrárselo a rastras sobre el tejado. Él debió verla porque ella le gritó que no se moviera, pero Santiago no le hizo caso y lo escuché resbalar hasta caer entre las adelfas del jardín. Ana golpeó desesperada la puerta de mi habitación, llamándome, y bajó las escaleras como potranca descarriada. Cuando los alcancé, Santiago yacía boca arriba sobre el fango, Ana intentaba levantarlo pero él se lo impedía.
—¡Madre de Dios! ¿Qué has hecho? —le pregunté mortificada.
—Salió por la ventana y se resbaló desde el tejado —declaró ella—. Pensé que estaba paralizado…
—¿Le has dado sus medicinas? —Continué el interrogatorio mientras recogía del suelo a Santiago—. ¿Estás segura de que se las has dado todas?
—Eso creo —dijo Ana y se ensució de fango al quitarse el cabello de la cara.
—¿Qué has hecho, Santiago? —le pregunté a él, llorosa.
—Su puerta estaba cerrada con llave —me aseguró Ana—. Necesitamos que lo revise un doctor.
—¡Ay!, muchacha —grité— ¿un doctor a estas horas de la madrugada? Sólo trae su silla de ruedas y ayúdame a limpiarlo dentro.
—Necesita un doctor —insistió.
Le aseguré que a la mañana siguiente llamaríamos a uno. Abracé a Santiago y le volví a pedir a Ana que bajara la silla de ruedas. Ana, evidentemente inconforme y nerviosa, corrió hacia el interior sin quitarle los ojos de encima a Santiago, quien lloriqueaba un poco. La perdí de vista al cruzar el mosquitero. Se tardó de más en volver. Poco después confirmé que había tenido tiempo suficiente para guardar en su armario la sábana que Santiago usó esa noche.
Al caer la tarde del día siguiente, cuando Ana deambulaba por el jardín como tonta, quizá intentando entender hacia dónde buscaba ir Santiago, vino Antonio a saludar y asegurarse de que todo estuviera en santa paz. Los escuché hablar desde la habitación de Santiago donde yo ponía flores, ésta vez dentro de un jarrón de cerámica poblana.
—Han pasado apenas dos días y ya intentó suicidarse, ¿no? —dijo él a la chica, quizá mientras limpiaba el fango de sus zapatos de hombre moderno—. Debes pensar que es una especie de maniático.
—No es el paciente más encantador, pero…
Sus risas se colaron leves hasta mis oídos.
—La señora Josefina me dijo que ¿se cayó? —Preguntó Antonio—. ¿De dónde, de su silla de ruedas?
Ana debió señalarle el tejado del cobertizo y él reaccionó preocupado, incrédulo. Los escuché entrar a la casa, sólo oía murmullos. Bajé las escaleras y permanecí muy cerca de la habitación de Ana, donde ubiqué sus voces.
—Por favor no me digas que renuncias. Detestaría tener que empezar a buscar de nuevo —suplicó él cómo si los hombres y los abogados no supieran buscar.
—Cierre la puerta —le pidió Ana—. Quiero mostrarle algo.
Antonio cerró la puerta tras de sí y luego la sedujo el muy puerco:
—Mi madre solía decir que las señoritas que invitan a un hombre a su habitación probablemente ya no son señoritas…
—Los sureños —dijo ella, seca e irónica como la mayoría de las chicas de ahora— siempre tienen frases muy sabias y gentiles.
La escuché hurgar dentro de su armario. Sacó la maleta donde había guardado la sábana de la noche anterior y encontró una sábana, pero no la sábana de Santiago.
—Encontré esto en la habitación de Santiego —titubeó—. Pensé…
Antonio la escuchó y debió mirarla con demasiada atención. Ella bufó y debió rascarse la cabeza o arrugar el seño como otras veces.
—¿Qué pasa con la sábana? —preguntó él.
—¡Olvídelo! —murmuró ella—. Ya no sé ni qué pensar.
—Te admiro —babeó Antonio —. Ya sabes, por esto a lo que te dedicas. Ojalá yo hubiera podido encargarme de cuidar a mis propios padres.
—Dejé la escuela para dedicarme a la enfermería —explicó Ana, la escuché escarbar por los rincones del armario.
Ana hizo una pausa y la escuché tirarse en el sofá.
—Mi padre siempre pensó que desperdicié mi vida en él. Comencé a visitarlo cuando enfermó y hasta que se fue.
—¿Quieres decir que…?
—Estuvo enfermo durante mucho tiempo antes de morir.
Los dos tortolitos hicieron una pausa de silencio en la que Antonio debió mirarle las piernas.
—He aprendido mucho de todo esto —aseguró Ana.
—Eso no está nada mal —atinó Antonio.
Hubo otra pausa, esta vez más breve. Luego él la animó:
—Háblame sobre lo que me querías mostrar.
La escuché levantarse del sofá y sentarse en la cama junto a él. Bajó el tono de voz al preguntarle:
—¿Alguna vez Santiago te ha mirado como pidiéndote ayuda?
—¿A mí?
—Quizá no te ha mirado —agregó Ana con voz demasiado baja—. Tal vez te ha tocado o intentado…
—¿Señor Daza? —grité en dirección contraria a la habitación—. ¡Ana! —llamé mientras abrí la puerta—, ¿has visto al señor…?
Ambos me miraron en silencio. Ella desconfiada y desconcertada, él hastiado.
—Bueno —dije—, veo que la chica ya ha preparado la maleta para irse…
—No, Josefina —contestó Antonio con tonito tierno, levantándose de la cama y acercándoseme—. Ya sabe que es la única mujer en mi vida.
—Yo no sé nada y no me toque —contesté hosca cuando él intentó sobarme los hombros—. El doctor dice que me prepare para lo peor, así que estoy preparada para discutir con usted cualquier asunto relacionado con los papeles y quizá, si ya ha terminado de atender sus negocios con la señorita Santillana, querría visitar a Santiago.
Los días siguientes me dediqué lo suficiente a barrer las hojas secas del jardín, a cortar las hierbas malas, a cocinar desayuno, almuerzo y cena diariamente. Tiempo en el que Ana consiguió investigar fuera, volver al ático y abrir la puerta sellada, encontrar las muñecas, los espejos, las fotos de los Huesca y el libro de Nemachtiani. La chica, por supuesto, nada me decía, hasta que una mañana descubrí que los espejos de la casa volvían a estar colgados en las paredes.
Casi derribo su puerta a golpes.
—Te hablé sobre los espejos.
—No entiendo —se hizo la tonta.
—Ésta no es tu casa.
—Los encontré, necesitaba un espejo para mi habitación y…
—Te hablé sobre ello —la interrumpí— y tú me escuchaste claramente. ¡Nada de espejos en la casa!
Volví a quitarlos todos y de apoco los subí nuevamente al ático. No se dignó a subir ninguno. Terminaba de acomodarlos cuando la vi entrar con los brazos cruzados. Muy plantada sobre sus pies me dijo:
—He visto el cuarto.
—¿Qué cuarto? —pregunté.
—El que dijo nunca haber visto —caminó hasta quedarse de pie frente a mí—. Ya no está sellado.
—No, niña, no —le dije afligida—.Tú no sabes lo que has visto.
—Va a decirme ahora mismo de qué se trata o me voy —amenazó.
Le advertí que la gente que no es del sur suele no entender. Ella se quedó allí como un palo firme y volvió a cruzar los brazos. Me encendí un cigarrillo.
—Uno no entra así como así en un cuarto como ese, muchacha —comencé a contarle—. Lo dejarás justo donde y como lo encontraste. La casa es tan de ellos como nuestra.
—¿Quiénes ellos? —preguntó—. ¿De quién son las cosas que están en ese cuarto?
—Muy bien, niña —le dije resignada—. Hace muchos años vivió aquí un banquero que hizo su fortuna engañando a los pobres. Era un hombre cruel. Era él, su familia y un par de sirvientes llamados Nemachtiani y Cihuacoatl.
Ella me escuchaba incrédula, con los hombros encogidos y escudriñándome con los ojos. Continué:
—Por lo que he oído, el banquero no sabía que Nemachtiani y Cihuacoatl eran chamanes, personas de conjuros. Ellos creían en…
—HooDoo —me interrumpió arcando muy alto las cejas.
—Sí —ella asintió con la cabeza y yo señalé la puerta del cuarto—. Ese cuarto era de ellos. Fueron famosos en sus tiempos. La gente del pueblo lo supo y así me enteré yo. Curaban al enfermo y herían al mezquino. Pero el banquero no los veía sino como la servidumbre. Los explotaba y ellos trabajaban hasta molerse los huesos. Con el tiempo se hicieron muy poderosos y una noche, según la historia, hubo una fiesta —Ana, de pronto abrió más los ojos y se me acercó un poco—. Era el aniversario del banco y vinieron a la casa un montón de ricachones: políticos, damas de compañía, oportunistas y algunos degenerados, estoy segura. Corrió mucho el alcohol y todos bailaron. Hasta que, finalmente, cuando uno de los invitados quiso despedirse de los hijos del banquero, no pudieron encontrarlos. Nadie los había visto en horas. Y así como estaban, borrachos, se inventaron el juego de buscar a los niños por todas partes hasta que alguien escuchó voces y música aquí en el ático —hice una pausa breve; Ana borró de su cara la expresión de extrañeza y abrió los ojos todavía más—. Los sirvientes estaban aquí con los niños, intentaban enseñarles un conjuro de HooDoo. Y el banquero, presionado por lo que sus invitados pudieran pensar, golpeó a los sirvientes con total impunidad y los amarró de brazos y piernas. Los niños le aseguraron que fue su culpa, sólo querían aprender, pero el banquero hizo justicia por su propia cuenta y a los invitados de la fiesta no les resultó difícil sumarse a la sentencia. Los colgaron del roble que todavía hoy sigue en el jardín y luego los quemaron, invadidos todos por una ira incontrolable, ebrios de poder y rabia. Fue terrible, ¡terrible!
Ana contempló el roble del jardín a través de la pequeña ventana del ático y guardó silencio por un momento. Yo me encendí otro cigarrillo y terminé:
—El rumor se esparció por todo el pueblo pero no hubo culpables ni juicios. El dinero, niña, lo puede todo.
—¿Qué le pasó a la familia? —preguntó Ana al fin.
—Poco después el banquero asesinó a su mujer de un tiro en la frente y luego él se suicidó de la misma manera —Ana, sólo entonces, se abrazó y encogió de hombros, incómoda, temerosa—. A la gente le gustaba decir que fue la venganza de los sirvientes. Los niños vivieron aquí hasta el año en que nosotros llegamos y durante todo ese tiempo no se supo por qué mantuvieron sellada esa puerta o por qué quitaron todos los espejos de la casa… Pero ahora lo sé.
—¿Qué sabe? —preguntó Ana invadida por la más abusiva de las curiosidades.
—Los veían en los espejos.
—¿A quiénes? —pronunció con el volumen de un suspiro.
—A los sirvientes.
En ese momento Ana destensó los hombros y se guardó las manos en los bolsillos del vestido exageradamente escotado que usaba. Yo seguí explicándole que leí libros de HooDoo en los que decía que uno debía protegerse del mal con polvo de ladrillo rojo y le conté que hice un gran círculo alrededor de la casa, pero ella me interrumpió diciendo que no podía yo esperar que ella creyese en fantasmas que se veían reflejados en los espejos.
—Los fantasmas ya no están aquí —le aseguré—. Pero sea lo que sea que le han hecho a mi marido, no dejaré que me lo hagan a mí.
Ana se lamentó por mí sin decir ni una sola palabra. Me miró con lástima y poco le faltó para abrazarme, entonces le dije hastiada:
—Ya que lo sabes todo puedes irte de la casa cuando quieras.
Y me fui a descansar.
Al anochecer de ese mismo día la vi entrar al pequeño hórreo del jardín cuando se proponía tender unas sábanas al fresco. Debió encontrarse allí el polvo de ladrillo.
Más tarde, mientras bañaba a Santiago en la tina, la escuché hablarle sobre el tema como si él pudiera contestarle. Me acerqué despacio hasta donde pude verlos, la puerta estaba abierta. De pronto ella se salpicó los ojos con agua jabonosa y se levantó un momento para limpiarse la cara y revisarse un posible daño, reflejada en el espejito de mano que traía siempre consigo.
Santiago, paralizado y todo, la miró aterrado y Ana no pudo resistir la curiosidad. Se le acercó mansamente y como no queriendo abrió el espejo para que él pudiera mirar su reflejo. Santiago hizo un alboroto con el agua y de un manotazo aventó el espejo contra la pared. Ana se levantó veloz, quizá sintiéndose culpable y cerró la puerta del baño.
Ya cuando el sol se había ocultado por completo, Ana salió de casa muy deprisa y apenas se dignó a decirme que iba de compras. Le pregunté a donde, pero no me contestó.
La escuché volver poco antes de la media noche, justo a mitad de una tormenta y cuando el sueño me vencía viendo la televisión del salón. Trasteó algo en la cocina y subió muy despacio las escaleras, como evitando que me despertara o diera cuenta de que había llegado y entre las manos llevaba un cuenco de cristal lleno de agua.
La seguí un minuto después y descubrí que había entrado en la habitación de Santiago. Pegué el oído a la puerta y la escuché hablarle con voz dulce:
—Te traje algo, Santi. Será un secreto entre tú y yo. Josefina dice que no tienes una parálisis y que tus males fueron provocados por un conjuro hecho por fantasmas. ¿También tú crees eso? Esto que vez es aquí también es un conjuro, uno que te hará sentir mejor. Sólo tienes que creer en él. Si crees en él quizá te recuperes.
Ana hizo algunas pausas de silencio en las que la escuché moverse por la habitación, esparciendo sus intenciones.
—¡Hacia atrás, hacia atrás! Limpia a este hombre, limpia este cuarto, limpia esta casa. Sus palabras se han perdido dentro de su mente, pero el agua las encontrará y lo limpiará. Su lengua ha sido atada, atada y enredada en su garganta. Deja que el agua llegue a su interior y lo libere de su aflicción. Librea su voz, deja que el agua limpie…
Un relámpago me hizo pegar un salto y choqué la cabeza contra la puerta. Ella debió confundir el ruido porque no hizo nada. Volví a pegar la oreja a la puerta y para mi sorpresa escuché a Santiago escupir:
—¡Ayúdame, Ana!
—Todo está en tu mente, Santi. Háblame, háblame —lo animó.
Me harté, golpeé la puerta llamándola y no se decidió a abrirme. De pronto Santiago pegó un grito que casi me deja sorda:
—¡Ayúdame a salir de aquí! —le dijo y un caer de cosas se escuchó dentro.
—Ana, abre esta puerta inmediatamente. ¿Qué sucede? —pregunté preocupada.
Un momento, un momento, decía ella desde dentro. Me busqué la llave en la rebeca pero no la encontré, recordé que la había puesto en la mesita de noche de mi habitación y fui corriendo por ella. Estaba claro que la chica no tenía ninguna prisa por abrirme.
—¿Qué te pasó en ese ático? Dime cómo ayudarte. ¿A qué le tienes miedo? —le preguntó Ana muy apurada y nada discreta mientras yo abría la puerta.
Entré a la habitación y justo entonces Santiago señalaba en dirección a mí al tiempo que la miraba a ella y cuando se dio cuenta de que estaba yo dentro, encogió los brazos y se enroscó sobre el colchón. Lloró.
—¿Qué es todo esto, Ana? —Pregunté muy angustiada— ¿Qué le has hecho?
—Se estaba ahogando —explicó—. Yo sólo intentaba ayudarlo.
—Aléjate de él —ordené, me acerqué hasta Santiago y le acaricié la frente—. Todo está bien ahora, tranquilo.
Ana recogió el cuenco del suelo y no pudo mirarme. Me lo enseñó y dijo que lo había subido con agua para refrescar un poco a Santiago.
—¿Estabas hablando con él? —le pregunté extrañada.
—Sólo le contaba una historia cuando él se ahogó de pronto con su propia saliva —contestó.
—¿Una historia sobre qué?
—Una historia cualquiera —dijo—. Sin fantasmas.
Le dediqué una mirada fulminante de esas que no sabes si te insultan o se compadecen de ti. Le pedí que nos dejara solos y le di las gracias por el resto de la noche.
—Volveré más tarde para asegurarme que todo esté en orden —se ofreció.
—No, niña —indiqué categórica—. Eso no será necesario. Es todo por hoy, buenas noches.
Cuando salió de la habitación cerré la puerta con llave.
Esa noche Ana tuvo pesadillas.
Unos días más tarde me enteré de que Ana había decidido irse después de lo sucedido esa noche, pero se quedó porque no soportaba la idea de hacerle falta a Santiago como le hizo falta a su propio padre.
Supe que le enseñó a Antonio un montón de fotografías y cosas que buscaban demostrar mis demencias de vieja y que él intentó serenarla recordándole que su trabajo no era resolver un misterio basado en puras supersticiones.
Supe también cómo Ana convenció a Antonio para que la llevara a conocer a Liliana, la chica que cuidó de Santiago antes que ella. Según me contó Antonio, Liliana le aseveró que en mi casa sólo había dolor, sangre y lágrimas y le contó que los hermanos Huesca murieron justo después de vendernos la casa. Liliana creía que los Huesca habían encontrado en el ático algo que no debían, y pensaba que Santiago lo había encontrado también.
Ana, según Antonio, se mostró escéptica ante Liliana. Le dijo comprender que si las personas no creían en todo eso, nada podía hacerles daño. Liliana le sugirió que saliera de mi casa antes de que también ella creyera y saliera herida.
Él se mostró sorprendido, no pudo creer que ella se dejara influenciar por supersticiones y creencias. Ana le aseguró que no creía en fantasmas y sólo buscaba el bienestar de Santiago; le contó sus planes de llevárselo al hospital.
Antonio no la auxilió, le explicó que pondría en riesgo su licencia como abogado y necesitaba el trabajo. Le aseguró que si ella conseguía pruebas de que Santiago corría peligro, entonces él la ayudaría. La única manera en que podía ayudarla de momento era haciendo unas llamadas e intentando conseguir una orden de restricción para mí. Pero Ana estaba dispuesta a poner el punto final de la historia y no quiso esperar.
La noche que la invadió la premura, Ana volvió a la casa recién caída la noche, mientras yo preparaba un caldo de pollo en la cocina. La escuché llegar muy decidida. Dejó sus cosas en su habitación y luego salió otra vez. La vi entrar en el hórreo del jardín y entonces me guardé en el bolsillo de la rebeca la página ochenta y seis del libro de Nemachtiani y un pedacito de tiza.
Seguí desplumando el pollo que estaba por hervir entre papas y zanahorias y pocos minutos después escuché a Ana llamarme desde su cuarto.
—Doña Josefina, ¿podría venir un momento por favor?
Me acerqué hasta quedar de pie frente al marco de la puerta abierta en su habitación. Bajo mis pies sentí el crujido de unos granos de ladrillo.
—Buenas noches, niña —le dije pacífica—. Comenzaba a preocuparme por ti. Has tardado mucho en volver esta vez.
—Llueve mucho —contestó seca y se introdujo hasta el fondo, a un costado de la ventana.
—Aquí no ha dejado de llover durante toda la tarde —seguí—. Aguaceros como este amargan la existencia. Arruinarán mis rosales.
Ana me escuchó en silencio sin dejar de mirar al techo.
—¿Querías verme? —pregunté.
—Sí, pase, quería mostrarle la gotera de mi habitación —respondió.
—Descuida, muchacha. Están por toda la casa. No dejes que te molesten las goteras, sólo es agua de lluvia.
Ana volteó a mirarme un instante y siguió concentrando su atención en el techo, como si la gotera de pronto fuera a convertirse en algo.
—Sí, pero si la mira de cerca…. —no supo qué más decir—. Entre, podrá verla mejor.
Me quedé allí de pie contemplando su actitud retadora. Después de una pausa de silencio me disculpé y le dije que debía atender el caldo que tenía puesto al fuego.
—Sólo le tomará un segundo —insistió.
—Puedo ver perfectamente desde aquí —refuté y le ofrecí el trapo de la cocina para limpiar el suelo.
—Sí, por favor —extendió la mano sin moverse ni un centímetro de donde estaba y me suplicó un poco más—. ¿Puede entrar sólo un segundo, Josefina? Necesito mostrarle lo que veo.
Reí.
—Eres una chica muy graciosa, Ana —dulcifiqué la voz—. Haré un poco de té frío, ¿quieres?
Ana se propuso cerrarme la puerta en la cara, pero antes de que pudiera hacerlo y sin dejarla hablar, le pedí que me acompañara a cenar después de asegurarse de que Santiago se bebiera sus medicamentos. Intentó excusarse pero no di cabida.
—Preparo el mejor caldo de pollo que hayas comido —le aseguré.
La llamé a la mesa una hora después. Ana me miraba sorber sin oler siquiera su plato.
—¿Te gusta —pregunté.
—No lo he probado todavía —respondió sínica—. ¿No le pondrá azúcar a su té? La traje a la mesa por usted.
—No, muchacha. Esta noche no quiero azúcar.
—Pensé que le gustaba —me dijo, ansiosa—. Siempre le pone azúcar a su té.
—Piensas que estoy loca, ¿verdad? —pregunté mirándola fijamente a los ojos y ella me esquivó la mirada—. Fantasmas en el ático, conjuros sobre mi esposo…
—No creo que esté loca —pronunció sin soltar el tonito bruabucón y cuchareando el caldo en su plato—. Sólo no entiendo. ¿Por qué los fantasmas han hechizado a Santiago y no me han hecho nada a mí? He subido a ese ático muchas veces y nada me ha sucedido.
—Quizá porque no crees en ellos —le dije, ella suspiró y se encogió de hombros—. Quizá la casa entera está llena de fantasmas pero uno no los ve hasta que empieza a creer que puede verlos.
—No tengo hambre —susurró.
Un relámpago tronó en el cielo y las luces de la casa se apagaron.
—No te muevas —le pedí—. Cómete el caldo. Traeré velas.
Me fui a la cocina, no sin antes llevarme conmigo el cuenco del azúcar. Volví al comedor y dejé las velas sobre la mesa, una de cada lado. Me senté y di un sorbo a mi vaso con té. Me supo algo raro pero no le di importancia.
—Entonces… —retomó Ana la conversación— ¿la luz se fue por los fantasmas o por la tormenta?
—Di lo que quieras sobre los espíritus, niña. Yo siempre me he preguntado si es posible aprenderles algo.
—¿Algo como un conjuro? —se burló.
Guardé silencio y sólo la miré.
—Le tengo un gran respeto a su marido —dijo de pronto—. No sé qué piensa él que le ha sucedido, pero sea lo que sea, está luchando contra ello. ¿Qué le pasó, Josefina?
—No has tocado tu plato —le recordé.
—¿Qué le has hecho a Santiago? —preguntó llena de rabia.
—Cociné especialmente para ti y ni siquiera has tocado tu plato.
—¿Qué le hiciste?
—Es mi marido y yo soy mujer y puedo hacer lo que me plazca —respondí enérgica, levantándome y dando un golpe sobre la mesa.
—Él no está a salvo contigo en esta casa —me dijo y yo, así de pie como estaba comencé a marearme y sentir fatiga.
—¿Qué me has hecho? —pregunté aturdida.
—Lo llevaré al hospital, Josefina.
Le grité que no y tropecé. Ella me miró retorcerme en el suelo, extrañada como siempre, y yo comencé a reclamarme a mí misma y sentir que se me agotaban las fuerzas, a pensar que ya era demasiado tarde. Me saqué de la rebeca la tiza y la página del libro y comencé a dibujar un círculo a mí alrededor.
—Mantenlo en la casa —repetí varias veces con dificultad.
Perdí el conocimiento no sé durante cuánto tiempo. Ella debió leer en la página el conjuro de protección, encontrar las marcas debajo de la cama de Santiago, la sábana en la que él pedía auxilio y quizá hasta sus mechas de cabello negro. Sacó a Santiago de la casa e intentó llevárselo al hospital, pero el fango atascó su Volkswagen antes de que pudiera alejarse demasiado.
Recuperé el sentido quizá unos minutos después. Fui directo al salón a coger la escopeta de Santiago y salí de la casa dispuesta a todo. Disparé al aire hasta agotar las municiones, esperando así asustarla, busqué por toda la casa y el jardín, pero sólo conseguí encontrar a Santiago que estaba escondido en el hórreo.
Llamé por teléfono a Antonio y cuatro horas después Ana estaba de vuelta. Consiguió meterla hasta el salón entre golpes y patadas.
—¿Está todo listo? —me preguntó Antonio.
—¿Por qué la ayudas? —lo cuestionó ella, pero no lo dejó contestar y le asentó un cabezazo en la cara.
Antonio cayó al suelo y yo intenté detenerla, pero su fuerza joven me superó. Ana corrió hacia la salida del cobertizo, pero se detuvo justo antes de salir y rectificó el camino hacia arriba. Entró en la habitación de Santiago a toda prisa pero no lo encontró. Rompió uno de mis jarrones de porcelana y utilizó un pedazo para defenderse cuando Antonio le dio alcance nuevamente.
—¿Dónde lo tienen? —preguntó desesperada.
Antonio, una vez más intentó contenerla pero Ana le rajó una mejilla y consiguió salir de la habitación. Nos encontramos en las escaleras y allí, sin dudarlo un solo instante, me empujó fuertemente. Yo caí unos escalones y me rompí un tobillo, pero alcancé a librar una rodada inminente hasta la planta baja. Ella, sin demasiadas opciones, subió el resto de las escaleras sin detenerse, hasta que llegó al ático.
Allí se encontró las velas encendidas y los espejos acomodados haciendo un círculo. Debió sentirse presa del pánico porque la oí desgarrarse la garganta. Cerró la puerta y antes de que Antonio y yo pudiéramos alcanzarla, tuvo el tiempo suficiente de mirar la página ochenta y séis y dibujar con la tiza en el suelo esos círculos perfectos en el único espacio disponible del ático: al centro del todo, donde inevitablemente se veía reflejada en los espejos.
Antonio me levantó del suelo y me ayudó a subir las escaleras. Cuando abrimos la puerta del ático, Ana se había encargado ya de rodearse por una cadena de ladrillo rojo, cuatro puntos cardinales de sangre y un montón generoso de sus propios cabellos.
Desde el centro del círculo, cuando abrí la puerta del ático, me apuntó con el pedazo de porcelana que sostenían sus manos temblorosas.
—No puedes tocarme —rió—. ¿Ves esto? —Apuntó al suelo—. Es tu conjuro de protección.
—¿Lo es? —le pregunté burlona al tiempo en que le acomodé un espejo de cuerpo entero enfrente— ¿Y quién puso en tus manos el conjuro, niña? De lo único que te protege ese círculo es que puedas salir de él.
Ana miró a su alrededor, asustada. Le acerqué otro poco el espejo.
—No te me acerques, perra —me gritó histérica—. Te mato, te mato. Juro que te mato.
—Te estábamos esperando, Ana —la tranquilicé—. Esperando a que creyeras. No funciona si tú no crees.
Le aventé encima el espejo y desde esa misma noche me convertí en la heredera de la casa, dejé de llamarme Josefina y Nemachtiani y yo fuimos felices cincuenta años más.

Fuente: http://3.bp.blogspot.com
Adaptación narrativa, basado en la película The skeleton key de Iain Sofltley
Un libro salvavidas
7 dicRecién terminé de leer Come, reza, ama de Elizabeth Gilbert. Me da exactamente igual lo que el mundo piense sobre la novela, o sobre mí por haber leído esta novela. Sí, es un best seller y tiene todos los pros y los contras que este tipo de libros suelen tener. Mi interés por la novela de Gilbert es más visceral de lo que cualquiera de mis lectores podría imaginar, no haré aquí un comentario sesudo ni nada por el estilo, tampoco esto es una reseña. Léase apenas como una impresión.
Hace más de tres años, cuando acudía a las clases de escritura creativa de Guillermo Vega Zaragoza en el Centro Histórico de Ciudad de México descubrí, por recomendación de Guillermo Vega, un vídeo donde Gilbert habla sobre la creatividad, el proceso creativo y la escritura de Come, reza, ama. Así, a través del vídeo y no leyéndola, descubrí a Elizabeth Gilbert. Me pareció entonces una mujer elocuente y divertida. Incluso publiqué en este blog ese vídeo y lo recomiendo ahora entre mis alumnos del TEC. Pero no fue todo eso lo que me llevó recientemente a leer la novela. No.
Hace una temporada medianamente larga que disminuí el ritmo de mis lecturas. 2012 ha sido un año lleno de experiencias pero escaso en libros leídos. No he llevado bien la congoja que trae consigo la abstemia lectora. Una abstemia, vale decir, inducida por la carga ingente de trabajo y la exagerada inversión de tiempo y energía en la solución de problemas con orígenes estúpidos, pero al fin problemas. Una abstemia con la que hace poco decidí terminar, de golpe, como han ido terminando algunas otras cosas en mi vida.
Necesitaba un libro acompañante. Un libro guía que me sacara del letargo y me hiciera respirar de nuevo. No, que me hiciera flotar en la superficie del mar sin ahogarme. Un libro salvavidas que al mismo tiempo me hiciera pensar y reír y parpadear y mirar fijamente un punto equidistante del techo.
Antes de la etapa de abstemia lectora yo solía reproducir, una y otra vez, un bonito rito sobre la cama. Un rito que, bien pensado, dejé de reproducir desde mi llegada a Sevilla. Me rodeaba de libros. Apenas terminaba de leer uno, iba al librero a guiñarles ojo a los demás, que esperaban ansiosos el calor de mis manos, el cariño consecuente de mi atención. Luego leía un poco de cada uno hasta decidir, dejándome llevar por el placer de la lectura, cuál de ellos sería el afortunado que gozaría de mi curiosidad durante un tiempo.
Hacía años que no me dejaba reproducir ese precioso rito que siempre me ha hecho feliz. Por falta de espacio físico, las responsabilidades, la desgana, la añoranza. Qué se yo. Todas excusas pusilánimes pero al fin excusas.
Hace dos meses terminó mi relación con el hombre que pensé estaría conmigo la vida entera. Desde entonces, ando por la vida como zombi, algo perdido y profundamente triste.
Me mudé a un apartamento frío, en el cuarto piso de un edificio clásico sevillano, en el que es conocido como el barrio latino. Un sitio inicialmente acogedor y lleno de inconvenientes que desea convertirse en mi nuevo hogar, aunque yo todavía no lo veo claro.
Mudado ya, lejos de la vida que hacía junto a mi ex, comencé a experimentar una especie de vacío que de a poco me carcomía el hígado, las piernas, el corazón. Sentía cómo, lento pero seguro, me hundía en un hoyo profundo y apestoso que rápidamente se encargaría de convertirme en un ser humano miserable.
Días después de haber desempacado, de comenzar a organizarme la vida en soledad, volví a traer a mi cotidianidad ese ritual tan rico de rodearme de libros y elegir uno que me hiciera feliz. Los libros con los que compitió Come, reza, ama, son libros importantes, todos de autores queridos y admirados, unos menos contemporáneos que otros, pero igualmente importantes. Incluso había de esos a los que la academia suele llamar clásicos. Sin embargo, la decisión fue fácil de tomar.
Come, reza, ama es uno de esos libros que no olvidaré nunca. Llegué a él en el momento justo. Estoy seguro de que, si lo hubiera leído antes, me habría dado un poco igual. Pero ¿qué mejor momento para leer un libro sobre una mujer recién divorciada en la búsqueda de la felicidad, que el momento en que mi propio matrimonio termina?
Elizabeth Gilbert, con su gran sentido del humor y esa capacidad de ser a la vez profunda y fresca, ha podido no sólo ayudarme a superar la tristeza que llevo en el pecho, también me recordó que el amor empieza y termina en uno mismo y la vida es lo suficientemente basta como para cagarla, caer, levantarse, volverla a cagar, levantarse de nuevo y seguir hasta, por qué no, alcanzar la felicidad.
Dejó así, aquí estampada, la impresión que me deja el libro, sobre todo como pretexto para compartir algunas citas que me han marcado y guardaré en la memoria siempre. Pongo en primer lugar mi favorita.
“Eres como un perro en un vertedero. Venga a chupar una lata a ver si le sacas algo de alimento. Como sigas así, se te va a quedar el hocico metido en la lata y las vas a pasar canutas. Así que olvídate del tema.
—Es que lo quiero.
—Pues quiérelo.
—Es que lo echo de menos.
—Pues échalo de menos. Mándale luz y amor cuando te acuerdes de él y olvídate del tema.”“Durante toda mi vida las decisiones relativas a los hombres las he tomado muy deprisa. Siempre me he enamorado a toda velocidad sin tener en cuenta los posibles riesgos. Tiendo a ver sólo las cosas buenas de la gente, pero doy por hecho que todos estamos capacitados para llegar a la cima de nuestra capacidad sentimental. Me he enamorado incontables veces de la mejor versión de un hombre, no del hombre real, y después me dedico a esperar durante muchísimo tiempo (a veces una barbaridad) a que el hombre alcance su máximo potencial de grandeza. En el amor a menudo he sido una víctima de mi excesivo optimismo.”
“Los numerosos motivos por los que ya no quería ser la esposa de ese hombre son demasiado tristes y demasiado íntimos para enumerarlos aquí. Mis problemas tenían mucho que ver en el asunto, pero una buena parte de nuestras dificultades también estaban relacionadas con temas suyos. Es natural; al fin y al cabo en un matrimonio hay dos personas: dos votos, dos opiniones, dos bandos opuestos de decisiones, deseos y limitaciones. Pero tampoco pretendo convencer a nadie de que yo sea capaz de dar una versión objetiva de nuestra historia, de modo que la crónica de nuestro matrimonio fallido se quedará sin contar en este libro.”
“El amor desesperado consiste en inventarse un personaje, exigir a la persona amada que lo represente y hundirnos en la miseria cuando se niega a convertirse en ese ser de ficción.”
“…resulta que, como están casados, se pelean mucho cuando uno de ellos intenta enseñar algo al otro.”
“…si después de pasar por una época tan tenebrosa ves que te queda un atisbo de felicidad en tu interior, no te queda más remedio que agarrar esa felicidad de los tobillos y no soltarla aunque acabes con la cara entera manchada de barro. No lo haces por egoísmo, sino por obligación. Te han dado la vida y tienes la obligación (y el derecho, como ser humano que eres) de hallar la belleza de la vida por mínima que sea.”
“El otro inconveniente de columpiarse por las viñas del pensamiento es que nunca estás donde estás. Siempre estás escarbando en el pasado o metiendo las narices en el futuro, pero sin detenerte en un momento concreto.”
“La única función del ego es tener el control. Y en este momento tu ego está aterrorizado, porque estás a punto de bajarlo de rango. Es un chico malo y sabe que como sigas con tu camino espiritual, nena, sus días están contados.”
“…un alma gemela auténtica es un espejo, es la persona que te saca todo lo que tienes reprimido, que te hace volver la mirada hacia dentro para que puedas cambiar tu vida. Una verdadera alma gemela es, seguramente, la persona más importante que vayas a conocer en tu vida, porque te tira abajo todos los muros y te despierta de un porrazo. […] Un alma gemela llega a tu vida para quitarte un velo de los ojos y se marcha.”
“Después, al ir pasando los años, esa hipersensibilidad ante el paso del tiempo me llevó a vivir la vida a toda velocidad. Dado que nuestra visita a la Tierra es tan corta, cuanto antes lo experimentara todo, mejor.”
“…Estoy harta de ser una escéptica; la prudencia espiritual me fastidia y la controversia empírica me aburre y agota. No quiero oír ni una palabra más. Me importan un bledo las evidencias y las pruebas y las demostraciones. Lo único que busco es a Dios. Quiero tener a Dios dentro de mí. Quiero que Dios corra por mis venas como el sol corretea por la superficie del agua.”
Digamos, pues, que este libro ha sido como tiritas para un corazón partío y al mismo tiempo me devolvió la costumbre de irme a la cama con uno distinto cada tanto, digo, con un libro distinto.

¿Por qué, para qué escribo? Adelantada pero honesta declaración de intenciones
15 junEl mundo está mal. Todos lo dicen. Se quejan siempre. Me quejo siempre: el mundo está mal. Quejarse es muy fácil. Es depositar en los demás cualquier responsabilidad. El mundo está mal. Alguien debería arreglarlo. Pero ¿quién, cómo, cuándo, de qué manera? Y ¿por qué decir “alguien debería arreglarlo” y no simplemente “debería arreglarlo”?
Cambiar el mundo, asegura mi padre, es cosa de soñadores que no tienen los pies en la tierra. ¡Claro! Mi padre, tan preocupado como cualquiera porque su hijo no muera de hambre o asesinado, en el intento de arreglar el mundo, ha preferido siempre que me deje de andar por ahí de artista, manifestante, quejumbroso e inconforme. Me acusa: ¡pesimista!
Gandhi, Picasso, Einstein, Galileo, Da Vinci, son sólo un puñado de gente que transformó su realidad. Genios de la historia que han sabido ganarse la memoria global por su valentía y fuerza de voluntad, pero sobre todo, por su garra e inteligencia frente al imperativo ideológico, económico y normalizador que todo lo rige. No pretendo compararme, ni muchísimo menos, con semejantes personalidades. Las traigo a primera fila, supongo, para contradecir a mi padre, pero sobre todo para recordarme que si ellos lo hicieron, cualquiera puede; no le está negada a nadie la posibilidad de cambiar el mundo. O no debería.
¿Riesgos? ¿En qué ámbito de la vida no los hay? Recuerdo, no sin un poco de vergüenza, que durante mis años de infancia le preguntaba a mi madre: ¿qué puedo ser de grande? Ella, entusiasmada y llena de fe, me abría un panorama amplio de posibilidades; no siempre las más acertadas, pero al fin variadas. Puedes ser futbolista, me decía, bombero, policía, médico, arquitecto, abogado, empresario. Y mi siempre recurrente pesimismo, ya latente desde entonces, me hacía pensar: los futbolistas se rompen las piernas, los médicos, si se equivocan, pueden matar a alguien, o matarse ellos mismos si pillan un trágico virus de quirófano; los bomberos se mueren quemados o aplastados, los policías a balazos y los arquitectos, abogados y empresarios, se mueren de aburrimiento. Por aquél entonces, no sabía muy bien qué significaba ser arquitecto, abogado o empresario. Pero sonaba fatal. ¿Qué te gustaría a ti ser de grande?, me preguntaba mi madre, resignada, pues ninguna de sus sugerencias conseguía interesarme. Menos aún cuando me decía: sea cual sea tu elección habrás de entender que, al final, todo conlleva un riesgo.
No supe responder a esa pregunta hasta muy entrado en la adolescencia, o sea, casi ayer. Pero siempre, por muy lejana e incomprensible que me pareciera la respuesta a esa pregunta, me imaginaba frente a la gente, conversando. Me lo imaginaba mientras practicaba, tercamente, mi caligrafía sobre un bonche de hojas blancas. Imaginaba charlar, no como quien se imagina poseedor de una conversación digna de aplausos y reconocimiento, sino como quien ve en el acto de dialogar, una oportunidad para recordar, para revivir y, por lo tanto no olvidar. Como quien ve en el acto de platicar una estrategia para entender el mundo.
Quizá el padre de Gandhi (primer ministro de la ciudad hindú de Porbandar, perteneciente a una casta de astutos mercaderes), se habría muerto del susto, de no haber muerto antes, al enterarse de que su hijo, quien había estudiado abogacía en Londres durante su juventud, se estuviera muriendo de hambre, literalmente, en pro de sus ideales. Quizá, de haber estado vivo, el padre de Gandhi habría hecho lo posible por impedir que su hijo anduviera por ahí de proclamador de la paz, desatando la violencia de quienes no lo entendían. Quizá habría intentado impedir que un joven hindú lo asesinara a balazos y hoy Gandhi no sería Gandhi.
A Galileo, por otra parte, lo asesinó la iglesia. Sustentar la teoría heliocéntrica de Copérnico y con ello sostener que la tierra no era el centro del universo, fue demasiado transgresor para su tiempo. Puso al mundo de cabeza, cimbró las mentes, cuestionó la autoridad religiosa. Y, aunque luego se retractó e hizo pasar por falsos sus descubrimientos para salvar la vida, no consiguió salir del problemón en que lo habían metido sus inquietudes científicas. Ignoro si los padres de Galileo, o cualquiera de sus familiares, intentaron ayudarlo. Pero de haberlo hecho y conseguido, quizá hoy Galileo tampoco sería Galileo. Ni el mundo sería el mismo en el que hoy vivimos.
Gandhi y Galileo corrieron con el riesgo de ser ellos mismos y hacer lo que debían y querían hacer. Y así cambió el mundo en consecuencia.
Ambos, muy a mi pesar, le dan a mi padre la razón, en parte. Frente a ello, no me queda más que admirar la sabiduría de los tres. Reconozco que hay genios que han cambiado al mundo, a pesar de sí mismos y corriendo con riesgos tan gruesos como los de éstos dos personajes. Soy demasiado cobarde para eso. Pero, para mi fortuna pesimista y, para consuelo de mi padre, no todos los que han cambiado el mundo tuvieron el mismo destino.
Picasso murió de un edema pulmonar, calientito en su casa y acompañado por su familia, después de una vida artística que lo convirtió en el pintor español más importante del siglo XX. Einstein murió de un infarto cardiaco consecuencia de la complicación de una bronconeumonía pulmonar, es decir, por abusar del tabaco, después de decirle al mundo que el tiempo y el espacio son una chusquería. Y Da Vinci murió de viejo en un castillo italiano, sin saber que se había convertido en el personaje más genial e innovador de la historia.
Cuando tenía dieciséis o diecisiete años y me preparaba para entrar a la universidad, me resultó inevitable recordar esos pensamientos sesudos de mi infancia sobre los contras de ser bombero, policía o médico. Descubrí que no me servían de mucho para resolver una duda que por entonces me atormentaba: ¿debo elegir la carrera de informática y, por lo tanto hacer un bachillerato que me disponga para ello?
De no haber sido porque tuve dos profesoras muy buenas que me supieron enamorar del periodismo y la literatura en esa etapa de mi vida, quizá hoy no estaría escribiendo estas líneas y habría perdido el asco por las matemáticas. Y ya puesto a sumar peros: quizá también, de haber sido informático, sería muy infeliz y aquellas imaginaciones mías sobre conversar con los demás se habrían vaporizado, pues no eran más que una borrosa nube de pensamientos.
Me decidí, pues, por la literatura, después de estudiar comunicación social y periodismo cultural, probablemente porque me parecía poco factible eso de morirse escribiendo, pero también porque fue la profesión que me permitía hacer lo que desde niño imaginé: conversar, comunicar.
Hoy, después de varios años comprometido con mi formación literaria, totalmente convencido de haber encontrado mi vocación, eso que mucha gente llama “la pasión” de la vida; se me cruzan en el camino varias preguntas aún más difícil de responder que la de qué iba a ser de grande. Preguntas que seguramente han puesto a sudar a más de una persona y esclavizado muchas. ¿Par qué escribo? ¿Qué aspectos del mundo me parece están mal y deberían cambiar? ¿Con qué aspectos de la vida no estoy de acuerdo? ¿Qué postura debo tomar ante ello como creador literario o periodista?
No pienso meterme aquí en el berenjenal de la función social del periodismo. Está claro: cuando de periodismo se trata, mi compromiso es social. Basta con decir eso. Periodísticamente hablando me siento comprometido con “la verdad”, por trillado y poco concreto que eso suene.
Pero quizá sí vale la pena desarrollar brevemente el tipo de compromiso que elijo tomar como creador literario, al tiempo que expongo, como si se tratase de una declaración de intenciones (quizá apresurada, pero honesta), cuáles son los principios e ideales que hoy me interesa defender a través de la literatura.
No busco crear vanguardias, romper moldes, o transformar la visión del mundo con mi trabajo literario (aunque debo confesar que, muy al inicio de mis incursiones en la narrativa, sobre todo en el terreno de la investigación, soñé con proponer a la técnica del cuento un cambio tan importante como lo hiciera Edgar Allan Poe en el siglo XIX, y hasta me dediqué a investigar el cuento mexicano de la segunda mitad del siglo XX con la esperanza de encontrar rasgos “evolutivos” que pudieran guiarme hacia esa meta).
Tampoco busco hacer historia y ganarme la memoria global por mi valentía o fuerza de voluntad y, no soy quien para combatir el imperativo ideológico, económico y normalizador que todo lo rige. Sobre todo, porque aspiro a pagar la renta y comprar comida con los beneficios de mi trabajo literario, porque quiera o no, mi literatura siempre se verá influenciada y puede corresponder a una o varias ideologías, y porque hay un aspecto de mi realidad social que sí me interesa “normalizar”, es decir, ayudar a convertir en norma (lo expondré más abajo).
Me cuesta trabajo creer que Galileo, Gandhi, Picasso, Einstein o Da Vinci hayan dedicado sus mejores días a cambiar el mundo, así, de manera tan abierta y comprometida. Sin duda alguna, todos ellos se dedicaron simplemente a lo que debían y querían hacer. Y se comprometieron única y exclusivamente consigo mismos y sus principios, trabajos e ideales. Luego, algunas veces con más fortuna que otras, esos trabajos o dedicaciones tuvieron consecuencias que transformaron el mundo, o mejor dicho, que cambiaron la forma en que los demás comprendían el mundo. Pero esa consecuencia poco o nada, a mi parecer, tuvo que ver con sus motivaciones o intenciones.
Parto de esa idea para delinear el primero de los principios que hoy por hoy defiendo a través del ejercicio literario: el único compromiso que establezco es conmigo mismo y con mi trabajo. Es decir, antes de comprometerme con cualquier fin, ajeno o externo a la creación, no me comprometo con nada ni nadie más.
El segundo de mis principios, en íntima relación con el primero, es el siguiente: más allá de buscar que los demás transformen su modo de entender el mundo, me interesa mostrarle a los demás, a los interlocutores con quienes deseo conversar, cuál es mi modo de entenderlo, de verlo, y así luego, escuchar sus propias formas de percepción y organización, para nunca salir del sistema de intercambio de ideas que hace tan rica, emocionante y sorprendente la vida.
Finalmente, el tercero y último de los principios con los que actualmente me comprometo, es: defender y luchar por los derechos humanos, sexuales y reproductivos, cuando esta lucha no interfiera o condicione mi creación literaria.
Soy orgullosamente gay. Estoy casado con un hombre maravilloso con el que deseo compartir el resto de mi vida. Hasta hace muy poco tiempo, en mi país de origen, México, no se permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo. A pesar de que el Distrito Federal dio un gran paso en materia de derechos humanos al modificar su código civil, las parejas no heterosexuales del resto del territorio mexicano no pueden optar por el matrimonio en sus propias localidades, restringiendo así los derechos y garantías que tal efecto jurídico tiene como consecuencia en los cónyuges.
En España no hace muchos años que la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, permitió, en mayor o menor medida, una respuesta social positiva frente al incremento de familias diversas conformadas por personas no heterosexuales, teniendo esto como consecuencia, un decrecimiento de los crímenes por homofobia y una disposición más respetuosa y tolerante frente a la diferencia.
Me interesa que la realidad en la que vivo, parecida a la de millones de personas en todo el mundo, unidas bajo un modelo de familia no convencional, se normalice, se convierta en norma. Estoy cansado, como mucha gente, de ser un ciudadano de segunda, de sufrir, a veces más, otras menos, la ignorancia y discriminación de los otros. Por eso acojo ésta como causa o principio.
Hubo un periodo de mi adolescencia temprana en que, en efecto, intenté cambiar el mundo. Hasta que me di cuenta de que esa tarea, aunque no le está negada a nadie, me quedaba demasiado grande. Sí me interesa, en cambio, escribir, y a través de la escritura comprometerme con algunos ideales o principios. Si debido a ello, un día, el mundo cambia, bien habrá valido la pena el esfuerzo, porque más de una persona habrá conseguido utilizar o aprovechar mi trabajo. De momento, me basta con ser yo mismo quien le saque partido.
Me siento avocado a los principios e ideales que hoy me motivan y estaré siempre dispuesto a correr los riesgos necesarios para defenderlos, sean los mismos toda mi vida o, como probablemente suceda, cambien. Nadie en este planeta piensa igual toda su vida.
Sobre Aire de Dylan de Enrique Vila-Matas
14 mayFinalmente, después de que hace unos meses Enrique Vila-Matas presentara en Sevilla su más reciente novela Aire de Dylan, me di a la tarea de atrincherarme en casa y leerla. Debo decir, terminado el atrincheramiento, que la obra me deja un buen sabor de boca y me hace reflexionar sobre el arte, en particular el literario, y la época posmoderna en la que vivimos.
La novela cuenta la historia de un escritor (raro en Vila-Matas) que planea dejar de escribir, radicalizando su postura hasta el mutismo, pues a lo largo de su vida también había hablado hasta por los codos. El escritor, arrepentido por todos los libros que escribió y publicó durante su prolífica carrera literaria, analiza el contexto que lo rodea tanteando los pros y los contras de llevar a cabo su plan: callar.
Una carta procedente de Suiza que lo invita a participar en un congreso sobre el fracaso, lleva al escritor a toparse de frente con Vilnius, el joven hijo de otro escritor afamado que ha muerto recientemente y cuya única virtud, en contradicción al éxito literario del padre, es parecerse físicamente a Bob Dylan.
Vilnius, sin pudor alguno, hace público durante el congreso del fracaso que sus últimos días lo han convertido en un ser miserable, debido a que Lancastre (así se llama su padre el escritor famoso) se le cuela en la cabeza por momentos, infiltrándole recuerdos sobre su vida.
Los planes del escritor radical que pretendía callarse para siempre, se truncan cuando conoce la disparatada historia de Vilnuis, quien además de soportar las intrusiones mentales de su padre, se dedica sin prisas a completar un Archivo General del Fracaso, de cuyo resultado planea hacer una película y, sin planearlo demasiado, termina fundando la infraleve sociedad Aire de Dylan, cuyos ligeros miembros intentarán desenmascarar a los asesinos de Lancastre, a través de una representación teatral con cara y cuerpo de narrativa.
Vila Matas cuenta así la relación de un padre y un hijo que personaliza el duro contraste entre la cultura del esfuerzo y el creativo arte de encogerse de hombros y no hacer nada.
Entre otros aspectos, la obra de Vila-Matas me hizo pensar en lo difícil que es escribir narrativa, en las diferencias que hay entre crear poesía y crear narrativa, para ser exacto. Un diálogo de Vilnius en la novela me hace detenerme en este pensamiento: “¿No sería mejor tratar de vivir en un «estado poético»?”
La otra tarde le escuché decir a José Carlos Carmona, profesor de la Universidad de Sevilla que actualmente imparte un taller de escritura creativa al que asisto, que la poesía te llega pero a la narrativa hay que buscarla. Será así, pienso, porque la poesía es una especie de consecuencia inevitable de experimentar emociones o sentimientos y la narrativa es la consecuencia evitable de pensar, imaginar y construir una historia: para cuyo ejercicio hace falta mucho más que experimentar emociones o sentimientos. En ese sentido, vivir en un estado poético para Vilnuis, en términos literarios, es vivir a la espera de que todo te llegue, como cuando las musas te susurran al oído y de una sentada escribes un montón de páginas en prosa que hablan sobre sentimientos y emociones pero sin drama, argumento o dirección. Una espera que podría, o no, terminar en la fructificación de una idea y su consecuente transformación en un producto literario, llamémosle poema.
Sí, quizá sería mejor vivir en un estado poético. Mejor por fácil, porque esperar no te obliga a nada. Es cruzar las piernas, los brazos y sentarse a contemplar cómo el tiempo transcurre, hasta que de un momento a otro algo pasa y puedes, o no, reaccionar ante ello. Vivir en un estado poético podría ser fuente de felicidad para el mundo, como lo es para el personaje de Vila-Matas, pero en definitiva esperar es aburrido y cobarde.
¿Qué puede ser más aburrido que postrarse frente al tiempo a esperar que algo suceda? Quizá postrase frente al tiempo a esperar, incluso sabiendo que nada pasará…
Este libro me recordó que en arte, el creador tiene la obligación de perder el miedo al fracaso porque, de no hacerlo, tarde o temprano llegará a la parálisis: en el mejor de los casos enmudecerá, en el peor se vestirá de artista famoso y andará por allí jurando que trabaja en un proyecto muy interesante y ambicioso, tanto que podría decir durante toda su vida que trabaja en ello, sin temor a fracasar o ser juzgado. El colmo, en el caso de Vilnius, el personaje de Vila-Matas, es pregonar que tu proyecto creativo es un Archivo General del Fracaso.
Si una de las características de los tiempos posmodernos que corren es que para ser artista o literato hay que ser un auténtico huevón, por no decir fracasado-wannabe, me declaro moderno, o anticuado, ya no sé.
Y ahora los dejo porque desde hace tres semanas intento hacer cuajar las ideas que podrían convertirse en mi próximo libro de relatos, ideas que yo solito me impido aterrizar porque tenía el compromiso moral de terminar de leer Aire de Dylan y el compromiso irreal de pelear a muerte contra un queso de soja gigante.
Cierro esta nota con aires de reseña y auto castigo, con una cita del narrador de Aire de Dylan (me refiero al personaje que escribe la novela y no a Vila-Matas —aunque tal vez la diferenciación sea innecesaria):
“Ellos lo habían pensado bien y no tenían tiempo ni querían pertenecer a la cultura del esfuerzo […] Preferían tener una idea por día y ser infraleves como el aire y vivir tranquilos y cambiar todo el rato de pensamientos en medio de la atmósfera cultural vacía de su país, balancearse en la nada y no cometer el error de encadenarse durante meses o años a la elaboración de un libro, de una sinfonía, de una película. Querían tener una idea por día y normalmente ni siquiera llevarla a la práctica, tenerla y dejarla abandonada, catalogarla como un fracaso más en el Archivo General del Fracaso.”
Para los que no pudieron asistir a la presentación en Sevilla, aquí les dejo la grabación de la presentación de “Aire de Dylan” en la Biblioteca Provincial Infanta Elena. Por cierto, si quieren se la pueden descargar.
Autor de las imágenes: Marco Colin
El uno para el otro
4 abrUna mañana, seguramente de domingo, recién habiéndome levantado a eso de las dos o tres de la tarde, mi marido me dijo, al preguntarle cómo había pasado la noche:
—Estuve muy inquieto —pronunció con cierta aflicción—. Casi no dormí, me desperté temprano porque me soñé a mí mismo diciéndome: eres tan vago, tan vago, que debes levantarte para así tener más tiempo de hacer nada.
Sonreí mientras me quitaba las chinguiñas de los ojos.
Aurelio está metido
14 marLa tarde de hoy Aurelio sonrió mientras caminaba por la calle, sonrió porque ya no sentía frío, porque el invierno desaparecía y la luz de las tres menos algo lo reconfortaba.
Ayer, Aurelio cocinó calabazas fritas con salsa de jitomate, pedacitos de salchicha y perejil, limpió el suelo con lejía y puso una lavadora.
Hace varios días Aurelio salió de paseo y soñó con ir a la playa y a la India y a Marruecos, con usar camisas de cuadritos y las gafas negras de la tienda del centro.
Desde hace varios meses Aurelio aplaude cuando mira a las palomas de la iglesia, volar desde la torre al tejado y desde el tejado a la fuente; cuando mira a la gente sentada en las terrazas bebe que bebe café.
Desde hace más de un año Aurelio escribe cartas a su madre, y cuentos y novelas, informes largos, recaditos. Hace las compras, paga las facturas, ahorra un poco.
La tarde de hoy Aurelio sonrió, también, porque el empedrado de las calles era igual y la mierda de los perros estaba esparcida en la esquina de siempre, porque el chino donde compró el foco de la cocina sigue abriendo de nueve a once y la farmacéutica tiene aún las manos grumosas y esqueléticas.
Aurelio hoy sonrió porque de pronto se descubrió aburrido y cuando la gente está metida en sus vidas, en sus casas, en sus cosas, de pronto se aburre y cuando se aburre no extraña.
“Viaje en carretera”, un capítulo-cuento de mi novela Las puertas del paraíso
7 marMe complace compartir el más reciente número de la revista mexicana Mitote, donde colaboro con un capítulo-cuento de mi primera y todavía inédita novela Las puertas del paraíso, una obra que se vale de la técnica propia del cuento para novelar las aventuras de un chico del norte de México en busca de la posibilidad de amar y ser amado en una relación larga, fructífera y llena de sexo animal.
“Viaje en carretera”, el cuento-capítulo publicado, narra la historia de amor fugaz entre Blanca y Andrés al ritmo de la desesperación ilusionada que todo enamorado siente al comienzo de una relación. Un cuento que reclamará la atención del lector y lo llevará a participar en la obra como creador y no sólo como intérprete.
Ve aquí para descargar la revista.
Cómo narrar una historia y no morir en el intento
27 eneA los que no se rinden,
a los que escriben.
Esencialmente, todos estamos capacitados para contar historias. A las personas nos gusta dar cuenta de la realidad (para comunicarnos con los otros, para entender y ser entendidos, para abrir el debate), pero más nos gusta que nos cuenten historias porque a través de ellas aprendemos a vivir.
Aunque todo el mundo esté capacitado para contar historias, no todos saben cómo narrarlas, de manera que sus ideas, anécdotas, y emociones sucumben ante la falta de claridad y suelen perderse en el universo infinito de la confusión, la escritura autocomplaciente, la retórica vanidosa o la técnica tramposa que pretende sorprender.
Este texto no busca dar cátedra a nadie, mucho menos hacerse pasar por uno de esos decálogos ingeniosos que grandes escritores han creado como guías para el novato que desea escribir narrativa. En todo caso, si se quiere, puede leerse como una lista de sugerencias que podrían orientar a quien desea practicar la escritura creativa para narrar una historia y no frustrarse en el intento. Porque ¡oh!, tirano el oficio del narrador, que tanto tiempo y determinación exige, es capaz de provocar frustraciones y renuncias.
Mi trayectoria y experiencia en el mundo de la escritura creativa son cortas, más no insuficientes para realizar esta propuesta ¿metodológica?, que habrá de ser leída como una más, entre el basto mar de propuestas hechas por escritores y diversos estudiosos de la escritura creativa.
Me permito recomendar aquí la lectura de El guión, de Robert McKee; El viaje del escritor, de Christopher Vogler; Después apareció una nave, de Guillermo Samperio; Manual de creatividad, de Mauro Rodríguez; La escritura dramática y Manual de Teoría y Práctica teatral, de José Luis Alonso de Santos; El arte de la ficción, de John Gardner y El gozo de escribir, de Natalie Goldberg; libros todos en los que me apoyo para el desarrollo de esta propuesta y cuyo estudio a profundidad capacitará fuertemente a cualquiera para enfrentarse a la tarea de narrar una historia (en el más amplio sentido del término, sin ceñirse necesariamente a una forma genérica concreta, es decir, un cuento o una novela, en cuyos casos vale la pena estudiar particularidades y diferencias: asunto que no atenderé aquí).
Debo hacer énfasis en lo siguiente: la mía es una propuesta humilde con un enfoque práctico que, más allá de apuntar una fórmula para narrar una historia (eso no existe, y si existe todavía no la conozco), enlista una serie de consideraciones generales que al escribiente, sobre todo al recién iniciado en la escritura creativa de narrativa, conviene tener en mente ya sea antes, durante, o después de la realización de un texto narrativo.
Animado por la experiencia como coordinar del Taller de escritura creativa de Sevilla, seducido por los invaluables conocimientos adquiridos durante el estudio del Máster en Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla (del cual soy recién egresado), y comprometido con quienes, como yo, sienten pasión y placer narrando historias a través de la escritura, me animo a creer que para conseguir dicho cometido hace falta:
1. Desear que esa historia sea conocida por otros. De otro modo, el autor pensará únicamente en sí mismo y podría fácilmente caer en la enorme tentación de auto complacerse.
Considerar al otro es querer comunicarse, transmitir ideas, sentimientos o emociones. Es como abrir un diálogo con los amigos y no como hablarse a uno mismo reflejado en el espejo.
2. Resumir en muy pocas líneas la historia que se desea contar: identificando claramente inicio, desarrollo, clímax y desenlace.
La práctica de la escritura narrativa exige claridad, una cualidad mental elevada. Aterrizar las ideas sobre el papel ayuda a organizar los pensamientos. Una mente capaz de ordenar sus pensamientos tendrá la habilidad para expresarlos luego de manera clara.
3. Imponerse la disciplina de seguir, siempre seguir, hasta sentirse satisfecho con los resultados obtenidos a través de la escritura, la corrección y todas las posibles reescrituras que podría necesitar la creación del texto narrativo en cuestión, siendo prudentes con nosotros mismos, para no exigirnos demasiado; generalmente eso pasa cuando notamos la falta de experiencia o lecturas, en cuyo caso lo que debemos hacer es practicar y leer, no frustrarnos porque no conseguimos escribir como quisiéramos. Dice Natalie Goldberg que tenemos derecho a escribir porquerías, sobre todo si empezamos a escribir. Pero conforme vamos haciendo práctica y acumulando experiencia, también adquirimos la obligación de no enamorarnos de las porquerías que escribimos. Es necesario ver a nuestros primeros ejercicios como lo que son: prácticas, no los mejores resultados que podemos obtener. Siempre podremos obtener mejores resultados, cada práctica nos permitirá verificarlo, porque con cada una de ellas aprendemos y adquirimos nuevas habilidades.
Cuando hemos sido capaces de resumir la historia que deseamos contar nos acercamos a conocer la magnitud real del proyecto a realizar. Nos encontramos, pues, en una etapa previa a la escritura. No es lo mismo pretender, que hacer. Tener una idea de qué tan larga es la historia pretendida, nos permite aventurar una hipótesis sobre la cantidad de tiempo y esfuerzo que tal empresa requiere. Si consideramos esa proyección y la contrastamos con nuestro ritmo habitual de escritura o el tiempo real que dedicamos regularmente a dicha práctica, sabremos cuánto tiempo y esfuerzo podría exigirnos la narración de la historia que traemos entre manos. Así el escribiente será capaz de paliar las ansiedades y ser congruente consigo mismo, combatiendo la maldita frustración que tantas veces conlleva la renuncia.
4. Supeditarse a la historia.
Los escribientes, muchas veces seducidos por la técnica (que es muy atractiva), se olvidan de qué desean contar y se concentran en cómo les gustaría contarlo. No es más importante una cosa u otra, o no debería serlo. Un sano equilibrio entre ambos aspectos podría llevarnos a conseguir nuestro cometido con éxito.
La recomendación general es: no pensar demasiado en el cómo, sobre todo si se empieza a practicar la escritura narrativa y se domina poco la técnica. Es más práctico y productivo pensar en la historia, porque ella misma es capaz de señalar las herramientas técnicas más indicadas y atractivas con que podría construirse la narración.
No pretendo unirme al debate que desde siempre ha existido sobre la forma y el fondo, sobre el cómo y el qué de una obra artística, sino más bien señalar que un escribiente, sin apenas conocer la técnica narrativa y con poca o nula práctica construyendo historias, poco o nada conseguirá si se preocupa demasiado por la técnica, en lugar de atender a la historia y sus emocionantes pasiones.
La escritura de un texto narrativo no puede ser considerada una obra artística, o una obra literaria, por el simple hecho de ser un texto narrativo y utilizar ciertas normas técnicas o genéricas. Son los lectores, la academia y los editores, quienes con el paso del tiempo, influenciados por los cánones, las tradiciones o las tendencias creativas y mercantiles, califican como una obra artística o literaria un texto narrativo. Pero también el tiempo, el estudio de la técnica y la práctica que consigue acumular el escribiente, son factores que le permitirán prescindir (o no) de la historia, para concentrarse en la forma en que será contada.
5. Hacer una lista de los acontecimientos que construyen la historia.
El objetivo es desarrollar la idea inicial, organizando de manera cronológica todos los sucesos.
Todas, absolutamente todas las historias, tienen un inicio y un final, independientemente del orden en que nos han sido contadas.
Las historias son sistemas lógicos de causalidad, donde los acontecimientos se encadenan, uno tras otro, de manera natural, permitiendo a quien las conoce, entenderlas e interpretarlas.
Enlistar los acontecimientos de una historia es reconocer el territorio por donde se navegará, es identificar un destino y un puerto, un inicio y un final. Es sinónimo de claridad.
Esta es una etapa muy temprana para pensar en estructura, sobre todo para quien intenta por primera vez narrar una historia. En lugar de pensar en un orden que, intuimos, puede resultar atractivo, conviene pensar en la lógica que cimenta la argumentación lineal, cronológica. Entre más entendible y clara sea una historia en orden cronológico, más posibilidades tendrá el escribiente para crear tensión, intensidad y suspenso en el lector, al proponer una organización argumental distinta, no lineal y, con ello, una estructura llamativa u original. Quien conoce y domina el universo ficticio que ha creado, es capaz de reorganizarlo cuantas veces se lo proponga, eligiendo de manera estratégica la información y los acontecimientos que componen la historia.
6. Identificar al personaje protagonista y su respectivo objeto de deseo.
Todas las historias tienen un héroe y todos los héroes tienen deseos, metas u objetivos.
Con toda seguridad preferiremos saber a quién le ha sucedido qué, pues de ese modo nos sentimos más cercanos al suceso, conseguimos identificarnos con la historia y sentir empatía con el personaje principal.
Si identificamos claramente el objeto de deseo del protagonista, ya habremos hecho la mitad del trabajo necesario para identificar cuál es el conflicto de nuestra historia. Y entre más simple y consciente sea ese objeto de deseo para el personaje protagonista, más simple y consciente será para nosotros entender qué acciones habrá de realizar nuestro personaje para intentar alcanzar su deseo, es decir, para enfrentarlo a la aventura.
7. Identificar al o los personajes o fuerzas antagonistas, que impedirán al protagonista alcanzar su objeto de deseo.
Si el protagonista de nuestra historia puede conseguir lo que desea sin que nada se lo impida, entonces habrá personaje, pero en ningún caso historia. Para que haya historia es necesaria la existencia de obstáculos y resistencias que se le opongan al protagonista en el empeño por conseguir su deseo. Esos obstáculos podrán estar representados por otros personajes o por circunstancias diversas que funcionen como resistencias en la aventura del protagonista, rumbo al alcance de su objeto de deseo.
Haciendo una lectura muy simplificada de la obra de Shakespeare, en Romeo y Julieta el conflicto es: Romeo quiere a Julieta y no la puede tener porque sus respectivas familias lo impiden. ¿Cuándo termina la historia de Romeo y Julieta? En el momento en que los amantes se reúnen simbólicamente en el universo paralelo de los muertos y enamorados, es decir, en el momento en que Romeo alcanza, indirectamente, su objeto de deseo: Julieta. Recordemos: la noche que Romeo es desterrado va a donde Julieta y consuma el matrimonio, entonces parte hacia Mantua, donde esperará noticias del sacerdote que los casará y así poder volver a reunirse con su amada. Entre tanto, el padre de Julieta fija la boda de su hija con un tal Paris, sin contar con el consentimiento de ella. Entonces Julieta, para escapar de la traición a su marido idea, junto con el sacerdote que los casaría, beberse un líquido que la dejará dormida como si estuviera muerta, hasta que Romeo pueda reunirse con ella. El sacerdote envía una carta a Romeo para que sepa de la treta, pero la carta no llega a su destino, el muchacho, al encontrarse a Julieta, supuestamente muerta, compra un veneno y se lo bebe junto a la tumba de su amada. Cuando Julieta despierta y lo ve allí muerto, no soporta el dolor se suicida con un puñal, para así reunirse con Romeo en el más allá.
¿Qué habría sucedido si Romeo hubiese podido alcanzar a Julieta, antes de morir, sin impedimento alguno? Quizá se habrían casado y antes de saber que tuvieron un pisito muy mono, una luna de miel en Hawái y muchos hijos, habríamos visto el punto final de la historia.
8. Reconocer las formas en que los personajes de la historia se relacionan con el personaje protagonista.
Los personajes no son marionetas que podamos movilizar a gusto sin consideración alguna. Todos los personajes de una historia deben cumplir una función concreta, ya sea para ayudar al protagonista a conseguir su objeto de deseo, o para impedírselo. Si no es así, la existencia de un personaje puede resultar intrascendente y distraer la atención de quien busca entender y dar sentido a dicha historia.
9. Resumir en muy pocas líneas el conflicto que la historia plantea.
Siguiendo la escuela teatral de William Layton, el conflicto puede identificarse respondiendo a la pregunta: ¿quién quiere qué y de qué manera? Quién es igual al personaje protagonista. Qué es igual al objeto de deseo del personaje protagonista. De qué manera en igual a las estrategias, acciones que el personaje protagonista realizará con el propósito de conseguir su objeto de deseo. En una historia es necesario contar con una fuerza que resista el ímpetu del protagonista. Sin esa fuerza, el protagonista conseguiría muy fácilmente lo que desea, lo que aniquila el drama. El conflicto es el corazón de las historias, es lo que las hace historias, proveyéndolas de acción y emociones. Sin conflicto no hay historia. Así de simple.
10. Identificar la premisa de la historia.
¿Qué nos impulsó a escribir una historia? A Newton le cayó una manzana en la cabeza y eso lo llevó a desarrollar toda una teoría sobre la gravitación universal. La premisa es la idea, la anécdota, las emociones o sentimientos que llevan a una persona a desear convertir esa idea en una historia. Identificarla nos ayuda a entender parte de nuestro propósito al querer convertir esa idea en una historia narrada, porque aunque no lo tengamos claro aún e, incluso, aunque no querramos, estaremos tratando de decir algo con nuestra historia, es decir, intentaremos comunicar una idea que, con bastante seguridad, no es la que nos impulsó a escribir. Newton no dejó como legado que las manzanas lastiman las cabezas de los hombres cuando caen de los árboles por sorpresa, ¿verdad?
11. Identificar la idea controladora de la historia y diferenciarla de la premisa.
Siguiendo a Robert McKee, la idea controladora es el significado último de la historia. Queremos que el mundo deje nuestra historia convencido de que la nuestra es una metáfora verdadera de la vida. Y los medios con los que vamos a conseguir llevar al público hasta nuestra perspectiva residirán en el diseño que demos a nuestra narración. Narrar es la demostración creativa de la verdad. Una historia es la prueba viva de una idea, la conversión de una idea en acción. La estructura de los acontecimientos de una historia será el medio que utilicemos primero para expresar y luego para demostrar nuestra idea… sin explicaciones.
Cuanto más capaces seamos de dar forma a nuestro trabajo alrededor de una idea clara, más significados descubrirán los públicos en nuestra historia cuando tomen nuestra idea y sigan sus implicaciones hasta cada uno de los aspectos de sus vidas. Por el contrario, cuantas más ideas intentemos empaquetar en una única historia, más se inflarán a sí mismas, hasta que se colapse en una maraña de nociones tangenciales que no diga nada.
La idea controladora se puede expresar en una única frase que describa cómo y por qué la vida cambia de una situación al principio hasta otra al final. Consta de dos elementos: el valor y la causa. Identifica la carga positiva o negativa del valor crítico de la historia en el clímax del último acto, e identifica el motivo principal por el que dicho valor ha cambiado hasta alcanzar su estado final. La frase compuesta por estos dos elementos, valor y causa, expresará el significado profundo de la historia. La idea controladora es la forma más pura de significado narrativo, del cómo y del porqué del cambio, la visión de la vida que los lectores convierten en parte de sus vidas.
Analizando el final que hayamos elegido para nuestra historia deberemos preguntarnos: como resultado de esta acción climática, ¿qué valor, con carga positiva o negativa, entra a formar parte del mundo de mi protagonista? Después, retrayéndonos de ese clímax y excavando en los cimientos, nos plantearemos: ¿cuál es el motivo principal, la fuerza o el medio por el que llega este valor a su mundo? La frase que compongamos con las respuestas a estas dos preguntas se convertirá en nuestra idea controladora.
En otras palabras, la historia nos da su propio significado; nosotros no dictamos el significado a la historia. No sacamos la acción de la idea, sino más bien la idea de la acción. No importa cuál sea nuestra inspiración, la historia acabará encajando su idea controladora dentro del clímax final, y cuando ese acontecimiento nos exprese su significado, experimentaremos uno de los momentos más intensos de la vida de cualquier autor: el auto reconocimiento. El clímax narrativo refleja nuestro yo interior, y si nuestra historia ha surgido desde las más profundas fuentes de nuestro ego, con mucha frecuencia nos sentiremos sorprendidos por lo que veamos reflejado en ella.
Se llama idea controladora, no porque nosotros podamos controlarla (en cuyo caso se llamaría idea controlada), sino porque ella controla a la historia.
12. Pre diseñar la historia utilizando una didáctica.
Todavía de la mano de McKee, debemos componer las escenas que contradigan a nuestra declaración final con tanta verdad y energía como aquellas que la refuercen. Si nuestra historia termina con una contra idea como “El crimen compensa porque…”, entonces deberemos fortalecer las partes que lleven al público a creer que la justicia ganará. Si nuestra historia acaba con una idea como “La justicia triunfa porque…”, deberemos potenciar aquellas escenas que expresen “El crimen compensa, y compensa mucho”. Es decir, no debemos presentar argumentos tendenciosos.
El peligro es el siguiente: cuando nuestra idea controladora se convierte en la idea que debemos demostrar al mundo y diseñamos nuestra historia como un certificado irrechazable de esa idea, nos embarcamos en la didáctica. La didáctica es, hemos visto ya, esa forma de asignación de valores positivos o negativos a los acontecimientos narrativos o escenas de nuestra historia, que nos permiten luego elegir de manera estratégica un orden nuevo, una estructura nueva y emocionante para contar la historia mientras creamos suspense y tensión. Abusamos de la didáctica para sermonear, y así nuestras historias se convierten en tesis. El enfoque didáctico es el resultado de un entusiasmo ingenuo por el que pensamos que se puede utilizar la ficción a modo de bisturí, para extirpar los cánceres de la sociedad.
Sin embargo, toda historia, se quiera o no, comunica una idea y bien vale la pena reconocer abiertamente cuáles son las ideas que mantienen obsesionada a nuestra mente, pues dicha identificación, como la didáctica nos permite observar, será necesaria para el diseño narrativo.
El truco consiste en no ser esclavos de las ideas propias, sino en sumergirse en la vida. Porque no se trata de ver hasta qué punto podamos defender nuestra idea controladora, sino si ésta alcanzará la victoria al enfrentarse a las poderosas fuerzas que organicemos contra ella.
13. Elegir los acontecimientos narrativos esenciales para contar la historia y descartar los que no trabajen a favor de la tensión, la intensidad y el suspense.
Si antes de saber qué vamos a contar ya estamos preguntándonos qué partes de la historia usaremos y qué partes no, estaremos caminando en círculos. No se puede escribir con claridad si no se sabe, con la misma claridad, qué se va a escribir. Aunque hay quienes prefieran aventarse a la hoja en blanco sin saber demasiado… El escritor mexicano Juan Rulfo era uno de ellos. Él escribió una vez que le bastaba saber tres cosas para poder escribir un cuento: ambiente, personaje protagonista y forma de expresión del personaje protagonista. A partir de allí, Rulfo escribía sin parar, hasta sesenta páginas sin ningún tipo de consideración. Al fin conocedor de la técnica del cuento, después de escribir semejante cantidad de material, se disponía luego a recortar, a quitar y quitar hasta conservar las cuatro o cinco páginas que harían la obra completa.
Se puede escribir de cualquiera de las formas. Cualquier método es sólo uno entre miles de posibilidades. Hay un proceso creativo, una forma de escritura, por cada escritor, por cada creador. Y es muy importante identificar cuál es nuestra forma, la que nos llevará a construir historias de una manera siempre placentera, divertida, pero sobre todo, exitosa.
Sin embargo, soy de la idea de que, para llegar a encontrar nuestro propio método, es necesario, como hizo Rulfo en su momento y como han hecho muchos otros creadores con él, conocer y dominar la técnica sin alejarnos nunca de la historia.
Podría decir, inclusive, que cualquier método será, en una etapa posterior al aprendizaje o formación de la escritura narrativa, un recurso del cual se puede prescindir, en parte o por completo. Por eso, aunque resulte irónico, muchos maestros de la escritura creativa, al terminar sus cursos dicen a sus al alumnado: ahora olviden todo lo que han aprendido aquí y sigan ustedes un camino propio.
El ideal, en efecto, es seguir el camino propio. Pero para hacer eso con seguridad, plenitud, autosuficiencia y éxito, es necesario dar un paso a la vez, conocer la técnica, practicarla, entenderla, comprender sus efectos dentro del texto, sus virtudes y defectos; sin descuidar un solo momento la materia prima, con la cual de nada servirían todas esas herramientas: la historia.
Dicho lo anterior, vuelvo a la idea con que comencé este punto: elección de los acontecimientos esenciales. Toda historia, para ser creada, necesitó de la acumulación brutal de datos, material que no necesariamente resultará útil para narrar la historia de manera escrita, pero sí ha sido muy necesario para construir la historia, para sacarla de nuestras cabezas.
Para crear la historia pudo ser necesario escribir una lista larga y por momentos tediosa, de acontecimientos narrativos. Esa lista responde a un proceso de pensamiento lógico y organizado. La mente requiere de esa lógica para funcionar, para decir cosas coherentes. Y en la vida real suelen suceder las cosas a un ritmo y de una forma bastante similar a como lo hemos representado en esa primera lista que compone la historia recién creada. Pero la narrativa, la ficción, es lo contrario a la vida real y rehúye del tedio: elimina todos los momentos aburridos para mostrar únicamente y de manera estratégica los momentos más interesantes, los que llevan al personaje protagonista a enfrentarse a una serie de acciones y emociones. La narrativa es lo contrario a la vida real, pero al mismo tiempo busca representarla, aunque sea en un terreno fantástico y mágico. Pero con la narrativa pasa algo que con la vida no: como lectores elegimos leer determinada obra narrativa porque nos interesa lo que pueda decir; si esa obra es torpe y lenta (aunque pueda ser técnicamente estupenda) y nos dice en cuatro páginas que un tío sube unas escaleras, y para decirnos eso utiliza una retórica pesada y soberbia, probablemente dejaremos de sentir atracción o interés por la historia y lo que pueda decir: cerraremos el libro. En la vida, si nos toca ir detrás de un tío que sube unas escaleras a punto centro kilómetros por hora, sencillamente será un tío subiendo unas escaleras muy lentamente y nos desesperaremos, pero si no tenemos elección, haremos de esperar hasta que el tío consiga despejar el paso para continuar con nuestro camino. La narrativa, pues, habrá de eliminar todos los momentos aburridos de una historia, utilizando como criterio de supresión una sola cosa: ¿éste acontecimiento narrativo es indispensable para narrar la historia que deseo narrar?
Ojo, no estoy diciendo contar, digo narrar, que no es lo mismo. Porque para contar la historia sí fue necesario apuntar más de un acontecimiento narrativo intrascendente, pero no será así para narrarla.
Si ponemos a prueba cada uno de los acontecimientos narrativos que construyen la historia creada, y determinamos su nivel de trascendencia en la historia para ser narrada, estaremos afinando ya un argumento, una o varias propuestas estructurales y comenzaremos a diseñar una estrategia clara para narrar esa historia con intensidad, suspense y tensión.
14. Proponer una estructura como consecuencia de la didáctica. Elaborar el argumento.
La estructura es regularmente una consecuencia más o menos inevitable de la didáctica, es decir, de la identificación clara del valor positivo o negativo que pueda tener cada uno de los acontecimientos que hemos determinado como esenciales para narrar la historia.
El orden lineal de una historia, con bastante probabilidad, será para el narrador novato la organización temporal o causal más conveniente de narrar la historia, pues en ese orden ha sido capaz de crearla y está familiarizado con ese sistema lógico y causal. Eso está bien. Las estructuras lineales son las estructuras más usadas y, contrario a lo que se cree, no es poco original utilizarlas. Recordemos que si estamos empezando no podemos exigirnos demasiado. Narrar una historia en orden cronológico será una gran experiencia y con mucha seguridad nos permitirá entender el sistema causal de las historias todas.
Ahora bien, si la estructura resultante de la aplicación didáctica a nuestra historia no termina por complacernos, podemos proponer una o varias estructuras distintas, es decir, no lineales, para hacer de nuestra narración un ejercicio técnico más llamativo (lo que de ninguna manera hará más o menos interesante nuestra historia).
Para ello sólo necesitamos del azar y de unas tijeras. Recortar cada uno de los acontecimientos esenciales que componen la historia, revolverlos y luego ordenarlos según los elijamos de manera azarosa, permite hacer propuestas estructurales llamativas y originales.
A cualquier tipo de estructura, ya sea lineal o no, se le puede llamar argumento. El argumento es un segundo orden estratégico de los acontecimientos narrativos. El primero, recordemos, ha sido el cronológico.
La organización azarosa de los acontecimientos narrativos esenciales de la historia, podría tener como resultado una variedad múltiple de estructuras, todas interesantes.
¿Qué hacer después con esas propuestas? Hay que analizarlas. Responder a la pregunta: ¿puedo contar mi historia utilizando este nuevo orden?
Lo mejor, desde mi punto de vista, es elegir la propuesta estructural o argumental que nos facilite más el ejercicio de realización narrativa, sobre todo si se trata del primer intento. Entre más difícil nos pongamos la tarea, más nos tardaremos en terminarla y menos aprenderemos de ella.
Sin embargo, vale la pena decir, si gozamos de una gran paciencia y estamos dispuestos a esforzarnos, que basta con elegir la propuesta estructural o argumental que más nos atraiga y emocione. Después de conocer el orden que han tomado ahora los acontecimientos narrativos, que, evidentemente, ya no serán los cronológicos, queda pensar cómo dosificaremos la información de nuestro universo ficticio de manera estratégica para generar suspense, tensión e intensidad.
Intentaré explicarme mejor: un orden cronológico nos obliga a utilizar un sistema de pensamiento lógico concreto, en el que B es consecuencia de A, y C es consecuencia de A más B, y así sucesivamente. El reto que implica una estructura no lineal, es que la causalidad de los acontecimientos se altera, porque se altera su orden temporal. El acontecimiento A de la historia en orden cronológico, dejará de ser A en el orden no cronológico para ser, por ejemplo: Z. Eso implica que la lógica de la consecución se altere y nos obliga a replantearnos qué información, qué datos nos reservaremos para generar dudas y curiosidad en el lector, y qué información compartiremos con él. No es lo mismo narrar una historia que empieza por A y termina por Z, que narrar una historia que empieza por Z y termina por A. Cada uno de esos órdenes implica la utilización de un sistema lógico propio y obedece a un sistema causal distinto.
15. Desarrollar y conocer a los personajes.
Es muy importante tener lo más claras posibles las características de los personajes principales y secundarios, por lo que se sugiere emprender la realización de fichas de caracterización, antes (si es posible) o al mismo tiempo de emprender la escritura de un texto. Un personaje se construye a partir de los datos e información que proporciona el narrador (ojo, el narrador, no el autor). El personaje no se construye en forma aislada sino que participa en la constelación del mundo ficticio, es decir, el personaje se hace, sobre todo, de las relaciones que tiene con los demás personajes y de sus acciones, de cómo sus acciones afectan a los demás y de cómo las acciones de los demás lo afectan. Los personajes son personas singulares que hacen cosas concretas en un espacio dado y durante un tiempo determinado.
Las fichas de los personajes habrían de contener datos sobre los siguientes aspectos: nombre, atributos físicos, origen, educación y contexto sociocultural, sexualidad, creencias religiosas y políticas, motivaciones, sueños, esperanzas, problemas y conflictos. El escribiente debe saber más de los personajes que éstos sobre ellos mismos. En alguna ocasión, un maestro recomendó no empezar a escribir hasta no saber qué tienen los personajes “en los bolsillos del pantalón”.
16. Pensar en la ambientación.
La ambientación de una historia tiene cuatro dimensiones: el período, la duración, la ubicación y el nivel de conflicto. ¿Se ambienta la historia en un mundo contemporáneo? ¿En otra época histórica? ¿En un futuro hipotético? ¿Cuánto tiempo de vida de los personajes cubre la historia? ¿Decenios? ¿Años? ¿Meses? ¿Días? ¿Cuál es la geografía específica de una historia? ¿En qué ciudad se desarrolla? ¿En qué calles? ¿En cuáles de los edificios? ¿En la cima de qué montaña? ¿Al otro lado de qué desierto? ¿En un viaje a qué planeta?
Las fuerzas políticas, económicas, ideológicas, biológicas y psicológicas de la sociedad, independientemente de hasta qué punto sean externas, como en instituciones, o internas, en el nivel de los individuos, dan forma a los acontecimientos de manera tan influyente como lo hacen el período, la duración o localización. El nivel de conflicto es la posición que ocupa la historia dentro de la jerarquía de las luchas humanas.
17. Elegir el tipo de narrador.
Existen diversos tipos de narrador y la utilización de cada uno de ellos tiene un efecto distinto en el lector, haciéndolo acercarse o alejarse de la historia. El narrador puede ser un ente ficticio que no se involucra nunca con la historia que narra, o bien ser el protagonista mismo. Es muy importante conocer las diferencias y los diversos efectos técnicos de los narradores, tanto que estos elementos técnicos han generado toda una forma de escritura: la narrativa. Pero ese es un tema que requiere de un artículo propio, por extenso. Sin embargo me gustaría desarrollar un aspecto importante sobre la elección adecuada del tipo de narrador. En muchas ocasiones, quienes buscan escribir una historia se inspiran o parten de una anécdota personal o cercana que los lleva a querer disfrazarse con el uso de un narrador determinado, para así despistar al lector y hacerlo creer que la historia contada no tiene absolutamente nada que ver con el autor de la historia. Eso sucede porque el lector, muchas veces, no consigue diferenciar entre el narrador y el autor, que son siempre conceptos distintos. Uno es un ente ficticio y el otro es una persona de carne y hueso.
El escribiente novato vive el temor constante de mostrarse desnudo ante los demás, de ventilar su propia vida en las historias que escribe, llevándolo así a utilizar, por ejemplo, un narrador en tercera persona para contar una anécdota que le ha sucedido a él.
Los lectores son generosos y permisivos, sobre todo los adultos, pero en definitiva no son tontos y cuando se les trata como tontos podemos correr el riesgo de perderlos para siempre. Un lector será capaz, siempre, de reconocer cuándo un autor utiliza la técnica como una máscara.
No pretendo aquí profundizar en el tema. Me basta con decir que para elegir acertadamente al narrador con que narraremos una historia, es necesario considerar la manera en que nos implicamos con la historia de manera personal, no porque así nos desnudemos más o menos o debamos desnudarnos más o menos frente al lector, sino porque así seremos capaces de narrar la historia de la mejor manera posible, atribuyéndola de verosimilitud, energía y emociones.
Narrar historias implica autoconocimiento, reconocimiento personal y autoestima, porque a través de nuestras historias, querramos o no, mostramos parte de nuestra propia personalidad, de nuestra propia forma de entender y ver al mundo. Si no tenemos la autoestima suficiente para defender nuestras ideas, tampoco tendremos la autoestima suficiente para compartirlas con nadie y fácilmente nos dejaremos caer por las críticas o desviaremos nuestra atención con pensamientos tortuosos sobre lo bien que otros escriben y lo mal que escribimos nosotros. Vamos, que para narrar y saber elegir acertadamente al narrador de nuestra historia, hace falta ser fiel a uno mismo, respetarse y entenderse, así como conocer de qué manera funciona cada tipo de narrador a nivel técnico.
El mayor porcentaje de trabajo de quien escribe, no es escribir, sino pensar, imaginar. Quien tenga claro y presente esto podrá terminar siempre lo que pretende escribir y hacerlo de una manera clara, sin enredos. Lo demás, es sólo escribir.
Publicado en la Primera antología de narrativa del Taller de Escritura Creativa de Sevilla (R.E.C. Vol. 3), Ultramarina Cartonera, 2011.

Una cosa muy seria, Guridi (http://guridi.blogspot.com/)







Defeño, nacido en 1985. Del veintitrés de agosto, leo. Hijo de Jaime y Juana; hermano de Ivan; tío de Aleida y Andrés, y hermano de esos otros hermanos que son los amigos...
Narrador, profesor de escritura creativa, coordinador editorial, periodista y difusor cultural. De octubre 2009 a junio 2010, fue becario-residente de la 



































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